Silicon Valley no es un problema para la democracia, el capitalismo lo es

Pareciera como si Silicon Valley fuera una fuerza histórica que emerge de la nada para poner fin al debate público ilustrado de antaño. Nada más lejos de la realidad.

Silicon Valley
Las marcas de Silicon Valley.
Ekaitz Cancela

publicado
2017-12-27 09:12:00

Apenas ha pasado un siglo desde que la propaganda comenzara a ser ejecutada como herramienta política para justificar la intervención norteamericana en la Primera Guerra Mundial hasta que estalló aquel escándalo tras las elecciones de Estados Unidos por la interferencia de la desinformación rusa distribuida a través de Facebook.

En este tiempo, el sistema a través del que la opinión pública se informa y desarrolla su pensamiento ha sufrido cambios de una naturaleza similar a aquellos que Jürgen Habermas resumía en 1991 como “la refeudalización de la esfera pública”.

Alejada de cualquier intento por revitalizar el proyecto ilustrado, el filósofo apuntaba a que la opinión publica estaba siendo cooptada por los deseos privados; la industria de las ideas ejercía con su propaganda corporativa una influencia alienadora sobre la vida social del individuo.

No nos encontramos ante los nuevos guardianes de la información, como lo fueron los periódicos, sino que su poder se asienta en que la desinformación circule por sus plataformas

Lejos de haber corregido tales dinámicas, a día de hoy contemplamos que la propaganda se expande a través de dos únicas corporaciones digitales: Google y Facebook. No nos encontramos ante los nuevos guardianes de la información, como lo fueron los periódicos, sino que su poder se asienta en que la desinformación que caracteriza el corrompido debate público contemporáneo circule por sus plataformas.

Todo el proceso comenzó con la privatización de la infraestructura de las telecomunicaciones. Como narra Dan Schiller en Digital Capitalism: Networking the Global Market Systemobal, internet solo fue el elemento principal del huracán de destrucción creativa en transición hacia un sistema neoliberal global donde las telecomunicaciones eran la base de producción y la estructura de control de un capitalismo digital emergente.

“En respuesta a la crisis de rentabilidad de finales de la década de 1960 y principios de la de 1970, la información y las comunicaciones llegaron a constituir un polo muy aclamado para el crecimiento general del mercado y el capital con fines de lucro inundó el sector. El capitalismo digital se erigió, no como un fenómeno sectorial o centrado en las comunicaciones, sino como un proyecto inclusivo de toda la economía”.

Pero cuando Schiller escribió en el año 2000 que estamos ante una trascendencia histórica de las relaciones de propiedad capitalistas, Google y Facebook ni siquiera se habían convertido en los gestores del conocimiento de una esfera privada cuyos tentáculos oprimen a una audiencia que ya es casi mundial.

La progresiva acumulación de capital ha ejercido siempre una fuerte presión sobre el espacio y el tiempo. Así es que la inmediatez de los acontecimientos hoy distribuidos a gran velocidad a través de ambas plataformas ha creado una especie de económica política del conocimiento donde las noticias falsas son extremadamente rentables para ellas.

Además, cuando el fin cultural se ha convertido en la mera acumulación de ganancias, la producción de pensamiento —cada aportación al debate público— se convierte en un flujo de capital subsumido en una cultura mercantilizada a nivel global.

Desde la llegada del consumo de masas, tanto la industria de la publicidad en el terreno económico como la de las ideas en el político se han dedicado a corromper el conocimiento

Ahora bien, este no es de ninguna manera un fenómeno nuevo. Desde la llegada del consumo de masas, tanto la industria de la publicidad en el terreno económico como la de las ideas en el político se han dedicado a corromper el conocimiento de los individuos canalizando sus experiencias cotidianas o bien en favor de intereses corporativos o de fines políticos particulares.

Lo realmente novedoso hoy es que Google y Facebook están “construyendo una infraestructura autoritaria de vigilancia simplemente para que la gente haga clic en anuncios”, en palabras de la socióloga Zeynep Tufekci. Pero vayamos más allá.

Si la razón anhelada por la Ilustración debía suponer un estatuto elevado para la definición de la esencia inalterable de la naturaleza humana, donde la búsqueda de verdades eternas era la tarea más elevada, en pleno siglo XXI la razón se ha pervetido. La razón es desde hace unas décadas una confirmación de los dogmas del mercado.

Así es que la última vuelta de tuerca que supone la adaptación de las dinámicas neoliberales al mercado digital nos lleva hacia una situación donde la idea de verdad coincide con la de lo viral, es decir, lo que más atención (clicks) consigue se convierte en verdad establecida, aunque sea de forma tan efímera como se suceden los acontecimientos. Hablamos, además, de que el estadio actual de concertación de poder va más allá de la mera privatización de la esfera pública.

Teniendo en cuenta esta coyuntura, una plétora de ensayos publicados en los últimos meses tratan de representar el síntoma de este presente histórico de tal forma que el poder adquirido por Silicon Valley coincida exactamente con la descomposición de la democracia.

La mayoría con un mensaje tremendamente superficial que omite las consideraciones políticas o económicas que han forjado el desarrollo histórico de las tecnologías de la información. Comencemos con World Without Mind, del periodista Franklin Foer, un largo repaso en el que acusa a las empresas californianas de suponer un riesgo existencial para la democracia y donde emplea capítulos concretos a repartir culpas sobre cada una de ellas.

“Facebook y Google han creado un mundo donde los viejos límites entre realidad y falsedad se han erosionado, donde la desinformación se propaga de forma viral”

“Facebook y Google han creado un mundo donde los viejos límites entre realidad y falsedad se han erosionado, donde la desinformación se propaga de forma viral”, señala al comienzo del libro. Pareciera como si Silicon Valley fuera una fuerza histórica que emerge de la nada para poner fin al debate público ilustrado de antaño. Nada más lejos de la realidad.

La clave se encuentra en entender que Google y Facebook no tratan de vendernos bienes de otras compañías, sino que se encuentran inmersas en un proceso de transformación económica para ofrecer en el futuro sus propios servicios mediante sistemas de inteligencia artificial o el aprendizaje de las máquinas (machine learning) que pueden alcanzar la eficiencia total mediante la personalización del contenido que ofrecen.

Pero Foer prefiere hacer uso de la simplificación para no atender a estas cuestiones fundamentales. “Es la rendición del libre albedrío: los algoritmos eligen por nosotros,” indica en las conclusiones de su ensayo.

En principio, no debería haber motivos para desechar la personalización algorítmica o su uso para ampliar nuestro conocimiento sobre alguna materia, el problema es que nuestros datos sean propiedad de dos empresas, esa personalización esté orientada al consumo en un mercado digital que ellas controlan y que se presenten como si fueran solución a todos nuestros problemas. En otras palabra: que Google cumpla su objetivo de organizar de forma privada y en exclusiva toda la información del mundo.

Además, Foer comente un error que aparece de forma recurrente en las distintas columnas de opinión de los tabloides internacionales: adolece de presentar la continuidad con el pasado de los nuevos modos de organización del capital. Digamos que nos encontramos ante una crisis de acumulación capitalista que genera un malestar, una incertidumbre sobre nuestro presente y no digamos ya sobre el futuro.

En este tipo de coyunturas se altera la experiencia que tenemos sobre las verdades, las narrativas políticas se diluyen en marketing político fragmentado por la necesidad de responder de forma instantánea a la opinión pública. Pero no es la primera vez donde la desinformación hace acto de presencia, ni mucho menos. No hay más que atender a la propaganda norteamericana tras el 11-S y la completa complacencia de los grandes medios de comunicación. O a la propaganda contra la Unión Soviética de la posguerra fría. De un lado sucede que, por primera vez, los beneficios de la desinformación se han privatizado. Y de otro, que la velocidad con la que circula esa información por determinadas plataformas antepone el entretenimiento de lo efímero a la reflexión política sosegada y consciente.

La URSS miraba a los ciudadanos para engendrar paranoia, hacer cumplir los dogmas del partido. Ahora nos vigilan en internet para que las empresas puedan vendernos bienes de manera más efectiva

Así, cayendo en la misma trampa propagandística posterior a la caída del muro de Berlín, uno de los apuntes más lúcidos que Franklin Foer enarbola sobre el capitalismo de la vigilancia se encuentra impregnado por la misma narrativa del “enemigo común”: “La vigilancia en Internet es muy diferente de la supervisión del Estado totalitario. La Unión Soviética y su familia de naciones miraban a los ciudadanos para engendrar paranoia, hacer cumplir los dogmas del partido y, en última instancia, preservar el control antidemocrático del poder de una pequeña élite. Ahora nos vigilan en Internet para que las empresas puedan vendernos bienes de manera más efectiva”.

Sin embargo, pareciera como si las tácticas de vigilancia empleadas por Silicon Valley fueran novedosas, como si no tuvieran nada que ver con aquellas actuaciones del departamento de Defensa estadounidense. También como si el capital no se estuviera entrometiendo en nuestra vida diaria a través de estas plataformas tecnológicas como una forma de extender la finaciarización impuesta desde hace décadas a cada acto que realizamos en la red.

Evidentemente, todos estos problemas tienen una relación directa con las lógicas culturales del capitalismo contemporáneo. Una idea que Jonathan Taplin parece entender en Move Fast and Break Things, en alusión al famoso eslogan de Mark Zuckerberg. Pero, de nuevo, brilla por su ausencia la visión histórica.

El autor nos dice que “la modernidad se construyó sobre la idea de que los individuos deben ser quienes deciden sus propios destinos, particularmente como votantes y consumidores. Pero eso no es lo que sostiene el futuro tecno-determinista”.

Si la modernidad es el marco de referencia que estamos abandonando, ¿debemos hacer alguna esfuerzo por preservarla o más bien ajustar cuentas con ella?

En Los orígenes de la posmodernidad, Perry Anderson apuntaba que existen dos condiciones de la modernidad que ya han desparecido del panorama contemporáneo. De una parte, “no queda ya ningún vestigio de un establishment academicista al que un arte avanzado se pudiera oponer”. De otra, que “la posmodernidad es lo que sucede cuando este adversario ha desaparecido sin que se haya obtenido ninguna victoria sobre él”.

Así es que cuando Taplin se pregunta “¿cómo creamos una cultura sostenible que eleve nuestras vidas, nuestros espíritus, nuestras almas, como lo hicieron Louis Armstrong, Walt Whitman, Bob Dylan o Stanley Kubrick?” cabría mejor preguntarse qué hacer para que la literatura, la música o las otras formas de arte de este siglo que preocupan al autor no coincidan con la versión de las corporaciones tecnológicas del proyecto ilustrado y la emancipación humana.

Ahora bien, ello implicaría analizar en qué momento del alto modernismo el determinismo tecnológico se convirtió en la idea sobre la que debía asentarse el progreso. Estas cuestiones son simplemente desechadas por Taplin en favor de una alabanza nostálgica a los años 60 y 70, una supuesta edad de oro en términos artísticos que nunca más volverá porque Silicon Valley ha acabado con ella. Su solución es más un súplica enternecedora para que Mark Zuckerberg reconsidere la dirección hacia la que camina su proyecto global que otra cosa.

En este sentido cabría prestar atención a la tercera condición que señalaba Perry Anderson, la evolución de la tecnología.

Es esta carrera por la acumulación de datos para ofrecer servicios que atiendan al día a día del consumidor, como señalábamos previamente, en lo que se asienta la cultura empresarial de Silicon Valley

Tras la posguerra, el intento por establecer una especie de paz perpetua —paradójicamente a través de una carrera militar— espoleó el desarrollo tecnológico y su integración en la producción en masa de bienes. Unas décadas después, la industria que triunfa es la de servicios.

Es esta carrera por la acumulación de datos para ofrecer servicios que atiendan al día a día del consumidor, como señalábamos previamente, en lo que se asienta la cultura empresarial de Silicon Valley. El problema es que la música, el periodismo y demás factores de creación cultural que preocupan a Taplin se han convertido en uno de esos servicios.

El consumidor debe acudir a un mercado controlado por cada vez menos empresas para disfrutarlo. Por tanto, el autor de Move Fast and Break Things haría bien en seguir la recomendación del filósofo Herbert Marcuse que él mismo cita en la introducción de su libro: el papel del arte en una sociedad no debe olvidar lo que puede ser y defender una visión de la historia del arte que sea la historia de la subversión. Ahora bien, todo ello implica partir de preceptos distintos a los mensajes simplistas de Taplin –“internet está cambiando nuestra democracia”– y entender los desplazamientos culturales de este presente momento histórico, no como sucesos nuevos y rupturistas, sino desde el prisma del desarrollo capitalista a lo largo de la historia.

El intento por tratar esta cuestión nos lleva hasta el más reciente de los libros que ha aparecido alabado por la crítica en el mercado global de las ideas. Se trata del escrito por el columnista del New York Times Noam Cohen, The Know-It-Alls: The Rise of Silicon Valley as a Political Powerhouse and Social Wrecking Ball, que describe a las figuras que desde 1990 han dado forma a la red con el fin de captar la forma en la que éstas han alterado el presente.

Cohen plasma de manera certera el sentido común de época: “Los líderes de Silicon Valley proponen una sociedad en donde las libertades personales están cerca de ser absolutas y las regulaciones gubernamentales desechadas, donde una camada de emprendedores amasa billones de dólares gracias a sus innovaciones mientras el resto de nosotros lucha en un mercado hipercompetitivo sin sindicatos, regulaciones del Gobierno o programas sociales que nos protejan”.

“Zuckerberg era un programador talentoso con la creencia hacker de que los ordenadores pueden salvar el mundo”

Y también que, en cierto modo, la vida de de estos personajes define la nuestra. Como señala al final de su libro: “Zuckerberg era un programador talentoso con la creencia hacker de que los ordenadores pueden salvar el mundo y la implacable característica de Peter Thiel de usar los efectos de la red para sustituir la web por su propio servicio, que dentro de poco será renombrado como Facebook”.

De esta forma, Noam Cohen parece apuntalar con sus palabras aquello que dijera Marx hace ya un siglo y medio: “No es la consciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”.

No obstante, lejos de responder a una descripción detallada sobre cómo se ha producido este suceso, el ancho del libro se pierde de forma idealista y abstracta en la forma en que determinados conceptos han dado forma a la visión tecno-determinista actual mediante las relaciones endogámicas producidas en un lugar concreto. A pesar de que no es de ningún modo errado su análisis de cómo Stanford se ha convertido desde 1950 en “una institución de investigación pro-negocios” fundada por un filántropo.

Pero, como hemos señalado previamente, tratar de presentar el devenir de la historia de la humanidad partiendo de una base de tan corta mira puede conducirnos al equívoco.

La producción de ideas no puede desvincularse de las relaciones materiales que caracteriza el presente espíritu de época: dos empresas han acumulado la propiedad de nuestros datos y los emplean al mismo tiempo para vendernos anuncios como para atarnos al mercado de servicios que ellos están comenzando a monopolizar. Tampoco, que esa misma filantropía que en un principio corrompió el debate público está sirviendo para crear un ecosistema de dependencia cuasi feudal entre medios de comunicación y Silicon Valley.

De todos modos, si la crítica se centra en los mecanismos a través de los cuales estos sucesos se han consolidado, la argumentación debería de ir más allá de la Universidad de Stanford y de apuntar hacia un par de hombres por haber puesto en jaque la democracia.

La formación de nuestro pensamiento lleva décadas organizándose de forma tecnocrática mediante la financiación de laboratorios de ideas, proyectos de investigación en universidades, grandes proyectos periodísticos y un largo sinfín de relaciones a través de los que la ideología del mercado se distribuye para reflejar los intereses privados. Y existe un largo sinfín de personajes históricos que han contribuido a ello, comenzando por Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Estos herederos de Bill Clinton se aferran a todo tipo pretextos para evitar reconocer que la pequeña burguesía está siendo sustituida por un par de señores feudales

Si la solución hoy parece pasar por doblar la apuesta y otorgar más responsabilidad sobre nuestra vida social a un par de “nerds tecnológicos”, en palabras de Cohen, habría que pensar cómo poner a salvo la democracia de la tecnocracia burguesa y pensar en una sociedad donde la participación popular adquiera mucho más peso.

En definitiva, la retórica de todos estos autores es peligrosa en la medida que se niegan a cuestionar la economía política del capitalismo digital desde un punto de vista histórico, las lógicas culturales que sientan y sus planes económicos para renovar el poder global de Estados Unidos.

Fue la conexión entre la privatizción de la estructura social, su gestión por políticos tecnocráticos y la producción capitalista lo que puso en jaque la democracia en el mundo. Tratar de reducirlo a la relación entre Silicon Valley y la elección de Donald Trump es errar en el análisis y presentar sólo la punta de un iceberg que oculta un problema más profundo.

Atrapados en un callejón sin salida, estos herederos de Bill Clinton —el mismo que aceptó con los ojos cerrados la base ideológica para el actual dominio de Silicon Valley—, se aferran a todo tipo pretextos para evitar reconocer que la pequeña burguesía, a la que nostálgicamente tratan de regresar, está siendo sustituida por un par de señores feudales.

2 Comentarios
matriouska 16:56 27/12/2017

Ya me preocupaba mucho el gigantesco poder que google y facebook tenían, pero las reflexiones que nos traladas me asustan. Yo no uso sus "servicios" (al menos que yo sepa de manera voluntariamente consciente).Estos dos "Grandes Hermanos" son extremadamente peligrosos.

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#11633 2:56 23/3/2018

Si usas internet usas Google. Y Google te usa a ti. No lo dudes.

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