París nunca fue pancarta

En América Latina el sobrevenido Mayo Francés se percibió como un fenómeno anómalo, extemporáneo, descentrado de los aires de prosperidad y bienestar que se vivían en Europa.

Tlatelolco 1968

publicado
2018-05-26 06:34:00

El mundo de los 60 era, de alguna manera, más simple. La Guerra Fría partía el globo en dos. De un lado, el campo socialista, con sus más y sus menos. Con las invasiones a Hungría en 1956 y a Checoslovaquia -precisamente en 1968- su epopeya se cubría de sospechas (de oprobio para los muchos que ya eran críticos con su modelo). Del otro lado, el capitalismo bicéfalo: los EEUU, el odioso imperio-cowboy, gendarme del mundo, regido por la máxima “mi biblia, mi familia y mi Colt 45”. A juicio de muchos la verdadera cara del capitalismo. Y a su vera, Europa, que se atrevía a desplegar su sofisticado Estado del Bienestar para intentar convencer de su superioridad frente al primario mundo soviético, que garantizaba lo básico a cambio de la libertad. El modelo europeo era un enemigo más sutil y difícil de batir, parecía aunar dos aspiraciones máximas de difícil compatiblidad: derechos sociales y libertad, al menos de consumo.

La secuencia histórica parecía evidenciar que la norma marxista se había invertido, la revolución ya no vendría de la Europa industrial desarrollada -como pronosticara Marx- sino desde las periferias

Hablamos de las percepciones en el mundo de La Voluntad, la militancia latinoamericana de la época. Diez años antes -en 1959- la luz de la Revolución Cubana se proyectaba con más fuerza que la irradiada por los sucesos del Mayo francés. No fue solo Cuba, los procesos de liberación nacional en Asia y África parecían indicar la dirección unívoca de la radicalidad. Entre 1960 y 1962 se independizaron casi todas las colonias británicas, franceses y belgas en África: Congo Belga, Guinea, Ghana, Túnez, Tanzania, Senegal. EEUU era derrotado en Vietnam, donde quedaba demostrado que la tecnología más desarrollada era impotente frente a un pueblo pobre, cuyos principales recursos eran el conocimiento del terreno y la determinación en resistirse al invasor, apenas auxiliado por Rusia y China, con una tecnología de guerra convencional.

La revolución no vendría del centro desarrollado

Por si no bastase, la secuencia histórica parecía evidenciar que la norma marxista se había invertido, la revolución ya no vendría de la Europa industrial desarrollada -como pronosticara Marx- sino desde las periferias. Lo evidenciaban la revolución rusa de 1917, la china (1949) y la cubana (1959). Para entender este cambio de paradigma -según las preferencias ideológicas- podía apelarse a la Teoría de la Dependencia de Teotônio Dos Santos, Gunder Frank, Celso Furtado y otros, o al concepto del Desarrollo Desigual y Combinado, de Trotsky. Ambas nociones llevan a concluir que, producto del carácter e implantación universal del capitalismo, sería perfectamente posible saltarse etapas, sin necesidad de repetir las formas evolutivas que atravesaron los países avanzados, del feudalismo al capitalismo.

El efímero reinado de los populismos

Por añadidura, bullía un sustrato social y cultural efervescente y radical, debido a la implantación de nuevas  dictaduras -o democracias restringidas-, que sucedieron a los populismos latinoamericanos de los 40 y los 50, que habían dado un resuello a la sempiterna dominación oligárquica. La lista fue larga, Perón en Argentina, Getúlio Vargas en Brasil, Carlos Ibáñez del Campo en Chile, Gualberto Villarroel en Bolivia, Jacobo Árbenz en Guatemala…

La lista fue larga: Perón en Argentina, Getúlio Vargas en Brasil, Carlos Ibáñez del Campo en Chile, Gualberto Villarroel en Bolivia, Jacobo Árbenz en Guatemala…

Sus gobiernos fueron cayendo uno a uno y en los albores de los 70. Lejos quedaban la -desigual según los países- inclusión social promovida por esos regímenes, que intentaron moldear sociedades con un nivel de desarrollo social y económico en el formato norteamericano: un mercado interno fuerte que posibilitara una “acumulación originaria” como para erguir una infraestructura y una industria nacional con nombre propio. Para eso utilizaron los ingentes recursos obtenidos con las exportaciones a una Europa devastada por la II Guerra Mundial, invirtiéndolos en infraestructuras y en industrias “de base” (industria de industrias).

La frustración popular devenida de la sistemática caída de los gobiernos populistas hicieron del continente un polvorín apto para las apuestas maximalistas

También se destinaron a cubrir los gastos corrientes del Estado y fueron la clave financiera de una redistribución de la riqueza operada desde el Estado, con el objetivo de conjurar la amenaza de la lucha de clases inherente a cualquier sociedad capitalista; era decisivo garantizar la paz social necesaria para un proyecto como el que se propusieron.

En los pocos años que duraron consiguieron -con éxito desigual- cambiar la cara de sus sociedades. Las modernizaron, creando instituciones en los moldes del “primer mundo” y promoviendo una concentración poblacional urbana, un inédito ascenso social y la creación de capas medias y de sistemas educativos con un nivel de inclusión antes no experimentado. Fueron desplazados, pero dejaron formaciones políticas, de fuerte raigambre popular, que prolongaron su influencia en la vida política de sus respectivos países. Citaremos tres: el Peronismo (Partido Justicialista) en Argentina, el PTB (Partido Trabalhista Brasileiro) y el MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario) en Bolivia.

La frustración popular devenida de la sistemática caída de los gobiernos populistas y la reinstalación del paradigma oligárquico, con su conocida secuela de exclusión y represión, hicieron del continente un polvorín apto para las apuestas maximalistas.

La escasa influencia del Mayo Francés

En el contexto de indignación social y de revuelta popular y estudiantil que se vivía, el sobrevenido Mayo Francés se percibió como un fenómeno anómalo, extemporáneo, descentrado de los aires de prosperidad y bienestar que, salvo en las naciones periféricas -España, Grecia y Portugal- se vivían en Europa. Se considerarba al continente europeo poco menos que una causa perdida para la revolución, al menos en esta fase, después se vería.

Excepción hecha de la epopeya del movimiento alternativo y autónomo italiano de la década de 1960 a 1970, donde confluían vertientes marxistas, anarquistas, sindicalistas, feministas y contraculturales. Pero es que no había con estos cualquier conexión orgánica y sus entresijos solo era conocidos por una exigua intelectualidad poco relevante en términos de influencia política. Demasiado lejos se estaba de las posibilidades de información y contextualización que hoy permite internet, así como de la conexión, interdependencia y homogeneización actuales.

El sobrevenido Mayo Francés se percibió como un fenómeno anómalo, extemporáneo, descentrado de los aires de prosperidad y bienestar que se vivían en Europa

El neoliberalismo -hoy expandido a escala planetaria- en la época era solo una prédica y una aspiración -al menos así se creía- de las multinacionales y de algunos teóricos que expresaban sus puntos de vista, como Sol Linowitz y su think thank, que se publicaban en la revista The Ecconomist para América Latina (fueron el antecedente de la Trilateral Comission). Desde la voluntad se los combatió en el plano teórico, como en el campo político se hiciera con la Alianza para el Progreso.

Por supuesto, se supo de la preeminencia del movimiento estudiantil en la agitación y de la posterior incorporación de sectores de la clase obrera. También se tenían noticias de que la rebelión trascendía las reivindicaciones estudiantiles e incorporaban demandas procedentes de ámbitos de la diversidad sexual, de los colectivos racializados y las minorías étnicas.

París del 68 nunca fue pancarta, cartel, eslogan o estribillo estudiantil, barrial, gremial de las corrientes, armadas o no, insurreccionales o guerrilleras, ni aquí, ni en América latina, como sí lo fueron Cuba, Vietnam, Argelia

La hegemonía estudiantil y estas inclusiones en el movimiento -que eran traducidas en clave de “reivindicaciones parciales”- sumada a la limitada participación obrera, llevaba a concluir que el movimiento carecía de la potencia necesaria para cuestionar el poder del Estado capitalista. Por ello, este comentario de Nicolás Casullo -intelectual argentino del campo populista- expresaba con pertinencia la valoración que se hacía desde el campo de la militancia de los acontecimientos de mayo en Europa: “París del 68 nunca fue pancarta, cartel, eslogan o estribillo estudiantil, barrial, gremial de las corrientes, armadas o no, insurreccionales o guerrilleras, ni aquí, ni en América latina, como sí lo fueron Cuba, Vietnam, Argelia”.

Reforma o Revolución

Todo estaba servido para que entre las fuerzas de izquierdas y el populismo superviviente se instalara un nuevo paradigma divisor de aguas: reforma o revolución. Así, más que por las diferencias programáticas, unos y otros se distinguían por la actitud frente al Estado.

Del lado de la reforma, aquellos que sustentaban las vías convencionales de acción política: el parlamentarismo y el sindicalismo. En la revolución se anotaron los convencidos del agotamiento de las condiciones para una transformación social por medios pacíficos y la consiguiente necesidad de adoptar la violencia para acceder al poder del Estado y transformarlo. Ni la iglesia católica pudo sustraerse a este vendaval. Inspirados en las ideas de Teilhard de Chardin y haciendo suya la Teología de la Liberación, muchos fueron los sacerdotes comprometidos -en diferentes grados y formas- con esa corriente: el arzobispo Óscar Arnulfo Romero en El Salvador, monseñor Angelelli y los padres Mujica y Rubén Dri en Argentina, Leonardo Boff, Pedro Casaldáliga en Brasil...

¿Guerra Popular Prolongada o insurrección?

A mediados de los 60´S las filas de la revolución se bifurcaron en dos grandes líneas: los insurreccionalistas y los partidarios de la Guerra Popular Prolongada (GPP). Estos, de fuerte inspiración militarista, consideraban que -debido al enorme desarrollo adquirido por las fuerzas armadas durante ei siglo XX- al Estado no se lo podía destruir en esa especie de acto supremo y casi espontáneo en que -como imagen- se representaba el Asalto al Palacio de Invierno, de la revolución rusa.

Entre los adeptos a la GPP, la primera avanzada fue de los foquistas. Inspirados en la experiencia cubana, idearon un modelo de implantación que se demostraría apto en sociedades de base agraria (El Salvador, Honduras, Guatemala, Nicaragua). Consistía en crear pequeños destacamentos con fuerte autonomía, que iría ocupando territorios, aunando el trabajo de captación político-ideológica con la implantación de nuevas prácticas económicas, sociales y políticas entre los campesinos. Se creaban así zonas liberadas, en las que los guerrilleros se movían con creciente prestigio y soltura. Sin embargo, esa estrategia era imposible de aplicar en sociedades más modernas y complejas, de amplio tejido social urbano. Fue necesario modificarla y desarrollar el modelo de guerrilla urbana, que tuvo desigual peso e implantación, según los países.

Inspirados en la experiencia cubana, los foquistas idearon un modelo de implantación que se demostraría apto en sociedades de base agraria (El Salvador, Honduras, Guatemala, Nicaragua)

Tanto los foquistas como los partidarios de la guerrilla urbana, compartían la noción de “vanguardia revolucionaria” como clave estructurante. Era entendida como un pequeño grupo -no casualmente en su mayoría procedente del ámbito intelectual- dotado de los instrumentos teórico-políticos y del valor necesario como para emprender la acción revolucionaria que, poco a poco, las masas irían haciendo suya.

La otra gran corriente, partidaria de la toma del poder por la vía insurreccional, estaba más apegada a las tradiciones. De base maoísta o trotskista, era crítica con la GPP por considerar que su noción de “vanguardia revolucionaria” era elitista, contrariaba la concepción leninista de partido y pretendía sustituir a la clase obrera como sujeto revolucionario.

La batalla de las ideas

En el campo teórico y programático, los debates que estuvieron a la orden del día giraban en torno a:

  • El carácter de la revolución: si anti-imperialista y democrática -o sea simplemente “burguesa”- o, si por el contrario, anti-imperialista y socialista. El hecho de que las naciones latinoamericanas, desde sus albores padecieran dominación imperial -portuguesa, española, francesa, inglesa o norteamericana- hacía insoslayable caracterizarlos como semicolonias. En consecuencia, el anti-imperialismo era requisito para cualquier alternativa de cambio.
  • El modelo: si la revolución sería “por etapas”, conforme a las tesis estalinistas (primero burguesa y más tarde, socialista). O si sería “permanente”, según el ideario de Trotsky.
  • Los sujetos revolucionarios: según se adoptaran unas u otras alternativas, diferentes papeles le cabrían al campesinado, a la pequeño-burguesía y al proletariado. Y distintas serían las alianzas a operar entre unos y otros.

Más allá de “la revolución organizada"

Mientras en el mundo de la voluntad -bastante amplio, todo hay que decirlo- se desarrollaban estos febriles debates teórico políticos y las acciones políticas contra el sistema, el ámbito político, social y cultural no necesariamente adscrito a movimientos de izquierda o populistas protagonizaba una no menos activa subversión del orden establecido.

Emergieron corrientes contraculturales y se abrieron profusión de espacios de nuevas formas y temáticas expresivas, como el emblemático Instituto Di Tella, en Buenos Aires

Hubo profundos cambios en la vida afectiva y sexual: el casamiento perdió prestigio como modelo aspiracional; la virginidad femenina dejó de ser un valor y se empezó a dar mucha más importancia a la intensidad en las relaciones afectivas, que a su durabilidad; se puso de moda entre las chicas abandonar el incómodo sostén; dejaron de lado las pinturas y el maquillaje tan al uso en los 50´s, “lo natural” se impuso; se popularizó el uso de la píldora anticonceptiva.

Emergieron corrientes contraculturales y se abrieron profusión de espacios de nuevas formas y temáticas expresivas, como el emblemático Instituto Di Tella, en Buenos Aires.

En las artes plásticas eclosionaron movimientos rupturistas, adoptando lenguajes polivalentes y diversidad estilística, según países o regiones: cubismo, realismo, realismo mágico, expresionismo abstracto, etc.


En las artes escénicas también se desplegaron nuevos lenguajes, consonantes con el desborde político, social y cultural imperante: las intervenciones callejeras, happenings, el Teatro del Oprimido de Augusto Boal (Brasil) o el Psicodrama de Eduardo Pavlovsky en Argentina, son solo unos pocos ejemplos.

Se asistió a un auge de la música popular de raíz folklórica, con ingredientes de protesta social: Mercedes Sosa, Alfredo Zitarrosa, Quilapayún, Los Olimareños, Los Jaivas, son sólo algunos nombres que jalonaron la época. También emergieron expresiones más contemporáneas, como el rock argentino de Charly García, Luis Alberto Spinetta y otros.

Las revueltas estudiantiles

En el breve interregno que va de l964 y 1969, el movimiento estudiantil protagonizó batallas épicas. Tuvo activa participación en la caída de los gobiernos de Ecuador y Bolivia, en 1964. En 1966 hubo motines en Venezuela y fuerte agitación estudiantil en México, Argentina, Colombia y Brasil, donde en 1968 la rebelión estudiantil copó todas las universidades. En ese mismo año, los estudiantes argentinos protagonizaron La Noche de los Bastones Largos y poco después ensayaban acciones conjuntas con la clase obrera fabril más activa y radicalizada de Córdoba.

Y, sobre todo, la revuelta mexicana culminada en la masacre de La Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Fue mucho más que estudiantil, constituyó un verdadero movimiento social en el que participaron estudiantes, profesores e intelectuales, así como amas de casa, obreros y trabajadores. Se extendió por otros estados mexicanos y operó bajo una coordinación general a través del Consejo Nacional de Huelga (CNH).

Puebladas y sindicalismo revolucionario

Hacia finales de los 60´s surgió una modalidad de sublevación popular, que se denominaron puebladas. Se expresaron a lo largo del continente, alcanzando fuerza singular en Argentina. Caracterizadas por paralización total de las actividades laborales, docentes y comerciales y por mantener enfrentamientos callejeros con las fuerzas del Estado. Fueron bautizadas con el posfijo azo, entre 1969 y 1971 se contabilizaron: el Cordobazo, el Viborazo, el Rosariazo (dos veces), el Tucumanazo y varias más.

Las puebladas se caracterizaban por paralización total de las actividades laborales, docentes y comerciales y por mantener enfrentamientos callejeros con las fuerzas del Estado

También emergió un sindicalismo revolucionario que, aunque carente de extensión continental, sí tuvo fuerte impacto en las zonas de alta concentración industrial. Fueron expresiones obreras, netamente de clase. Por volver a citar el caso argentino, cabe destacar los sindicatos combativos de la ciudad de Córdoba, bastión de la industria más concentrada y con la clase obrera más cualificada y mejor remunerada del país (SITRAC-SITRAM, Fiat, Luz y Fuerza, etc.).

Bolivia y el melancólico final del Che Guevara

En ese período también se asiste a una radicalización en la lucha de clases en Bolivia, en la que interesa destacar que los agentes de transformación política y social son los mineros de las minas Siglo XX, Catavi y otras. El PC boliviano y el POR (trotskista) ejercían influencia entre sus dirigentes. En ese cuadro, el Che Guevara y sus compañeros deciden ensayar su apuesta foquista en Bolivia, asentándose en un región serrana y selvática, poblada por un campesinado disperso y -en buena medida- base social de la derecha boliviana.


Era un viejo proyecto del Che. Lo venía amasando desde que patrocinó el Ejército Guerrillero de los Pobres de Jorge R. Masetti en 1963 en Salta -en la frontera con Bolivia- que fue eliminado en 1964. El 3 de noviembre de 1966 el Che llega al país andino y se instala en la montaña con 24 hombres. Con posteriores incorporaciones, al parecer llegaron a ser cerca de 200. El Che fue fusilado el 8 de octubre de 1967. Pocos meses antes, en La Habana se había celebrado la II Conferencia de la OLAS, que daba el espaldarazo a la estrategia foquista, con fundamento teórico en el libro Guerra de Guerrillas del francés Règis Debray. Un melancólico final a dos bandas: la muerte del Che y el eclipse de la estrategia foquista, al menos para el Cono Sur latinoamericano.

Chile: inédito ensayo de revolución por la vía pacífica

Chile, entre 1970 y 1973. Bajo el presidente electo Salvador Allende intentó a través de su Unidad Popular (UP) una experiencia insólita: realizar la transición hacia un régimen socialista bajo condiciones de legalidad democrático-burguesa. En este momento de avance de las fuerzas sociales, la tesis de la alianza entre la burguesía nacional y el movimiento popular obrero-campesino-estudiantil se convirtió en un principio estratégico del sector dominante de la Unidad Popular (Partido Socialista, PC).

El intento chileno fue una anomalía, a contracorriente de la tendencia hegemónica propiciada por Cuba, partidaria de la lucha armada. La ascensión de Allende vino a fortalecer la “vía pacífica” frente a la “violenta”. El ensayo duró sólo tres años. Desde las filas de la revolución se dijo “no percibieron que habían conquistado el gobierno pero no el poder”.

El intento chileno fue una anomalía, a contracorriente de la tendencia hegemónica propiciada por Cuba, partidaria de la lucha armada

La Unidad Popular asumió el gobierno con fuertes condicionamientos que dificultaron la aplicación de medidas transformadoras desde el Estado: para apoyar su ratificación en el parlamento, la Democracia Cristiana había exigido a la UP el Estatuto de Garantías Constitucionales, por el cual no alteraría el estatus de las FFAA ni de los medios de comunicación. Además, la oposición tenía el control de los poderes legislativo y judicial. A pesar de ello, Allende y la UP consiguieron algunos logros:

  1. Expropiación de grandes latifundios.
  2. Nacionalización -sin indemnización- de grandes empresas del cobre.
  3. Primeros pasos para la creación de un área de propiedad social.
  4. Una cierta redistribución del ingreso y reactivación económica.
  5. El restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba.

El final es conocido, el 11 de septiembre de 1973, el general Augusto Pinochet, nombrado por el propio Allende daba un cruento golpe de estado que acaba con la experiencia de la UP, así como con la vida del presidente y su grupo más próximo.

Algunas conclusiones

Vista desde hoy, podríamos concluir que la década de los 60 a los 70 en América Latina puso en evidencia:

  • La caducidad y el anacronismo del modelo de democracia indirecta expresado a través de los partidos políticos y de la arquitectura jurídico-institucional aún vigente. Y su consecuencia derivada: la delegación y profesionalización de la política. Y en esto sí que se deben establecer fuertes resonancias con el Mayo Francés y con la Italia de los 60 / 70.
  • Que, sin saberlo, en esa década también en América Latina se estaban plantando las semillas de los potentes movimientos sociales del presente. Diversos, horizontales, polimorfos, que adquieren creciente protagonismo: feminismo, ecologismo, movimientos okupas, LGTBI, etc.
  • La constatación de que desde la voluntad no se supo ver que la fuerza motriz de estos procesos no estaba en las organizaciones revolucionarias, armadas o no. Las formaciones fueron notoriamente desbordadas por la fuerza y potencia de las multitudes. Así como -salvo en contadas excepciones- la izquierda fue incapaz de entender el mensaje del Mayo Francés, también se mostró impotente a la hora de interpretar las líneas de fuerza de este periodo en América Latina.
  • Que el paradigma de la lucha por el poder del Estado se reveló equivocado o –cuanto menos- insuficiente. Las fuentes de construcción de un poder alternativo estuvieron en ese plus que desbordó a la voluntad y la superó ampliamente.

La gran paradoja quizá sea que mientras se desarrollaban todas estos debates y gestas sobre quién tenía las mejores fórmulas para llegar al poder, lo que –de verdad- se estaba instaurando era el modelo neoliberal financiarizado. Se consagraba así la desaparición de las facultades decisorias de los Estados-Nación. De allí en más, el control de la economía y del poder político serían resortes del capital bancario y de las multinacionales. Y lo harían a la sombra de entidades supranacionales, fuera de cualquier control democrático: el FMI, el BCE, La Troika, La Trilateral Comission, el Club Bilderberg.


3 Comentarios
Alexandra Ayala-Marín 19:04 27/5/2018

Muy buen repaso de 50 años de historia, aunque creo que cada país donde se desarrolló una revuelta, inspirada en Mayo 68 o en rebeliones anticoloniales o antimperialistas, tuvo sus propias razones, basadas en sus propios contextos político-económicos. En Ecuador, por ejemplo, y más concretamente en Guayaquil, surgió, entre abril y mayo de 1969, un movimiento estudiantil liderado por partidos políticos de izquierda (principalmente el partido Socialista, de vieja data, y el Comunista Marxista leninista (PCML). desmembración maoísta del antiguo partido Comunista), que luchó por la abolición de los exámenes de ingreso a la universidad, y terminó en la "masacre", como se dijo entonces, de estudiantes atrincherados en la Casona Universitaria, o el edificio matriz de la Universidad de Guayaquil. El movimiento, aunque vilipendiado por los medios de comunicación y muchos rectores de las diversas sedes de la universidad ecuatoriana de carácter estatal, terminó siendo adoptado y rigió hasta hace menos de una década. A ,mi juicio, los movimientos estudiantiles en América Latina no fueron completamente independientes sino que estuvieron aguijoneados por los partidos políticos de izquierda que tenían injerencia de los partidos comunistas de la URSS, de China o de Cuba, a partir de los años 60. Al contrario, el Mayo de París nació como un movimiento contestatario también de esos partidos, e influyó en aspectos simbólicos, no solo políticos o de manejo del Estado, que hasta hoy tienen validez e influencia. En todo caso, siempre es oportuna la posibilidad de debatir. Y se agradece.

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Marta 17:00 26/5/2018

Excelente articulo. Una completa necesaria reflexion desde nuestra mirada latinoamerica.

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Mario 12:03 26/5/2018

¡Gran artículo! Completo, contundente e inspirador.

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