La precariedad sumergida de los Sanfermines

El buen ambiente “sanferminero” entre la economía formal e informal es una tónica habitual de un engranaje conveniente al sistema capitalista local. La economía de los Sanfermines sigue siendo un elemento discriminador, de precariedad y de desigualdades sociales que, o se plantea o nunca se llegará a tocar.

Bittor Abarzuza

publicado
2018-07-04 16:23:00

Al hablar de economía sumergida informal es conveniente definir qué se entiende por ese concepto. Hay que distinguir por un lado entre actividades comunitarias, vecinales y domésticas de autoayuda; por otro están las relaciones laborales asalariadas no reguladas y las actividades económicas no fiscalizadas por el Estado; y, finalmente, algunas actividades consideradas criminales. Básicamente, hay ciertas diferencias entre pedirle a tu cuñado “el manitas” que te arregle el armario a cambio de un favor en el futuro —un servicio que un carpintero cobraría—; contratar verbalmente a un amigo de tu hijo en el bar familiar para los Sanfermines, y una empresa bien asentada que contrata sin papeles a gente para las fiestas. Diferencias todas ellas que, sin embargo, pueden operar mediantes retóricas tanto familiares, de amistad como empresariales.

La información que proporcionan los trabajadores y trabajadoras del sector turismo-hostelería refieren a un campo amplio de situaciones. Trabajar sin contrato sería estar dentro de la economía informal; ahora bien, se puede trabajar con contrato por encima del horario estipulado en el mismo para evitar el control fiscal; se puede tener diferentes coberturas administrativas (contrato en la automoción, subsidios de desempleo) y trabajar sin contrato como forma de complemento salarial; también es posible trabajar con contrato en tales condiciones de precariedad que la entrada y salida son parte del modus vivendi de un “desempleado intermitente”; y por último, trabajar sin contrato y aparentemente, en buenas condiciones.

El economista Santos M. Ruesga entiende “la economía sumergida como un mecanismo de reacción defensiva frentes a los impactos de la crisis económica”. A mi modo de ver también hay elementos culturales que tienen que ver con la concepción de las fiestas patronales como espacios de laxitud, las ideologías fiscales o la propia concepción de la economía como espacio social supuestamente consensuado del laissez-faire. No hay datos reales de economía sumergida en Navarra y menos de los Sanfermines. El único informe que hay del 2012, coordinado por el economista Ignacio Mauleón Torres, utiliza extrapolaciones económicas más o menos indicativas. Como otros informes sociales, el citado estudio apunta al turismo, la hostelería y los servicios como varios de los mayores atractores de este tipo de economía. Al igual que el último Plan de lucha contra el fraude fiscal 2016-2019, asume entre un 15-20% del PIB en economía sumergida, lo que supondría una declaración líquida no declarada entre los 358-477 millones, siendo el importe estimado de unos 2.823-3.763 millones en movimiento. Estas cantidades refieren no exclusivamente a los sectores económicos apuntados sino a la economía sumergida en general en Navarra.

Algunos camareros y camareras creen que trabajar sin contrato les beneficia porque lo que consiguen en nueve días no lo conseguirían en un mes (pese a la bajada paulatina del precio hora sin contrato de los últimos años, en un rango que va desde los 5€ en algunos sitios a los 16€ en otros). Ha sido a la larga una situación que les perjudica: pan para hoy, hambre para mañana. Por el contrario, la precariedad sumergida ha jugado en los últimos años con la amplia bolsa de desempleo y tanto las condiciones como los sueldos de los extras sin contrato han bajado. Las empresas manejan bien esa situación, pues la falta de alternativas lleva a la gente a trabajar como sea. Además de haber muchas empresas pequeñas, solidaridad difusa y cierta presencia sindical, la anomía social y la atomización caracterizan a una fuerza de trabajo deslabazada y aquejada, además, de diferencias salariales internas, de estatus e inestabilidad. Para volver a trabajar el año siguiente hay una especie de ley de silencio sudado y la confianza del vínculo empresa/trabajador parece como exclusivo y personalizado, lo que fragmenta la solidaridad colectiva y al colectivo en sí mismo, que objetivamente trabaja en similares condiciones.

A raíz de la pequeña campaña de colectivos de parados y paradas en el 2016, los ideólogos de las asociaciones empresariales y comerciales mostraron nítidamente sus zonas de inquietud. Se quejaban por una parte de lo que desde las ideologías neoliberales habitualmente se entiende como una de las claves de la economía informal, la presión fiscal, y por otro lado del exceso de vigilancia. Hay diferencias entre situaciones: una cosa es un pequeño grupo de amigos que respondiendo a su situación de crisis económica deciden coger un pequeño bar y hacer algún apaño de pura supervivencia, algo totalmente comprensible; y determinados establecimientos como pequeñas cadenas u hoteles perfectamente asentados que aprovechándose de la crisis operan manejando a su antojo una amplia bolsa de desempleo. Ni la presión fiscal es la misma, ni las inspecciones deberían operar en el mismo sentido. A los primeros hay que ayudarlos, pues son realmente pequeños y supervivientes; y a los segundos analizar realmente cuáles son sus cuentas y, en su caso, hacer que contraten y declaren legalmente.

Con los datos actuales, la estructura administrativa de inspección laboral y de fraude fiscal dista mucho de ser esa “máquina del terror” para la dimensión a la que tienen que hacer frente, esos 2.823-3.763 millones de euros. Si nos circunscribimos solamente al sector turismo-hostelería y a los datos de la Federación Española de Hostelería (2017), el número de empresas en Navarra que podrían ser inspeccionadas es de 3.801, aunque es probable que sean más. Hablamos de un volumen laboral de entre 15.000 a 17.000 trabajadores regulados a los que habría que añadir el empleo estacional. Por otro lado, el número de inspectores de trabajo y Seguridad Social para el conjunto de la economía sumergida y otras actividades en 2016 según el Ministerio de Empleo y Seguridad Social es de 25 personas en total, de los cuales 11 son subinspectores a pie de obra. Comparando la cifra estimada para la economía sumergida a la que deben hacer frente y solo el campo de turismo-hostelería, el sistema de inspección parece escaso. La Inspección de Trabajo y seguridad Social (ITSS), además, no desgrana los datos sobre fiestas patronales, algo que sorprende dado que, como apuntan todos los informes sociales, se consideran espacios de riesgo.

La ITSS ofrece datos generales del 2017: 1051 actuaciones inspectoras que incluyen 336 visitas a centros de trabajo que se realizaron en horario nocturno o en día festivo. Esto induce a pensar que, en realidad, no se hacen inspecciones laborales durante los Sanfermines. El organismo foral de Hacienda Tributaria de Navarra, por su parte, dedica 36 inspectores de tributos y cuatro agentes tributarios al conjunto de la actividad contra el fraude fiscal, bastante más amplia que la economía sumergida. En 2017 realiza 21 expedientes en el sector de la hostelería y aunque los periodos de investigación incluyen las fiestas patronales, tampoco se desprende de la información remitida por este organismo que haya una dedicación especial para el periodo de fiestas más allá de la comprobación de que los bares expenden tickets y facturas a sus clientes o la problemática de los balcones del encierro. Ambas instituciones se quejan en sus informes de falta de personal.

El trabajo de campo refiere a la contratación verbal de extras en Sanfemines como una verdadera costumbre local desde los años 70 y 80. Todo una cultura de lo “comprensible” que puede tener que ver con factores culturales, como la concepción de las fiestas como un periodo de laxitud también empresarial, la percepción de las actividades estacionales como normales para la economía sumergida y la precariedad, la imagen de la juventud como “carne laboral fresca” y de las fiestas como momento único a aprovechar, etc. Ruesga relaciona algunos factores socioculturales de la toma de decisiones subjetivas empresariales en el ámbito de la economía sumergida: posibilidad de penalización, eficacia inspectora, moralidad fiscal, reprobación del entorno social, actitud “exculpatoria” reforzada por los medios de comunicación y ámbitos oficiales…

Parece evidente que para un estudio serio de la economía sumergida en Navarra, como el solicitado por el Gobierno de Navarra, los denominados “indicadores navarros” deberían establecer como objetivos aquellos que los estudios de campo, más antropológicos, apuntan como espacios de economía sumergida, es decir, las fiestas patronales y sus sectores económicos locales. Pero no especialmente para ahogar más a estratos ya de por sí machacados, sino mirando a determinados sectores asentados y con buenos negocios que se aprovechan de las crisis y de la cobertura de una estructura tradicional aparentemente inabarcable por la costumbre histórica de informalidad económica, la masificación, la estacionalidad o la ampliación de la bolsa de parados y paradas disponibles.

Que el debate social, institucional y mediático en torno a los Sanfermines sólo contemple la vertiente lúdica, mercantil y más tradicional de las fiestas deja bastante que desear si no se considera que son cientos de personas las que trabajan para la fiesta y que sus condiciones importan, especialmente la de los sectores precarios, como la hostelería, la limpieza o los cuidados.

Si realmente se quiere proteger a los trabajadores del turismo-hostelería, se les debería proporcionar apoyo y anonimato para que pudieran denunciar, de tal forma que no puedan ser incluidos en ningún tipo de lista negra y puedan seguir trabajando en el sector. Como ya vimos en el 2016 de la mano de los cuadros burgueses de UPN, PSN y Geroa Bai en su defensa a ultranza del sector empresarial por encima de la defensa de los trabajadores y trabajadoras, el buen ambiente “sanferminero” entre la economía formal e informal es una tónica habitual de un engranaje conveniente al sistema capitalista local. Abunda en la queja de los trabajadores de falta de reconocimiento social y político. La gente los consideramos prácticamente como siervos y los políticos como mera mercancía. Los sentimientos identitarios que borran las diferencias de clase, la navarridad renovada en nombre de una falsa cohesión social en tiempos de fiesta, no es sino una forma de reproducción social y fijación de las clases. La economía de los Sanfermines sigue siendo un elemento discriminador, de precariedad y de desigualdades sociales que, o se plantea o nunca se llegará a tocar.

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