Memoria histórica
La biografía de la espuma, Walter Benjamin y el refugio

Sin espacios de la memoria es más fácil olvidar. Si el recuerdo no está siendo capaz de evitar la barbarie, el olvido representa la extinción de la esperanza.

Cementerio de Portbou
Cementerio de Portbou. Mafe Moscoso

publicado
2018-10-10 06:00

Benjamín Walter fue el nombre con el cual el médico español que certificó su fallecimiento decidió llamar al refugiado que se había suicidado, en 1940, sin papeles para cruzar la frontera. El 17 de octubre de 1941, su amiga Hannah Arendt escribe a Gershom Sholem una carta referida a las circunstancias de su muerte:

Lo demás lo sabrá usted seguramente: que tuvo que partir con personas que le eran completamente desconocidas; que eligieron el camino más largo, que implicó una caminata a pie por la montaña de aproximadamente siete horas; que por razones inconcebibles destruyeron sus documentos de residencia franceses y así se impidieron ellos mismos la vuelta a Francia; que luego llegaron a la frontera española justamente veinticuatro horas después de su cierre a personas sin pasaporte nacional —a todos tan solo nos quedaban los papeles del consulado americano—; que Benji se había derrumbado varias veces ya en la ida; que a la mañana siguiente deberían ser entregados en la frontera española, y que él, en la noche que se les había concedido, se suicidó.

El cuerpo de Walter Benjamin, enfermizo e indeseable para el régimen nazi, fue enterrado en el cementerio de Portbou, un pueblo situado en el alto Ampurdán (costa brava española), en la frontera con Francia. Los territorios fronterizos (los cuerpos, las lenguas, los lugares) son pequeños abismos en el tiempo y el espacio. Por eso precisamente los límites que los bordean/cruzan/separan/esconden intentan ser remarcados. No porque no ocupen un lugar. Al contrario, porque los territorios fronterizos son insondables y en este sentido, inclasificables.

Hay una resistencia, allí, en lo insondable e inclasificable porque su sola existencia pone en peligro el statu quo encarnado en los cuerpos que piensan y nombran el mundo desde la normalidad, con posibilidades mínimas de experimentar la fragilidad, expansión y explosión de los límites.

Han pasado pocos días desde que estuve junto a C en Portbou. Hicimos nuestra pequeña peregrinación hacia el cementerio, buscamos la lápida de Benjamín y nos sentamos en silencio. Incluso sabiendo que su cadáver ya no reposa bajo esa lápida. Otras viajantes habían pasado por allí también, rindiendo su homenaje personal al pensador que militaba contra las ideas europeas totalitarias de su época que siguen siendo, tristemente, las mismas que la nuestra (la historia continúa volando hacia atrás, como el ángel de Paul Klee): kein Mensch ist illegal.

Allí había flores, montoncitos de piedras a las que sumamos dos más, poemas y cartas personales y muchos bolígrafos. Un homenaje a las plumas desarraigadas del mundo. Que son muchas y resisten como los manatíes que sobreviven entre las pocas praderas de hierbas marinas de los ríos lentos.

Incluso siendo agosto, la tramontana es un dragón de viento que acecha el pueblo catalán que fue casi destruido durante la guerra. Hay un discurrir nervioso y violento del aire sobre los bañistas, los platos de mejillones y gambas, los monopatines de los adolescentes, las viejecitas que están a punto de morir dentro de sus casas, los perros que se prohíben en las playas, las plazas, las gaviotas, las niñas que escuchan música a todo volumen y los bares del pueblo, el cual, en lugar de exaltar la desenfadada alegría veraniega permitida sólo a una minoría del planeta, introduce un fuego melancólico que apenas se nota.

C y yo bordeamos la playa y subimos hacia el monte donde está localizado un cementerio que es pequeño e incluso acogedor. Es el cuarto cementerio de pueblo situado junto al mar que visitamos en nuestro viaje que es una travesía de luto, también.

La única forma de conocer a una persona es amarla sin esperanza, escribió Benjamin. Hannah Arendt también estuvo allí unos meses después de su muerte: “El cementerio da a una pequeña bahía, directamente al Mediterráneo, está esculpido en terrazas de piedra; en aquellos pedrizos también se meten los ataúdes. Es con diferencia uno de los lugares más fantásticos y hermosos que había visto jamás en su vida”.

Si la materia de las fosas comunes de los españoles que no pudieron cruzar las fronteras y huir una vez fue la tierra, los que no tienen nombre hoy desaparecen en el océano

Es un cementerio fantástico y hermoso en cuya tierra también se encuentran fosas comunes. Huesos de represaliados de la dictadura franquista, personas sin nombre cuyos cuerpos se descomponen con una dignidad que los asesinos y sus nombres escritos en dorado sobre las lápidas jamás van a tener. Individuos que no pudieron cruzar las fronteras, que no formaron parte de los miles de migrantes españoles que, huyendo de la guerra y el hambre, escaparon a Francia desde Figueres y Llanca, pasando por Portbou. Tomo un poco de tierra de la fosa común, la guardo y me la llevo a casa en Barcelona. Aún he de pensar qué haré con ella. Con ellos.

Ellos y Walter Benjamin no pudieron continuar el viaje. Los controles fronterizos de las autoridades francesas permitieron la entrada de refugiados civiles recién a partir del 28 de enero de 1939. Aproximadamente 480.000 personas tuvieron que huir. 480.000 desplazados que después del 28 de enero, es decir, gracias a la apertura de las fronteras, se instalaron en Francia y Abya-Ayala.

Una vida desarraigada se convierte, generalmente, en una muerte desarraigada también. Si la migración nos coloca en el lugar de las múltiples ausencias y presencias (se habitan varios espacios y ninguno al mismo tiempo), el fin de nuestras vidas probablemente representa una prolongación de aquella fragmentación.

El triple desarraigo de Benjamin no ocurrió únicamente porque se vio obligado a migrar de un país a otro, encontrando su fin en la imposibilidad de atravesar unos límites nacionales que fueron estrictamente marcados, al menos en vida. Su cadáver permaneció cinco años enterrado bajo una lápida y después fue expulsado y arrojado en la fosa común donde yacen los sin nombre, formando parte de un pequeño pueblo de restos orgánicos e inorgánicos cuya memoria ha de ser cuidada, como él mismo escribió: “Es una tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. la construcción histórica se consagra a la memoria de los que no tienen nombre”.

Las fosas que forman parte del cementerio fantástico y hermoso de Portbou se extienden desde la tierra a las rocas y desde las rocas hacia los kilómetros de agua, espuma y sal que son ilimitados y que albergan cadáveres, plásticos y cetáceos.

El idílico mar Mediterráneo de los veraneantes es la fosa común europea del siglo XXI. Los miles de nuevos refugiados, provenientes de excolonias, no solo huyen de las catástrofes provocadas por los estados europeos en sus países durante siglos, sino que en su mayoría mueren en el trayecto, ahogados. Se trata de desapariciones que, a diferencias de otras, son televisadas, transmitidas en directo. La espectacularización de la muerte de los refugiados que intentan llegar a España o Italia en embarcaciones precarias, pero que no pueden puesto que, al igual que le ocurrió a Benjamin, las fronteras están cerradas para ellos, es una derrota para el pensamiento europeo, convertido en parloteo. Si en una situación de crisis quienes en su día fueron acogidos hoy cierran sus puertas a quienes buscan un refugio, el viejo principio humano de la reciprocidad es roto y con ello, la capacidad de contacto vital con lo real. Se anula la experiencia, esto es, la posibilidad de la vida.

Las políticas europeas migratorias son las políticas de la vergüenza. Si la materia de las fosas comunes de los españoles que no pudieron cruzar las fronteras y huir una vez fue la tierra, los que no tienen nombre hoy desaparecen en el océano. Son cuerpos pobres y racializados de niños, niñas, mujeres y hombres cuyas vidas no tienen valor en el mercado y que, precisamente por ello, son expuestos sin pudor en los noticiarios, controlados por los políticos y analizados en los congresos académicos.

¿Cómo se escribe la historia de un océano contaminado por la normalidad capitalista?, ¿qué forma adquiere la memoria en el mar?, ¿cuáles son los espacios sagrados en los ejercer el derecho de honrar a nuestros hermanos y hermanas ahogados? Sin espacios de la memoria es más fácil olvidar. Si el recuerdo no está siendo capaz de evitar la barbarie, el olvido representa la extinción de la esperanza.

Hay una historia del agua que es preciso reconstruir, la memoria de los y las sin nombre que flotan en el líquido inmenso. Escribir las biografías de los miles de desaparecidos, ahogados y sin refugio que mueren cada día, reescribir sus nombres, hacer una historia de la espuma es un ejercicio urgente. La resistencia solo puede venir de la memoria construida desde abajo, que solo puede ser decolonial, subalterna y no europea.

2 Comentarios
#27886 8:45 15/12/2018

¡Disfruté mucho de la lectura!

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#24400 13:10 13/10/2018

Excelente artículo. Sobre la memoria en el agua oceánica recomiendo la lectura de The Wake de Christine Sharpe q analiza la memoria del atlantico en relación con la trata de africanos esclavizados. Ella propone q el mar contiene no sólo la memoria sino los restos orgánicos, luego presencia, de todas esas personas lanzadas por la borda. En sí los mares son memoria y materia, por eso el libro se llama The Wake que se traduce por El Velatorio y tb La Estela de un barco.

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