Economía
Fusión entre el Deutsche Bank y Commerzbank: un monstruo a la vista

Entre dudas y críticas, las dos entidades bancarias más importantes de Alemania han anunciado el inicio de conversaciones con vistas a una posible fusión. El Gobierno alemán, que forma parte del accionariado del Commerzbank, se encuentra dividido ante la operación, ya que, lejos de solucionar las dificultades de ambos bancos, esta fusión acabaría conformando un mastodonte lastrado por los problemas, que podría poner en riesgo a todo el sistema financiero.

Deutsche Bank
En el centro, las torres gemelas del Deutsche Bank en Frankfurt. Foto de barnyz.

publicado
2019-04-14 05:58

Crisis financiera mediante, Deutsche Bank y Commerzbank, los dos principales bancos alemanes, han crecido en importancia. El primero, gracias a la compra del Deutsche Postbank en 2010 y, el segundo, adquiriendo el Dresdner Bank en 2008. Aun con todo, ninguno de los dos salió indemne de la crisis, arrastrando aún hoy cicatrices de entonces.

En el caso del Commerzbank, el banco tuvo que acogerse a una inyección de capital de 10.000 millones de euros del Gobierno federal, permitiendo al Estado convertirse en su principal accionista. Aunque el caso emblemático ha sido el del Deutsche Bank, condenado a una multa de 7.000 millones de euros por su responsabilidad en la crisis de las hipotecas subprime. En total, desde el principio de la crisis financiera, el periódico francés Le Monde estima en unos 14.000 millones de euros el valor de las infracciones que el Deutsche Bank acumula entre penalizaciones y procesos.

De hecho, el nombre de ambos bancos se cita con frecuencia en los escándalos financieros alemanes, por ejemplo, con motivo de la ruptura del embargo estadounidense contra Irán y Sudán (multa de 1.450 millones de dólares para Commerzbank en 2015), o, en el caso del Deutsche Bank, por una sanción de 2.500 millones de dólares en 2017 por manipular los tipos de interés. Además, los problemas judiciales de ambos bancos todavía no se han terminado, Commerzbank está siendo investigado en el marco de una vasta operación de fraude fiscal basado en el intercambio de acciones, y se arriesga a una sanción de 2.400 millones de euros. Y el Deutsche Bank se encuentra inmerso en un enorme escándalo descubierto recientemente en torno al blanqueo de fondos rusos con destino a bancos europeos.

En un contexto bancario especialmente fragmentado —Alemania contaba a finales de 2017 con 1585 entidades bancarias, la cifra más alta de Europa—, con más de mil entidades locales (entre las cuales Deutsche Bank y Commerzbank son las dos únicas que pueden competir a escala europea), ambos grupos han tenido que afrontar importantes problemas de rentabilidad y de margen de beneficios a raíz de la política del BCE de mantener la tasa de interés baja.

A lo que hay que sumar la fuerte competencia del mercado. Al mismo tiempo, han tenido que aumentar los recursos destinados a las funciones de cumplimiento normativo con motivo de las repetidas sanciones que han recibido. El Deutsche Bank, por ejemplo, ha contratado a 1.700 nuevos empleados en este departamento, lo que contrasta con su objetivo de reducción drástica de la plantilla.

Además, los dos bancos, en reestructuración continua desde la crisis, siguen muy expuestos ante los riesgos externos: Deutsche Bank en el mercado de derivados (apuestas sobre el valor final de un activo financiero) y Commerzbank por su inversión en deuda italiana (en torno a 9.000 millones de euros al 31 de diciembre de 2017).

Por lo tanto, ¿de dónde surge este proyecto de fusión? Sin que resulte por ello novedoso, se trata de un proyecto basado en las economías de escala resultantes de ampliar el banco y reducir costes (se baraja la supresión de 20.000 puestos de trabajo, un 14% del total de efectivos actual). Sin embargo, fusionar sólo para reducir costes no es suficiente como objetivo estratégico ni ante la perspectiva de resultados positivos a medio y largo plazo. 

De hecho, la economía industrial nos enseña que una fusión puede estar motivada por tres situaciones:

En primer lugar, la fusión entre dos entidades desiguales equivale a la adquisición de la una por la otra, obteniendo valor gracias al desmantelamiento de la “presa”. Ahora bien, el Deutsche Bank, que es el más importante de los dos, tendría muchas dificultades para encontrar los fondos necesarios para comprar a su adversario. Eso sin contar con el Gobierno no aceptaría que se desmonte el instrumento de financiación de su Mittelstand [las medianas empresas especializadas en productos intermedios características de Alemania].

En segundo lugar, cuando se trata de reducir la competencia en un mercado. Sin embargo, en este caso, ambas empresas están presentes en segmentos de mercado bastante diferentes (el Deutsche Bank más orientado hacia la banca denominada privada, que financia a las grandes empresas y el Commerzbank hacia la banca de particulares). Por lo tanto, los competidores seguirían siendo importantes en el plano local.

Dadas las interconexiones del Deutsche Bank con los demás bancos europeos, una crisis en la entidad resultante de la fusión tendría un impacto considerable en Europa

Por último, una fusión entre iguales es posible en tanto que las actividades de ambas empresas sean complementarias y ofrezcan oportunidades de crear sinergias. En este caso sí que se darían ya que el Deutsche Bank tiene una orientación de mercado igual a su actividad crediticia y amplia presencia internacional. Al contrario de Commerzbank, que está especializada en el crédito y los particulares. Sin embargo, la experiencia enseña que los beneficios de este tipo de operaciones están a menudo sobrestimados por los gabinetes que los llevan a cabo, y, en concreto, cuando las dos implicados gozan de una cultura empresarial fuerte. Asimismo, resultaría muy extraño, y de escasa visión estratégica, que se dé una fusión entre dos entidades en dificultades.

Así pues, las dudas crecen sobre la conveniencia de la operación, o, por ponerlo en palabras de un sindicalista alemán: dos cojos no hacen un corredor de fondo. Estas dudas se extienden también hasta la propia Angela Merkel, que ha puesto distancia con el proyecto, y los organismos de regulación, escépticos ante la viabilidad del grupo resultante.

Paradójicamente, en los medios, se pueden encontrar ejemplos de las maniobras de Berlín para que este proyecto llegue a buen puerto: como la voluntad de impedir la compra por un banco extranjero para así preservar su soberanía financiera (un punto que entra en contradicción con los tratados europeos), el deseo de crear un gigante europeo que rivalice con BNP Paribas, o incluso un problema de conflicto de intereses por parte del ministro de Economía que todavía no ha sido aclarado.

DESINVERSIÓN ESTATAL: UN JUEGO PELIGROSO

A decir verdad, la institución que surgiese de esta fusión entraría en riesgo sistémico de inmediato. De entrada, y antes de que se diesen las sinergias, el banco tendría que hacer frente rápidamente a elevados gastos de reorganización y de reestructuración derivados de la fusión, lo que empeorará su rentabilidad en el corto plazo.

Los problemas podrían también agravarse por la propia desaceleración de la economía alemana, ante la cual están especialmente expuestos (alrededor del 50% de los créditos del Deutsche Bank y más del 75% en el caso del Commerzbank se concentran en Alemania, según los datos de 2017 publicados en sus respectivos balances anuales), una inestabilidad financiera que supone la base misma de la actividad del Deutsche Bank.

No obstante, y dadas las interconexiones del Deutsche Bank con los demás bancos europeos, una crisis en la entidad resultante de la fusión tendría un impacto considerable en Europa. Sin embargo, la fusión serviría para acumular los riesgos financieros de ambas entidades y así camuflarlos hacia el exterior. Una vez fusionados, resultaría complicado para un inversor externo, un prestamista o un cliente el valorar hasta qué punto el grupo se aproxima al abismo.

Por lo tanto, esta falta de transparencia perjudicaría al principio a la confianza en la nueva entidad. Por su tamaño y la naturaleza de sus actividades en el contexto europeo, esta fusión ha hecho reaparecer el fantasma de una nueva crisis de liquidez como la de 2008, en la que los bancos rechazaban prestarse dinero ante el riesgo de colapso de uno de ellos.

¿Quiere esto decir que nada ha cambiado en el sistema bancario desde la última crisis financiera? Las solemnes declaraciones de los responsables políticos se vieron, sin embargo, acompañadas de algunas medidas. La primera de ellas fue la puesta en marcha en 2014 por el BCE de los test de estrés, creados para medir el impacto de una situación económica deprimida sobre los principales indicadores de los bancos, valorando así su capacidad de resistencia ante un nuevo crac financiero. No obstante, el último test realizado en 2018 apuntó a que el Commerzbank y el Deutsche Bank se encontrarían en el límite reglamentario para poder continuar con su actividad (con una ratio de recursos propios de entre el 9,9% y el 8,1% respectivamente frente al 8% esperado).

Ese umbral reglamentario marcado por el BCE ha encontrado una expresión concreta a la luz de la última crisis bancaria. Los gobiernos se han comprometido a no acudir más en auxilio de las entidades quebradas con dinero de los contribuyentes. A la espera de una nueva situación de crisis, la Autoridad de Resolución Europea (SRB) gestiona un mecanismo de dos niveles. Si una primera serie de indicadores no cumplen los requisitos, la entidad debe activar un plan de recuperación interno. Si las medidas no son concluyentes, el banco pasa a estar controlado por el BCE, que pone en marcha un plan de respuesta creado por él mismo.

Entre las opciones presentadas, aunque se baraja la posibilidad de vender total o parcialmente un banco y sea este un mecanismo que ya se ha utilizado sobre una entidad italiana que entró al primer nivel del mecanismo el año pasado, parece contrario al espíritu de la reglamentación fusionar dos bancos con dificultades.

Por el contrario, la posibilidad de un bail-in (rescate por parte de los accionistas) pone de relieve el trasfondo del dilema en el que se encuentra el Estado alemán. La estrategia del bail-in consiste en que el peso del rescate recaiga sobre los accionarios y prestamistas con el objetivo de evitar un bail-out, es decir, una movilización de fondos públicos. Sin embargo, el Estado alemán interviene en este asunto al mismo tiempo como primer accionista del Commerzbank y como la autoridad de préstamo en último recurso, si se diese un bail-out ante la falta de fondos para gestionar un bail-in.

Con la seguridad de contar con el apoyo del Estado en caso de dificultad, las entidades sistémicas se sienten respaldadas a la hora de tomar riesgos y de continuar con sus ansias de gigantismo, con la esperanza de poner en marcha economías de escala

En este caso, se puede suponer que el Estado alemán buscar librarse de dos problemas aun a riesgo de crear uno aún más grave. De hecho, si hubiese una crisis en el Commerzbank, cuya actividad se considera esencial para la economía, Berlín tendría que aumentar su apoyo a la entidad, una medida que choca con las ideas de los conservadores en el poder, opuestos a la intervención del Estado. No obstante, el Deutsche Bank presenta niveles de recursos propios ligeramente superiores al Commerzbank (13,6% de CET1 contra 12,9% a finales de 2017, respectivamente) pero, sobre todo, por sus dimensiones, dispone de una exuberante cartera de depósitos de particulares que le permitirían absorber potencialmente las perdidas del nuevo grupo, sin que el Estado tuviese que intervenir.

De esta manera, la República federal, con su búsqueda a cualquier precio de no implicarse en la economía, está aumentando significativamente el riesgo sobre su sistema financiero, amenazando a su vez el mercado europeo. Esta dicotomía permite igualmente entender por qué hay otras alternativas que no han sido estudiadas, como la unión con otros bancos de tamaño más modesto pero igual de sólidos.

CUANDO LOS BANCOS SUFREN DE OBESIDAD MÓRBIDA

Esta situación paradigmática refleja tres límites de la reglamentación en vigor. En primer lugar, sigue siendo reactiva ante una recesión. Si bien existen hoy en día medidas que se pueden aplicar en caso de dificultad, a través de programas de recuperación o de incentivo, faltan programas de prevención para evitar estas crisis, y falta también una verdadera voluntad de intervención de las actividades bancarias, controlando, por ejemplo, el volumen o los requisitos para el crédito. Por otra parte, estos mecanismos permiten solucionar problemas individuales, con el objetivo de evitar la propagación entre entidades.

Sin embargo, parece ser que ante una recesión a la escala de países como Italia o Francia, los problemas serían mucho más difíciles de gestionar ya que implicarían a numerosos bancos por culpa de la interdependencia entre ellos. Además, el Fondo Único de Resolución Europeo (SFR), un sistema de garantía al que los bancos han tenido que contribuir estos últimos años, tiene de momento escasa dotación financiera (en junio de 2018, estos fondos alcanzaron los 24.000 millones de euros, que se tienen que poner en perspectiva con las penalizaciones mencionadas al inicio del artículo) como para afrontar una crisis de esta envergadura. Por último, como ilustra esta fusión, las reglas actuales promueven el crecimiento de las entidades, al revés de lo que exige una buena gestión de crisis.

Por lo tanto, el “too big to fail” (“demasiado grande para caer”) se ha convertido en la norma: con la seguridad de contar con el apoyo del Estado en caso de dificultad, las entidades sistémicas se sienten respaldadas a la hora de tomar riesgos y de continuar con sus ansias de gigantismo, con la esperanza de poner en marcha economías de escala (incluso en detrimento del control de riesgos).

Los grandes bancos y su dirección desconocen a veces la realidad o gestionan con torpeza las actividades corrientes de sus filiales, situadas, en ocasiones, lejos del núcleo de la empresa. El caso más emblemático es la promulgación por las instancias europeas de la norma BCBS 239 como consecuencia de la crisis financiera, que busca uniformizar las reglas en materia de recolección de datos dentro de un grupo, y asegurar que los datos consolidados de los grandes bancos sean fiables.

A raíz de la diversidad de actividades y la multiplicación de filiales dentro de un mismo grupo, no es extraño que los informes de los bancos sean poco precisos en cuanto a las diferencias de datos y metodologías o de sistemas de información, lo que impide a los dirigentes de estos grupos tomar decisiones sobre la base de datos fiables. No hace falta explicar que esta situación facilita la disimulación del fraude o de desvíos de capital entre las entidades con peor integración. En este sentido, los bancos han crecido tanto, con actividades cada vez más complejas y con problemas para medir el riesgo real, que no es posible garantizar que la toma de decisiones sea clara y de confianza.

Finalmente, a causa del doble imperativo de tener prácticas homogéneas en los grandes grupos y de adaptarlas a las diferentes actividades y organismos, este sector se adapta más despacio a la evolución de las reglamentaciones. Estas consideraciones fueron las que llevaron a la Asamblea Nacional de Francia a votar una ley en julio de 2013 de separación y de regulación de las actividades bancarias (SRAB), con el propósito de mantener alejada a la banca tradicional de los mercados con mayor peligro y así contener los riesgos.

Sin embargo, bajo la presión del lobby bancario (que durante la redacción de la ley blandió el argumento utilizado durante la fusión del Deutsche Bank y Commerzbank de la necesidad de entidades de talla mundial), las ambiciones iniciales del texto fueron seriamente limadas, dejando una ínfima parte de esas actividades separadas.

Cabe de momento esperar que esta renuncia no se convierta en la causa de su caída, ahora que BNP Paribas y Société Générale en su presentación a principios de año anunciaron el fin de algunas actividades, víctimas de los malos resultados de los mercados a finales del 2018. Queda por saber cuál sería la capacidad de resistencia de los bancos franceses en el caso de una nueva crisis económica, o de caída del gigante alemán, cuando las nubes acumuladas en el horizonte financiero se conviertan en tormenta.


le vent se leve
Artículo original publicado por Le Vent se Leve, con licencia Creative Commons, publicado por Guillermo Rivas Pacheco para El Salto.

 


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1 Comentario
#33002 21:23 14/4/2019

Gigantismo, falta de transparencia, corrupción y expolio de un sistema capitalista heredero de los principios fascistas... Nada nuevo hasta que no lo hagamos caer, cual David contra goliat

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