La semana política
Norias más grandes

El anuncio de la  Ley Integral de la Libertad Sexual ha mostrado la principal pugna entre los elementos del Gobierno de Coalición en una semana, por lo demás, agitada por los fantasmas del coronavirus.

La Ingobernable vuelve al corazón de Madrid - 3
Ocupación de la segunda sede de La Ingobernable en Madrid en marzo de 2020. Álvaro Minguito
7 mar 2020 06:51

Con la atención puesta en el coronavirus, con cientos de memes y humoradas relacionadas con una epidemia que se presta al choteo y al pánico por igual (unas veces como farsa y otras como tragedia), esta semana el Gobierno de Coalición ha podido navegar entre sus contradicciones sin demasiados altercados. Se han fijado las principales posiciones de disputa entre PSOE y Unidas Podemos y la novedad es que no se producen en torno al conflicto con Catalunya, donde ambos espacios parecen contentos con su papel asignado.

El feminismo es un vector de acumulación de legitimidad —y con ello de votos—. En los días previos al 8 de marzo que, salvo en determinados puntos de la península, no se expresará como huelga este 2020, la Ley Integral de la Libertad Sexual ha sido el pretexto para una disputa que no solo se corresponde con las posiciones electorales.

Los debates del feminismo han llegado al Consejo de Ministros, un espacio hasta ahora controlado por un sector del movimiento, encarnado por Carmen Calvo. La llegada de Irene Montero a Igualdad ha explicitado, en mayor medida que la entrada de cualquier otro ministro de Unidas Podemos, el conflicto generacional que se desarrolla en España desde 2011.

Un gráfico que ha paseado a lo largo de la semana por Twitter y que, con datos del Centro de Investigaciones Sociológicas, responde a la pregunta de qué partido está haciendo más para apoyar la igualdad, muestra una brecha profunda entre las franjas de edad que no vieron la Transición ni en una postal y exigen un enfoque no machista en la justicia (además de igualdad salarial) y quienes están ahí porque defendieron en la calle y/o se enorgullecen de las conquistas principales de esa transición, las leyes de divorcio y aborto.

Si la disputa partidista en el marco de los debates que están recorriendo los feminismos —debates graves, puesto que afectan a derechos en el contexto de la prostitución o la identidad de género— supone un punto de quiebra del Gobierno, un borrón en la foto de Quintos de Mora, otros temas no lo hacen en absoluto.

La crisis en la frontera griega ha sido respondida en modo avión —mediante sobreentendidos— por parte del Ejecutivo. Lo que diga la Unión Europea, no sea que las rutas migratorias cambien. Y lo que ha dicho la UE es que Grecia puede saltarse el derecho internacional. Y lo que han dicho las calles no ha sido suficiente —aunque haya sido importante— para que Unidas Podemos se vea obligada a desmarcarse de la vaga amenaza de la “invasión” que funciona en todo el espacio político europeo.

La presión a Unidas Podemos no ha brotado esta semana por sus escasos desmarques de la política fronteriza de Interior sino por su supuesta “traición” a la clase obrera

La política de fronteras ha sonado desde el comienzo como uno de los bagajes que el partido morado estaba dispuesto a soltar en su fase de absorción. La lectura, que se remonta a la claudicación de Syriza tras el castigo de la gobernanza europea, es que la transformación de la Unión Europea, y con ella de su política de fronteras, solo es posible tras una inmensa acumulación de fuerzas en el Estado nacional. Una lectura que, independientemente de que suponga mantener por omisión las líneas fundamentales de la necropolítica comunitaria, no garantiza nada más que un cierto respiro en condiciones normales. Condiciones que pueden cambiar de un momento a otro.

Coronavirus
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pasión de traiciones

En todo caso, la presión a Unidas Podemos no ha brotado esta semana por sus escasos desmarques de la política fronteriza de Interior —heredera de la de Alfredo Pérez Rubalcaba, el ministro que impulsó una doctrina que en lo esencial no ha cambiado— si no por su supuesta “traición” a la clase obrera.

El miércoles, un grupo de estudiantes increpaba al vicepresidente Pablo Iglesias en un acto en la Complutense de Madrid. Identificados más tarde como militantes de Reconstrucción Comunista, grupo minoritario de forma y fondo estalinista, los estudiantes sintetizaron parte de los reproches de sectores izquierdistas ante la nueva realidad política.

Una figura controvertida como Yannis Varoufakis —brillante escritor, errabundo llanero político— explicó en una entrevista en Diagonal que la crisis había añadido una posibilidad a la vieja frase de Marx de que la historia se repite: “Igual que en los años 30 hay un aumento de la xenofobia, del racismo, nuevos muros, nuevas divisiones en las mentes y los corazones, entre nuestros pueblos y en el interior de nuestros pueblos. Si no lo paramos, como se intentó sin éxito en los años 30, empezando aquí en España con las Brigadas Internacionales; si no tenemos brigadas internacionales paneuropeas y democráticas en Alemania, Finlandia, Eslovaquia, Grecia, España, vamos hacia una repetición de la historia no como una farsa —como dijo Marx—, sino como una distopía”. 

La interpelación a Iglesias por parte de los militantes de la “extrema izquierda” señala que también hay una gran parte de farsa en esa repetición distópica.

La pulsión negativa, que trata inconscientemente de repetir el clima del “desencanto” tras la llegada del PSOE al Gobierno en 1982, se observa hoy de forma palmaria en la pérdida de tiempo en debates canalizados a través de Twitter sobre la “diversidad” y cómo esta borra una supuesta esencia obrera siempre a punto de eclosionar (y siempre dirigida o al menos tutelada por el sujeto blanco de referencia).

Los males de la izquierda pasan a ser consecuencia, según este señalamiento, del alejamiento de una hoja de ruta “directa y combativa” para atender cuestiones supletorias. El problema es cuando en esos discursos sobre lo accesorio y lo imprescindible se introduce el reconocimiento de derechos: ya sea de personas migrantes o de personas trans. No es difícil de entender, por más que no se quiera entender, que hay mucha gente que no está dispuesta a compartir una hoja de ruta en la que no se cuente con migrantes o trans como sujetos políticos autónomos.

El hastío retorna cíclicamente contra Unidas Podemos, blanco fácil —por ser el polo más importante de la atracción— de la larga etapa de centrifugado de la política de izquierdas. La confluencia, por su parte, puede meter los exabruptos y las críticas legítimas —sobre su política de fronteras, la deriva organizativa del partido morado o la insuficiencia del decreto sobre casas de apuestas— en el mismo archivo: el de la permanente insatisfacción de “la izquierda”, ese sustantivo que significa tanto y describe tan poco. Mientras, la distopía acontece en la frontera entre Turquía y Grecia.

La noria contra los populistas

Otro significante que apenas describe nada más que a quien lo emite: populistas. La batalla de ideas contra el populismo (de izquierda) ha llevado al Ayuntamiento de Madrid a promover la instalación… de una noria gigante. Los chistes estaban listos tras el tuit en el que Begoña Villacís —vicealcaldesa— anunciaba la determinación de competir por la madre de las atracciones de feria.

El fin del mundo y la noria del fin del mundo con pocos segundos de diferencia. Las cuarentenas por el coronavirus y el entretenimiento como única guía de la política cultural forman parte de un mismo círculo. Eso se transfiere a los chats familiares: ansiedad y nervios ante la epidemia, chistes y memes. Todo es una gran mentira pero vamos a hacer acopio de mascarillas como si Juan y Manuela*.

Al hilo de la epidemia en Bolonia, Wu Ming escribe: “El cinismo y la paranoia van de la mano, se nutren de la misma desconfianza, del mismo rechazo por cualquier llave de lectura del mundo. Sin llaves, no puedes entrar en ningún sitio. Y si te entran ganas de cagar, lo único que puedes hacer es cagarte encima”.

Coronavirus -Milán
Milán, durante la cuarentena parcial como consecuencia del Coronavirus. Foto de Alberto Trentanni.

A qué huele un centro social

Pase lo que pase, la cultura vista por las instituciones públicas tiene que oler a nuevo. Nuevo estreno. Nuevas sillas. Una noria nueva, en un parque renovado. Con aparcamientos nuevos y flamantes propuestas que nada dejan cuando se termina el confeti. Pero hay quien busca entre lo viejo. Quienes reutilizan y retoman, tras años de silencio, lo que nunca tuvo que ser presentado como nuevo porque era compartido y porque ya estaba allí. Es la política de los centros sociales, resistente aun en los tiempos de la distopía. Resistiendo al abandono y contra un alcalde vengativo.

Durante meses, la asamblea del centro social La Ingobernable de Madrid ha pasado bajo el radar. El desalojo de noviembre, las amenazas sobre otros centros por parte del equipo de José Luis Martínez Almeida, habían lanzado la idea de que cualquier movimiento de recuperación de un edificio estaba destinado a ser vapuleado por el nuevo orden municipal: estricto con los débiles, útil para los fuertes.

Explorando en las oportunidades —en las contradicciones— del Gobierno de Coalición, el colectivo de La Ingobernable ha abierto un pequeño archivador que sirve para retomar el trabajo del centro social. Un trabajo ajeno al cálculo partidista, basado en dos puntales: feminismo y activismo por el clima —por ese orden— y que abre una nueva forma de conjugación, en positivo, de la quiebra generacional que marca el presente político.

El espacio ocupado, antigua sede de un archivo de protocolos, remite a la permanencia en una ciudad en la que miles de habitantes son nómadas por entre barrios que los expulsan de piso en piso. Los espacios que permanecen y están abiertos para la cultura y la política no comercial (no electoral) son antídotos contra la aceleración y la profundización de la distopía aquí y ahora que asola nuestras sociedades.




*Expresión popular (siglo XIX) que resalta la inutilidad o la futilidad de algo.

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