Tribuna
Ciudades sin descampados

Sin descampados en los que construir pistas de BMX, ni vecinos con los que te saludas con complicidad, no podemos parar la fábrica de miseria que es el capitalismo.

Descampado.
Foto de un hombre y un niño en un descampado de Entrevías con un autobús en el fondo. Archivo regional de la Comunidad de Madrid.

publicado
2018-10-24 06:34:00

Muchas veces, si lo que miramos día tras días se está transformando, no lo percibimos adecuadamente. Por eso cuando encontré una foto de mi infancia, me fijé en un detalle que me hizo apreciar otra vez los cambios en las ciudades españolas. Aparezco con mis amigos y compañeros de la escuela, todos alrededor de un balón, y al fondo se extendía un descampado que llegaba hasta unos bloques al final de mi barrio. Era un espacio sin absolutamente nada. Ni un solo cartel que atestiguara su propiedad, ni una sola valla. A unos cientos de metros de allí había otros cuantos descampados, separados únicamente por un par de carreteras. Entre ellos, había uno que los chavales de los barrios colindantes usaban como circuito de BMX. En los años 90, los descampados se utilizaban entre todos y todos los que los utilizábamos nos conocíamos.

Los cercamientos contemporáneos

Las relaciones sociales en las ciudades han sufrido, sin embargo, un retroceso. Ya no es tan fácil encontrarse un radiopatio al estilo Aquí no hay quién viva. Hay una sensación general de que hoy en día, los barrios de las ciudades son cada vez menos barrio. Son cada vez menos un espacio donde las personas se conocen (y se reconocen) entre ellas, en los que existe vida en común, y donde el espacio público es utilizado por todos los vecinos. Encontrar un territorio no aprovechado económicamente en medio de la ciudad es algo que hoy en día es más complicado, aunque esto nos lo explicaba ya Henri Lefebvre. Igualmente complejo es encontrar vecinos que sean más que meros conocidos.

En España hemos vivido otro ciclo de cercamiento de tierras (al estilo de los enclosures de la Inglaterra del siglo XVI) desde hace unas décadas hasta hoy. Se comenzaron a vallar los descampados y a tapiar los edificios abandonados. La abundancia o la falta de descampados o de edificios abandonados tienen su sentido principalmente en el contexto de ciclos de desarrollos urbanos.

Son espacios que antes han sido aprovechados y ya no, o que van a serlo dentro de poco. En España, que los descampados hayan sido algo tan cotidiano para las generaciones de finales de siglo XX se debe de manera muy resumida, a los procesos socioeconómicos acontecidos tras la reestructuración económica posterior a la crisis del 78. Eso que llamamos Globalización.

El rol principal de España a nivel de la división internacional del trabajo ha sido de pista de aterrizaje para los capitales internacionales, los cuales han sido usados para la construcción. Somos un país que en el proceso de globalización no hemos conseguido formar parte del centro productivo mundial (que desarrollan actividades de alto valor añadido, como el diseño de productos o la gestión de capital financiero), pero tampoco hemos caído en la periferia, cuyas funciones principales son de producción.

Somos parte de lo que Inmmanuel Wallerstein llamaría semiperiferia. Países destinados a actividades necesarias con un carácter diverso, como es la aportación de materias primas requeridas para la producción (por ejemplo los países petroleros) o como en nuestro caso, aportamos la tierra, que ha sido convertida en un bien económico. Hoy en día, si ves un descampado, seguramente esté en "barbecho". Los inversores estarán esperando al momento óptimo para sacarle el mayor beneficio. El tiempo para hacerlo depende entonces de las actividades que puedan revalorizar la tierra (el turismo, centros laborales, de ocio, etc.)

Estos espacios puramente vecinales, cuyo valor principal era social, se entienden como poco funcionales para la nueva realidad urbana como centro de acumulación de plusvalía

Este proceso ha hecho que el terreno urbano se haya vuelto un bien increíblemente codiciado. Para poder extraer el mayor beneficio de él se habría puesto en marcha lo que David Harvey entiende como acumulación por desposesión. Este proceso tiene como objetivo permitir la acumulación de capital, y se basa en la desestructuración tanto de las relaciones de propiedad, como de relaciones sociales y políticas de un territorio.

En las ciudades españolas se ha realizado principalmente cercando los espacios "inútiles", dándoles luego una salida productiva económicamente. Se han transformado los espacios privados de ocio vecinal (cines, recreativos, bares tradicionales) en ocio que sea capaz de revalorizar el suelo (centros de trabajo, centros comerciales, museos o actividades para turistas). Se han reconvertido también los tejidos comerciales, se han atacado los espacios comunes (como centros sociales, huertos urbanos u otros) y se han establecido leyes de regulación de utilización del espacio público.

Todo esto ha desembocado en una crisis del espacio público y en un descenso de la sociabilidad urbana. Estos espacios puramente vecinales, cuyo valor principal era social, se entienden como poco funcionales para la nueva realidad urbana como centro de acumulación de plusvalía. Al fin y al cabo, un bar castizo cuya propietaria sea una vecina no aporta gran cosa a la acumulación que necesitan los capitales que se mueven en España, sin embargo tiene un valor incalculable para los vecinos que se juntan ahí.

Sin espacios (comunes), no hay paraíso (comunitario)

Esta falta de espacios, que de facto están fuera de los circuitos de acumulación capitalista, afecta profundamente a nuestra capacidad de coordinarnos políticamente para solucionar problemas que nos afectan. El cercamiento y la mercantilización de los espacios públicos son límites al poder efectivo de las clases populares. Esta idea es sostenida por Silvia Federici en su libro Calibán y la bruja, y creo que sigue siendo una idea potente.

Hoy en día, si bien los espacios reservados para organizarse de las clases dominantes son en esencia privados (los congresos, las reuniones en despachos, las cumbres, los clubes de campo, los pasillos de las instituciones…), los espacios de los que disponemos las clases populares son en esencia públicos. Las calles, las plazas, edificios vacíos, descampados, en resumen, bienes públicos de verdad, bienes comunes a todos.

Un descampado, aunque no sea un espacio socialmente productivo independiente de los contextos, puede utilizarse o no en función del tipo de relaciones sociales que se den en ciertos ambientes. Un barrio con una sociabilidad media podrá exprimir este espacio, eventualmente económicamente inútil, de manera que se sigan creando o reproduciendo los lazos entre vecinos. Son espacios que al fin y al cabo han sido, y pueden ser, utilizados para cosas tan diversas como las personas quieran imaginar. Como antes he expuesto con mi pequeña anécdota, han llegado a servir de pista deportiva, pero también como soporte de asambleas, de parque de mascotas, de espacio de ocio (botellones o comidas populares) o incluso de atajo para los viandantes.

Esta asociación entre espacio y sociabilidad es fundamental para entender y manejar los modelos urbanos. Podemos tener espacios públicos geniales, enormes parques con una arquitectura exclusivamente pensada para facilitar la sociabilidad entre personas, pero sin potencia social. Al igual, podemos tener redes de sociabilidad riquísimas pero que tal y como expone Rubén Martínez en su artículo El mercado de intercambio de cromos de Sant Antoni y el capitalismo, no sirvan más que para revalorizar el suelo de un determinado barrio. Por ello si realmente queremos llegar a transformar efectivamente las estructuras que condenan a las clases populares a la marginación política y económica, debemos atacar la propiedad del suelo y la debilidad de los lazos sociales.

Los límites del Derecho a la Ciudad

Se repite la idea, hasta el punto de parodiarse a sí misma (con el mítico anuncio de cerveza), que nuestra sociedad ha evolucionado y que ya no sólo pertenecemos a un barrio, sino que somos algo así como "ciudadanos de un lugar llamado mundo", hipermóviles y desligados. Mientras tanto seguimos teniendo problemas específicos a nivel de barrio. Los desahucios visibles (por impago) o invisibles (por subida del alquiler), los desiertos alimenticios (calles y calles sin ni una sola tienda donde comprar bienes de primera necesidad), la precariedad laboral (un trabajador puede pasar en un año por un solo barrio, pero por cuatro o cinco trabajos distintos), la pobreza, la drogadicción, el racismo… Son todos problemas concretos de lugares concretos (aunque su presencia sea global) que necesitan soluciones concretas.

La propuesta política, otra vez de moda, para atacar estas problemáticas es reclamar el Derecho a la Ciudad. Pero volvemos a atascarnos a la hora de materializar ese derecho. Los movimientos de acción colectiva, las propuestas progresistas como los presupuestos participativos, tienden a diluirse y a dar como resultado unas medidas paliativas (como podríamos ejemplificar con el ayuntamiento del cambio en Madrid y su incapacidad de generar fuerzas para solucionar el problema de la histórica Operación Chamartín, rebautizada como Madrid Nuevo Norte, mientras que promueve vías participativas para la ciudad).

En esta época de ciudades sin descampados se nos presentan muchos problemas que nos impiden llevar vidas mínimamente dignas. Estamos en un momento político en el que todo lo que construimos parece desvanecerse con el paso del tiempo. Sin embargo hay que señalar repetidamente que la incapacidad de ciertos actores políticos, o la inacción política de muchas capas sociales, no se debe a maldad o ignorancia. Nunca me he sentido inclinado a creer en traidores.

La principal causa es que no nos encontramos, no tenemos lazos que nos unan. La grandilocuencia, por sí misma, de las teorías y programas públicos, o de ciertas campañas nacidas del mundo del activismo, no puede contrarrestar la fuerza de las estructuras sociales segregadoras que nos afectan. Entonces, por mucha sangre que queramos bombear a los proyectos o a los movimientos, faltan las venas. Por muchas ganas y tiempo que echemos, faltan redes de solidaridad y de confianza, faltan comunidades que sean capaces de mantener y potenciar las propuestas sobre la mesa.

A la hora de abordar el modelo de ciudad deberíamos poner en el centro una de las principales reivindicaciones del feminismo: los cuidados. Rehacer y mantener los lazos sociales rotos por la urbanización mercantilizada es imprescindible. Una comunidad solidaria, atenta con las necesidades humanas, consciente de sus debilidades y su interdependencia, es como mínimo un hecho revolucionario en estos tiempos que corren. Si esos lazos se crean y se mantienen, pueden acabar por politizarse y funcionar como el cableado de un sujeto político urbano que sea capaz de hacer efectivo dicho Derecho a la Ciudad. 2x1, ding ding ding, Jackpot radical.

Pero para mantener esto necesitamos un trabajo paciente y cuidadoso de los movimientos populares, cuyo objetivo de base sea recuperar o crear comunidades de solidaridad y cuidados, basadas en un espacio público realmente común. Esto nos facilitará asaltar y conseguir el deseado Derecho a la Ciudad. Sin descampados en los que construir pistas de BMX, ni vecinos con los que te saludas con complicidad, no podemos parar la fábrica de miseria que es el capitalismo.

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