Por una República Feminista

Se propone la construcción de la República Feminista para que las mujeres gobiernen con el objetivo (entre otros) de materializar las desaparición de la categoría socio-económica y política de hombre-mujer

Concentración 10-O
Concentración independentista convocada por las organizaciones ANC y Òmnium. Bárbara Boyero

publicado
2017-10-16 17:03:00

Avance del artículo “Por qué es necesario un Estado Feminista” que saldrá publicado en el libro TERRA DE NINGÚ: Perspectives feministes sobre la independència coordinado por Gatamaula y publicado por Pol·len.

¿Por qué es necesario un Estado Feminista?

La democratización es un proceso de emancipación colectiva llevado a cabo mediante el autogobierno. Dicho proceso de gobernación se ha realizado históricamente mediante estructuras públicas y la expansión de la capacidad política de la población.

La primera idea es por tanto que las capacidades y tecnologías de poder que modulan nuestros cuerpos individuales y colectivos para el autogobierno pueden ser tanto represivas como emancipatorias, cualidad dual que pertenece al poder y a todo tipo de empoderamiento. En el libro Privatizando la Democracia digo que la democracia es un proceso por el cual la esfera pública se amplía, mientras que el capitalismo global o globalización es un proceso de privatización que va en dirección opuesta al transferir derechos, capacidades e instituciones públicas, incluyendo recursos naturales, territorios y autoridades políticas, a manos privadas (en el sentido de no electas ni responsables ni popularmente legitimadas).

Nuestra pregunta principal se refiere entonces a las condiciones que requiere la creación de una democracia o república feminista en esta era de patriarcado global y capitalista que privatiza obstinadamente los mecanismos y estructuras que empoderan a la población y la capacitan (la sujetan – la hacen sujeto) para el autogobierno.

Hace tiempo que Deleuze, Wittig, Butler y Bourdieu dijeron que su generación se suponía que iba a ser esa en la que el sujeto atomista y la filosofía de la conciencia junto con la noción de progreso histórico y racionalidad universal (dialéctica y analítica) desaparecerían. En cambio, aquí estamos, una generación más tarde, con el mismo sujeto atomista y misógino, patológicamente enganchado a la misma teleología monoteísta, vestido a la moda deliberativa e intersubjetiva habermasiana pero sin salirse de la vieja estado-fobia patriarcal, donde el Estado es concebido como un lugar o agente terriblemente malo y violento, a diferencia de (y opuesto a) la sociedad, la familia y el individuo.

Nuestro enfoque va en dirección opuesta y una de las principales premisas es que el Estado no es per se más violento que la comunidad o la familia, entre otras razones porque el Estado no es una cosa ni un sujeto. Así que no es ni malo ni bueno, ya que no tiene corazón.

El complejo de estructuras, prácticas, técnicas y relaciones que llamamos Estado puede, en cualquier caso, ser mucho más eficaz en la creación y reproducción de la violencia y, por lo tanto, mucho más efectivo también en la creación de bienestar, inclusión y equidad. No debemos olvidar que la democracia siempre se ha referido a un sistema político que empodera al pueblo individual y colectivamente para el (auto) gobierno a través de estrategias e instituciones públicas (también en Atenas, también en Rojava; y se llame "estado" o se llame " lo común" no cambia ese hecho histórico). La idea central es que no hay democracia ni república sin que las personas estén capacitadas para el autogobierno […]

Mi primer argumento es que el conjunto de estructuras públicas que llamamos Estado, junto con la teoría y las prácticas de soberanía estatal y popular, son, aquí y ahora, fundamentales para la democratización, entre otras cosas, porque cuanto menor sea el poder institucional y constitucional de una comunidad política, menor soberanía será capaz de adquirir y, por lo tanto, menos poder reproductivo tendrá para mantenerse a través del tiempo y el espacio como una comunidad autogobernada, es decir, como una democracia o república democrática. La soberanía puede ser divisible, pero no puede desaparecer, ya que una república sin estructuras y capacidades políticas (soberanía material) y un lugar incontestable de autoridad (soberanía formal) no puede gobernarse de acuerdo a sus propias decisiones políticas.

Mi segundo argumento es que para lograr bienestar socio-político es necesario un empoderamiento estructural (individual y colectivo), lo que a su vez exige ciertas capacitaciones y subyugaciones que permitan la creación de nuevos sujetos y objetos sociales y políticos. Los cuerpos dóciles y empoderados (individuales y colectivos) son dos caras de la misma moneda, en conflicto perpetuo. Por eso estoy de acuerdo con Foucault en que la cuestión no es preguntar a los sujetos cómo, por qué y bajo qué condiciones pueden aceptar someterse (a unas leyes, a un Estado, a unas normas o costumbres) sino mostrar cómo las relaciones de domesticación fabrican sujetos libres e iguales, o individuos dominados y dominantes.  Lo que está claro a estas alturas es que el empoderamiento, la capacitación política, en masa y como práctica socio-política, requiere de estructuras comunes (públicas, colectivas). El estado reprime, porque los seres humanos reprimimos: nosotros creamos a Dios, no Dios a nosotras […]

Por un lado, hay una estado-fobia muy extendida por la que se cree que el paraiso terrenal no llega, no solo por culpa del capitalismo, sino por culpa de la existencia de los Estados (que no de la familia, el patriarcado o la segregación sexual y racial), donde se piensa el Estado como un sujeto (clase dominante) o un objeto poseido por una clase dominante, donde dominante refiere a capitalista y donde la unica lucha o la principal es, de nuevo, la que se da entre capitalista-obrero, como si hombre-mujer no fuera una clase socio-económica y política (ser mujer es cobrar X, es hacer un tipo de trabajos Z y cumplir unas funciones Y, sociales y económicas todas ellas). Por eso se calcula que un 30% del PIB de la Comunidad Autónoma Vasca, proviene del trabajo que las mujeres (por ser mujeres) hacen sin cobrar y que los hombres (por ser hombres, no por ser capitalistas, obreros, blancos o negros) no hacen. No solo los Estados son patriarcales, el capitalismo lo es, el feudalismo lo fue y lo son en general las estructuras públicas y eso que llamamos "lo común". Y es patriarcal porque la sociedad es patriarcal. Por eso proponemos una república feminista, una sociedad feminista y un estado feminista. Porque de lo contrario, será patriarcal. Y por mucho que se silencie el adjetivo "patriarcal" en todos y cada uno de los discursos, no por ello desaparece. Todo lo contrario. Se reproduce. [...]

Por otro lado, vincular la democratización, la igualdad y la libertad con mecanismos anti-disciplinarios y anti-biopolíticos emancipados del principio de soberanía y de estado, como hacen los autores liberales, incluidos los de izquierdas, además de ser cristiano, monoteista y teleológico, no tiene ningún sentido histórico y político, ya que los actuales procesos de democratización han ocurrido (ocurren) no sólo a través de la socialización de la teoría del derecho y de la soberanía popular, sino mediante la aplicación de mecanismos disciplinarios y biopolíticos públicos y la lucha en contra de esos mismos mecanismos. Es curioso que la izquierda europea se haya posicionado en contra del Estado […]

La brocha gorda de “el Estado es malo” no ayuda en crear bienestar, mucho menos, la brocha gorda patriarcal que cree que los individuos aparecen en el mundo con dieciocho años listos para razonar universalmente, luchar y hacer dinero (para la derecha) o justicia social (para la izquierda). Este cuento de hadas, como todos, no funciona sin esclavas. Ni estructuras comunes. No nacemos libres ni iguales ni pobre ni mujer ni negro ni francesa. Nacemos mamíferos. Mamíferos que se convierten mediante domesticación (que es un tipo de dominación social) en individuos autónomos (siempre dependientes y como norma, criados/cuidados por mujeres) capaces no sólo de elegir individualmente, sino de empoderarse y emanciparse colectivamente mediante la politización precisamente de las tecnologías de poder opresivas que incluyen tanto a la policía, las leyes y los tribunales como a los padres, educadores sociales, pedagogas, psicólogas, la escuela, las costumbres sociales y las fiestas populares. Todos ellos disciplinan y regularizan los cuerpos, muy especialmente el de las mujeres, mientras que sólo algunos los empoderan al mismo tiempo y los capacitan para el autogobierno.

¿Cómo vamos a saber los mecanismos e instituciones públicas (disciplinarias y biopolíticas) que empoderan a la clase política de las mujeres, si no se analiza el proceso de desmercantilización y desfamiliarización de las mujeres durante los últimos 50 años? ¿Y quienes lo han analizado? […]

La emancipación colectiva, o la democratización, es un proceso que tiene como objetivo la igualación del capital (poder) cultural, económico, político y simbólico entre clases e individuos; y este proceso de igualación de capitales de las mujeres se ha realizado en las últimas décadas mediante las estructuras de estado que en un sistema capitalista han posibilitado no sólo grados de desmercantilización sino de desfamiliarización […]

Se propone la construcción de la República Feminista para que las mujeres gobiernen con el objetivo (entre otros) de materializar las desaparición de la categoría socio-económica y política de hombre-mujer, que no es una diferencia a celebrar sino una explotación a eliminar. Se propone la construcción de un Estado Feminista porque nuestra democracia es patriarcal, nuestra sociedad es patriarcal, nuestras familias, escuelas, calles, trabajos, fiestas, cultura, historia, economia, ciencia e imaginario, es radicalemente patriarcal, y porque no existe en el mundo ninguna estructura pública soberana no-patriarcal, es decir, feminista. [...]

La construcción estatal feminista parte de la premisa de que todo acuerdo (contrato) universal implica exclusión y violencia, que la movilización y protesta continua son imprescindibles para la democratización y que, por tanto, el conflicto y el poder son constitutivos del bienestar. La democratización feminista no se refiere a la ampliación de la concesión de ciudadanía (o ciudadanía global), sino a cómo se implementan la educación pública (y en ese sentido obligatoria), el régimen productivo, la creación de valor, las normas tributarias, las que rigen el capital simbólico o las estrategias y estructuras sanitarias públicas (por ejemplo) y cómo modulan y empoderan dichos sistemas los cuerpos individuales y colectivos para el autogobierno. […]

Algunas preguntas relevantes serían las siguientes: ¿Habrá en una Republica Feminista red pública de cuidados que no atraviese o implique a la familia de sangre (descendientes y ascendentes) o de sexo (parejas)? ¿Seguirá la familia basada en el sexo y en la sangre? ¿Los niños serán educados colectivamente o se los tratará, como ahora, como propiedad privada? […]

En este proceso de despatriarcalización, una de las preguntas es ¿será un derecho tener descendencia? ¿Quién tiene capacidad política y cómo se produce? ¿Valdrá en el currículo profesional la alimentación y educación de las crías?¿Tendrán derechos aquellos que no cuidan? ¿se impondrá el cuidado social obligatorio y rotatorio? ¿quién lo impondrá y cómo? Cómo se establecerá el valor, qué será producción y qué reproducción, cómo y quién lo decidirá […]

(El libro saldrá en catalán. Para que se publique en castellano también, hazte mecenas)



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