¿Puede funcionar un nacionalismo español de “izquierdas”?

Fundar una idea de nación progresista sobre la historia de nuestro país pasaría por encontrar un hilo en el que lo popular, la patria “de los de abajo”, pudiese articular una narración alternativa. Sin embargo, el éxito del proyecto nacional-liberal fue escaso entre los medios populares.

Emmanuel Rodríguez

@emmanuelrog, es miembro del Instituto DM.

Nuria Alabao

publicado
2018-07-10 06:46:00

Albert Rivera va paseándose con una bandera mientras impulsa su España Ciudadana intentando alargar el súbito éxito que le proporcionó tensionar con el tema de Catalunya. Por ahora no parece funcionar demasiado y, más allá de Marta Sánchez, nadie se ha mostrado excesivamente emocionado. Veremos cómo evoluciona.

Es curioso porque parte de la retórica que exhibe no está tan alejada de las teorizaciones de Podemos sobre la necesidad de un patriotismo capaz de articular una sociedad fragmentada como la nuestra. Ciertamente el reconocimiento del “derecho a decidir” que hace Podemos le aleja de Cs en algo muy definitorio: la cuestión de la unidad nacional. Algo que suele ser parte de cualquier nacionalismo y muy especialmente del español. En cualquier caso, la pregunta que surge al contrastar estas dos propuestas es la de si, efectivamente, el nacionalismo —o mejor, el patriotismo civil— puede ser progresista o de “izquierdas” en España (y quizás, más interesante todavía, en cualquier país, pero esta sería una pregunta que requeriría otro artículo y probablemente en Cataluña, hasta un ring de boxeo).

Dice Errejón que en la actualidad, y por diversos motivos, de los tres grandes asideros identitarios —Dios, la clase y la nación— hoy solo es posible apoyarse en una construcción “nacional-popular”. “Un lugar vacío aún por construir y en disputa entre fuerzas progresistas y reaccionarias”, dice Errejón. El artículo se llama “Podemos o Trump” y su eje es: o conseguimos elaborar un populismo de izquierdas donde el enemigo sean las élites, la casta, etc. o acabará apareciendo uno de carácter trumpiano y xenófobo del penúltimo contra el último. En lenguaje de las redes sociales: “No hay que regalarle el significante patria a la derecha”. Dicho así, y ante la amenaza que suponen en Europa los nuevos nacionalismos identitarios excluyentes, puede resultar atractivo, pero ¿es posible una propuesta patriótica realmente emancipadora? ¿Puede funcionar en nuestro país? ¿De qué hilos históricos podríamos tirar para construirla?

La patria española ¿significante vacío?

De hecho la “España” que tanto repiten últimamente unos y otros no es un significante y tampoco está exactamente “vacío”. España es también un forma institucional y cultural encarnada en la historia de este país, sin duda con modalidades complejas y ambivalente, pero, en cualquier caso, rastreables y duraderas. ¿Cómo se ha configurado nuestra identidad —e instituciones— nacionales?

Es cierto que no ha estado exenta de dificultades. A menudo se dice que España es una “nación incompleta”, que no ha conseguido un proceso de unificación simbólica capaz de provocar una adhesión no problemática de la mayoría de ciudadanos del país, ni un arreglo territorial válido para integrar duraderamente a otras comunidades de carácter nacional contenidas en ella. Como ejemplo de esta disputa se habla del problema no resuelto de la memoria histórica en relación a la Guerra Civil y su vínculo con la Transición. No fue una dictadura derrotada y, por tanto, el consenso se edificó sobre el “no remover el pasado” más que sobre una relectura colectiva del franquismo. Pero eso no significa que no tenga contenidos propios.

El reconocimiento del "derecho a decidir que hace Podemos le aleja de Ciudadanos en la cuestión de la unidad nacional

En general, la reescritura en clave progresista de la historia española suele comenzar en las Cortes de Cádiz. Aquí se acuñó por primera vez la idea de nación española y de una soberanía de base nacional. Pero hay que decir que los liberales —y su idea de nación— siempre supusieron una minoría ilustrada y minúscula en un país que, hasta finales del S.XIX, fue eminentemente agrario y católico. Sin embargo, como simbolismo de un patriotismo otro, ya se ha intentado activar hasta la saciedad, pues ha sido reivindicado tanto por Zapatero, como por el Aguirrismo y la propia FAES, estos últimos en un intento de distanciarse de la idea nacional-católica franquista incapaz de movilizar. Como emblema de la nación democrática, pues, las Cortes de Cádiz han sido traídas y llevadas para servir de base de un patriotismo constitucional o cívico que ha sido funcional a nuestro sistema político desde los 90 y la postransición. Nada nuevo por ese lado y tampoco muy exitoso.

¿Una nación española de carácter popular?

Fundar una idea de nación progresista sobre la historia de nuestro país pasaría por encontrar un hilo en el que lo popular, la patria “de los de abajo”, pudiese articular una narración alternativa. Sin embargo, como explica el historiador José Álvarez Junco, en realidad, el éxito de ese proyecto nacional-liberal fue escaso entre los medios populares. Según Álvarez Junco, la verdadera síntesis de la nación española no se producirá por el lado liberal, sino por una mezcolanza entre el nuevo Estado liberal —dominado por la monarquía, en clave netamente oligárquica— y la única ideología disponible de base popular, el catolicismo. Segmento que tras el arrebato de las Guerras Carlistas decidió integrarse en un Estado dispuesto a subvencionarles y a concederles áreas tan importantes como la educación (de aquí hoy heredamos elementos tan centrales como el consenso de mantener una enseñanza concertada mayoritariamente en manos de la Iglesia). Por desgracia, el catolicismo vinculado a la nación no fue un invento del franquismo, venía de más atrás.

El despertar de un proyecto popular se realizó en claves que no se pueden considerar nacionales. Ni el anarquismo, ni el socialismo españoles fueron estrictamente españoles. El republicanismo federal, a diferencia del “jacobino”, propuso un proyecto que rayaba en lo antinacional, ya que concebía el Estado como estructurado de abajo arriba a partir de una descentralización radical que partía del municipio y se confederaba por arriba. Su idea nacional, por tanto, era bastante atípica, muy poco “nacional”. 

La victoria de los conservadores en la guerra solo acabó de imponer una retrógrada idea de España identificada con el catolicismo y ciertos mitos históricos

En definitiva, en el proyecto popular-obrero del siglo XIX y del primer tercio del XX apenas hay rastro de “nacionalismo español”. Al mismo tiempo que mayoritariamente encontramos muy poco de Estado-nación en su proyección futura. La victoria de los conservadores en la guerra solo acabó de imponer una retrógrada idea de España identificada con el catolicismo y ciertos mitos históricos. Un espíritu nacional que solo cuajó por la vía de la represión. En cierto modo, a lo que hoy asistimos es a la estela de esa herencia: en general una cierta pasividad de los de abajo respecto a la patria española. Pasividad o indiferencia que, más allá del fútbol, la gastronomía y poco más, tiene un reflejo político escaso. Por ahora, y quizás por suerte. ¿Relegitimar la nación española no podría abrir la puerta a otras apropiaciones más peligrosas?

¿Qué puede ofrecer la patria española a los de abajo?

A un determinado nivel, España es menos nacionalista que Inglaterra, Francia o Alemania, porque está menos penetrada por un proyecto de nación que nunca logró integrar a sus sectores populares cuando estos se emanciparon de la tutela católica. Por tanto, es dudoso que, por ese lado, se pueda elaborar una reapropiación exitosa del significante "España" como proyecto de integración nacional-burgués. Hoy, las “amenazas” de la globalización y el tardocapitalismo en crisis están consiguiendo activar la nostalgia populista del pasado en segmentos importantes de las clases populares de países con revoluciones burguesas triunfantes como los citados. Sin embargo, es poco probable que esos mismos segmentos sociales en nuestro país puedan enganchar con un pasado difícil de idealizar en una patria que nunca sintieron con excesivo fervor (¿festejar un gol es lo mismo que emocionarse con un himno?).

La mejor prueba de este escaso éxito es que la España Ciudadana y su patriotismo civil no está funcionando como enganche masivo. A Cs lo que le funciona es polarizar con Catalunya y, cuando el conflicto parece dejar de ocupar portadas, vuelve a perder posiciones (esperemos que no sigan explorando o lleven más allá la vía populista en la versión de atizar el resentimiento social de los de abajo).

Y un patriotismo de izquierdas ¿con qué podría polarizar? Volviendo a Errejón, “la pelea por quién construye la patria es la pelea por quién define el enemigo de la patria”. Y Podemos decía: los enemigos son la élite, “son los gobernantes del PP que le están entregando nuestro país a Merkel y a la UE alemana”, un discurso que quizás tuvo su momento estelar al principio de la emergencia de Podemos, pero que cada vez es más difícil de sostener tras el golpe de la Troika a Grecia si tu horizonte es “el orden” y a medida que el partido se va institucionalizando y moderando para “no dar miedo”.

Es poco probable que se consiga polarizar —esencia del populismo— si no se quiere confrontar con el que hemos señalado como nuestro principal enemigo. ¿La casta son los políticos malos o son los que responden a los intereses del capital financiero? También es difícil si se quiere apoyar a un PSOE entregado al cumplimiento de los objetivos del déficit (a Zapatero ya le falló ese intento patriótico-civil precisamente por el golpe de autoridad europeo del 2010 que dio paso a los recortes).

La política transformadora no puede ser concebida como un laboratorio discursivo, tarde o temprano hay que hacer políticas y confrontar poderes. Apelar a las emociones puede parecer un atajo cuando no sabemos cómo construir un proyecto emancipador para actuar en la complejidad de lo existente, lleno de trampas para una propuesta “de izquierdas”. Pero la de la “soberanía nacional” es la primera. Esta no deja de ser una quimera en un economía globalmente integrada. La política tiene que seguir pegada a lo material, no inventarse en el vacío. El enemigo de los de abajo solo puede ser el sistema económico que los excluye y sus representantes; y la democracia tan solo pensarse como autogobierno de la ciudadanía. Porque si entendemos que hay que “gobernar mejor” en un sistema económico que a penas podemos tocar, al final el único enemigo patrio que nos quedará serán los otros pobres: los inmigrantes.

TEXTO PUBLICADO ORIGINALMENTE EN CATALÁN EN CRÍTIC.

15 Comentarios
#20154 8:20 11/7/2018

Pues no. El españolismo se imagina como un castellanismo expandido. A súa única "concesión" a outras realidades culturais, económicas e idiomáticas que fan parte do Reino é o de "tender puentes" e non se sabe que catro folcloradas máis. Pero agora xa chegou ó estremo de institucións coma a RAE chamar o castellano "español" (logo eu, que escribo galego, non son español según os "lumbreras" castellanos"). Ou de apresentar a realidade económica galega coma subsidiada cando non se conta nin o dumping fiscal de Castilla, (Madrí é Castilla) ni o espólio de recursos naturais, nin o deseño radial de infraestruturas, nin etc etc etc. E moito máis, non é cousa de dar a chapa. Non, non pode haber espñaolismo de esquerda porque o cosmopaletismo abstracto na que o ser castellano "tolere alegremente cuatro folcloradas PERIFÉRICAS" non é rival en ningún caso contra o capitalismo globalizado. Queredes acabar connosco e seredes quen; a ver canto vos dura.

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#20303 8:56 13/7/2018

Ramón Grosfoguel, sociólogo puertorriqueño, profesor de la Universidad de Berkeley, afirmó en un debate con Juan Carlos Monedero en las redes sociales que "la invención de España en el siglo XIX es un proceso de construcción de nación donde el estado imperial se apropió de lo católico y de lo castellano para construir su identidad nacional frente a las naciones sin estado en la Península Ibérica y frente a sus colonias. (.). El españolismo tiene una ceguera frente a su propio nacionalismo. El españolismo adolece de autoreflexividad, es el privilegio para denominar a los demás como "nacionalistas" cuando se es ciego frente a tu propio nacionalismo (.). Mi invitación es a que descolonicen el nacionalismo imperial españolista y se asuma de una vez por todas como nación castellana crítica con el nacionalismo españolista imperial, es decir, como nación castellana que reivindique toda la tradición comunera revolucionaria de Castilla, antimperialista, anticolonialista, anticapitalista y antipatriarcal, como nación castellana que se desvincula y se distingue de la apropiación que hizo el nacionalismo español de su identidad y de su historia".

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#20304 9:06 13/7/2018

Claro que Madrid es Castilla, pero Castilla no es España. Apertas !!!

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#20178 13:46 11/7/2018

Castellanismo y españolismo son términos antagónicos. Castilla no es más o menos España que Galicia, Andalucía u otros territorios del estado. España tomó de rehén la identidad castellana y la de otros territorios para poder “construirse” como como nación ficticia. La realidad acaba imponiéndose y se hace necesaria la recuperación de la identidad castellana usurpada por España, en solidaridad con el resto de naciones ibéricas.

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#20245 9:52 12/7/2018

Xa cho respostaron abaixo: sexa como for --que non me importa, a verdade-- o certo é que castellanismo é españolismo. Ou se non por que estou OBRIGADO a falar a lingua da chaira e só TEÑO DEREITO a falar , escribir e recibir atención na lingua da miña terra. As movidas que teñades na chaira, se a vosa identidade foi secuestrada mais ou menos por ese proxecto elitista e burgués chamado "españa una y no veintiuna" xa é cousa vosa. Pero as consecuencias do castellanismo, que teño que vivir con elas, son as que son e hainas que asumir sen escusas se queremos convivir a serio e en pé de igualdade. Revisádevos, castellanos.

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#20299 8:38 13/7/2018

Pi i Margall, figura clave del federalismo, afirmó que “Castilla fue, entre las naciones de España, la primera que perdió sus libertades a manos de los Austrias”. Recientemente, Antonio Baños (ex diputado de la CUP) escribió que “Catalunya no ha sido ni mucho menos la nación más aniquilada por la nave imperial. Pensad en Castilla, que con las cabezas de Bravo, Padilla y Maldonado cortadas en los campus de Villalar prrdió sus libertades dos siglos antes que nosotros, perdiendo también de forma definitiva cualquier posibilidad de construir una monarquia multinacional a partir de la unión de naciones libres”. No confundamos al pueblo castellano con las élites españolas de toda procedencia.

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#20228 7:33 12/7/2018

Ya puedes disculpar pero españa es castilla como imposicion

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#20177 13:39 11/7/2018

si admitimos que España es un estado plurinacional por tanto no es una nación, es una suma de naciones donde ninguna es preponderante. Las naciones serán las distintas que integran el territorio del estado, a saber: Países Catalanes, País Vasco, Galicia, Andalucía, Castilla, Aragón, Asturias...por tanto, por coherencia con el carácter plurinacional, la izquierda será catalana, vasca, gallega, andaluza, castellana, etc etc.

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#20180 14:20 11/7/2018

Separar nación de estado es como separar el hueso de la carne, es imposible, es un todo. Ser antiestatalista es ser antinacionalista y viceversa.

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#20157 8:40 11/7/2018

¿un imperialismo de izquierdas? Why not, tricorniers!

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#20152 7:48 11/7/2018

El problema no es encontrar un nacionalismo apañol de izquierdas, el problema es encontrar una izquierda apañola que reconozca el derecho de autodeterminacion de los pueblos

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#20158 8:41 11/7/2018

Exacto.

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#20115 10:15 10/7/2018

Al fin, un poco de realismo ante tante miopía neoprogre. Viva la solidaridad antinacional!

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