Energía nuclear
Misión #JubilarLaNuclear

Acercándonos al Foro Social Mundial Antinuclear que se celebrará en Madrid del 31 de mayo al 2 de junio, y ante el trigésimo tercer aniversario de la catástrofe de Chernobyl este jueves 26 de abril, repasamos hoy la historia de la nuclear. Desde su origen bélico hasta los problemas actuales, como la minería o la gestión de los residuos, y sin olvidar las tragedias por todas conocidas, nos detenemos por un momento esta semana para tomar impulso y recordar nuestra misión: #JubilarLaNuclear.

Logotipo del Foro Social Mundial Antinuclear Madrid 2019
Logotipo del Foro Social Mundial Antinuclear Madrid 2019 Carmen Ibarlucea
Ecologistas en Acción y MIA Madrid

publicado
2019-04-22 07:55:00

La destructora de mundos

05:29 am. 16 de julio, 1945. En el desierto de Jornada del Muerto, en Nuevo México, se produce la primera detonación atómica de la historia. La bomba de prueba, Gadget, estalla con una energía equivalente a 20.000 toneladas de TNT y, mientras se alza por los cielos en forma de hongo e ilumina la noche con colores cambiantes, los científicos y oficiales del Proyecto Manhattan escuchan un tronar como nunca antes se había escuchado. A Robert Oppenheimer, máximo responsable del laboratorio de Los Álamos, se le viene a la cabeza un verso de la Bhagavad Gita: "Ahora me he convertido en Muerte, destructora de mundos". Nace la era atómica.

Al mes siguiente, esto se haría público con los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. En el primero, Little Boy, que usa uranio como combustible, mata a casi 75.000 personas y destruye alrededor de 50.000 edificios. Fat Man, con el mismo diseño que Gadget, mata a entre 35.000 y 80.000 personas. Y la Guerra Fría da el pistoletazo de salida en un proceso paralelo al auge de la energía nuclear comercial, intrínsecamente ligada a estos acontecimientos.

Una sucesión de catástrofes

Los primeros países en construir centrales, como los Estados Unidos, la Unión Soviética o el Reino Unido, seguidos más adelante por otros como Francia, se convertirían desde el primer momento en poseedores de bombas atómicas. No es casual. Como nos dijera aquí González Bayón: "Estos países procesan una pequeña parte del combustible gastado [en el ciclo de energía que se da en las centrales] para extraer el plutonio necesario para fabricar sus bombas. Al fin y al cabo, para eso se inventaron las centrales nucleares, pues el proceso de “fabricación” del plutonio hubiera resultado carísimo y no hubieran podido construir las decenas de miles de cabezas nucleares que están repartidas entre las grandes potencias".

Little Boy, que usa uranio como combustible, mata a casi 75.000 personas y destruye alrededor de 50.000 edificios. Fat Man, con el mismo diseño que Gadget, mata a entre 35.000 y 80.000 personas.

Las centrales nucleares servían así como respaldo para estos imperios que desarrollaban su arsenal en una carrera desesperada por la supremacía global. Sin mayores preocupaciones por el efecto que se había demostrado sobre las vidas humanas en Japón, o que se estaba produciendo sobre la corteza terrestre (antes de los 40, con las primeras pruebas, no existía el plutonio en nuestro planeta), siguieron jugando a ser dios. Y su irresponsabilidad la seguimos pagando a día de hoy, como reflejan los grandes éxitos de este ingenio.

En España, el primer contacto de la mayoría poblacional con la destructora de mundos se produjo con el accidente de Palomares de 1966, cuando chocaron un bombardero con un petrolero, ambos estadounidenses. 7 personas murieron en la colisión, y tres bombas que iban de cargamento en el bombardero cayeron sobre el ahora famoso pueblo de Palomares, en Almería, liberándose plutonio sobre tierra y mar. Como la prensa ha recogido, el territorio cercano ha seguido sufriendo las consecuencias varias décadas después. Y por más esfuerzos que haya habido en estos 53 años, el acuerdo de 2015 entre el Ministro de Exteriores Margallo y el Secretario de Estado John Kerry para la limpieza y traslado de los terrenos contaminados amenaza con jamás cumplirse ante la inacción de la administración Trump, gran defensora de la nuclear tanto civil como militar.

El resto del mundo no se ha librado de su carga de tragedia: en 1979 tuvo lugar el mayor accidente en una central nuclear comercial en la historia de Estados Unidos. Se trata de Three Mile Island, también conocido como Harrisburg, y que alcanzó una puntuación de 5 sobre 7 en la Escala Internacional de Accidentes Nucleares: Accidente con riesgo fuera del emplazamiento. Por lo pronto, el coste de la limpieza alcanzó los mil millones de dólares. Fue tal el escándalo que se produjo que aumentaron las medidas de seguridad, y se ha apuntado a este hecho como el motivo de estancamiento de la energía nuclear en el mundo. Más adelante, con Chernobyl y Fukushima, la tendencia ha sido marcadamente decreciente, siendo el alemán el caso paradigmático por excelencia. Han alcanzado tal estatus de iconicidad que parece redundante abarcar los detalles aquí cuando otras lo han hecho mejor de lo que podría un servidor. Me limito a remitir a los enlaces para quienes quieran mayor información.

Huelga decir que estos dos casos han sido los únicos en alcanzar la categoría 7, la máxima, y que el número de personas desplazadas, traumatizadas, muertas o de cánceres como el de la tiroides y costes varios siguen siendo material de disputa. Pero los hechos se mantienen incontestables: hablamos de dos grandes tragedias, sin paliativos. Que deberíamos hacer todo lo posible por no repetir. Sobre Fukushima, me disculparán la autorrefencia, desde el Movimiento Ibérico Antinuclear publicamos en Libros en Acción los testimonios de mujeres que vivieron de primera mano aquel caos iniciado el 11 de marzo de 2011. Para las personas más seriéfilas, el caso de Chernobyl, del que se cumple el trigésimo tercer aniversario este jueves 26, lo vamos a revivir en forma de miniserie a partir del 7 de mayo, por medio de HBO España. Por aquí caerá alguna reseña.

Y sin embargo, incólumes ante tanta destrucción, los defensores de la energía nuclear gustan de sacar pecho mencionando los estándares de seguridad actuales, como si tuviéramos que agradecer que nuestras justificadas presiones les pudieran en su día. Presumen también de que la tecnología ha cambiado y las centrales en funcionamiento tienen nuevos diseños, mientras esconden que los reactores de Fukushima y Garoña eran del mismo modelo. Y, bueno, sucesos como el de Vandellós II de la semana pasada en cualquier caso indican que esos estándares de seguridad en ocasiones brillan por su ausencia.

Y sin embargo, incólumes ante tanta destrucción, los defensores de la energía nuclear gustan de sacar pecho mencionando los estándares de seguridad actuales, como si tuviéramos que agradecer que nuestras justificadas presiones les pudieran en su día.

El desarrollo de esta energía, que siempre se las apaña para estar en la cresta de la ola cuando mayores son las tensiones internacionales, ha sido a costa una y otra vez de millones de personas de la sociedad civil, inocentes y desconocedoras sobre lo que se les venía encima. Todo por culpa de unos gobiernos sedientes de poder o, más recientemente, de unos oligarcas ávidos de beneficios. La carrera de la destructora de mundos, si bien no siega vidas en conflictos bélicos como sí hacía en sus inicios, ahora hace peligrar la salud y la prosperidad de las personas normales al tiempo que se irresponsabiliza de sus mayores males: como la radiación o los residuos. En su evolución, no ha avanzado, sino que se ha transmutado como arma de doblegación para que una élite, global o de clase, se imponga sobre todas las otras. Quien piense que Nagasaki, Three Mile Island o Fukushima quedan muy lejos, lea la carga que todavía llevamos a nuestras espaldas.

Los problemas continúan

En primer lugar, conviene recordar el riesgo que corren quienes viven cerca de una central nuclear, ya que el envejecimiento de las centrales y la posibilidad de error humano siguen ahí. Quienes piensen que el caso patrio difiere por completo de las tragedias de Chernobyl y Fukushima se demuestra víctima de la desinformación que sufrimos en este país. Nuestra cultura de seguridad nuclear deja mucho que desear, no solo en el pasado, como denunciamos ante el escándalo de los residuos radioactivos del Jarama, sino como también han evidenciado Vandellós, Trillo y Cofrents. Brown nos recuerda en una entrevista que "la exposición a la radiación a largo plazo y en dosis bajas tardan entre 5 y 10 años en hacerse notar. El cáncer tiene un periodo de latencia de doce años. Los problemas de infertilidad obviamente se descubren a la generación siguiente. Los defectos congénitos llegan a manifestarse tres generaciones después". Hablar de seguridad al 100% resulta una quimera.

Además, esta energía trágica, peligrosa, cara y subvencionada desde sus propios orígenes, en la construcción de centrales o en las subidas de la luz que pagamos, tiene más problemas. Uno es el medioambiental, ahora que los pronucleares se visten de ecologistas cuando quienes nos manifestamos por el clima y nos organizamos en la sociedad civil nunca les hemos visto por ningún lado. Sovacool estimó en su estudio sobre el ciclo de vida de la nuclear que esta emite 66 g CO2e por cada kWh, cantidad que irá en aumento conforme se agoten las reservas de uranio en el mundo y que queda muy lejos de las energías renovables, que pueden llegar a ser 4 o 6 veces menos contaminantes. Modelo de producción centralizado, vertical y escasamente democrático, hablando fino.

Pero si vamos a la obtención del combustible para las centrales, el uranio, descubrimos que la minería se da fundamentalmente en Kazajistan, Namibia, Canadá y Australia. En los dos últimos casos, afecta principalmente territorios indígenas mientras en los primeros se trata de países empobrecidos y desprotegidos. En cualquier caso, se evidencia una trampa neocolonial que se aprovecha de los cuerpos más débiles para alumbrar las farolas occidentales o gestar las armas más destructivas que el ser humano ha creado. Una y otra vez, la nuclear amplía las desigualdades en vez de combatirlas. Y la lista ni siquiera ha terminado.

Sovacool estimó en su estudio sobre el ciclo de vida de la nuclear que esta emite 66 g CO2e por cada kWh, cantidad que irá en aumento conforme se agoten las reservas de uranio en el mundo y que queda muy lejos de las energías renovables, que pueden llegar a ser 4 o 6 veces menos contaminantes.

La reciente apuesta energética de la interconexión con Francia busca que importemos la energía nuclear de nuestros vecinos pese a la oposición popular entre la ciudadanía vasca, la impopularidad de este modelo y su herencia franquista en nuestro país. La lucha en el municipio de Gatika, así como en las zonas cercanas a una mina, central o cementerio nuclear, nos llena de esperanza para un futuro energético de consenso, transparente, pacífico y empoderador para la ciudadanía.

Algo que dificulta la presencia de los residuos. Estos también generan problemas en tanto se mantienen radioactivos durante cientos de miles de años, algunos más que el periodo de existencia total del Homo sapiens sapiens. A día de hoy no se ha encontrado respuesta satisfactoria sobre qué hacer con ellos, mucho menos se ha proyectado realizar a gran escala nada al respecto. Pero mientras tanto, que el oligopolio no se preocupe: la gestión del transporte, custodia y almacenamiento de los residuos radioactivos, al tener tan poca rentabilidad, queda en manos del Estado. Todo esto mientras las centrales ya están amortizadas y, de ampliarse su permiso de funcionamiento, harían solo beneficios para empresas tan necesitadas de ellos como Iberdrola o Endesa. 

Siendo como es la nuclear un pozo sin fondos de dolor y gastos, queda claro, pese a este batiburrillo de pobre estructura y escasa fluidez, que antes de achicar el agua con un cubo, hay que cerrar el grifo. La destructora de mundos, que nació espectacularmente para ahora patalear de impotencia ante la realidad, barata y renovable, necesita desesperadamente una jubilación. Hasta hacer el mal es un trabajo. Antes de la próxima Chernobyl a ser posible. Para ello, lo único que hemos conocido han sido las plataformas ciudadanas y la organización que plantan cara a un intrincado organigrama de financión pública y beneficios privatizados, donde solo una fina línea separa los intereses bélicos de los económicos. Misántropos en cualquier caso.

Grupos como el MIA, y tantos otros, han demostrado que la coordinación, la unidad y, en ocasiones, la audacia, pueden hasta con los más poderosos. Y quizás, solo quizás, si seguimos sumando apoyos y conquistando espacios, podremos conseguir un modelo energético democrático, horizontal, transparente y sostenible. Sin grandes injusticias ni pobreza, pero con la decencia que da ni humillar ni dejarse humillar. Creo, a modo de cierre, que la enumeración de estas catástrofes tan decadentes solo refuerza el firme compromiso de ponerles fin antes de que nos lleven por delante. Porque es posible una producción descentralizada, propiedad de sus consumidorxs y trabajadorxs. En eventos como el Foro Social Mundial Antinuclear, que se celebrará en Madrid del 31 de mayo al 2 de junio, seguiremos compartiendo y escuchando cómo alcanzar ese futuro y tenerlo más cerca. Allí nos veremos, con una misión bien clara. #JubilarLaNuclear.

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