Cine
Boddinale, llevar el cine a los barrios

Lejos de focos y alfombras rojas, en 2012 surgió Boddinale, un festival alternativo a la gran cita cinematográfica de Berlín, su famoso festival internacional de cine que se celebra cada febrero.

Boddinale, el otro festival de cine en Berlín
Boddinale, el otro festival de cine en Berlín. Laura Cruz

publicado
2019-02-13 06:00

Nervios, estrenos, acción. Es lo que acontece en un festival de cine internacional. Cubrir un evento de tales características es una experiencia inolvidable. Pero los habitantes de la propia ciudad viven de forma diversa las grandes citas cinematográficas. Tanto es así que estos inmensos eventos culturales a veces provocan que se creen otros festivales alternativos.

Así ocurrió en Berlín poco antes de 2012. Gianluca Baccanico y algunos amigos hablaron de crear un festival con artistas que residiesen en la ciudad. Poco después nació Boddinale. Boddinstrasse es una de las calles que suben de Hermannplatz, el epicentro del barrio sureño de Neukölln, zona en la que es encuentran numerosos ateliers, galerías y edificios dedicados al noble arte de crear. “Regentaba un bar llamado Loophole en la calle Boddin, allí había una comunidad de artistas muy fuerte y decidimos montar un pequeño festival los mismos días de la Berlinale. Nos sorprendimos porque se unió mucha gente. Tuvo tanto éxito que seguimos con la idea. Este año tenemos 85 creaciones visuales para mostrar”, cuenta Baccanico a El Salto.

Las reglas de Boddinale son exhibir películas de artistas que vivan actualmente en la ciudad, mostrar solo una vez cada creación y el acceso gratuito a todas las proyecciones. Las categorías son: vídeos musicales, mejor documental, mejor cortometraje y cortometraje de animación y mejor característica.

Artistas de todo el mundo han exhibido sus trabajos en esta cita cinematográfica que pretende ser una puerta creativa a la innovación y ya forma parte de la escena berlinesa. Mientras que el mayor premio de la Berlinale es el Oso de oro, en la Boddinale se otorgan chocolatinas hechas artesanalmente en una fábrica berlinesa, lo cual nos evoca al personaje Willy Wonka.

Gianluca Baccanico habla de su éxito como si le hubiesen dado el festival ya montado. Pero detrás de todo este halo de escena alternativa hay meses de trabajo que diez voluntarios realizan. “Elegimos las películas pensando en las más bonitas y las que pueden encajar con nuestra idea. La verdad es que se presentan trabajos de mucha calidad”. La propia ciudad de Berlín anuncia en su página web el festival Boddinale, a quien medios alemanes han llegado a definir como la “hermana pequeña” de la Berlinale.

Lo que ocurre tras el festival es una de las cosas que Baccanico quiere mejorar. “Si presentas una película a cualquier festival, ya no puedes presentarlo a otros de mayor categoría en cuanto a clasificación cinematográfica. Es como que se pierde o se queda en internet, pero no te permite ganar dinero. Por eso hemos pensado en crear una especie de Netflix alternativo por el que se pague poco, unos cinco euros al mes, para que la gente pueda volver a visualizar estos grandes trabajos audiovisuales y que pueda completarse con creaciones de todas partes del mundo. No necesariamente de artistas que vivan en Berlín”.

Unida a Boddinale surgió la idea de incorporar una escuela de stop motion (animación fotograma a fotograma), que ya va por su tercera edición. Cursos y exposiciones de animaciones completan un programa que se desarrolla paralelamente a Boddinale y lo completa. En total son diez días de videoarte sin pausa, acompañado de fiestas electrónicas, música que es el sello de la ciudad desde hace décadas.

Este año Boddinale se ha trasladado al barrio de Kreuzberg, limítrofe con el originario Neukölln que le dio nombre. Su sede está en uno de los complejos industriales y artísticos que resisten a la gentrificación de la ciudad. Uno de esos lugares al que alguien que no haya vivido en Berlín difícilmente podrá llegar a conocer. En las cercanías de la piscina Badeschiff se encuentra un edificio de artistas en el que la propia comunidad cultural realiza exposiciones y alquila sus enormes espacios para algunos eventos, pero muy restringidos. Los que se celebran tienen que presentar una filosofía similar a la que los artistas reivindican.

Tras el cierre de la mítica casa de artistas Tacheles, la ciudad no volvió a ser la misma. Gianluca es optimista. “Todavía resiste mucha escena berlinesa a pesar de la gentrificación y el encarecimiento que ha experimentado Berlín”.

En seis años, se ha llegado a crear un tejido cultural de 440 directores y directoras de cine en un festival que nació como una iniciativa autogestionada. El presupuesto se ha ido incrementando, aunque controladamente. Este año asciende a 5.000 euros, muy alejado de las cifras de cualquier festival de cine. Las mujeres cuentan historias en la Boddinale sin miedo a lo explícito. El primer largometraje proyectado este año, llamado La violación del conductor, mostraba a dos mujeres viajando que se envolvían en una vorágine de sexo, drogas y situaciones machistas. Tras el pase, la directora y las actrices presentaron su trabajo en un pequeño escenario delante de una sala con no más de cien personas.

Una persona se siente muy parte de la escena underground berlinesa asistiendo a festivales como Boddinale. Es la sensación de estar viviendo algo único y, al mismo tiempo, accesible. En el metro de Berlín es bastante frecuente oír conversaciones como: “Me han llamado para bailar en una compañía”, “estoy rodando una película” o “expongo mis obras la semana que viene”. La ciudad en la que la cultura es leitmotiv también se ve arrollada por una vorágine difícil de digerir. Es, al mismo tiempo, espejo y reflejo de lo que fue. Muchos bares de la ‘escena’ ya han cerrado y al lado del mítico grafiti de la calle Cuvry en el que dos relojes unidos encadenaban las manos de un hombre, que el propio artista borró pintándolo de negro porque al lado se iban a edificar apartamentos de lujo, las grúas ya levantan nuevos edificios que tendrán alquileres inalcanzables para la mayoría, si sigue esta espiral.

Aunque Boddinale y Berlinale parezcan antagónicas, en realidad no lo son tanto. Mientras que Cannes es un festival enfocado casi exclusivamente a la industria del cine, en Berlinale la población de Berlín puede acudir a ver películas del festival casi en cada cine de la ciudad. Todas las salas ofrecen programación orientada a esta cita los diez días que dura el festival y lugares tan poderosos como el teatro Friedrichstadt Palast, del que los alemanes dicen que tiene el escenario más grande del mundo, exhiben películas ante un aforo de 1.895 butacas.

El año pasado se vendieron en Berlinale casi 400.000 entradas (eso sí, con un coste de entre 13 y 16 euros, un precio aún razonable para un festival de esta categoría, pero no apto para todos los bolsillos, a pesar del descuento estudiantil del 50 %). Estas cifras no las ha podido superar ningún festival de primera categoría.

Berlinale ofrece algunas apuestas arriesgadas que no se exhibirán en los circuitos de cine comercial de casi ninguna ciudad, salvo quizá en la propia Berlín. Además, este año compiten por el máximo galardón, su oso de oro, un 41 % de mujeres. El año pasado en el Festival de cine de Venecia hubo un 1 % y en Cannes un 17 %.

El director de Berlinale, Diether Kosslick, ha dejado claro en todo momento que no se ha elegido estos trabajos por ser presentados por mujeres, sino por su calidad. Y es cierto que cuando a las mujeres se les permite enseñar su cine, este suele versar sobre las historias de otras mujeres y los largometrajes se nutren de sensibilidad. Las premières de Berlinale tampoco son al estilo tradicional de alfombra roja, que en Berlín este año han fabricado con basura marina. Algunos fans se agrupan en las inmediaciones del Berlinale Palast de Potsdamer platz, pero ni son un número significativo, ni los gritos hacia las estrellas son ensordecedores. Digamos que es todo más de andar por casa que en Cannes o Venecia.

Gianluca tampoco habla de una lucha entre ambos festivales, sino como si Boddinale fuese una puerta más a la que llamar a la hora de crear. “Lo malo de la Berlinale es que está excesivamente patrocinada por grandes empresas y eso le hace perder lo auténtico. La convierte en elitista”, comenta.

Hasta el próximo domingo, Boddinale será, junto a otros festivales que se desarrollan al mismo tiempo que Berlinale, una opción cultural más en una ciudad en la que el precio de las entradas cualquier espectáculo teatral o de cine es bastante accesible para la mayoría y la cultura está muy subvencionada, pero también donde se hace cultura sin miedo, bajo el paraguas de la autogestión y las comunidades creativas.

Berlín es ese lugar que respira arte e innovación en cada poro y donde es perfectamente posible ver una performance de danza concienzudamente preparada en una casa okupa, que no verás nunca dentro del circuito tradicional. Larga vida a la creación cultural sin cortapisas.

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