Municipalismo
Ciudades escaparate, ciudades plaza: una visión de Barcelona construida sobre la solidaridad

¿Qué tipo de ciudad queremos?”. Una pregunta inseparable de estas otras: “¿Qué tipo de personas queremos ser? y ¿Qué tipo de relaciones sociales queremos priorizar?”.

31 mar 2020 06:30

Una ciudad globalizada como Barcelona puede optar por continuar su camino actual para convertirse en una “ciudad de exhibición”, esa que está ansiosa por complacer a turistas e inversores, o reconstruirse en base a la idea de una ciudad “ágora”, centrada en las necesidades y aspiraciones de su gente. La economía social y solidaria (ESS) tiene propuestas que la orientan en la dirección correcta.

Recientemente, un grupo de personas reflexionaban sobre esta economía en Barcelona bajo el peso de las tendencias globales y cómo se podía enmarcar una futura estrategia para su desarrollo en la ciudad en los próximos diez años. El documento borrador del que se partía, elaborado por Jordi Estivill (Pol·len Edicions, 2019), recoge la idea de una ciudad como Barcelona que se debate entre ser “vitrina” y ser “ágora”.

En base a esa disyuntiva y el reto de abordar el papel de la ESS ante la globalización de la capital catalana, se reflexiona sobre el tipo de ciudad en la que deseamos vivir: una ciudad escaparate, desarrollada, orientada y expuesta a las decisiones y acciones de quienes no viven en ella; o una ciudad plaza, capaz de generar una realidad social y económica basada en la proximidad, enfocada en las necesidades y aspiraciones de las gentes que vivimos y trabajamos en ella.

La economía social y solidaria tiene propuestas que orientan la ciudad para centrarse en las necesidades y aspiraciones de su gente

Siento orgullo y alegría cuando las avenidas y las plazas se llenan de intérpretes y música; cuando personas a las que admiro comparten su palabra y sus pensamientos en espacios abiertos; cuando ocupo la calle con desconocidos para celebrar de forma festiva reivindicaciones de todo tipo; cuando gentes diversas enarbolan banderas de cualquier color y consignas de cartón; cuando voy en bici y el arcén también es mío, corriendo con las bambas puestas o andando, gritando y cantando a pulmón por donde siempre pisan las ruedas a motor; cuando voy al mercado a comprar los sábados, y a diario saben de mí la panadera, el repartidor de correo y el portero de la escalera vecina.

Siento rabia y una profunda tristeza cuando veo a personas, y no son pocas, viviendo en la calle, durmiendo delante de oficinas de bancos que parecen tomarnos el pelo con su café de multinacional; cuando a Ciudad Meridiana la llaman “ciudad desahucio” y a La Mina (ese barrio desechado por la capital) “ciudad sin ley”; cuando veo un nuevo edificio convertido en hotel o un local vacío en casa de apuestas; cuando escucho por la radio los embotellamientos de las siete de la mañana y las aceras repletas de artefactos que no te dejan caminar; cuando recuerdo sitios en los que ya no paseo por la saturación y el turisteo; cuando la brutalidad policial se ceba en quien a ras de suelo menos puede defenderse; cuando el clasismo se viste de racismo, cuando las plazas sin bancos acogen decenas de terrazas…

David Harvey, en una entrevista reciente para el Observatorio del Cambio Rural en Ecuador, decía que a las ciudades las hacen sus gentes, pero en medio de procesos de circulación de capital que, de forma creciente y exponencial, necesita “moverse” comprando y vendiendo suelos, construyendo edificios, generando nuevas infraestructuras, definiendo los estándares de movilidad o recogiendo datos para venderlos en el futuro.

Esos procesos interfieren en nuestras vidas, pese a que no tengan ningún sentido económico, social, ni por supuesto, ambiental. Sólo sirven para especular “y para perpetuar las relaciones capitalistas de clase”. Tanto para él como para Henri Lefebvre, el derecho a la ciudad (definido ya desde 1968) necesita de un combate teórico y práctico contra la urbanización capitalista y, más aún, contra el modo de producción que ésta contribuye a perpetuar.

En resumen, mi ciudad plaza me hace feliz; mi ciudad escaparate me rebela. Y en esa contradicción permanente vivimos muchas de las gentes de Barcelona, mientras intentamos ejercer nuestro derecho a la ciudad. Un derecho que, como afirma Harvey, no es material o territorial sino político: es el derecho a la autodeterminación y a transformar el ambiente en el que vivimos. Para él la pregunta que deberíamos hacernos es: “¿Qué tipo de ciudad queremos?”. Una pregunta inseparable de estas otras: “¿Qué tipo de personas queremos ser? y ¿Qué tipo de relaciones sociales queremos priorizar?”.

En febrero de 2018 se presentó el estudio Barcelona als ulls del món 2018. Según este, la capital catalana cosecha una imagen positiva: de ciudad rica para desarrollarse, invertir y hacer negocios; con una industria tecnológica y biomédica emergente; vinculada a la creatividad, vibrante e ideal para “urbanitas inquietos” culturalmente.

La nueva proyección de Barcelona, donde es “compatible el crecimiento personal y profesional con el disfrute de una vida plena en todos los sentidos y en todos los momentos vitales”, se apoya en seis pilares: conexión, iniciativa, alma, contrastes, talento y compromiso. Me centraré en el pilar de la conexión, que considero el más ilustrativo de algunas de esas desigualdades que esa ciudad escaparate provoca. Sobre él se afirma, en primer lugar, que “la privilegiada ubicación geográfica de Barcelona y sus infraestructuras hacen que sea una ciudad bien conectada con el mundo”. A lo que yo añadiría: y suculenta para las grandes inversiones privadas.

Barcelona fue líder mundial en la celebración de congresos internacionales en 2017. En ese año se dieron 195 citas de este tipo y 2.134 reuniones estatales de negocios, con un total de 674.890 participantes. Todo ello sin contar el World Mobile Congress, el “supercongreso” de la telefonía móvil que más participantes reúne (109.000 en 2018) y que convoca a las grandes multinacionales del sector.

La ciudad concentraba en 2017 el 18,3 por ciento de empresas de tecnología de Catalunya y el 48,4 por ciento de puestos de trabajo, según el Barómetro del sector tecnológico de 2018. Sin embargo, mientras Barcelona es reconocida por la instalación de empresas de tecnología, persisten brechas digitales entre barrios, edades y niveles de estudios: el 16% de las viviendas de la ciudad no tienen acceso a Internet (el 38,3% en Torre Baró, Ciutat Meridiana y Vallbona) y el 3,7 por ciento no puede permitirse tenerlo.

Barcelona está considerada —junto a Ámsterdam, Bristol, París, San Francisco y Seúl— una de las ciudades más colaborativas del mundo; es decir, una de las ciudades donde se “se establecen iniciativas públicas y privadas que favorecen la economía colaborativa, que otorgan más poder a las personas, que intentan terminar con las desigualdades sociales y que permiten mejorar la calidad de vida”.

Se trata de empresas agresivas, masivas, que especulan con los datos, que cuentan con inversiones estratosféricas… ¡qué no son rentables!, que intentan esquivar las regulaciones estatales y locales y tienen claros impactos negativos en la vida de la gente. Las llaman “unicornios”. Por todo ello, 42 ciudades del mundo se dieron cita en Barcelona en 2018 y firmaron la Sharing Cities Declaration ( que en español podría traducirse como Declaración de Ciudades que Colaboran), con el objetivo de poner límites a los despropósitos que las ciudadanas y ciudadanos viven como consecuencia del capitalismo de plataforma, como lo denomina Nick Srnicek.

Economía colaborativa
Nick Srnicek: “Debemos reconocer los servicios públicos de las plataformas, y después regularlas o expropiarlas”

El escritor canadiense Nick Srnicek ha publicado Capitalismo de Plataformas (Caja Negra), un ensayo que traza una sucinta e inteligente radiografía sobre las transformaciones en la estructura económica.

Saida Palou explica en su tesis Barcelona, destinació turística como, desde principios del siglo XX, ésta ha sido una ciudad que se promociona a sí misma, proyectando un imaginario y valores a la vez que mirándose y relatándose en función de cómo la ven desde el exterior. Y ese relato no ha sido fortuito, sino producto de una connivencia permanente (o pugna, según las épocas) entre los modelos políticos de ciudad y los intereses económicos particulares y corporativos de sus clases dominantes.

La conectividad permite alardear de que “Barcelona dispone de uno de los puertos más importantes del Mediterráneo, una alta velocidad ferroviaria [...] y uno de los aeropuertos internacionales de mayor crecimiento en vuelos, pasaje y conexiones en los últimos años” (50 millones de pasajeros en 2018 y 70 millones estimados para 2026). Y así, entre otros logros, hemos conseguido acuñar el neologismo “barcelonización”, para referirnos a morir de éxito por el turismo. Según explica Carlos García, en publicaciones internacionales Barcelona lleva tiempo apareciendo como ejemplo de las consecuencias del overtourism y la Organización Mundial de Turismo (OMT) la eligió entre otras siete ciudades para estudiar el fenómeno y proponer medidas para contrarrestarlo.

Y Barcelona als ulls del món 2018 continúa explicando que la ciudad potencia la conexión “gracias a un entramado de vida de barrio y con el resto de las ciudades de su área metropolitana. [...] dispone de espacios mixtos donde conviven comercios, viviendas y negocios, y promueve iniciativas y plataformas que hacen que sea una ciudad inteligente y avanzada.” Gerardo Pisarello, concejal del Ayuntamiento de Barcelona por la candidatura municipalista Barcelona en Comú (BeC), decía en la presentación del estudio que “Barcelona no es una ciudad para especular”, pero las multinacionales saben que en realidad sí lo es.

La que es hoy la mayor especuladora inmobiliaria del mundo, Blackstone, se aprovecha de la disponibilidad de vivienda vacía de vida y llena de deudas, así como de la atracción de compradores de todo el mundo con poder socioeconómico elevado y deseos de una ciudad cosmopolita, con referentes culturales mundiales y bares y restaurantes a su servicio en cualquier esquina. Y así, la ciudad con la segunda calle más cara de todo el Estado para comprar una casa, es también donde la vivienda supone, con diferencia, la principal preocupación de sus habitantes.

Y la preocupación está fundada porque Blackstone es sólo la punta del iceberg; existe una fuerte presencia de inversores en las compraventas inmobiliarias. “La escasa rentabilidad que ofrecen otros productos de inversión, la caída de la bolsa en el último año y la buena marcha del mercado de la vivienda (cuyos precios no dejan de subir tanto en compra como en alquiler) han provocado que los inversores se hayan desplazado, casi de manera masiva, hacia los activos inmobiliarios. Operaciones que apenas necesitan financiación y que están ayudando a alimentar los precios“.

Municipalismo
La colaboración público-comunitaria para defender lo común

¿Cómo podemos construir estrategias para un municipalismo efectivo y duradero, construido con movimientos sociales y la ciudadanía, capaz de confrontar los poderes establecidos?

La vivienda en Barcelona no es para vivirla, es para enriquecerse. Y ello tiene consecuencias. Un estudio del Centre d'Estudis Sociològics de 2018 recogía que el 27 por ciento de los barceloneses han abandonado la ciudad o piensa hacerlo y que sus principales razones son económicas.

Y aunque hoy la capital catalana quiera ser un “modelo de progreso que haga compatible el crecimiento personal y profesional, a la vez que disfrutar de una vida plena en todos los sentidos y en todos los momentos vitales”, es también un espacio de desigualdades socioeconómicas flagrantes (por ejemplo, el problema de acceso a la vivienda se manifiesta en la ciudad desde finales del siglo XIX), hoy provocadas en buena medida por la intromisión de las multinacionales (que la propia ciudad atrae, en especial desde 1992) en nuestra vida cotidiana.

Para poder lograrlo, la XES desarrolla una estrategia en tres dimensiones. Una es la de la sensibilización y visualización. Otra es la de autoreconocimiento y dotación de herramientas de mejora en la propia red. Finalmente, una apuesta a la incidencia en las políticas públicas para que se potencie al máximo la economía solidaria e incluso se asuman sus valores.

En la línea de la sensibilización y visualización de la ESS, las dos herramientas estrella que la XES utiliza son la Feria de Economía Solidaria de Cataluña (FESC) y el sitio web PamaPam. PamaPam es la herramienta colectiva de visualización de las iniciativas de economía solidaria en un mapa, para que la población pueda realizar un consumo crítico y responsable y ser parte de la comunidad abierta que detecta y entrevista a estas iniciativas, y también las mapea.

Para el autoreconocimiento y el apoyo mutuo las herramientas son el Balance Social, el Informe del Mercado Social en Cataluña (anual) y las redes locales de economía solidaria. El Balance Social es un instrumento de rendición de cuentas y medida de impacto social, ambiental y de buen gobierno en las organizaciones de economía solidaria. Se utiliza desde 2007 (y ha tenido una evolución significativa en cuanto a complejidad, programación tecnológica y rigor técnico). Hoy se ha convertido en una herramienta de referencia de la economía solidaria catalana. En 2018, lo utilizaron 188 empresas y entidades catalanas (450 en el conjunto del Estado español) y en 2019 lo utilizaron 231.

Las redes locales de economía solidaria en Cataluña constituyen una herramienta fundamental para el autoreconocimiento y el apoyo mutuo entre las organizaciones de un territorio

Por su parte, las redes locales de economía solidaria en Cataluña constituyen una herramienta fundamental para el autoreconocimiento y el apoyo mutuo entre las organizaciones de un territorio (barrio, municipio, comarca). Hasta 2018 se habían consolidado once redes, cuatro en Barcelona y siete en el resto de Cataluña, y se encontraban en proceso de creación ocho más, tres de ellas en barrios barceloneses. Estos espacios representan un muy buen ejemplo de construcción de ciudades y pueblos plaza; articulan y dan un sentido colectivo al trabajo entre iniciativas cooperativas, iniciativas populares comunitarias, medios de comunicación locales y alternativos, organizaciones transversales (como Som Energia, Fiare o Coop57), movimientos sociales y vecinales (como la Plataforma Afectados de las Hipotecas, las asociaciones de vecinas, el movimiento agroecológico o la economía por el bien común), espacios de autogestión cultural (ateneos populares, casales...) y planes comunitarios. Asimismo, suponen islas de resistencia frente a los negocios de las empresas transnacionales desde el trabajo autogestionado, el consumo colectivo, la defensa del derecho de ciudadanía, las dinámicas de apoyo mutuo, entre otras.

Finalmente, las propuestas desde la ESS para el desarrollo de ciudades plaza también contempla una estrategia de incidencia política directa. Dos han sido las herramientas promovidas por la XES: el Balance Comunitario, una herramienta de rendición de cuentas y mejora continua de los procesos de gestión comunitaria de equipamientos o espacios públicos, y la declaración “15 medidas hacia la Economía Social y Solidaria en los municipios”.

Sobre este blog
Una batalla se gesta en Europa: ciudades y sus habitantes contra multinacionales y el poder de las finanzas, con una gran influencia sobre la vida en nuestras ciudades. Comunidades, movimientos sociales y ayuntamientos progresistas están desarrollando propuestas: servicios básicos universales, protección de derechos, suministros resilientes de energía, agua, alimentos... Una economía relocalizada no diseñada para el beneficio de accionistas sino para el bien del común. Una colección de artículos escritos por activistas, periodistas, académicos y cargos electos de una variedad de países europeos.
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