Contigo empezó todo
Cuando España expulsó al 4% de su población
Hace 410 años, Felipe III ordenó la expulsión de los moriscos del Reino de Valencia. Casi 300.000 personas abandonarían España.
Te imaginas que el Gobierno obliga a abandonar España a dos millones de personas, el 4% de la población? Puede parecer ciencia-ficción, pero hay ‘jurisprudencia’ al respecto y ya sabemos que hay gente muy apegada a la tradición. En 1609 se ordenaba la expulsión de los moriscos (exmusulmanes bautizados) del Reino de Valencia. Cuatro años después, la solución final adoptada por el rey Felipe III se había aplicado en todo el territorio. La inmensa mayoría de los 325.000 moriscos, el 4% de los cerca de 8,5 millones de habitantes de España, fueron forzados a dejar su país.
El decreto de expulsión, publicado por Luis Carrillo de Toledo, virrey de Valencia, el 22 de septiembre de 1609, cumplía las órdenes del monarca, que en una carta le transmitió su preocupación por “la herejía y la apostasía”. El rey llamado ‘El piadoso’ (porque rezaba mucho) confiaba en el “divino favor” de “nuestro Señor” para mandar a los moriscos, un tercio de la población del Reino de Valencia, al norte de África.
El bando daba tres días para embarcarse a hombres, mujeres y niños, exceptuando algunos casos como los de las esposas de cristianos viejos (es decir, con teórica ascendencia cristiana) con hijos menores de seis años. Para quien no se fuera, pena de muerte. Se podían llevar los bienes que les cupieran en el barco, pero si escondían o quemaban lo que no se podían llevar, también pena de muerte, que podían ejecutar sus propios vecinos. En lo que parecería una muestra de humor negro, el decreto prohibía a los cristianos viejos y a los soldados “tratar mal” a las víctimas de sus propias disposiciones.
Poniendo a punto la España monoteísta
Los moriscos, anteriormente musulmanes, habían sido recibidos en el cristianismo, generalmente a la fuerza, durante progresivas conversiones ocurridas durante el siglo XVI. Los Reyes Católicos se comprometieron a respetar el islam al rendirse Granada en 1492. Si alguien creía en su tolerancia, ese mismo verano la expulsión de los judíos (entre 50.000 y 150.000) dejaba bien claro que no iban por ahí los tiros. Los musulmanes pronto vieron que “respeto” significaba convertirles, por las buenas o por las malas. De esta forma, a principios del siglo XVII los viejos musulmanes ya eran nuevos cristianos. Para no sufrir discriminación, para no ser desterrados o directamente para no morir, oficialmente cambiaron de fe. Es lo que la Inquisición denominaba, sin sombra de sarcasmo, “libre albedrío”.El problema (para los fanáticos religiosos que dominaban España) fue que la conversión no resultó del todo convincente. A pesar de los riesgos, muchos moriscos siguieron practicando su religión y en zonas donde abundaban, como el Reino de Valencia, incluso mantenían la lengua árabe.
El cronista valenciano Gaspar Escolano narró el final de los rebeldes: “Por los caminos los llevaban medio arrastrando a la embarcación y les quitaban los hijos y las mujeres, y aun la ropa que traían vestida”
Los moriscos, por lo general, siguieron siendo vistos como el enemigo interno, dispuestos a aliarse con piratas berberiscos o con el rey de Francia en cuanto se presentara la ocasión. Por su parte, la Iglesia católica fracasaba en sus intentos de evangelización, un clásico siempre que no cuenta con una espada que respalda a su Biblia. Los moriscos no solo se diferenciaban por motivos religiosos, sino por diversas costumbres heredadas de Al-Ándalus. Entre tales barbaridades se encontraban cosas como cocinar con aceite de oliva o, algo realmente irritante para muchos cristianos, su afición por la higiene.
Aunque las relaciones entre moriscos y el campesinado cristiano viejo no eran en muchos casos las ideales, la expulsión no respondió en absoluto a la presión social. Por supuesto, en la Iglesia sí hubo voces que la demandaban, como la del arzobispo de Valencia, Juan de Ribera, quien afirmaba que los moriscos eran “herejes pertinaces y traidores a la Corona Real” y estaba convencido de que, de no llevarse a cabo la medida, vería “la pérdida de España”.
La nobleza valenciana, incluido el duque de Lerma, valido del rey, no era proclive a la medida, que le dejaría sin gran parte de su fuerza de trabajo. No obstante, su oposición se pudo solventar fácilmente gracias al robo puro y duro. El duque y muchos otros señores pasaron a ver el éxodo con buenos ojos cuando comprobaron que el decreto les garantizaba “los bienes muebles y raíces de los mismos vasallos en recompensa de la pérdida que tendrán”. Se quedaban sin trabajadores, pero ganaban todas las propiedades de los mismos.
Los tres días de plazo se alargaron. La aberración se llevó a cabo entre octubre de ese año y enero de 1609, cuando más de 100.000 moriscos abandonaron España. Los puertos de Denia y Alicante, desde donde zarparon 50.000 y 30.000 personas respectivamente, fueron los más activos. Parte de la comunidad morisca no se resignó a las perspectivas del pillaje y el exilio. Más de 20.000 se rebelaron en el norte de Alicante. Un tercio, la unidad militar de élite, los reprimió ferozmente. El cronista valenciano Gaspar Escolano narró el final de los rebeldes: “Por los caminos los llevaban medio arrastrando a la embarcación y les quitaban los hijos y las mujeres, y aun la ropa que traían vestida; y llegaban tan desvalijados que, unos medio desnudos y otros desnudos del todo, se arrojaban al mar por llegar a embarcarse”.
Ya no se volvería a pasar tal vergüenza. España ya era como dios. Una y trina, con su propia santísima trinidad: el robo, el destierro y el asesinato
Hubo más sublevaciones, eficazmente finalizadas por los tercios. El virrey tomó cartas en el asunto anunciando que daría “a cualesquier personas que salieren en persecución de los dichos moros 60 libras por cada uno que presentaren vivo y 30 por cada cabeza que entregaren de los que mataren”. Mostrando su carácter ahorrador y humanista, también ofrecía la posibilidad de que sus captores los esclavizaran, marcándolos con hierros.
De esta manera llegó el fin de los moriscos valencianos. En 1610 se decretaría la expulsión de todos los demás, entre los que destacaban los 60.000 del Reino de Aragón, una sexta parte de su población. Igual que en Valencia, partes de su territorio quedarían abandonadas durante mucho tiempo.
Unas décadas antes, el papa Pío V había echado en cara al arzobispo de Granada que su diócesis era “la menos cristiana de toda la cristiandad”. Ya no se volvería a pasar tal vergüenza. España ya era como dios. Una y trina, con su propia santísima trinidad: el robo, el destierro y el asesinato.
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