Antigua Yugoslavia: un difícil campo de batalla para los movimientos sociales

Más de dos décadas después de una cadena de conflictos que culminó con la disolución del antiguo territorio comunista, los países de la antigua Yugoslavia ven aumentar las tensiones nacionalistas y étnicas. Pero no son solo estos los problemas actuales de esta región termómetro entre el este y el oeste de Europa.

Antigua Yugoslavia
Movilizaciones populares frente al Parlamento serbio en abril de 2017. Borja de Miguel

publicado
2017-11-24 06:00:00

Durante la campaña de las elecciones parlamentarias en Croacia de septiembre de 2016, el ex primer ministro socialdemócrata Zoran Milanović llamó a los serbios “puñado de pobres”. En Bosnia y Herzegovina, los serbios de la República Srpska –ortodoxos– tantean desde hace tiempo la posibilidad de separarse de sus compatriotas musulmanes. En Kosovo, el pasado abril, la parte serbia de la ciudad de Kosovska Mitrovica protestaba acaloradamente contra la decisión francesa de no extraditar al ex primer ministro kosovar Ramush Haradinaj –acusado por Belgrado de crímenes de guerra– mientras a unas decenas de metros, al otro lado del río Ibar, la población de origen albanés llevaba una vida normal y algunos celebraban la resolución liberatoria. La minoría albanesa residente en la República de Macedonia, sin embargo, es la diana del descontento de un país en el que el complicado traspaso de poder del partido conservador de Nikola Gruevski con episodios de violencia física en el Parlamento tras las elecciones de diciembre de 2016 ha incendiado el sentir nacionalista de una buena parte de la población...

Más allá de la confusión que albergan estos episodios en esta porción de los Balcanes, una certeza básica se puede, al menos, sacar en claro de ellos: algo inquietante se mueve con energía creciente en los últimos tiempos en los países de la antigua Yugoslavia. Pero ¿qué es? ¿Quién y por qué lo provoca? ¿Y quiénes lo combaten? 

Para Borka Pavićević, dramaturga, activista y fundadora en 1994 del Centro para la Descontaminación Cultural de Belgrado (CZKD), lo que ocurre hoy en estos países no es solo una crítica o acusación entre nacionalidades –estén situadas bien fuera o dentro de las propias fronteras–, sino que, tras la disolución de Yugoslavia, “nuestros países se están robando los ciudadanos”. Nacida en 1947 en pleno baby boom de la postguerra mundial, ella se siente ante todo yugoslava y señala otro de los problemas nucleares de la región: “Antes de la guerra de los 90 había estaciones de tren, hospitales, escuelas... Yugoslavia era un gran país. Ahora ya no queda nada, han robado todo”. 

Más allá de nacionalismos y diferencias religiosas –a menudo exacerbados artificialmente por los líderes políticos para captar votos durante periodos electorales y para distraer de las verdaderas actividades de los gobiernos–, la corrupción es posiblemente el problema principal hoy en esta parte de los Balcanes. El Índice de Percepción de Corrupción elaborado por Transparencia Internacional en 2016 sitúa a Kosovo en el puesto 95 –siendo el 1 el menos corrupto–, a Macedonia en el 90, a Bosnia y Herzegovina en el 83, a Serbia en el 72, a Montenegro en el 64, a Croacia en el 55... (España, en uno de sus años más funestos en cuanto a casos de corrupción, ocupa el puesto 41, solo aventajado en este grupo por Eslovenia, en el 31). Sin embargo, poco a poco cada vez más exyugoslavos son conscientes de las trampas utilizadas por sus dirigentes y comienzan a reaccionar.

Don't Let Belgrade D(r)own

En la misma ciudad donde Pavićević combate desde hace décadas las múltiples intoxicaciones ideológicas que tras la guerra siguen dañando a la población, un movimiento ciudadano llamado Don't Let Belgrade D(r)own –juego de palabras entre "no decepciones a Belgrado" y "no dejes ahogarse a Belgrado"– lucha contra los planes de redistribución urbanística del Gobierno conservador del Partido Progresista Serbio (SNS), liderado por Aleksandar Vučić.

Aunque el movimiento nació hace más de tres años, su implantación social se vio fuertemente impulsada hace un año y medio tras una noche en la que hombres encapuchados demolieron diversas viviendas y edificios comerciales en una calle afectada por un proyecto urbanístico que aún no disponía de los permisos legales para dichos derrumbes. Era la noche electoral del 24 de abril de 2016 y la policía, a pesar de las numerosas llamadas de los ciudadanos durante horas y de las que existen grabaciones, no acudió al lugar para impedir la destrucción ilegal. El proyecto urbanístico en cuestión se denomina Belgrade Waterfront, supone una inversión de al menos 150 millones de euros de capital de Emiratos Árabes Unidos –mediante un contrato calsificado secreto y del que la población desconoce el contenido concreto– y afecta a unas cien hectáreas de terreno situadas a orillas del río Sava. Más de un año después del suceso, las investigaciones supuestamente iniciadas no han dado ningún resultado tanto sobre la autoría de las demoliciones como sobre la identidad de la persona que dio la orden a la policía de no actuar a partir las llamadas de la población.

Según Marko Aksentijević, uno de los fundadores de Don't Let Belgrade D(r)own, “nos centramos en este proyecto en nuestras protestas no porque sea muy diferente a otros, sino porque el propio Gobierno le ha dado una significación especial. Para nosotros es verdaderamente efectivo utilizar este proyecto para ilustrar todo lo que significa realmente el desarrollo del supuesto paraíso inmobiliario que quieren implantar”.

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Imágenes del mariscal Tito, dirigente de la antigua Yugoslavia, en una cafetería bosnia. Borja de Miguel

El pasado 24 de abril, primer aniversario de la noche de las demoliciones ilegales, arropado por una manifestación de varios miles de personas, Don't Let Belgrade D(r)own anunció la creación de un grupo ciudadano –estructura más sencilla de constituir que un partido político– que intentará hacerse con el Ayuntamiento de Belgrado en las elecciones municipales de 2018. Sin duda, el movimiento se inspira en las experiencias municipalistas de España y otros países, a las que añade las exigencias particulares de la Serbia actual. “Miramos mucho a Barcelona en Comú, que estuvo aquí para darnos ideas sobre un posible programa y definir las prioridades, y a Ahora Madrid”, explica Aksentijević. Este miembro de un grupo que se define sin jerarquía reconoce que “somos muy inexpertos, aún necesitamos encontrar nuestra forma”. El primer paso que se proponen es atraer la atención de la población y motivarla a involucrarse en la política local para, lo antes posible, “devolver el poder a la gente”.

Ante la pregunta de si la sociedad serbia está preparada para esto, Aksentijević responde: “¿Qué otra alternativa tenemos? Nunca me imaginé a mí mismo haciendo algo así, yo era anarquista y ahora marcho junto al sindicato de la Policía y del Ejército y me encuentro delante del Parlamento intentando evitar que la gente comenta algún destrozo... Es raro para mí pero es lo único que podría hacer ahora porque creo que la sociedad serbia está lista para algo nuevo”. 

En la vecina República de Macedonia, los problemas de base son los mismos pero el color local lo dan la minoría albanesa del país y un gobierno ultranacionalista decidido a honrar a los 'héroes de la nación' mediante una megalomanía que en el último quinquenio ha llenado la capital, Skopje, de monumentos y construcciones desproporcionadas y anacrónicas. Aquí, desde el pasado diciembre –cuando el partido conservador VMRO-DPMNE liderado por Nikola Gruevski, en el poder desde 2006, ganó de nuevo las elecciones pero fue incapaz de crear mayoría parlamentaria y fue llamado a dejar el gobierno– y hasta finales de mayo –momento en el que finalmente entregó el mando del país a los socialdemócratas, en pacto de gobierno con los partidos albaneses–, centenares de personas se manifestaron diariamente para apoyar a su presidente y pedir nuevas elecciones.

El pico de tensión tuvo lugar el 27 de abril, cuando manifestantes nacionalistas entraron en el Parlamento y atacaron a los socialdemócratas –por haber nombrado a un portavoz albanés para la asamblea–, hiriendo a decenas de personas, entre ellas 22 policías y el actual primer ministro, Zoran Zaev. Incluso fuera de las protestas, algunos ciudadanos que se consideran moderados y apolíticos piensan abiertamente que “los albaneses que viven en Macedonia no son macedonios” y que su mayor problema en el día a día es que “las llamadas al rezo de la mañana de las mezquitas me despiertan cada noche”.

Una de las claves para entender cómo una sociedad puede llegar a este grado de tensión colectiva –y esto se puede aplicar a otros países de los Balcanes– se encuentra en el control que desde hace años la derecha neoliberal –bien sea política o económica, y que encontró vía libre en la región tras los conflictos de los años 90– ejerce sobre prácticamente todos los medios de comunicación, incluidos los online, donde las plataformas alternativas de noticias son escasas y poco consultadas en el país más allá de las generaciones jóvenes de la capital. La intoxicación y manipulación de la sociedad, así, se convierte en una herramienta accesible y efectiva para el poder.

Finalmente, después de meses de incertidumbre, la situación en Macedonia recupera poco a poco la normalidad tras el traspaso de poder al nuevo gobierno, pero Robert Alagjozovski, escritor y experiodista de Skopje, advierte: “Serbia, con Vučić, se encuentra hoy en la misma situación que Macedonia en 2007”.

Este experto cultural explica así la evolución política y social en su país y da pistas sobre algunos de los problemas comunes a la región: “En 2006 el partido conservador consiguió el poder con una ventaja muy pequeña y se denominaba proeuropeo, como Vučić en Serbia, pero era a la vez nacionalista y un poco autocrático. En 2008, cuando Macedonia no pudo entrar en la OTAN porque Grecia nos vetó, se celebraron elecciones anticipadas y el partido conservador amplió su ventaja hasta la mayoría absoluta. Aquí se volvieron completamente autócratas y propagandísticos. En las elecciones de 2011 vencieron con menos margen pero se convirtieron en una máquina de ganar elecciones: malversaron fondos públicos, chantajearon a gente, corrompieron a otros... Usaron todos los mecanismos legales e ilegales para mantenerse en el poder. El gobierno se convirtió en el mayor centro económico y político del país, sí tú querías trabajar en Macedonia no podías hacerlo sin ellos", explica. Alagjozovski añade: "Ahora, estoy seguro de que Vučić, en Serbia, va a seguir el mismo camino que Gruevski recorrió aquí: primero va a hacerse con un poder total y centralizado, va a corromper todo, va a crear sus propios medios de comunicación y, entonces, se va a volver nacionalista y va a dar la espalda a Europa. Y, siendo Serbia más grande que Macedonia, el robo va a ser mucho mayor y van a tener más poder incluso que los de aquí”.

Auge de los movimientos sociales

Sin embargo, hay que añadir un nuevo elemento a la ecuación que podría modificar, al menos parcialmente, este futuro: la ola de movimientos sociales que en los últimos años se ha levantado en diferentes países de Europa también tiene su correspondencia balcánica y, en algunos casos, recoge ya los primeros logros. En Macedonia, el nuevo auge de los movimientos comenzó en 2008, después del endurecimiento ideológico del VMRO-DPMNE tras las elecciones. Pequeños pero numerosos, estos grupos alcanzaron su máxima actividad en 2015, cuando salieron a la luz informaciones de escuchas a miles de ciudadanos –entre ellos, a periodistas, a líderes religiosos y al jefe de la oposición, además de a otros políticos– por parte del Gobierno.
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Manifestación nacionalista en Macedonia. Borja de Miguel

En abril de 2016, cuando el presidente de Macedonia, Gjorge Ivanov, detuvo las investigaciones contra 56 cargos con la excusa de hacer lo mejor para el país, acabar con la crisis política y “dar un gran paso hacia la reconciliación”, las protestas volvieron a las calles. Tras una semana de marchas reprimidas por la policía en las que los manifestantes atacaron con pintura numerosos monumentos y edificios oficiales levantados en los últimos años –símbolo de la deriva nacionalista y de la profunda corrupción del Gobierno–, la prensa internacional empezó a hablar de «Colorful Revolution» al informar sobre Macedonia. Paralelamente, un nuevo partido de izquierda, Levica, tomaba forma con la esperanza de aglutinar a los descontentos con el Gobierno pero a la vez espcépticos respecto a unos socialdemócratas también con un largo currículum de corrupción en los años 90.

Branimir Jovanović es uno de los miembros fundadores de Levica. Diferencias para él esenciales respecto a la estrategia a adoptar frente a las elecciones generales le hicieron dejar el equipo de gestión poco antes de los comicios, aunque sigue siendo miembro del partido. “Desde mi punto de vista, no estábamos preparados para la cita electoral. No teníamos más que mil euros de presupuesto, teníamos un local pero no teníamos un ordenador con internet, no teníamos sedes en otras localidades, no sabíamos cuántos miembros éramos... Para mí era un poco estúpido presentarse en estas condiciones. La mejor opción era no presentarse a las generales y empezar en las locales, que debían tener lugar en 2017”, dice Jovanović, que añade: “Mi segunda opción era que, si nos presentábamos, lo hiciéramos en coalición con los socialdemócratas. Por un lado, no estábamos preparados para ir solos pero además nuestros programas no eran tan diferentes y ya veníamos colaborando con ellos durante las protestas de la Colorful Revolution. El objetivo principal debía ser acabar con el gobierno de Gruevski y después buscar nuestro propio espacio electoral para reconstruir la sociedad después de once años de la derecha”. 

Antes que a Serbia, diferentes miembros españoles –en este caso de Podemos– y griegos –de Syriza– fueron a Skopje para asesorar a Levica, que finalmente se presentó en solitario a las elecciones y obtuvo un 1% de los votos, insuficiente para obtener representación parlamentaria pero suficiente para acceder a fondos públicos destinados a los partidos. “Deberíamos haber copiado más las estrategias de Podemos”, reconoce Jovanović. “Deberíamos haber empezado a nivel local, después unificar esta red y entonces presentarnos a nivel nacional. Pero lo hicimos al revés, de arriba a abajo en vez de abajo a arriba”.

La crisis de gobierno hizo que las elecciones municipales, que debían haberse celebrado en mayo pasado, se trasladaran a octubre. En ellas, posiblemente propulsado tras conseguir la presidencia, el partido socialdemócrata ha conseguido la mayoría de ayuntamientos y ha ganado el terreno de los electores ansiosos de cambio al que podría haber aspirado Levica. En cualquier caso, Jovanović coincide con Alagjozovski en que la situación en Serbia es hoy más preocupante que en Macedonia. “Gruevski ha cometido muchos errores estúpidos aquí y ha ido demasiado lejos espiando a gente, atacando a periodistas, creando leyes absurdas contra los estudiantes... Pero Vučić puede aprender de estos errores, creo que va a ser más listo y que va a gobernar más tiempo”, explica.

de los movimientos de ayer a los de hoy

Aleksandra Sekulić, responsable cultural del CZKD, es también una veterana de las protestas de Belgrado que en los años 90 acabaron con el Gobierno de Slobodan Milošević. Ella explica: “Las nuevas generaciones son críticas respecto a los resultados y los términos en los que se explican las transiciones en la ex-Yugoslavia después de la guerra. La herencia del socialismo es sistemáticamente desacreditada por las oligarquías de todos los países, pero Yugoslavia garantizaba elementos que hoy son un sueño para los jóvenes: educación y sistema de salud gratuitos, inversiones en infraestructuras públicas y una cultura e identidad supranacionales”.

Sekulić considera que "ahora los países se comportan autísticamente, desaprovechan las capacidades de sus propias empresas y las privatizaciones se llevan los réditos fuera de la región. Los magnates de todos los países colaboran, pero para la gente corriente las fronteras son más fuertes que nunca. Hacen que todas las poblaciones se teman entre ellas, mienten de una manera muy primitiva: se dirigen a la gente que no tiene internet, cierran o controlan los medios de comunicación, buscan obtener la mayoría alimentando el nacionalismo en las áreas rurales... Pero esta estrategia no funciona con las nuevas generaciones, que usan internet y han nacido durante o después de la guerra. Y creo que este es el mayor obstáculo para el futuro de las oligarquías aquí”.

Para ella, las recientes manifestaciones encauzadas por Don't Let Belgrade D(r)own “son una introducción para las nuevas generaciones porque les propone un objetivo concreto que despierta su conciencia política. Tras las elecciones del pasado abril –que Vučić ganó con mayoría absoluta–, en las que la uniformidad de los medios de comunicación fue descarada, los jóvenes están frustrados por la normalización de la entrada en dictadura”.

Sekulić señala también que, durante las protestas de finales de los años 90, su generación cometió el error de enfrentarse a los ciudadanos que apoyaban el régimen, “pero hoy los jóvenes dicen: no convertiréis a los votantes de Vučić en nuestros enemigos porque esta gente es pobre y está manipulada, no tiene información ni protección”. Y apunta otro peligro: “No me gustaría que las protestas de hoy fueran tan 'heroicas' como las nuestras, aguantando tres meses seguidos en invierno contra la policía, porque solo un año después toda nuestra energía y entusiasmo desapareció y entramos en una era sombría y en un control absoluto de los medios de comunicación y las universidades. Así que el riesgo es que estas manifestaciones de hoy drenen la energía de la gente y fortalezcan el avance hacia la dictadura. Pero los jóvenes son muy conscientes de ello”. 

Borka Pavićević ofrece una perspectiva más amplia aún, remontándose a las manifestaciones de los años 60 que ella vivió en la entonces Yugoslavia. “En 1968, nuestras protestas estaban ligadas a las reivindicaciones de la Sorbona en París, al movimiento contra la guerra de Vietnam en Estados Unidos, a la ola de reivindicaciones en Alemania... Y teníamos cierta articulación de la teoría y la práctica con la gente de Zagreb, Ljubljana, Sarajevo... Eran protestas revolucionarias, teoréticas, globales..., pedían un cambio total de la cultura. En este sentido, las protestas de hoy me recuerdan más a 1968 que las de los años 90. Mirando lo que sucede en Europa últimamente, creo que este movimiento es completamente proeuropeo e internacional. No sé si tiene un futuro pero, en todo caso, ya ha ganado porque la gente ya ha cambiado, no volverá a ser la de antes. Y el Gobierno está en shock porque ha entendido que estas protestas vienen de la base y quieren cambiar la sociedad y el sistema”. 

La revuelta de Tuzla

Dentro de la dificultad de encontrar orígenes y finales a dinámicas como la que hoy recorre la ex-Yuguslavia, un suceso reciente resulta especialmente significativo para entender el cambio de actitud hoy en estas sociedades: la revuelta de Tuzla. Importante centro industrial y cultural desde la época soviética, esta localidad del norte de Bosnia y Herzegovina veía desde inicios de los años 2000 cómo varias de sus empresas principales se privatizaban. En vez de fortalecerlas y hacerlas más rentables, sus nuevos dueños vendieron sus activos, se declararon en quiebra y dejaron de pagar a sus trabajadores.

El 4 de febrero de 2014, los obreros iniciaron una protesta pacífica que pronto se volvió violenta al confrontarse con la policía. Sin embargo, los altercados, en vez de ahogar las reivindicaciones, alimentaron el descontento de toda la ciudad y llegaron a extenderse a 20 localidades del país. El 7 de febrero, el edificio de gobierno del Cantón de Tuzla ardió completamente –aún hoy continúa inutilizable– a manos de los manifestantes, y en Zenica y Sarajevo el fuego también prendió en los edificios de los gobiernos locales. En Bihać, Mostar, Brčko, Prozor, Goražde, Bijeljina y muchas otras ciudades –incluso Belgrado y Zagreb– las protestas también estallaron junto a consignas como "hoy luchamos por Tuzla, mañana luchamos por todos nosotros" y "¡ladrones!". Como consecuencia de estos altercados, el primer ministro del cantón de Tuzla y de otros gobiernos locales renunciaron a sus cargos.

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Memorial por las víctimas del ataque de las fuerzas servias en mayo de 1995 en Tuzla (Bosnia). Borja de Miguel


“Gracias a Tuzla, esos trabajadores a quienes llamábamos 'los otros' ya no son más 'los otros'”, sino que representan a todos los trabajadores y descontentos de las postransiciones de la ex-Yugoslavia disuelta, señala Pavićević para explicar la interconexión de las protestas de hoy en la región. Dos cuestiones son, para ella, clave en estos nuevos tiempos: “¿Quién es hoy la clase trabajadora, quién trabaja y quién no?” y “¿quién está explotando a quién?”. 

En Kosovo, con cerca de un 30% de desempleo y después de varios años de episodios violentos en el Parlamento –protestas a la entrada y lanzamiento de gases lacrimógenos en la asamblea por parte de la oposición para denunciar la corrupción y el estado crítico del país, e incluso el disparo de una granada contra la fachada del edificio por parte de descontentos radicales–, el pasado 11 de junio la población votó en unas elecciones anticipadas forzadas por la incapacidad del Gobierno de cumplir sus promesas electorales.

El nuevo primer ministro no es otro que Ramush Haradinaj, que tras no ser extraditado a Serbia por la justicia francesa lideraba una coalición de centro-derecha ligada a la guerra de independencia y cuya elección presupone un aumento de tensión en la zona. Pero el estrés social no se vive solo en las instituciones: en octubre del año pasado, en un partido de clasificación para el mundial de fútbol de 2018, hinchas kosovares y croatas gritaron a dúo, más allá de su rivalidad deportiva: “¡Muerte a los serbios! ¡Muerte a los serbios!”.

Croacia, por su parte, aún mantiene disputas con su vecina del norte, Eslovenia, por cuestiones territoriales y de demarcación de fronteras. Montenegro, quizás el más astuto de todos los países de la ex-Yugoslavia a la hora de evitar conflictos con sus ex compatriotas, acaba de ser aceptado oficialmente como miembro de la OTAN, lo que ha despertado recelos en su población, en buena parte rusófila...

Lejos de haber encontrado un nuevo equilibrio estable tras la disolución de la región en los años 90, los antiguos países de la ex-Yugoslavia se enfrentan hoy a niveles de tensión inhabituales cuya evolución es difícilmente predecible y que algunos temen que despierten los viejos conflictos armados o creen guerras civiles nuevas. Nacionalismos, rivalidades religiosas, presiones prorrusas, aspiraciones proeuropeas frustradas... Sin embargo, quizás lo que realmente subyace como origen de todo y lastre principal es un insostenible nivel de corrupción que sus protagonistas –con pasaportes de todos los colores– intentan disimular lanzando cortinas de humo que agrandan entre la población todos los problemas antes señalados.

Quizás, para entender de verdad lo que hoy separa a todos los países de la antigua Yugoslavia sea necesario entender antes lo que les une. Y lo que hoy les une –ahora que el comunismo ya no cumple esta función– es, como explica Pavićević, en el fondo sencillo: “Si hay algo general a todos nuestros países es la falta de trabajo y la precariedad”. Una realidad simple y dolorosa, en absoluto exclusiva de sus Estados, que sus nuevas generaciones, con cierta lógica, intentan afrontar mirando a Europa en busca de consejo e inspiración. Pero no a cualquier Europa, sino a la parte de ella con la que, precisamente, más comparten los duros lastres del desempleo y la corrupción que desatan el resto de males.

Quizás las nuevas protestas de izquierda queden en nada en esta región de los Balcanes. Pero quizás –¿quién sabe?–, como decía el tan citado Hölderlin, “donde está el peligro crece también lo que salva” y los nuevos movimientos sociales de la antigua Yuguslavia consigan ofrecer algún día un presente más estable a sus maltratados ciudadanos.

2 Comentarios
#8840 11:35 21/2/2018
Si hay algo común de estos que la gran mayoria de poblacion mira solo por su propio interés y a corto plazo. Son países donde los choferes y secretarias de los políticos nombran los miembros de los Consejos de administración, donde los mafiosos (literalmente) controlan a los políticos, deciden destinos de la población, matan, roban y salen impunes. Son habitantes que callan, no se atreven decir, celebran los criminales como héroes.
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Azem Galica 14:53 24/11/2017
Interesante artículo. Para quien quiera ampliar conocimientos sobre la disolución de Yugoslavia, y sobre lo fácil que resulta enfrentar a las poblaciones creando enemigos, recomiendo el documental "The Weight of Chains", de Boris Malagurski.
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