El patriarcado no coge vacaciones

Seis días de vacaciones que he podido disfrutar pero también que han hecho replantearme la enorme cultura patriarcal que tenemos que soportar.


publicado
2018-08-13 14:16:00

He tenido la suerte este año de disfrutar de unas vacaciones en la costa. He podido hacerlo con mucho esfuerzo y gastándome casi todo el dinero del mes, pero mi hermana se casaba y no podía faltar. Aclaro que no es mi ‘hermana de sangre’, pero tenemos un vínculo que nos une desde hace 40 años. En fin, acudí antes para ayudar en los preparativos de la boda y ponernos al día conviviendo juntas. 

Los seis días que he pasado en este pueblo costero han hecho replantearme la enorme cultura patriarcal que existe todavía. En Esos días pude descubrir que está en nosotras cambiar esos pequeños micromachismos que me repatean con respecto a ciertas costumbres.

Los primeros días estuvimos durmiendo en un camping mientras que, los dos últimos, lo hicimos en un hotel para cobijarnos de la horrible ola de calor sufrida recientemente en toda la península.

Al estar en un camping o al tener el hotel solo en régimen de alojamiento pasaba la mayor parte del día fuera, junto a mi pareja, entre chiringuitos de playa, bares y restaurantes.

La cubitera

El primer día que comimos juntas me llamó ya la atención que la cubitera del vino fue situada al lado de un amigo en común, para que él sirviera el vino. La cambiamos al lado de mi amiga porque estaba al sol y el vino se iba a calentar.

Al principio realmente no me importó, pero luego me di cuenta de que, a cada restaurante que íbamos, siempre el vino estaba al lado de un hombre que se encargaba de servir, repartir y pedir más si era necesario.

Chiringuitos y terrazas

Hablemos ahora de chiringuitos de playa, terrazas y esa maldita manía de que, una vez pides tu consumición, te llega intercambiada. Sin preguntar, ponen la de mayor tamaño o la que lleva alcohol en el lado del hombre, dando por sentado que yo bebería en copa o una consumición sin alcohol.
A mi me gusta beber cerveza en botellín y a mi pareja en copa; pues bien, no había una sola vez que acertaran. Recuerdo un día que incluso tuve que levantarme y pedir una tercera ronda de consumiciones en la barra para que no se volvieran a equivocar. 

Digo yo que, si no te acuerdas de quién era la consumición, qué mejor que preguntar antes de meter la pata, ¿no? Un lugar se libró de esta costumbre infame, dado que al traer las consumiciones, preguntó para quién era. Claro está: solo fue uno en los seis días que he pasé en este pueblo y fue una pena porque nos pillaba lejos del lugar donde nos alojabamos.

Lo “indecoroso” de no llevar camiseta en una terraza no tiene precio

Vivimos en el siglo XXI, creo; pues bien, salímos de la playa, con toallas en mano y una bolsa de tela con nuestras pertenencias para dirigirnos a la terraza de un bar que había en el paseo marítimo. Al no servirnos me acerqué a la entrada del establecimiento y vi un letrero que ponía: "Por su seguridad está prohibido entrar descalzo o con el torso al descubierto dentro del establecimiento". Levanté la mano, me vieron y señalé la mesa donde nos encontrábamos para que nos sirvieran. Mientras esperábamos comenté con mi pareja aquel cartel y ambos entendimos que dentro podías sufrir alguna quemadura o bien cortes por cristales, sin más.

Una vez atendidos en la terraza, con las consumiciones intercambiadas como era de esperar, el camarero que nos atendió se me acercó y me dijo: "Señora, póngase la camiseta". Le pregunté el motivo y me contestó que "era indecoroso". Sorprendida, accedí a ponérmela mientras mi pareja, a quien no le había dicho nada, seguía con el torso al descubierto. Nos tomamos la consumición rápidamente, pagamos y juramos no volver.

Desconozco si existe alguna normativa al respecto porque vivo en un sitio alejado de la costa, pero enfatizo: ¿solo debe ponerse camiseta la mujer?

En todas ellas, el detonante de la cuenta

Cuando una termina de comer, después de bajar un poco la comida y tener esas típicas conversaciones de sobremesa, viene la hora de pedir la cuenta y pagar.

Da igual quien levante la mano, mujer u hombre, en mi caso el platillo con la cuenta siempre ha ido dirigido a un hombre, en vez de dejarlo en el medio.

Si pagas con tarjeta, el datáfono se lo dirigen a ellos y lo más señalado es que la tarjeta viene a mi nombre y siempre lo acompañó del DNI. Quizás lo más sangrante fue en un restaurante donde, tras comprobar con mi documentación que la tarjeta me correspondía a mi, le dieron el datáfono a mi pareja para que pusiera él mi número secreto.

Si pagas en efectivo, la cosa tampoco cambia porque las vueltas siempre las recibe el hombre. ¿Por qué?

Un reto que se debe superar

No quiero ni imaginarme las posibles discriminación que puedan sentir otro tipo de parejas, como homosexuales o personas trans, y creo que este tipo de actitudes deben cambiar.

Sinceramente me pregunto en cuantos pueblos o ciudades costeras, lugares de vacaciones, montaña o fiestas, estando o no de vacaciones, se aguantan este tipo de situaciones y, sobretodo, hasta cuándo lo vamos a permitir.

2 Comentarios
Anónimo 6:13 14/8/2018

Minucias...

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3
#21772 12:55 13/8/2018

Me dicen a mi lo de la camiseta,y me levanto y me voy.Por supuesto sin pagar.

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