Partidos políticos
Oposición y necesidad: ocho gráficos que ilustran cinco años de relación entre PSOE y Podemos

Un recorrido por los desencuentros entre los dos partidos que desde el 22 hasta el 25 de julio negociarán un Gobierno de coalición encabezado por el candidato del PSOE, Pedro Sánchez.

Sánchez Iglesias acuerdo SMI
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias escenifican el acuerdo previo a la aprobación de los PG2019 Dani Gago

publicado
2019-07-22 05:49

Alfredo Pérez Rubalcaba iba a prestar su último servicio visible al partido. Iba, también, a sufrir la peor derrota electoral del PSOE desde la restauración de la democracia en 1977. Con él como candidato los socialistas bajaron del 30% de los votos en las elecciones generales de 2011. El movimiento 15M había puesto patas arriba el panorama político y, aunque en aquel momento no tenía una oferta partidaria, el desengaño de una generación se había fijado como objetivo desenmascarar el sistema democrático bipartidista. Se gritaba que el PSOE y el PP eran “la misma mierda”, ante la indignación de una masa de votantes socialistas, a quienes su propia indignación tapaba la señal de que aquellos jóvenes airados tenían motivos justos para protestar.

El nacimiento de Podemos iba a descubrir una nueva bolsa de votantes de izquierdas entre ese 2011 y el año electoral de 2014. En ese plazo, el PSOE cayó cinco puntos, pero Podemos casi alcanzaba el 8% en su primera comparecencia electoral. Sumado a la buena etapa que vivía Izquierda Unida, el espectro de votantes de izquierdas se amplió en la poco participada convocatoria al Parlamento Europeo con respecto al desierto que había dejado el fin del zapaterismo.

El sistema —el llamado Régimen del 78— absorbió el golpe y se produjeron cambios relevantes. El rey Juan Carlos I abdicó —en uno de los últimos y menos visibles servicios prestados por Rubalcaba— y Mariano Rajoy acaudilló la regresión de derechos que se consideró necesaria para el control de la situación. Se aceleró la elaboración de la “Ley Mordaza”, aprobada en marzo de 2015, y el PP tomó como suyo el mandato de implementar una agenda de reformas que ha recortado más las aspiraciones vitales de la generación del 15M y de la que se ha incorporado en el siguiente lustro al mercado laboral. A aquel movimiento de regresión, y tras unas primarias subterráneas en la derecha, se han aferrado el propio PP, Ciudadanos —en cuanto a la relación del Estado con Catalunya— y el partido ultra monárquico de Vox.


Las primarias en el PSOE

Con la participación de 131.663 militantes, el PSOE buscó la renovación tras la suplencia de Rubalcaba y sus bases eligieron a Pedro Sánchez en un Congreso extraordinario de julio de 2014. La relación con Podemos era glacial. Sánchez se presentó como un candidato continuista, sin un perfil demasiado definido, y el PSOE siguió contando con el favor de importantes medios de comunicación para negar toda posibilidad de entrada de Podemos en los circuitos habituales de la política mediante su condena como “populistas”, condena que en el caso de determinados tertulianos sigue vigente hasta hoy, 22 de julio de 2019 a las 7 de la mañana.

Sánchez hizo de esa condena política una de las líneas argumentales de su campaña antes de las elecciones generales, asegurando que no gobernarían “ni con el PP ni con populismos”. La hemeroteca devuelve frases del candidato socialista como que “el final del populismo es la Venezuela de Chaves (sic)”. Poco después, Iglesias dejaba por escritas sus dudas sobre un posible acuerdo: “Un Podemos con la fuerza suficiente para exigirle al PSOE dos ministerios importantes y entrar en el Gobierno podría ser algo que nos diera experiencia de gobierno, pero nos destruiría electoralmente”. 

La coyuntura explicaba la distancia entre los dos partidos. Podemos aspiraba a rebasar electoralmente al PSOE, encastrado en un régimen anclado en fórmulas de comunicación tan desfasadas como incapaces de contener la indignación popular ante los desahucios, la desigualdad y la falta de esperanza de la generación del 15M.

La desafección comenzó siendo más que evidente en los territorios vasco y catalán, claves en el pasado para las victorias electorales del PSOE. En Catalunya, el núcleo irradiador del primer Podemos se mostraba en la misma sintonía que el círculo agrupado en torno a Ada Colau, que, apenas un mes después de las elecciones europeas de 2014 lanzaba el manifiesto Guanyem Barcelona. 

La pujanza de la líder del movimiento por la vivienda y de otras personalidades de los movimientos sociales como el abogado de causas pobres Jaume Asens, el profesor Gerardo Pisarello o el historiador Xavier Domènech, abrieron un panorama político en el que el PSC iba a jugar un papel menor. Catalunya ha sido, desde entonces y hasta las elecciones de 2019, una muestra de la complejidad de la apuesta plurinacional de Podemos y, al mismo tiempo, una señal del repliegue del Estado y de la capacidad del PSOE para estabilizar la situación tras el Procés en el interior del sistema, una vez que la propuesta “a la contra” de Ciudadanos se estrelló en su propia retórica agresiva. 

Barcelona, Madrid, Zaragoza, Cádiz y A Coruña se convirtieron, en mayo de 2015, en el mascarón de proa del entonces llamado “asalto a los cielos”. Aunque los resultados en las elecciones autonómicas fueron buenos para los morados, fue en las elecciones locales del 24 de mayo en las que Podemos presentó sus avales para disputar al PSOE, por primera vez desde 1977, el liderazgo de la izquierda partidista. 



Con un proyecto menos definido, pero en un territorio aun más propicio, Podemos creció en la Comunidad Autónoma Vasca a costa del PSOE y aglutinando nuevos votantes fuera de la órbita de los socialistas vascos, y consiguió lo que parecía imposible: ser el partido más votado (superando en 15.000 votos al PNV) en las elecciones generales de 2015.

Los resultados de Podemos y En Comú en el País Vasco y en Catalunya, así como En Marea en Galicia, mostraron al PSOE la realidad de una pérdida de apoyos en territorios históricamente propicios para el socialismo.


Podemos, sin embargo, se topó con límites muy definidos en las elecciones que, a fecha de hoy, le han dado sus mejores resultados históricos, las generales de diciembre de 2015. Las cuatro comunidades más extensas, las cuatro ligadas tradicionalmente al bipartidismo, y especialmente al PSOE —las dos castillas, Extremadura y Andalucía—, sostuvieron al PSOE en ese mes de diciembre, en el que Sánchez consiguió el peor resultado del partido en 40 años, cayendo de los siete millones de votantes largos de Rubalcaba a menos de cinco millones y medio. 

El aguante del PSOE, no sirvió, sin embargo, para enmascarar el hecho de que Podemos había sido la fuerza más votada en la Comunidad de Madrid y que los morados arrasaron entre el voto joven. La preocupación por el futuro del partido sí quedó difuminada, sin embargo, por la complejidad de los resultados de unos comicios en los que los partidos del régimen habían tenido que competir con dos fuerzas, Podemos y Ciudadanos, y contra el desgaste de la fuerza más votada, el PP, agonizando en los tribunales como consecuencia de la investigación de años de corrupción. 


Iglesias dijo no a Sánchez

Error o audacia que sale mal, la apuesta de Pablo Iglesias por un Gobierno de coalición con el PSOE durante la ronda de consultas con el jefe del Estado agrietó aún más la relación de las dos organizaciones. Los medios de comunicación censuraron la arrogancia del secretario general de Podemos que, con esa exigencia, reveló la asunción por parte de Sánchez de optar a una investidura —con muchas probabilidades de fracasar— como medida para salvaguardar el papel del rey en el plazo post-electoral. Menos de un mes después, Iglesias arremetió contra el PSOE en el Congreso de los Diputados recordando la etapa del terrorismo de Estado durante los mandatos de Felipe González (las “manos manchadas de cal viva”) y la relación de los dos partidos quedó tocada para el resto de la corta legislatura.

El baldío intento de Sánchez para ser investido con el apoyo de Ciudadanos y la abstención de Podemos tuvo como efecto colateral una crisis soterrada en Podemos. Ínigo Errejón, estratega de la primera hora del partido, se decantaba en privado por la abstención que facilitaría la investidura, mientras que Iglesias se preparaba entonces para la siguiente cita electoral, con la esperanza puesta en que el encuentro con la Izquierda Unida de Alberto Garzón —el llamado pacto de los botellines— iba a ser suficiente para rebasar al PSOE. 

Todos los partidos de la izquierda partidista perdieron votos en unas elecciones, las de junio de 2016, marcadas por la alta abstención. La fusión fría entre Podemos e Izquierda Unida no funcionó, y los mayores signos de abandono se produjeron en las filas de la coalición dirigida por Garzón, inmersa en una crisis grave que se arrastraba al menos desde la primavera de 2015, cuando la política de confluencias municipales había desgarrado la organización. 

Madrid fue un símbolo del frenazo de las aspiraciones de Unidos Podemos en los seis meses que transcurrieron desde diciembre de 2015 a junio del 16. Aunque Iglesias volvió a ser el segundo líder más votado, por detrás de Rajoy, la suma de Podemos e IU en 2015 en la Comunidad rozó los 940.000 votos, mientras que solo seis meses después se quedó en 729.870, menos de lo conseguido solo por Podemos antes de la investidura fallida de Sánchez. 

A los errores propios, se le suma en esa etapa la presión ajena y el efecto de las llamadas cloacas del Estado. Menos de un mes después de la llegada de Podemos a la Carrera de San Jerónimo, la cúpula del Ministerio de Interior y mandos policiales conspiraban para filtrar a los medios un informe llamado Pisa, destinado a menoscabar la credibilidad política de Pablo Iglesias y otros dirigentes de Podemos. 



Finalizado el primer momento de Sánchez —que culpó a Podemos de la formación del Gobierno del PP y no se responsabilizó de su apuesta por Ciudadanos— se impuso una “paz mariana” fruto de la abstención del PSOE en la investidura del candidato del PP. El PSOE quedaba tocado en su propósito de reconquistar su credibilidad entre los votantes de izquierda, y Unidas Podemos se especializaba en proposiciones no de ley en un Congreso que le dejaba poco margen al estar controlado desde la mesa por la derecha.

Crisis de Podemos, resurrección de Sánchez

Entre febrero y mayo de 2017 se vivió la siguiente “historia paralela” de los dos partidos. Las diferencias entre Iglesias y Errejón estallaron alrededor del segundo congreso del partido. Errejón, que no disputa la votación para la secretaría general, salió con su equipo de la sala de máquinas de Podemos. Iglesias le propuso como “barón” de cara a las elecciones autonómicas de 2019 en la Comunidad de Madrid, y se rodeó de un núcleo de afines renovado, encabezado por Irene Montero y Pablo Echenique.

A su vez, Sánchez cambiaba de registro respecto a su primera etapa como secretario general y afilaba su perfil con rasgos izquierdistas y coletillas contra el establishment. El candidato fallido del PSOE de 2014 explotó las contradicciones de un partido cuyas bases se muestran mucho más en sintonía con Podemos que con Ciudadanos, y preparó las primarias de mayo en las que se impuso con claridad al aparato del partido, representado por Susana Díaz. El nuevo Sánchez se presentaba ante un público que le dio aire en las encuestas del CIS, en las que el PSOE volvió a superar a la confluencia que forman Podemos, Izquierda Unida, En Comú, En Marea, etc.

Entre 2017 y 2018 se impuso la experiencia del PSOE frente al desgaste de los actores congregados en torno a Podemos. La plana mayor del PSOE esperaba o se resignaba hasta la próxima oportunidad, mientras que Iglesias y su equipo dirigente apenas podían achicar agua ante sus problemas de índole interno. La moción de censura de junio de 2017, en la que Iglesias salió derrotado en su intento de hacer dimitir al presidente Rajoy, cerraba un curso en el que a Podemos se le comenzaban a ver síntomas de fatiga y que permitió al PSOE, previa claudicación, retomar el aliento.

Unos meses más tarde, el curso se inauguraba con la aplicación del artículo 155, parteaguas de la relación partidista y de la historia política española y catalana. Una aplicación que sucedió al discurso del rey del 3 de octubre tras los hechos del referéndum, que contó con el apoyo de los socialistas.

Coordinación, cisma, moción

2018 será recordado como el año de la compra de la casa en Galapagar por parte de Iglesias y Montero —decisión que tuvo alcance nacional y precipitó una controvertida consulta en el partido morado—, y como el año de la primera moción de censura que salió adelante en la democracia del 78, fruto del primer ejercicio de cooperación a gran escala entre los dos grupos políticos.

Los problemas internos de Podemos, y los problemas con sus socios a nivel autonómico y municipal, han desdibujado un relato que insiste en el protagonismo de Iglesias para llevar a efecto la moción de censura con el apoyo del cauto PNV y del complejo grupo que formaba el independentismo catalán procedente de Convérgencia.

El resto del año confirmó una tendencia que ya se apuntaba desde 2017, Unidos Podemos funcionaba razonablemente bien engrasado en el Congreso, pero la organización carecía de mecanismos —y por momentos parecía que de voluntad— para resolver los problemas de democracia interna, participación y pluralidad. Los avisos y las denuncias del ambiente tóxico en el interior de la organización se confirmaban en enero con la salida de Errejón hacia el proyecto personal de Manuela Carmena y, posteriormente, con la renuncia del diputado Pablo Bustinduy a encabezar la lista de las europeas.

A esas alturas, el PSOE había recuperado su tono en las encuestas electorales, animado por la experiencia de Gobierno de Sánchez (o la constatación histórica de que quien gana una moción de censura, gana las siguientes elecciones), el miedo entre los votantes de izquierdas del auge de la derecha fascista, la propuesta de la subida del salario mínimo interprofesional y la presentación de unos presupuestos de aroma social tras casi una década de crisis y seis años de ajuste estructural, pactados con Unidos Podemos. El impulso derivado del final oficial de “la crisis” permitió a Pedro Sánchez superar de un plumazo la impugnación total a su partido que había estallado en 2011.

El final del camino de los presupuestos, rechazados entre otros por ERC y JxC, y la sobreactuación de los partidos de la derecha, en una escalada propiciada por el auge de Vox, inclinaron la balanza hacia el adelanto electoral. La convocatoria convenía a Unidas Podemos, que esperaba malos resultados en las autonómicas de mayo —especialmente en Madrid— y que apenas guardaba ya conexión con las confluencias municipalistas, con la excepción del partido de Colau.

Pese al distinto momento de ambos partidos, la campaña de primavera fue propicia para Iglesias que, como muestra el último CIS, consiguió mantener vivo un margen de duda razonable entre los votantes del PSOE.

El buen entendimiento de PSOE y Unidas Podemos terminó en la noche electoral y solo tras tres meses de distancias, el paso atrás de Iglesias, que el pasado viernes 19 de julio renunció a ocupar un puesto en Consejo de Ministros para permitir un Gobierno de coalición, se dio la posibilidad para que se cierre el primer lustro de relación entre dos partidos opuestos y condenados, al menos según la demoscopia, a entenderse.

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