República
Sobre centralismo y deserción republicana: una carta a viejos y nuevos amigos

Cuando se recuerda que España ya es un país muy descentralizado se nos recuerda que no es recomendable aspirar a dar una mayor expresión política a ciertas diferencias culturales. No es un recordatorio, es la amenaza del 155.

referendum catalunya madrid
Concentración en apoyo al referéndum catalán el pasado 20 de septiembre en la puerta del Sol de Madrid. Álvaro Minguito
14 abr 2018 06:00

Muchas de nosotras (dejo este ‘nosotros’ abierto de forma intencionada) hemos pasado gran parte de nuestras vidas políticas intentando conjugar un apego no nacionalista por ciertos rasgos culturales de los que somos portadores con una crítica al particularismo nacionalista de determinadas apuestas políticas, cuya finalidad es la construcción identitaria de un pueblo. Y lo hemos hecho con determinación, sabedores de que la multiplicidad de rasgos que nos constituyen no puede ser integrada en una identidad clara.

Como dice el fragmento de Heráclito, que bien podríamos hacer nuestro hoy, “los límites del alma no los hallarás andando, cualquier camino que recorras; tan profundo es su lógos”. Hemos sido partícipes y continuadores, cada uno a su manera, de esa crítica de la identidad que desde múltiples campos se llevó a cabo en el ámbito del pensamiento y la praxis política a finales del siglo XX, y hemos intentado (y seguimos intentando) pensar una política que articule la igualdad y la diferencia, que durante tanto tiempo se entendió desde la óptica aristocrática de la distinción.

Como otros, seguramente, me hago esta pregunta: ¿cómo podemos pensar una igualdad que se apoye en la heterogeneidad de los elementos que la constituyen, una igualdad que sea horizontal pero quizá no simétrica, más allá de la homogeneidad que implica la estructura jurídico-política de los estados modernos y la economía de mercado? Esto es, ¿qué ocurre cuando conjugamos la igualdad con la diferencia?

Sumidos en estas cavilaciones, y manteniendo una oposición crítica y frontal respecto al independentismo nacionalista, nos hemos dado de bruces con un obstáculo al que quizá no habíamos prestado suficiente atención: la universalidad de lo español.

Si bien el nacionalismo particularista (cuyo horizonte es constituirse en otro universal) se presta con aparente facilidad a su deconstrucción, la universalidad de lo español parece gozar de una inmejorable salud propiciada por una de sus mejores virtudes: la capacidad de pasar desapercibida fruto de la neutralidad privilegiada de la que goza.

Pero esa neutralidad no le es inherente, como si constituyera su naturaleza íntima, sino que viene dada, como todas las posiciones aparentemente neutrales, por su posición de dominio. Por decirlo con Deleuze y Guattari, “no hay lengua madre, sino toma el poder de una lengua dominante en una multiplicidad política”.

Por eso somos tantos quienes contemplamos con una mezcla de tristeza e indignación la indiferencia de ciertos sectores progresistas del espectro político en relación a la crisis catalana. Esta indiferencia es interpretada, en perfecta consonancia con la jerarquización y subordinación implícita en esa universalidad de lo español, como una limitación del discurso independentista catalán. Pero justamente la relación de subordinación entre las minorías culturales y ese universal se expresa en la ocultación que lleva a cabo esa acusación unidireccional.

Efectivamente, este universalismo español es incapaz de ver la viga en su propio ojo, solo ve la paja en el ajeno. Toda la crítica se concentra arbitrariamente en la parte, poniendo a resguardo la arbitrariedad del dominio de la totalidad o el universal, que se expresa cada día en las opiniones más mundanas.

Por eso, la indiferencia es también la expresión fiel de los parámetros o la estructura discursiva en la que se organiza el centralismo español, incluidas las versiones en las que se antepone la solidaridad económica a la excepcionalidad y libertad cultural. Pero muchos creemos que la emancipación no puede consistir en la elección entre la solidaridad económica y la subordinación cultural.

Cuando se recuerda que España ya es un país muy descentralizado se nos recuerda que no es recomendable aspirar a dar una mayor expresión política a ciertas diferencias culturales. No es un recordatorio, es la amenaza del 155. O cuando se dice que las aspiraciones culturales catalanistas, vascas o de otro tipo son un residuo feudal no acorde con la configuración contemporánea del mundo, se afirma de forma implícita que los catalanistas, euskaltzales o cualquier otro que defienda, sea en clave nacionalista o no, sus diferencias culturales, no es del todo capaz de acción política, que no tiene el lógos o la inteligencia adecuada para vivir en una comunidad política adulta. Estas actitudes, incluida la que con un aire filosófico-político muestra una preferencia desinteresada por un modelo francés de Estado, recuerdan menos a la philoxenía u hospitalidad que a su contrario. Y siguiendo con el símil griego, cada vez que en la esfera político-mediática o en las conversaciones privadas o cotidianas alguien se expresa así, hablamos con un despótes pero no con un igual, con un amigo.

Si la estructura cultural del Estado español se fundamenta en la subordinación de unas comunidades a un universal dominante, en España la república es justamente aquello que falta

Pero una república es precisamente un espacio no despótico, como hace poco definió Marina Garcés. De lo que podemos concluir que si la estructura cultural del Estado español se fundamenta en la subordinación de unas comunidades a un universal dominante, en España la república es justamente aquello que falta. Una república, o una multiplicidad de repúblicas, han de partir de la premisa incuestionable de la igualdad de las diferencias, de la heterogeneidad radical de los iguales. La amistad no es otra cosa que esto, y por eso, como sabían los antiguos, es política, esto es, republicana.

Decía el economista Turgot acerca del intercambio que era un tipo de lenguaje y que, como la traducción, consistía en reemplazar un objeto o término por otro en virtud de un valor que funcionaría como término medio. Mediante esta operación los elementos que intervienen en la transacción o en la traducción se hacen equivalentes y homologables. La estructura jurídica de un Estado lleva a cabo una operación parecida: los sujetos de derecho se hacen homologables en virtud de una equivalencia de estatus que propicia el término común de ciudadanía.

Pero ¿qué ocurre cuando se pretende llevar a cabo una reducción semejante en el plano cultural en nombre de un supuesto término común como lo español? Ocurre que las realidades culturales son inconmensurables, y por eso, no es posible su reducción a un término común cualquiera sin cierto grado de violencia simbólica o material. La homologabilidad cultural de las comunidades culturales (“los diferentes pueblos de mi país” decía un líder de la nueva vieja izquierda) toma entonces la forma de un dominio que se expresa de dos formas: en un deseo explícito de asimilación por un lado o en la tolerancia, que no es otra cosa que la aceptación de la incapacidad práctica de acometer la primera.

Ni la singularidad ni la excepcionalidad cultural son privilegios, no imponen una distinción jerárquica como tantos centralistas repiten

Es cierto que es difícil definir qué es un rasgo cultural. Pero es significativo que se asocie a esta idea términos como el de singularidad o excepcionalidad culturales. Ni la singularidad ni la excepcionalidad cultural son privilegios, no imponen una distinción jerárquica como tantos centralistas repiten. Son simplemente la indicación de que las diferencias materiales o simbólicas en el plano cultural no pueden ser objeto de una transacción o una traducción tal como las pensó Turgot en el ejemplo citado. Precisamente, Deleuze recuerda en Diferencia y repetición, en una frase que recuerda al análisis del economista francés, que la singularidad es aquello que no puede ser introducido en un sistema de equivalencias que permita “intercambiar un término contra otro”. Si los pueblos (todos) son singularidades, lo son en este sentido.

La excepcionalidad es la condición común de los pueblos, la constatación de su inconmensurabilidad. Y es justamente en virtud de eso que ningún pueblo podrá darse nunca una representación adecuada o completa de sí mismo. Por eso la diversidad cultural se ha asociado tantas veces con una idea no monetaria de la riqueza o del valor. Y por eso también podemos decir que la igualdad cultural es prejurídica, esto es, horizontal pero heterogénea.

Es cierto que los sectores nacionalistas oligárquicos, aquellos que defienden una gestión no igualitaria de la sociedad acorde con su poder económico, pretenden llevar a cabo una operación ideológica que podría analizarse en clave marxista. No lo ignoramos. Pero porque la realidad humana material no es un continuo cultural homogéneo, la aspiración a dar expresión simbólica a ciertas diferencias culturales no puede ser reducida a mera ideología sin llevar a cabo una operación, a todas luces arbitraria o violenta, de imposición de un falso universal cultural. Marxistas y liberales, o mejor dicho, nacional-marxistas y nacional-liberales, se aferran con ahínco a sus marcos universalistas. Y aunque muchos no lo sepan o no lo quieran saber, participan en cierto modo de ese deseo más o menos sutil de asimilación o de tolerancia. Pero nosotros ya hemos comprendido que la koiné no es española, que lo común no es lo español.

Incluso la indiferencia menos apasionada expresa la comodidad de encajar en ese supuesto universal español. Pero, ¿no es cierto, acaso, que esa comodidad es la de ocupar la posición favorable en una relación jerárquica? Pocas son las voces que han intentado romper con esta indiferencia.

En la raíz del conflicto catalán hallamos la estructura cultural jerárquica del Estado español, por eso nuestros aliados son ya otros, y por usar un símil de la actualidad, se parecen más a Ramón Grosfoguel que a Pablo Iglesias

Y ahora que la guerra sucia y su maquinaria de manipulación se ha alojado ya en Catalunya, lo agradecemos inmensamente, ya a la sombra de un leviatán monstruoso y autoritario que es también el vuestro. Pero muchos de nosotros (‘nosotros’, los que nos hemos ido) hemos dicho basta. Basta ya a tanto menosprecio implícito en esa falsa universalidad, en supuestos marcos comunes que llevan consigo la subordinación cultural o incluso la humillación, y en las excusas de los indiferentes, en las explicaciones paternalistas de esa izquierda que ha envejecido de forma tan prematura. En la raíz del conflicto catalán hallamos la estructura cultural jerárquica del Estado español, por eso nuestros aliados son ya otros, y por usar un símil de la actualidad, se parecen más a Ramón Grosfoguel que a Pablo Iglesias. Por todo esto, muchos ya nos hemos ido, no sabemos bien a dónde. Y sabemos bien que porque nos quieren de rodillas, nos tendrán en pie.

Por su parte, el Estado español prepara probablemente el terreno a un conflicto de baja intensidad que posibilite, mediante el mismo conflicto, la gestión de lo social en un nuevo escenario, y es posible que los sectores conservadores procesistas se presten a pactar dicha gestión que tanto los beneficia. Solo una multitud orgullosa y organizada pacíficamente puede hacer estallar esta renovada dialéctica del todo y la parte. En todo caso, los espacios republicanos no nacionalistas están aún por crear.

Sería hipócrita afirmar que este texto no es en algún sentido un reproche, pero sería igualmente falso afirmar que no es una invitación a construir juntas esos espacios, bajo la convicción de que la igualdad y la diferencia son los elementos mínimos sobre los que se construye toda comunidad política.

El otro día, un amigo me pedía, con una complicidad que agradezco, “no nos dejéis solos con los ‘españoles’”. Comparto su sensación de soledad. Muchos en Catalunya nos sentimos solos. Pero lo que nos separa a unos de otros no es el independentismo, es esta España en descomposición. Quizá nos una el deseo positivo de emprender un proceso de deserción republicana, el deseo de descubrir juntos la koiné de los diferentes.

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4 Comentarios
Baix Llobregat 17:51 18/4/2018

Quizás la izquierda academicista y universitaria debería de acercarse a la asamblea de la PAH más cercana que tengan, se ahorrarían artículos tan trasnochados como el escrito aquí. Todo lo que se dice queda superado desde el primer minuto en la asamblea. Tanto que aprender y se dedican a enseñar.

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#14295 11:28 19/4/2018

Trol residente. No tocar.

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Baix Llobregat 17:55 19/4/2018

Por lo menos my follower sabe que no habrá contacto físico ;)

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#13777 21:16 14/4/2018

A 87 años de la segunda, una pregunta para la izquierda: ¿Por qué tarda tanto en llegar la Tercera República?

14/04/2018

Tras unos días de frenética actividad realizada por los diferentes grupos políticos que buscaban acabar con la Monarquía, el 12 de abril de 1931 se celebraron elecciones municipales que dieron el ansiado triunfo a los candidatos republicanos. La victoria fue amplia; se estima que ganaron en 41 de las 50 capitales de provincias.

De modo que, tras conocerse el resultado de los comicios y de manera casi espontánea, se fue proclamando la República. Las celebraciones comenzaron en la ciudad gipuzkoana de Eibar y en la catalana de Barcelona; el 14 de abril, ya por la tarde, sucedió exactamente lo mismo en la capital del país. Tras la salida de España del rey Alfonso XIII, el mismo día 14 y presidido por Alcalá Zamora, el Gobierno Provisional quedó constituido como poder en Madrid. 14 días después —el 28—, la República decretó el cambio de símbolos y adoptó los mismos que en la Primera República —1873—: la bandera tricolor —rojo, amarillo y morado— y el himno de Riego.

El 18 de julio de 1936 llegó Franco para anunciar casi tres años después —el 1 de abril de 1939—: “La guerra ha terminado”, al tiempo que el gobierno imperialista de los Estados Unidos reconocía al gobierno franquista. Acababa de ser derrocado a sangre y fuego un gobierno republicano legitimado por las urnas, para sumir al pueblo en la más larga y horrenda de las dictaduras fascistas que probablemente haya vivido la humanidad.

Franco murió el 20 de noviembre de 1975, pero para entonces ya había dejado todo “atado y bien atado para el futuro”: un franquismo disfrazado de “democracia” que llegó tras una sangrienta y mal llamada Transición que a día de hoy se empeñan en vendérnosla como modélica —entre 1976 y 1980 la policía, la Guardia Civil y la extrema derecha asesinaron impunemente a más de cien personas, y miles de detenidos fueron salvajemente torturados—. Y es que la actual Constitución —que tanto protege al rey, con el beneplácito de la pseudoizquierda— fue fruto de una “ruptura pactada” con el franquismo y no de una “ruptura democrática”, que es lo que se demandaba masivamente en la calle. Fue la consecuencia, en definitiva, de la brutal represión ejercida por los franquistas y del vergonzoso cambio de chaqueta de algunos dirigentes revolucionarios que, por prebendas, comenzaron a desempeñar el papel de traidores.

Por más que se empeñen en hacernos creer lo contrario, a día de hoy, las principales estructuras franquistas siguen intactas, y el heredero del elegido por Franco, nunca por el pueblo —a Felipe VI nos referimos—, sigue siendo el Jefe del Estado y de los tres ejércitos. No es casualidad que el rey, hoy emérito, llegara a decir: “no consiento que se hable mal de Franco en mi presencia”.

Se cumplen 87 años de la proclamación de la Segunda República, un día que debe ser de celebración, pero sobre todo de lucha. Salud, muerte al franquismo —hoy todavía muy presente— y ¡VIVA LA REPÚBLICA SOCIALISTA!

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