Vivienda
Gloria: de desahucio hipotecario a desahucio por ocupación

El drama de los desahucios en primera persona.

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Gloria, militante de PAH Vallekas. Lotta Meri Pirita Tenhunen

publicado
2017-06-08 17:31

Llamo a Gloria, otra compañera desahuciada este mes, para preguntarle cómo está. Lleva desde su desahucio sin aparecer en las asambleas y nos preocupa. “Estoy en casa de mi abuela y me siento como muerta”, responde. Es madre de tres hijos, mellizos de 13 años y una niña de nueve años de los que se ocupa sola, y trabaja de sol a sol limpiando casas. No cotiza, porque no le hacen contratos, ni tiene horarios ni lugares fijos de trabajo: le mandan al lugar de Madrid en el que la necesitan según el día, y las horas de trabajo varían al antojo de la empresa. 

La situación es insoportable para toda la familia. Gloria lleva luchando por tener un sitio digno para vivir desde la burbuja inmobiliaria, y es un caso ejemplar de las cadenas de expulsión creadas por esa dinámica. Vino de Sevilla hace dos años para poner fin al maltrato que sufría por parte del padre de sus hijos. Ya había, además, perdido su casa. Tuvo un piso comprado con una hipoteca del que la desahuciaron en 2015. 

Le desalojó Banco Mare Nostrum, nacido en 2010 durante el estallido de la burbuja inmobiliaria, cuando se unieron bajo el Sistema Institucional de Protección (SIP), una serie de cajas de ahorros: Caja Murcia, Caixa Penedès, Caja Granada y Sa Nostra. Pese a haber perdido su casa, a día de hoy a Gloria le queda una deuda de 44.000 euros al banco. 

Cuando vino a Madrid y ocupó un piso que en aquel entonces era propiedad de Bankia, Gloria lo hizo sabiendo que su paga precaria no llegaba para alquilar una vivienda a precio de mercado. En la Empresa Municipal de la Vivienda (EMVS) le dijeron que, como no llevaba el tiempo suficiente empadronada en la capital, no tenía derecho a solicitar una vivienda social. Después de un año viviendo en el piso recuperado, dos intentos de desahucio fallados mediante, Bankia le avisó que iba a vender el piso. Y unos meses después, Gloria encontró en su puerta una nota escrita a mano: “Soy María, la nueva propietaria del piso, llámame.”

Gloria lleva luchando por tener un sitio digno para vivir desde la burbuja inmobiliaria, y es un caso ejemplar de las cadenas de expulsión creadas por esa dinámica

En realidad, quien había comprado el piso era la empresa inmobiliaria Claxton Gestión. En el registro mercantil de Madrid, la PAH de Vallecas comprobó que no tiene ni un año de antigüedad y que su Administrador Único, Eduardo Ratón Aspiunza, también es administrador de otras tres empresas de compraventa inmobiliaria y consultoría empresarial, y también apoderado en dos más empresas de inversión e activos bancarios.

La notita de María en la puerta, sin embargo, dejó la impresión de que se trataba de una compradora particular, y Gloria la llamó para contarle su situación. María fue evasiva, aunque habló en términos generales sobre los alquileres sociales. Las dos quedaron un par de veces para hablar, pero María nunca apareció. Un mes más tarde, a Gloria le llegó la orden de lanzamiento sin más aviso. Habían conseguido que se ejecutase dentro del mismo proceso que inició Bankia, con lo cual se redujeron las posibilidades de negociación. “'Te tienes que ir ya. Pero ya', me dijeron”, y el 12 de mayo dejó el piso para no vivir la violencia del despliegue policial.

En la casa de su abuela octogenaria, donde ahora está con sus hijos, también vive su tío, que no pudo encontrar dónde vivir después de separarse, y su tía con sus tres hijos. Así, la casa, de renta antigua, aloja a una familia extensa de cuatro adultos y seis menores en la que solo hay una fuente de ingresos mínimo. “La convivencia es tensa”, lamenta Gloria. “La abuela no quiere que estemos tantos. Es entendible, le preocupan los gastos que no puede pagar.” Así que ya no hay gas, la frecuencia del uso de la ducha está bajo disputa, y por las noches utilizan velas para iluminar la casa.

“Estoy a punto de no poder ir a trabajar porque me pongo a llorar en todos los sitios”, dice Gloria cuando la invito a volver a las reuniones de la PAH. “En asamblea siempre me sentía más fuerte, ahora me siento como un trapito, no sirvo para nada”, responde. Le doy ánimos y le cuento un detalle: ya sabemos que las dos entidades que tanto la han hecho sufrir, ahora forman una sola entidad. El Ministerio de Economía, a través del Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB), decidió el pasado marzo que para rescatar a Banco Mare Nostrum éste debió ser fusionado con Bankia. Lo llamaron la “estrategia más adecuada para optimizar la recuperación de ayudas públicas inyectadas”. 

A Gloria le parece mal. “Anda, se han cruzado en el camino de destrozarme la vida”, suelta. Dice que a día de hoy está asumiendo lo sucedido y que intentará volver pronto para formar parte de la Obra Social de la PAH. “Es una injusticia que están cometiendo”, concluye desafiante.

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Este relato forma parte de la serie de historias que vio la luz gracias a la generosidad de los compañeros y compañeras que forman la PAH Vallekas. Busca contar desde lo personal las nuevas tendencias en el despliegue judicial, político y policial con las que Bankia quiere dar un salto cualitativo y cuantitativo en su gestión del conflicto con los afectados por las deudas de por vida y los desahucios. Asimismo, quiere poner sobre la mesa la insuficiencia de las políticas de vivienda del Ayuntamiento de Madrid y su grave ignorancia a la hora de escuchar las demandas nacidas en la lucha por el derecho a la vivienda digna. Otras historias de esta serie son El desahucio de Juan Antonio, un obrero en el nuevo milenioA la calle unas semanas antes de la operación de su hija y Tres desahucios y un arresto domiciliario, o "lo que nos hacen por ser pobres".

 


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