Cine
Los vampiros de la Transición

En 1977, José Ernesto Díaz–Noriega, uno de nuestros cineastas más ocultos, hizo un repaso a todos los entresijos políticos vividos en España entre el 74 y el 76, convirtiéndolos en una incisiva parodia en torno al mito de Drácula. El título de la obra Nos fera tu, la pugnete.

Nosferatu

publicado
2019-03-23 06:00:00

“El espíritu de la transición”, con las loas a sus pactos y acuerdos por encima de intereses partidistas para llegar a la democracia es, históricamente, considerado el acontecimiento clave sobre el que se cimenta la España contemporánea, pero sin embargo, para ser un momento de tanta trascendencia en el desarrollo posterior del país, pocas son las películas que han reflejado en profundidad este periodo.

Dentro de la ficción, algunas obras de Garci, Giménez-Rico o del cine quinqui se sitúan en torno a esa época, dándole una mayor o menor relevancia al contexto político en función de su argumento, pero sin adentrarse realmente en sus vericuetos. En el cine documental y de contrainformación encontramos obras como las dos partes de Después de…, de Cecilia y José Juan Bartolomé o Votad, votad malditos, de Llorenç Soler, que tratan el tema, fundamentalmente desde su repercusión en la sociedad, pero lo que es un recorrido histórico por lo acontecido esos años es algo poco o nada tratado en el cine. Sin embargo, en 1977 José Ernesto Díaz–Noriega, uno de nuestros cineastas más ocultos, hizo un repaso a todos los entresijos políticos vividos entre el 74 y el 76 en España, convirtiéndolos en una incisiva parodia en torno al mito de Drácula.

Cineasta amateur

Antes de entrar en profundidad en la película en cuestión, no está de más introducir, brevemente, la muy desconocida figura de Díaz–Noriega, cineasta amateur que estuvo rodando, fundamentalmente en 8 milímetros, durante más de 40 años. Nacido en Barcelona en 1912, sus primeras películas las realiza en las década de los 30 en Madrid, de esa época son Las ninfas de la charca y El viejo parque del Oeste. Estalla la guerra y pese a que intenta librarse de ir a filas con varias triquiñuelas, no consigue engañar a los médicos que hacían las revisiones y acaba entrando en combate. Durante esos años rueda Un frente en calma, un valioso documento que contiene imágenes muy poco vistas del día a día de los soldados en el frente, y Banderas victoriosas, una documentación del Desfile de la Victoria en mayo del 39 por el Paseo de la Castellana, acompañado de grandes dosis de humor y auto-referencias al mundo del cine, elementos que serán ya siempre una constante en su obra.

Durante los siguientes 20 años abandona la práctica cinematográfica, no por gusto sino porque comienza a trabajar como ingeniero de montes en Valencia y no es hasta finales de los 50, cuando establece su residencia en A Coruña, que retoma su afición por el cine.

Allí funda el club de cine amateur y el primer festival de cine amateur de la ciudad, convirtiéndose en verdadero catalizador de la cinefilia en la zona, hasta el punto de que, para muchos, es considerado el padre del cine gallego.

Es en esta época también cuando recupera su actividad como director y producirá varias obras bajo la influencia de sus dos máximos referentes: Ernst Lubitsch del que toma su afilado sentido del humor y Georges Méliès y sus trucajes cinematográficos. Rueda, entre otras, Sever odnum, El festival, El jurado, Al-Nasr Altair, Os suevos o El cine amateur, su película más conocida, en la que a modo de musical cuenta con mucha guasa qué es lo que tienes que hacer para ser un cineasta amateur y con la que obtuvo un buen número de premios, entre ellos el de mejor película en el Festival de Cine Amateur de Cannes en 1965. Y así, entre película y película, llegamos a 1977, año en el que realiza Nos fera tu, la pugnete, película sobre la Transición y sus vampiros.

Franconia: la película

La obra parte de un ejercicio de apropiación y para realizarla trabaja sobre una copia en Super8 del Nosferatu, de Murnau (1922) que compró en Estados Unidos, copia tintada en sepia, la cual sonorizará a partir de un hilarante guión que convierte a todos los protagonistas originales de la película en personajes relevantes de la transición española, situando la acción en el lejano país de Franconia, cuya verídica historia está recogida en el manuscrito encontrado en Zarazwela y que el cineasta se dispone a contar.

Por allí desfilarán el valido del Gran Duque de Franconia, Dráculas Navarro (Carlos Arias Navarro) quien vive en el castillo de Meirás ubicado en una Galicia transilvánica y su fiel colaborador Lopus Rolló (Laureano López Rodó); Jonathan Carolus, el príncipe de Franconia (Juan Carlos de Borbón) y su esposa Nina Democracia (La Democracia), una frágil mujer que se ve amenazada por sombras tenebrosas; el amigo íntimo de Jonathan, Adolfus Suaves (Adolfo Suárez) y la amiga de Nina, Carmen Nueve de Rivera (Carmen Díez de Rivera); el Dr. Plaga (Manuel Fraga) o Torcuatus Mirandus (Torcuato Fernández Miranda) entre otros.

La historia comienza cuando el príncipe de Franconia, ante la grave enfermedad del Gran Duque, es mandado llamar por el valido de este para que se convierta en Gran Duque provisional, teniendo que dejar para ello atrás a su esposa Democracia. En el camino iremos conociendo todos los episodios y todas las conspiraciones que se fueron sucediendo entre 1974 y 1976, tratando con mucha ironía los acontecimientos políticos más relevantes del momento, siempre con la idea de sacar de contexto la oratoria del régimen pero de forma sutil, lo de JEDN (siglas con las que se conocía a Díaz-Noriega) era reírse sin que se dieran cuenta, que a la larga es lo que más placer da, en definitiva aplicar el toque Lubitsch a la realidad.

En la película trata temas como la operación Lucero, que fue el protocolo de actuación que ideó el presidente en funciones, Torcuato Fernández Miranda, para evitar alteraciones de orden público y pérdida de control de las instituciones ante la inminente muerte del dictador; el espíritu del 12 de febrero y el asociacionismo, el Caso Matesa, la corrupción del país como un barco a la deriva en manos de Arias Navarro o los enfrentamientos entre Fraga y el Opus.

Haciendo chistes de los que ahora han llevado a más de uno ante la Audiencia Nacional, como el que hace referencia al vuelo del fantasma del coche de Carrero Negro y el Cara al Sol, el que pone a Adolfus Suaves a repasar el libro de los vampiros convertido aquí en el libro de los principios del movimiento nacional o el que ironiza sobre el “atado y bien atado”. Remata la película con aquel mítico ya “Habla, pueblo, habla”, canción que popularizara el grupo Vino Tinto y que promovía el referéndum para la aprobación de la Ley para la Reforma Política, momento en el que Díaz-Noriega utiliza las únicas imágenes que no provienen del Nosferatu de Murnau, reutilizando unas escenas de lo que parece un documental sobre folclore español cuya procedencia no está acreditada.

Humor resonorizado

La fórmula de (re)sonorizar películas tiene una larga tradición en la comedia española y algunos de los más destacados maestros del humor patrio se dedicaron a ello: así en 1933 Jardiel Poncela hizo una serie de piezas audiovisuales en las que bajo el título de Celuloides rancios sonorizaba con voces y disparatados argumentos cortometrajes mudos melodramáticos de principios de siglo y que continuaría en los años 40 con obras como Mauricio, una víctima del vicio.

En esa misma década, el fundador de La Codorniz, Miguel Mihura, estrenaría Un bigote para dos en la que junto con Tono, uno de sus colaboradores en la revista, redoblaron de forma hilarante una película austriaca de 1935 sobre la vida de Johan Strauss, que llevaba por título Unsterbliche Melodien.

Y ya mucho más cercano en el tiempo a la obra de Díaz-Noriega, encontramos otras películas que parten de esta idea como What’s Up, Tiger Lily?, realizada en 1966 por Woody Allen a partir del metraje de una película japonesa, o las realizadas dentro del movimiento de la Internacional Situacionista, cuyo concepto teórico del detournement, que consistía en apropiarse de un objeto creado por el sistema hegemónico dominante y manipular su mensaje de forma artística en busca de un efecto crítico, fue llevado a la práctica en varias películas realizadas por Guy Debord y René Viénet, de este último es La Dialectique peut-elle casser des briques? (¿Puede la dialéctica romper ladrillos?), realizada en 1973, en la que convierte Tang shou tai quan dao, una película hongkonesa de artes marciales, dirigida por Kuang-chi Tu, en una obra sobre la lucha de clases a partir de la manipulación de su banda de sonido. Teniendo en cuenta el alto grado de cinefilia de Díaz-Noriega, no sería de extrañar que hubiera visto alguna de estas obras y que le sirviera de inspiración para su Nosferatu.

La maldición del vampiro

La película se estrenó en junio de 1977 en A Coruña y a punto estuvo de ser su único pase, siguiendo con la maldición que siempre ha acompañado a Nosferatu, de Murnau, cuyas copias fueron casi totalmente destruidas tras el juicio sobre derechos de autor ganado por los herederos de Bram Stoker y las mil vicisitudes posteriores vividas por el negativo que se creía perdido hasta que décadas después fue hallada una copia con los planos originales y pudo ser restaurada. Para los interesados en profundizar en este apasionante tema se recomienda leer al historiador Luciano Berriatúa, experto en la materia.

Volviendo al Nosferatu de JEDN, poco después de su estreno fue invitado a proyectar la película en Madrid, con la mala suerte de que el día de la proyección le robaron sus pertenencias, película incluida. Salvó el drama que existía una copia aparte del sonido y tiempo después, tras conseguir un nuevo Super8 de la obra de Murnau pudo volver a ser sincronizada con el audio. Con todo, pocas han sido las veces que ha sido exhibida en público esta película.

En el año 2006, el cineasta Marcos Nine dirigió el documental Pensado en soledad que recoge una serie de entrevistas a familiares y amigos de José Ernesto, en ellas se habla de que era una persona contradictoria y nunca les quedaba clara cuál era su tendencia política. La guerra la comenzó en el bando republicano pero fue capturado y como solución práctica para no acabar en la cárcel o algo peor se cambia al bando nacional por pura supervivencia. Los que le conocieron le denominan progre, anarco bufón, liberal radical, anarquista de derechas o que simplemente no iba ni con unos ni con otros e intentaba quedarse al margen como fuera para no verse cohibido. Amante de la sátira y la ironía, tenía suficiente humor para repartir a derecha y a izquierda y lo usó para hacer crítica de su tiempo. Algo que, efectivamente, queda patente en su obra.

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