Partidos políticos
Reflexiones sobre 'La política en el ocaso de la clase media'

Emmanuel Rodríguez
Emmanuel Rodríguez, escritor y activista. Álvaro Minguito
Juan Domingo Sánchez Estop

publicado
2017-02-10 15:00

1. El último libro de Emmanuel Rodríguez no se ha escrito para gustar, aún menos para “seducir”, ese término tan propio de la retórica podemita. De lo que se trata es de entender, y eso contrasta con los modos de la autodenominada “nueva política” que, de manera reiterada y un poco infantil afirma su voluntad de seducción. El lector tiene en sus manos un ejercicio de distanciamiento en el que se trata, por un lado, de destruir metódicamente las ilusiones que mueven a los agentes tanto activos como pasivos del presente, y por otro, de definir a partir de una disección –dolorosa– de la realidad algunos elementos clave para una posición política antagonista. Esta renuncia al buenismo y a la “ilusión” no suscita simpatía ni amistad ecuménica, sobre todo cuando el objeto de que se trata son esas dos fábricas de ilusiones (han sido más que eso) llamadas 15M y Podemos, a las que cabría añadir unos procesos municipalistas corroídos en gran parte por el gobernismo. La crítica de Podemos era considerada por los dirigentes, burócratas, agitadores y fieles seguidores de la organización morada poco menos que como una blasfemia contra “la única iniciativa que ha tenido éxito, etc”. A la vez, la crítica habitual dirigida a Podemos solía atribuir la degeneración burocrática y espectacular de Podemos y secundariamente de los “ayuntamientos del cambio” a una supuesta traición al gran acontecimiento inicial: el 15M.

Lo más original del libro de Emmanuel Rodríguez es, precisamente, que no se refugia en una alabanza del momento virginal del 15M para criticar la deriva de Podemos, sino que interpreta esta misma deriva como efecto de importantes elementos de continuidad sociológica, ideológica y metodológica entre el 15M y Podemos. Ni el 15M ni Podemos nacen de la nada: ambas realidades se inscriben en un marco histórico y social muy preciso cuyos cimientos se encuentran en el desarrollismo franquista de los años 50 y la sustitución de esa mezcla de totalitarismo fascista y de dominación colonial mortífera que fue el primer franquismo por un régimen autoritario y sin pluralismo centrado en la gestión de un proceso de desarrollo y en la creación de una clase media. Tanto el 15M como Podemos expresan una crisis de las clases medias españolas, tal vez su crisis terminal. Puede así afirmarse que Podemos no es –solo– una traición al 15M, sino la continuación, por otros medios, los de la representación política, el espectáculo mediático y la acción institucional, de las principales debilidades del propio 15M: el universalismo “buenista” que ansiaba llegar a “toda la gente”, la falta de potencial antagonista derivada de una carencia de estrategia, la miseria teórica y analítica, el culto de la imagen (aunque aún no del líder), etc.

2. Estas debilidades tienen una raíz social e histórica que las unifica: el entronque con la crisis de la clase media tanto del movimiento español de las plazas, como de la organización emblemática de la nueva política o incluso de los municipalismos gobernistas. Para Althusser la crisis del marxismo se hizo patente en la incapacidad de la doctrina de dar cuenta de la realidad política de los Estados y partidos que se decían “marxistas”. Mientras el marxismo existió fue incapaz de explicar en términos de luchas de clases la realidad de la URSS y de las organizaciones comunistas. Una invisibilidad a sí mismos pareja a aquella se acusa en fenómenos como Podemos y el 15M, movidos como han estado por una pasión poco política y casi religiosa de adhesión y lealtad a un proceso cuyos términos nadie osa realmente definir, pues esos términos definitorios apuntarían a su base material a la vez que indicarían sus límites reales. Atreverse a oponer al lenguaje errejoniano, a la vez maquiavélico e ingenuo, de la ilusión, la autonomía del discurso y los significantes vacíos en torno a los cuales se anudan construcciones hegemónicas, un análisis social e histórico riguroso que apela –horresco referens!– incluso a la realidad económica, es a la vez una blasfemia y una exigencia metodológica. Conocer verdaderamente es conocer por causas, decía el viejo Aristóteles, y la seducción, la ilusión y las demás pasiones son obstáculos epistemológicos que impiden un análisis racional, necesariamente etiológico.

La clase media ya fue protagonista del anterior libro de Emmanuel Rodríguez Por qué fracasó la democracia en España (Madrid, Traficantes de Sueños, 2015), en el que se daba cuenta del cierre de la transición como efecto de la derrota de las expresiones autónomas de la clase obrera (tan potentes en los 70 como hoy borradas de la crónica oficial) y la entronización de una clase media incubada en el desarrollismo franquista cuya principal expresión política fue un PSOE artificialmente renacido de sus cenizas con dinero alemán y tolerancia de una parte del régimen. La clase media se originó históricamente en la ascensión social a través del funcionariado estatal, el sistema educativo ampliado a sectores antes excluidos de él, los aparatos empresariales del desarrollismo o, de manera general, el consumo generalizado en marcos de empleo estables, de una variedad de sectores sociales oriundos de la pequeña burguesía urbana, de la clase obrera o incluso del campesinado.

Con la creación de una clase media se realizaba el sueño de desproletarización y borrado de la lucha de clases caro a los ordoliberales alemanes y a sus secuaces españoles de los gobiernos desarrollistas del Opus Dei. De la zapatilla, se pasó al seiscientos e incluso a la vivienda en propiedad, a la hegemonía simbólica de una “clase media” cada vez más vasta, a pesar de la persistente desigualdad. Una clase que “tenía algo que perder” dejaba así de sentirse “proletaria”. La clase media resultante de la desproletarización permitió hacer del régimen sanguinario del general Franco, lo que denominó Rossana Rossanda en una crónica de viaje a la España de los 50 “un régimen de gestión autoritaria de lo cotidiano” (Un viaggio inutile, o, Della politica come educazione sentimentale, Bompiani, 1981) muy distinto del fascismo. Este régimen, a diferencia del fascismo mussoliniano que Rossanda conoció personalmente en su juventud, no ejercía ninguna función de movilización política ni de adoctrinamiento ideológico que no fuera meramente pasivo. Franco expresó mejor que nadie el espíritu de su régimen en una famosa respuesta a un periodista: “Si quiere vivir tranquilo, haga como yo y no se meta en política”.

3. Curiosamente, el franquismo de los 60 y los 70 logró sin democracia formal –o con una parodia de ésta: la “democracia orgánica”– una normalización y pacificación social duradera unida a una profunda despolitización de la población, algo que ya habían obtenido de otra manera los ordoliberales que fundaron la República Federal Alemana. La «normalización» también sirvió para posibilitar que la transición a la democracia se realizase en continuidad social y jurídica con el tardofranquismo, presentándose la joven democracia como un avatar amable y plural del régimen del 18 de julio.

La clase media es un constructo complejo, a la vez ideológico, material y político, que permite la creación de fuertes consensos alrededor de diversas formas de la autonomía de lo político, tanto bajo la forma no democrática (o de democracia orgánica) del franquismo como bajo las formas del pluralismo partitocrático y sin participación que caracteriza al régimen del 78. La autonomía de lo político, la ilusión de un Estado por encima de la sociedad y la existencia de la clase media como “pilar de la sociedad” son realidades interrelacionadas. La autonomía de lo político se basa en la negación del carácter de clase de la política y encuentra su fundamento en ese dispositivo de suspensión aparente de la lucha de clases que se denomina “clase media”.

El 15M es un fenómeno directamente expresivo de la crisis de la clase media española, sobre todo en la medida en que esta afecta a sus sectores juveniles. Esta crisis se produce tras un periodo de relativo florecimiento de la clase media en los 90 y en los primeros años del nuevo milenio y se presenta de manera particularmente abrupta y violenta a partir de la crisis financiera de 2008. Podemos es por su parte la nueva fase del ciclo político abierto por el 15M, una fase caracterizada por una intervención masiva en la esfera de la representación y en las instituciones. Las nuevas formas de intervención institucional se hicieron necesarias al fracasar los distintos intentos de insurrección pacífica que tuvieron por origen al 15M.

En ambos casos, el sujeto social es la clase media en descomposición y, más concretamente, las generaciones más jóvenes de esa clase media, unidas a un sector del nuevo precariado. La clase media vivió la crisis como una pérdida de poder social y económico, traducido en la falta de perspectivas de reproducción social, una vez su base material –la última: la burbuja inmobiliaria– se retiró bajo sus pies dejando un vacío. Esta descomposición se expresa en cierto desclasamiento, respecto de esa “clase media” que nunca fue realmente una clase, al menos desde el punto de vista de las relaciones de producción, y en cierta convergencia al menos afectiva y verbal con unos sectores proletarios con los que el contacto siempre fue y sigue siendo muy escaso. 

4. El libro se divide en cuatro partes: las dos primeras hacen la crónica de los dos momentos del ciclo, el momento 15M y el momento Podemos, mientras que la tercera moviliza una serie de categorías analíticas sociológicas, económicas e históricas para interpretar estos dos momentos y su concatenación y la cuarta formula algunas hipótesis estratégicas. Es interesante ya en la primera parte la insistencia del autor en no enamorarse de los momentos de este ciclo, ni siquiera del 15M. A juicio del autor, la principal virtud del movimiento de las plazas, que fue sin duda la superación del sectarismo de la izquierda, trajo consigo también uno de sus principales defectos: la “carencia de referentes históricos” y el miedo a que la discusión política estratégica condujera a la ruptura de un movimiento que siempre cultivó el consenso. Este miedo redundó en una escasa determinación para “asumir una confrontación violenta con el Estado” por mucho que el 15M hubiera sido “capaz de horadar hasta sus cimientos los consensos de la democracia española”. Esta paradoja tiene que ver también con la incapacidad por parte del 15M de crear una nueva cultura, nuevas formas de vida sostenibles en el tiempo y una organización con un entramado institucional más sólido y más estable que la asamblea abierta basada en el consenso y la multiplicación de comisiones temáticas. Otro aspecto fundamental del 15M será la centralidad en él de la imagen, de lo espectacular, que tendrá una importante descendencia en Podemos.

La incapacidad del 15M para provocar una ruptura y poner en marcha un proceso constituyente dejó abierto un vacío que no tardó en intentar rellenarse por diversas iniciativas. Una de ellas fue el Partido X con sus propuestas de democracia telemática, otra fue Podemos y la tercera fue el municipalismo. Este recuerdo histórico sirve de vacuna ante una reescritura de la historia “en futuro anterior” cara a la dirección de Podemos, según la cual toda la historia del ciclo e incluso su propia prehistoria solo cobra sentido a partir de la irrupción de Podemos. Existió desde el principio una pluralidad de ofertas políticas, y dentro de esta Podemos ocupa un papel a la vez limitado y dependiente de las otras realidades.

5. Podemos nace como un intento de recuperar la potencia del 15M combinando una organización horizontal y proliferante basada en asambleas abiertas, los círculos, con una estructura de partido de alcance estatal (la de Izquierda Anticapitalista) y un “comando mediático” compuesto por el grupo Somosaguas-La Tuerka. La función de este comando mediático, endiabladamente eficaz en sus inicios, fue fundamental para la nueva organización y constituye a la vez uno de sus rasgos más originales y su peligro más auténtico: “Desde la irrupción en las europeas, una disciplina hasta ahora menospreciada por el activismo, la ‘comunicación política’, se confirmó como el elemento fundamental de la nueva política”. Esto hizo que la dirección explicara el éxito de Podemos como el de uno solo de sus elementos constitutivos, la imagen y el discurso, “la estrategia comunicativa del comando mediático”. Esta ideología ‘espontánea’ del comunicador político que termina creyendo en la absoluta performatividad de su palabra tuvo su traducción en términos doctrinales en la opción por el populismo laclausiano. También la tuvo en términos organizativos, pues el partido resultante del primer congreso de Vistalegre es prácticamente una emanación vertical y autoritaria del comando mediático que se constituye en entramado burocrático a expensas de los círculos y de la participación telemática, así como del elemento de izquierda radical constituido por Izquierda Anticapitalista. Un Podemos centrado en el marketing político acabó convirtiéndose es una especie de partido-empresa que vende una imagen corporativa en el mercado electoral. Así se llevó al extremo –ya incompatible con la democracia– la voluntad de expresión espectacular que caracterizó el 15M, pues en esa estructura en la que televisión y otros medios tenían el papel decisivo, la relación entre la dirección de Podemos, los inscritos y los votantes fue fundamentalmente la de una empresa a una clientela efectiva o potencial.

Las relaciones internas se caracterizaron, en consonancia con la naturaleza empresarial del partido, por el autoritarismo, la lógica de la confianza personal y la cooptación. Aquí también es esencial el pasado reciente quicemayista para entender Podemos.

Podemos casó mal, desde el principio, con la crítica de la representación dominante en el 15M. Al fin y al cabo, el nuevo partido era un proyecto de “recuperación de la política”, aun cuando fuera con modalidades novedosas. Podemos surgió, en efecto, de una búsqueda consciente de la “buena representación”, del “estos sí me representan”. En lo cual se ve la esencial ambigüedad del “no nos representan” del 15M : por un lado crítica radical de la representación en general, pero por otro posibilidad de otra representación.

Lo mismo ocurrió, por cierto, con las prácticas comunicativas; difusas en el 15M y perfectamente centralizadas y profesionalizadas hasta la exasperación, en la máquina de guerra electoral en la que el populismo laclausiano de Errejón, la sociología del mercado electoral de Bescansa y el cesarismo de Iglesias convirtieron a Podemos. El lector podrá seguir con detalle en el libro la exposición de los acontecimientos que marcan las distintas fases de la breve historia de Podemos, hasta el momento actual en el que su desconexión de la sociedad y su autorreferencialidad le han hecho tocar techo y fracasar en su hipótesis originaria de insurrección electoral. El éxito de Podemos es relativo, aunque real. No ha podido iniciar un proceso constituyente, pero sí perturbar de manera grave el panorama político del régimen español, abriendo un periodo que estará marcado por la ingobernabilidad relativa del país, ingobernabilidad destinada a acentuarse según avance una crisis capitalista que está muy lejos de haberse cerrado.

6. La indignación que afecta a los metabolitos resultantes de la descomposición de la clase media tras la crisis se analiza en su constelación de causas en la tercera parte, que incide en la relación esencial entre clases medias, régimen político y élites institucionales como pilares del orden político español. La incapacidad por parte del régimen de reproducir después de la entrada en la crisis a la clase media que le sirve de pilar, unida a la incapacidad de asumir su propia restauración por falta de medios éticos, políticos y hasta intelectuales, hace que la crisis económica y social se asocie indisociablemente a la crisis política.

El sujeto social del 15M, pero también el de la dirección de Podemos es un sujeto indignado ante la imposibilidad de aceptar la propia degradación social, la incapacidad de reproducir materialmente sus condiciones de vida como clase media: empleo y remuneración estables, consumo, acceso a servicios públicos de calidad, etc. El concepto originariamente sociológico de clase media muestra en esta investigación toda su potencia explicativa: la clase media no es una clase definida por el modo de producción capitalista, ni siquiera es realmente “una” clase.

Es más bien un dispositivo estatal que borra toda apariencia de lucha de clases, que oculta, pero no supera, las relaciones sociales capitalistas mediante cierta redistribución de la riqueza y del poder social. Es un dispositivo que nos permite comprender cuál es la base material de la autonomía de lo político que se expresa de manera exacerbada en una organización como Podemos. También es este concepto de una clase media, que busca reproducirse aun en condiciones como las actuales –en las que están bloqueadas las condiciones de su reproducción material– el que permite dar cuenta de los límites de Podemos, de la constante tentación de los principales sectores de esta organización de limitar su actuación a un intento desesperado de restauración del estatus perdido que se pretende recuperar mediante la magia del poder de Estado.

Esta indignación mesocrática tenía ante sí –y sigue teniendo– dos posibilidades de evolución: su inscripción en la lucha de clases puesta al descubierto por la desaparición parcial de una clase media que invisibilizaba el conflicto estructural, o la recuperación del poder social por otras vías, en particular, las de la representación política. La primera se ve dificultada por la falta de una clase obrera realmente organizada (los partidos de izquierda y los propios sindicatos no son organizaciones de clase, o si lo son son las organizaciones de la izquierda de la “clase media”, también en descomposición), la segunda por el hecho de que el sistema político ya está ocupado y, ni siquiera en caso de conquista del gobierno, existen las posibilidades materiales de reconstruir una clase media “como la de antes”.

Queda, según la conclusión de Emmanuel Rodríguez, aceptar la crisis como horizonte a medio y largo plazo y trazar desde ella y desde las posibles convergencias estratégicas que en su evolución puedan darse, una nueva estrategia política de creación de nuevos órdenes sociales surgida, como lo mejor del 15M, de la aleatoriedad y precariedad del orden existente que la propia crisis pone de manifiesto.

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