Periodismo
Cerbero y la fábrica de noticias

La historia de las interferencias gubernamentales en el ejercicio del periodismo es tan vieja como la profesión misma.

Los periodistas siguen la sesión de investidura en la sala Ernest Lluch del Congreso de los Diputados - 4
Periodistas siguen la sesión de investidura en la sala Ernest Lluch del Congreso de los Diputados. David F. Sabadell
Barcelona
4 feb 2020 04:36

La noticia, como muchas otras, pasó desapercibida. Quizá por una cuestión geográfica e histórica: se trataba de hechos que ocurrieron hace décadas en el Reino Unido. Quizá porque algunos debieron considerarla demasiado gremial. Confieso que yo mismo no me enteré hasta días después, leyendo un análisis en un digital alemán.

El pasado 13 de enero la BBC informaba de la publicación de unos documentos hasta la fecha clasificados que revelaban cómo la Information Research Department (IRD), una unidad de propaganda antisoviética del gobierno británico, alcanzó en 1969 un acuerdo secreto con la agencia de noticias Reuters para su financiación, utilizando la radiotelevisión británica para canalizar el dinero mediante suscripciones que servían como pantalla. Con esa financiación, unas 350.000 libras esterlinas a lo largo de cuatro años, Reuters pudo expandir su cobertura informativa en Oriente Medio y América Latina.

Con ello las autoridades británicas buscaban contrarrestar la influencia soviética en ambas regiones. En el caso de Oriente Medio, donde Reino Unido tenía más intereses, preocupaba especialmente a los diplomáticos la presencia de “agencias hostiles o semi-hostiles”, como la soviética TASS, la egipcia Middle East News Agency (MENA) e incluso Agence France Press (AFP).

“Los intereses del gobierno de su majestad deberían ser bien servidos con el nuevo acuerdo”, asegura el informe desclasificado por los archivos nacionales británicos. Según este documento, la agencia “podría y proporcionaría” la información que el gobierno necesitase, no porque el 10 de Downing Street fuese a dictar directamente los contenidos, pero sí porque iba a condicionarlos ejerciendo presiones de tipo económico: “Existen motivos para pensar que los responsables de Reuters son receptivos a la idea de que tendrán que entregar algo a cambio, además de la mera continuación de los servicios en las dos regiones concernientes”, escribe el autor del informe al presumir de la capacidad del ejecutivo británico para “asegurarse en la práctica la posibilidad de influir hasta cierto punto en las informaciones publicadas”.

Los periodistas pasan a ser, y cada vez más, de manera consciente o no, voluntaria o involuntariamente, estenógrafos del poder

El acuerdo era asimismo descrito como “una oportunidad para que la relación entre Reuters y el gobierno evolucione, capaz de conservar la independencia de la agencia del control gubernamental al mismo tiempo que concede al gobierno una herramienta de influencia política”.

Con la hipocresía habitual, el informe afirmaba que la financiación británica no se traduciría en contenidos a conveniencia sino que serviría para llevar a los lectores una información “objetiva y precisa de elevada calidad” frente a las “fabricaciones calculadas” de las agencias “sesgadas” con presencia en la región. Pese a todo, un oficial del Foreign Office no pudo evitar preguntarse si la autonomía de Reuters no conduciría a la agencia a estar “tentada de incluir temas populares (deportes, temas más ligeros y temas de interés humano), descuidando el material político, que es el que nosotros queremos”.

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Para controlar la veracidad de lo que leemos, escuchamos o vemos, el colectivo Xnet propone una verificación previa de la información que se difunde, basada en saber quién crea y paga las ‘fake news’ y quién cobra por crearlas y viralizarlas.

La historia de las interferencias gubernamentales en el ejercicio del periodismo es tan vieja como la profesión misma y, desde la llamada ‘Operación Mockingbird’ de la CIA en la guerra fría hasta el caso más reciente de Integrity Initiative (II), no escasean los ejemplos de los esfuerzos de los Estados por influir en la opinión pública. La desclasificación de los documentos publicados por la BBC debería suponer, lógicamente, un nuevo recordatorio de las relaciones con demasiada frecuencia incestuosas entre gobiernos y medios de comunicación, pero también invita a la reflexión sobre la creciente influencia de las agencias de noticias en nuestro sistema comunicativo.

La información en la cadena de montaje

Si no ha cambiado mucho la cosa, en las facultades de periodismo se enseña que, idealmente, una de las funciones del periodista, y más aún del editor, es la de goalkeeper (guardameta o cancerbero). En esa función se encarga de vigilar qué se publica y qué no, entre otros objetivos, para evitar encajar un gol en forma de información falsa o tendenciosa.

Nótese que he escrito “idealmente”. No se trata únicamente de casos como el de Reuters arriba señalado, porque los recortes de plantilla y presupuesto en los medios dejan pocos “cancerberos”, cada vez más estresados por el exceso de trabajo y, en consecuencia, proclives al error, cuando no directamente a causa de la desgana y la desmotivación por las condiciones laborales.

La solución adoptada por muchas cabeceras ha sido externalizar a las agencias buena parte de los contenidos que antes escribían sus propios redactores, confiando en los criterios de neutralidad de aquéllas (a veces incluso sin ninguna supervisión, copiando y pegando directamente el texto de agencia) y en la falta de atención de los lectores (¿quién se lee el nombre del periodista que ha redactado una noticia?).

Que el futuro podría ser todavía peor lo dejan entrever noticias como la de que la Agencia EFE ganó a finales de enero con un contrato para introducir en la redacción de RTVE un servicio de inteligencia artificial que redacta y publica noticias sin necesidad de que intervenga un periodista

Una de las consecuencias es la conocida sensación de uniformidad en los contenidos, que obviamente no ha pasado desapercibida a los lectores y redunda en la falta de credibilidad de los medios. En otras palabras, cada vez hay menos voces “propias” y “críticas” al margen de la información publicada por las agencias y replicada en decenas de cabeceras. Las agencias de noticias, cuyos trabajadores en muchas ocasiones no gozan de mejores condiciones que sus colegas en los medios, se convierten así en correas de transmisión de los comunicados de prensa de gobiernos, ministerios, agencias gubernamentales y grandes empresas, elaborados por gabinetes de comunicación que cuentan con más personal, mejores condiciones y presupuestos más holgados.

A mayor abundamiento cabe tener en cuenta que estos comunicados están redactados por periodistas que saben cómo funcionan y cuáles son las condiciones laborales en los medios y, por lo tanto, cómo pueden colar ese gol que el cancerbero debería evitar.

Ya en 2016 Roger Vilalta alertaba en un artículo de Media.cat de la creciente desproporción entre las redacciones periodísticas y los gabinetes de comunicación. “Es conveniente ir recordando que la agenda informativa se edifica, cada día más, a partir de la agenda privada de quienes emergen victoriosos de la feroz lucha entre fuentes interesadas, y que, a falta de suficientes filtros y contrapesos periodísticos, esta agenda informativa pública la construye quien mejor puede adaptarse al contexto comunicativo, quien más fuerza tiene para penetrar en él y, sobre todo, para mantener una influencia estable”, lamentaba Vilalta al añadir que “el Imperio gana, en definitiva, y lo hace por goleada”. Los periodistas pasan a ser, y cada vez más, de manera consciente o no, voluntaria o involuntariamente, estenógrafos del poder.

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David Jiménez dirigió ‘El Mundo’ durante 366 portadas. En ese tiempo conoció de cerca la existencia de acuerdos inconfesables entre la prensa y las empresas del Ibex 35 que ahora desvela en un libro, ‘El director’.

Que el futuro podría ser todavía peor lo dejan entrever noticias como la de que la Agencia EFE ganó a finales de enero un contrato para introducir en la redacción de RTVE un servicio de inteligencia artificial que redacta y publica noticias sin necesidad de que intervenga un periodista. El resultado es una noticia escrita por un programa de ordenador “en un lenguaje natural” sobre partidos de fútbol de la Segunda División B a partir de los datos proporcionados por la federación de ese deporte.

¿Podría hacerse lo mismo en otras secciones? El medio que recogió esta noticia, El Independiente, recordaba que The Washington Post dispone ya de un programa llamado Heliograf que ha sido el autor de “cientos de noticias sobre política o deportes”. Al fin y al cabo, ¿no parecen muchas noticias redactadas “con plantilla”, con lugares comunes y recursos formularios, como si hubiesen salido de una cadena de montaje? ¿Y qué otra alternativa queda a periodistas que trabajan en condiciones precarias, sobrecargados de trabajo y apremiados por la urgencia de la última noticia y la necesidad de producir constantemente contenidos para alcanzar el volumen exigido por los digitales?

En la mitología griega, por cierto, el can Cerbero no era ninguna criatura independiente, sino el perro guardián de Hades, el señor de los infiernos, quien lo encadenaba a la puerta de sus aposentos. Hoy diríamos: la fábrica de noticias.

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