Ciencia
Arqueología y periodismo. Secuenciación genética de una invasión

Resulta muy habitual encontrarse en los medios con referencias a disputas entre disciplinas científicas, más aún si involucran un enfrentamiento entre ciencias y letras. Es una idea muy extendida en el imaginario popular y que por puro morbo vende mucho. Pero es falsa: quienes hacemos arqueología colaboramos con genetistas y especialistas de todos los ámbitos con el objetivo de reconstruir nuestro pasado de la manera más fiel posible.

Arqueología @gafaschilde

publicado
2019-11-11 07:08

“Una invasión borró del mapa a los hombres de la península Ibérica hace 4500 años”, rezaba el titular de una noticia publicada en el prestigioso diario El País hace ahora aproximadamente un año, “según una investigación dirigida por la Universidad de Harvard […] pendiente de publicación en una de las revistas científicas más importantes del mundo”. Son palabras mayores fundamentadas en universidades de película y en la crème de la crème de las publicaciones peer review del planeta. Pero pocos días después una carta abierta firmada por 91 arqueólogas y arqueólogos portugueses y españoles entre los que se contaban varios de los autores del aludido estudio –además de uno de nosotros dos, no firmante del estudio– fue enviada al antes citado periódico y difundida en las redes sociales. Se titulaba “Genética de una “fake news”: respuesta a las noticias sobre “invasiones” y “exterminios” en el III milenio Antes de Nuestra Era en la Península Ibérica” y en ella se criticaba el uso de términos como “invasión”, “conquista” o “borrar del mapa” y se pedía al diario más rigor, especialmente considerando “la actual sensibilidad social y política con respecto a los procesos migratorios”. Una semana después Lola Galán, defensora del lector de El País, defendió a su periodista arguyendo como motivo de la reclamación “el enfrentamiento entre arqueólogos y genetistas”.

No es la primera vez que en este blog colectivo se aborda esta cuestión. Anteriormente y en relación con un estudio sobre genes y poblaciones medievales, el biólogo Álvaro G. Molinero llamó a desmontar esa falaz dicotomía que muchas veces se quiere presentar entre ciencias verdaderas y letras subjetivas. Nos parece un artículo muy acertado y que suscribimos completamente, pero aquí querríamos mostrar la perspectiva de todo este asunto desde el punto de vista de la disciplina arqueológica, especialmente atendiendo a qué intereses tenemos, cómo nos relacionamos con especialistas de otras disciplinas y cómo percibimos que es valorado nuestro trabajo científico.

LA ARQUEOLOGÍA Y LAS FUENTES DE ANÁLISIS

La arqueología se ocupa del estudio de todo resto material producido por la actividad humana en el pasado, desde residuos de manufactura de toscas herramientas hasta finas obras de arte pasando por viviendas, enseres, basureros o infraestructuras, y pretende con ello ofrecer una reconstrucción de cómo vivieron, produjeron, consumieron y pensaron las personas del pasado. Como consecuencia de ello, desde hace tiempo han venido desarrollándose técnicas de análisis de lo más variado para exprimir todo lo posible los materiales recuperados en excavación: son colaboraciones muy habituales en nuestro proceder cotidiano la antropología física para identificar edad, enfermedades o alimentación en los huesos humanos, la palinología para recrear entornos medioambientales a partir de los pólenes atrapados en los sedimentos o la caracterización de materiales para indagar en el aprovechamiento de materias primas y en la tecnología de manufactura de artefactos. Más conocido es el método de datación por radiocarbono, desarrollado en las ciencias naturales y que sirvió para que Willard Libby fuera galardonado con el premio Nobel de Química. Desde 1950 nos permite conocer la antigüedad de todo material orgánico y así fechar eventos y procesos históricos de todo tipo pero en sus primeros momentos esta técnica de datación absoluta ofrecía un error constante incompatible con muchas de las interpretaciones cronológicas elaboradas por los arqueólogos de entonces a partir exclusivamente del estudio estilístico-tipológico de los materiales.

De esta forma, hubo que esperar dos décadas hasta el desarrollo de fórmulas de calibración de la cronología radiocarbónica para que estas dataciones fueran totalmente fiables. Hoy nadie duda de que, como ya describiera el arqueólogo británico Colin Renfrew, la introducción del radiocarbono haya supuesto toda una revolución en la arqueología. El último gran bombazo en lo referente a estas técnicas procedentes de las ciencias naturales tiene su área de actuación en la paleogenética o arqueogenética. Es este un campo con mayor tradición de la que se suele creer: en una primera etapa, que magistralmente describe el genetista Luigi Luca Cavalli-Sforza en Genes, pueblos y lenguas, se utilizó la actual distribución territorial de expresiones genéticas como grupos sanguíneos, inmunoglobulinas o caracteres antropométricos, además de la distribución de lenguas y su relaciones filogenéticas, para tratar de reconstruir el papel de los movimientos de poblaciones en procesos históricos como la dispersión global del Homo sapiens, la neolitización de Europa, la expansión bantú y otras. Pero la reciente expectación es resultado del salto cualitativo que supone la introducción de técnicas que permiten la secuenciación del ADN de los cuerpos directamente recuperados en el registro arqueológico.


ADN  Y  ARQUEOLOGÍA

El caso concreto que aquí nos ocupa, los movimientos de poblaciones en la Prehistoria Reciente europea –Neolítico y Edad de los Metales–, vio aparecer las primeras publicaciones sobre secuenciaciones de ADN mitocondrial, el que se transmite por vía materna, en 2012 y ya también sobre ADN nuclear en 2015. Estos estudios migratorios son los que más eco popular están teniendo en lo referente al interés por la Prehistoria europea ya que vienen a completar, validar o desmentir las viejas interpretaciones sobre autoctonismo, movimientos, mezclas y/o sustituciones poblacionales que mucha gente conoce de forma vulgarizada y que, por cierto, son muchas veces herederas de prejuicios racistas construidos durante la era del primer imperialismo.

Dentro de esta línea de investigación se enmarca el trabajo científico que aquí nos ocupa, finalmente publicado, meses después de los deplorables titulares sensacionalistas, por la revista Science. Dicho estudio es uno de los más recientes sobre paleogenética y, sin duda, uno de los más importantes por la cantidad de individuos analizados, abarcando desde el periodo Neolítico hasta la Edad Moderna. Sin embargo, pese a que la muestra alcanza los 271 individuos, debemos recordar que se trata de un marco cronológico de 8000 años, por lo que se ha conseguido descifrar una importante, pero aún pequeña, parte de la información genética de la historia poblacional de la Península Ibérica. Probablemente alusiones a la “rápida conquista de los pueblos de las Estepas” o “invasiones de los yamnaya” hayan desvirtuado el enfoque general del trabajo el cual, por cierto, no sólo se centra en la migración de estos pueblos estépicos, si no que aporta también datos genéticos de los periodos romano, medieval y moderno, e ilustra lo que sería un importante tránsito y mezcla de las poblaciones peninsulares. Si nos centramos en los movimientos de población durante la Prehistoria Reciente, el estudio confirmaría dos importantes aportes genéticos a las poblaciones locales ibéricas, algo que ya se habría identificado parcialmente  en estudios anteriores cuyas muestras eran más modestas. El primer aporte genético se identifica con la llegada de agricultores procedentes de Anatolia hace unos 7500 años, quienes se habrían mezclado con las poblaciones locales, fenómeno probablemente relacionado con la expansión de la agricultura en la Península Ibérica durante el Neolítico.

El segundo aporte, motivo de la polémica mediática, se deduciría de la presencia de ADN estépico en la mayor parte de los linajes masculinos –asociados únicamente al cromosoma Y– de la Península hace unos 4500 años, a finales de la Edad del Cobre e inicios de la Edad de Bronce. Durante esta época se extendió por toda Europa central y occidental el fenómeno del Vaso Campaniforme, un conjunto de artefactos –vasos cerámicos con forma de campana, armamento de cobre como puñales y puntas de lanza, brazales de arquero y distintos elementos de orfebrería– que se asocia con el surgimiento de aristocracias guerreras. Por otro lado tenemos a la cultura Yamna, que se desarrolló en las estepas del Este europeo durante el milenio anterior y que se interpreta como comunidades pastoriles nómadas a las que se les atribuye la introducción del carro en nuestro continente, habiendo también quien los identifica como el pueblo protoindoeuropeo. A este respecto, el estudio paleogenético se fundamenta en la secuenciación del ADN de 47 individuos procedentes de 17 yacimientos peninsulares de la Edad del Cobre (c. 3300-2200 a.C.) y de 53 individuos procedentes de 22 yacimientos peninsulares de la Edad del Bronce (c. 2200-900 a.C.), una muestra que, conviene destacar, resulta inevitablemente sesgada: la arqueología recupera restos humanos completos sólo en casos de inhumaciones estructuradas, no contándose a nuestro alcance personas que por múltiples condicionantes –género, clase, marginación u otros– hayan podido recibir otros tratamientos funerarios.

Como resultado, se ha podido identificar la presencia de genes yamnaya o estépicos en individuos enterrados en la Península del final de la Edad del Cobre –periodo campaniforme–y de la Edad del Bronce. Esto puede llevar a pensar que hay una relación directa entre unos y otros pero más bien lo que reflejaría es una vía de migración a lo largo de los años por el centro y norte de Europa que habría culminado en la Península Ibérica. Se trata de un proceso de “sustitución” de la mayor parte de los linajes masculinos que, según los datos aportados por el estudio, se habría producido durante unos 500 años, es decir, durante un tiempo relativamente rápido desde el punto de vista genético. En el periodo 2500-2000 a.C. se documentan 14 individuos con ancestría estépica coexistiendo con gentes locales y es a partir del 2000 a.C., momento en el que la muestra analizada revela un 40% de individuos de ancestría estépica –en Centroeuropa o las Islas Británicas la ancestría estépica en estos momentos es de un 80-90%–, cuando se identifica una casi completa sustitución de los linajes del cromosoma Y del calcolítico ibérico (I2, G2 y H) por un solo linaje del cromosoma Y estépico (R1b-M269) en las poblaciones del Bronce. El artículo científico sentencia a este respecto que “estos patrones sugieren una mayor contribución de hombres que de mujeres” y que “aunque el ADN puede documentar que se dió una mezcla de poblaciones con desigual peso en cuanto al sexo, se necesitará más investigación arqueológica y antropológica para comprender los procesos que la generaron”. Única y nada más que eso.

Ni “invasión” ni “exterminio”, sino información genética que es un asunto que debe encargarse de interpretar la investigación arqueológica y antropológica

Es el mensaje que con posterioridad a la publicación del trabajo quiso recordar explícitamente el genetista codirector del proyecto. Y aquí volvemos a las menudencias de la disciplina arqueológica como rama especializada del proceso de generación de conocimiento. Las arqueólogas y los arqueólogos buscamos, excavamos, clasificamos y estudiamos restos materiales y para ello nos apoyamos en técnicas procedentes de muchas otras disciplinas científicas. Una de las partes más complicadas de nuestro trabajo es la de ensamblar toda la heterogénea información en una reconstrucción más o menos coherente, que después utilizamos para tratar de responder lo que se conoce como las grandes preguntas, que por suerte o por desgracia llevamos arrastrando no décadas, sino siglos, heredadas de nuestra tradición humanística y que van mucho más allá de esa historia de pueblos que poco más que se mueven por un mapa conquistando nuevos territorios como en un videojuego. Entre dichas preguntas creemos que son pertinentes a este respecto ¿Cómo surgió la complejidad social? ¿Cuál es el papel del conflicto en la evolución de las culturas? ¿Por qué suceden las migraciones y cómo afectan a la identidad de los grupos?

Opinamos que a día de hoy es mucho más importante tratar de hacerle llegar al gran público interrogantes sobre el fenómeno yamnaya en la Península tales como ¿Cómo habrían interaccionado ambas poblaciones, locales y foráneos? ¿Qué relación, si la hay, habría existido entre éste movimiento de personas y otros procesos históricos del momento como la revolución de los productos secundarios o la emergencia de las desigualdades económicas y las jerarquías políticas? Dar respuestas a esto no es una cosa sencilla: con anterioridad a este aporte poblacional estépico del 2500-2000 a.C. la arqueología peninsular conoce pruebas de la existencia de grupos socialmente estratificados (c. 4000 a.C.), de conflictos violentos (c. 3300 a.C.) o de arquitectura monumental defensiva (c. 3000 a.C.). Por otro lado, si escrutamos los datos paleogenéticos de este periodo 2500-2000 a.C. de la oleada yamnaya a escala micro, de yacimiento, comprobamos que varias personas con ancestría ibérica y no estépica fueron enterrados con toda esa parafernalia campaniforme de aristócratas guerreros europeizantes. Todo esto quiere decir que la Península ya acogía un contexto conflictivo propicio para la emergencia de jefes militares bastante antes del aporte poblacional estépico y que éste podría entenderse también perfectamente en un marco de interacciones de aristocracias guerreras a escala continental. Entre otras muchas hipótesis.

Reconstruir el pasado prehistórico no es una tarea fácil y sabemos que no se puede prescindir de los datos que ofrecen las muchas disciplinas de las ciencias naturales. Creemos que vender cualquier aparente discrepancia como una batalla entre “ciencias” y “letras” es una irresponsabilidad propia del mayor sensacionalismo sin escrúpulos.

¿UN CONFLICTO?

En arqueología, somos conscientes de que nuestro estudio de la cultura material es –y siempre será– incompleto y que todo nuevo conjunto de datos puede llenar vacíos, corregir interpretaciones erróneas u ofrecer nueva luz sobre los manidos debates enquistados en el campo de la Prehistoria. Desde luego, nadie del campo de la arqueología niega la validez de estos datos genéticos, pero lo que se reclama es que lo importante debe ser hacer una correcta contextualización histórica de los mismos. Como hemos visto, esa rápida lectura apriorista e infundada sobre invasiones violentas y conquistas que abrió los titulares es una hipótesis sin prueba alguna en el registro material de estos periodos y que, como se quiso hacer saber mediante la citada carta abierta de la comunidad arqueológica, resulta fuera de lugar en un contexto social y político que sufre un preocupante auge de la xenofobia. Al igual que los arqueólogos tenemos la responsabilidad de integrar honradamente y sin discriminar por su origen toda porción de conocimiento a nuestro alcance, ya provenga de la decoración de una vasija o de una secuenciación de ADN, consideramos que los periodistas de los medios más influyentes del país tienen la responsabilidad de interesarse por la complejidad de nuestro trabajo y no tachar de simple “peleíta” entre Capuletos y Montescos lo que fue toda una llamada de atención colectiva. Así lo creemos porque el rigor y la serenidad son valores fundamentales en la ciencia y también, sin ninguna duda, deben serlo en la difícil tarea de difundir ese conocimiento científico a la sociedad.










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1 Comentario
Genetista 13:32 12/11/2019

Agradezco mucho este artículo, elegantemente escrito e inteligentemente elaborado, explicativo e informativo a la par, destaca brillantemente entre la gran morralla de escritos sobre divulgación científica que se encuentra uno por ahí.

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