Terrorismo energético

La factura de la luz nos llevó a pensar que, para que el sector energético deje de ser terrorista, debe ser público. Que en este país no es utópico plantearse la soberanía eléctrica a través de las energías renovables.

Suministros Garantizados La Rioja 1
Concentración contra los cortes de suministros frente a la sede de Endesa en Logroño Irene Martínez
Marta Sanz

publicado
2018-02-20 07:00:00

Mi padre pinta y nos hace exposiciones privadas. Collages, lienzos, obras de técnica muy mixta. Hace poco nos mostró un cuadro: una amalgama de tuercas, líquidos en trasiego, acueductos y fragmentos orgánicos confluían en una masa de pálido amarillo que acabamos reconociendo como bombilla a punto de fundirse. Él, adivina adivinanza, nos pregunta: “¿Cómo se llama este lienzo?”. Contestamos con afectación lírica: “Inteligencia”. Y cosas peores. Mi padre se burla de nuestra volatilidad —“¿es que no leéis los periódicos?”— y, por fin, revela el nombre de su obra de arte siempre comprometido: “El cuadro se llama La factura de la luz”. Mi padre siempre fue un pintor materialista. Jamás un iluminado. Mi padre, en la luz, no ve a Dios, sino la posibilidad de leer de noche o enchufar el calentador para ducharse con agua caliente.

Nosotros estamos educados en este credo ético y estético. El cuadro de mi padre nos llevó a iniciar una reflexión tan política como el impulso con que él empuñó los pinceles. La factura de la luz nos llevó a pensar que, para que el sector energético deje de ser terrorista, debe ser público. Que en este país no es utópico plantearse la soberanía eléctrica a través de las energías renovables. Que, de mantenerse la fiscalidad sobre la energía, debería ser proporcional a las rentas, usos y consumos. Que nadie debería pasar frío ni vivir con las luces apagadas. Que las muertes por terrorismo energético son asesinatos caníbales. Que es inmoral que te hagan ofertas sobre un bien de primera necesidad, convertido en fetiche, para el que se diseñan campañas publicitarias y se forman comerciales que venden lo que nunca debería ser objeto de especulación: luz, agua, oxígeno —recreativo, sanitario, elemental— embotellado como champán francés. Los bienes de primera necesidad se transforman en artículos de lujo explotando nuestra sed, hambre, frío, asfixia.

Pero el cuadro de mi padre hablaba además de un código secreto, de la forzada ignorancia de los usuarios, como estrategia comercial: no entendemos la factura de la luz que, en su carácter jeroglífico, es manipulada por vendedores que a la fuerza se ganan la vida engañándonos para calentar sus propias casas. A comienzos del siglo XXI vivimos la paradoja de pasar el dedo por pantallas táctiles mientras nos pican los sabañones. También pensamos que sin subvenciones, bonificaciones, cánones y compensaciones del Estado a empresas privadas que se lucran con nuestras exigencias vitales, la factura de la luz sería inteligible incluso para los que no hemos estudiado astrofísica.

La precariedad mata. Parejas de ancianos, mujeres y hombres que cuidan a sus hijos o nietos, niños que se han quedado solos mueren abrasados por la chispa de un brasero que prende una cortina, o asfixiados por las emanaciones tóxicas de una estufa. No es de extrañar en estos tiempos en los que la gente apaga la caldera porque el salario mínimo no llega a los 800 euros al mes y, cuando el paro se acaba, no es fácil conseguir una ayuda; no es de extrañar que, aquí y ahora, los poetas sepan que el sexo es inseparable del guiso que hierve sobre la vitrocerámica y los artistas plásticos titulen sus obras La factura de la luz.

Siempre y cuando no pensemos en esos otros activistas culturales que, desde cierto dandismo, siempre han detestado los garbanzos y reivindican el valor de las ficciones puras: yo eso no sé qué significa, aunque sea una privilegiada que puede pagar cien euros de luz.

0 Comentarios

Destacadas

Industria
Alcoa: ¿cómo salvar una industria?

La empresa ha flexibilizado su postura en las últimas horas para permitir la entrada de posibles compradores. Su futuro también podría pasar por una intervención pública, a pesar de las declaraciones de la ministra de Trabajo

Literatura
Iban Zaldua: “Estamos mejor porque no hay muertos pero hemos entrado en una fase que no sabemos cómo es”

Dice que se sintió impulsado a escribir sobre el conflicto vasco o ‘el tema’ como quien se sintió obligado a escribir sobre relaciones familiares o sobre migraciones. Iban Zaldua presenta una compilación de relatos que abordan los últimos 20 años en torno a la violencia y la represión en el País Vasco.

Contaminación
Niños con máscaras anticontaminación frente a la ofensiva contra Madrid Central

Una veintena de AMPA y la FAPA Giner de los Ríos organizan una acción reivindicativa a favor de Madrid Central, lanzan un manifiesto y llaman a participar en la movilización programada para el próximo sábado. 

Minería
España, nueva frontera minera

En los últimos años el Estado español ha sufrido un auge de proyectos mineros. Ahora, mientras Castilla y León quiere abrir la puerta a explotaciones mineras no energéticas en suelos rústicos protegidos, Ecologistas en Acción lanza una propuesta para reformar una Ley de Minas que fue promulgada en 1973.

Últimas

Pista de aterrizaje
Silvia Agüero: “El antigitanismo es otro macho al que hay que derribar”
Silvia Agüero es promotora de la campaña internacional contra la violencia etno-obstétrica La revolución de las rosas romaní.
Medio rural
Neocolonialismo minero: ¿por qué las poblaciones locales no pueden decidir sobre los proyectos?
2
El derecho de los pueblos contra la explotación salvaje de sus recursos del colonialismo debe comenzar a reivindicarse en nuestro propio territorio.