Zebda: "Los anticapitalistas no han hecho su tarea en los barrios populares franceses"

El himno «Motivés» ha estado presente en las movilizaciones de los últimos años en Francia y el grupo musical Zebda ha traspasado fronteras. Pero hay más, por detrás se encuentra Tactikollectif, un colectivo asociativo que utiliza la música como herramienta de transformación social.

Zebda Motivés
Motivés es uno de los principales himnos de Zebda, icono de una generación combativa.
Traducido por Pablo Lapuente Tiana

publicado
2017-10-24 14:50:00

"Una sola táctica: el colectivo", este es el lema de Tactikollectif. Su himno "Motivés", ha sido ampliamente difundido desde hace 20 años en las manifestaciones en Francia. También es conocido Zebda, grupo musical nacido de sus filas. Es menos conocida, en cambio, su estructura asociativa, fundada en 1997 por activistas de Toulouse. Visibilizar la cuestión de las discriminaciones y la fractura colonial, poner en la escena mediática las diferentes formas de expresión cultural de los barrios populares, hacer del antirracismo y el anticapitalismo una causa común: estos son algunos de sus caballos de batalla. Hablamos de todo esto con Tayeb Cherfi, pilar de la asociación y organizador del festival Origines Contrôlées.

¿Es Tactikollectif un trabajo?
Ante todo es un compromiso. Desde su creación en 1997, la asociación ha tomado parte en la aportación cultural de los barrios populares y las comunidades migrantes —magrebíes, sobre todo, pero también de las Antillas o la España republicana—. Procedentes de barrios populares, luchamos contra las discriminaciones que sufren; estos barrios tienen su mejor defensa en sus propios vecinos, los que ponen mayor interés y compromiso en ellos. Si durante mucho tiempo nuestro colectivo se dirigió principalmente a las élites de esta nación, hace ya unos años decidimos volver a trabajar en el territorio de nuestros barrios. Nuestro compromiso es, por lo tanto, personal, político y existencial. Creo que es a través de proyectos culturales y la militancia política como debemos interrogar e informar a la sociedad francesa.

Para nosotros, la marcha supuso pasar de una mirada local a una global. Además, nos dio seguridad: habíamos descubierto que éramos suficientemente numerosos como para defendernos
El comienzo de vuestra acción militante coincide en 1983 con la Marcha por la Igualdad y Contra el Racismo. ¿Qué supuso este momento para vuestra generación?
En realidad, nuestra toma de conciencia tuvo lugar antes, ya que por ese entonces ya estábamos activos. La marcha fue la primera ocasión de ir a París y participar en un gran evento mediático. También nos hizo darnos cuenta de que no estábamos solos en Izards [barrio popular del noreste de Toulouse] ni en nuestra ciudad, que esta problemática concernía al conjunto del territorio, y que juntos éramos capaces de construir un movimiento.

Para nosotros, la marcha supuso pasar de una mirada local a una global. Además, nos dio seguridad: habíamos descubierto que éramos suficientemente numerosos como para defendernos contra un sistema basado en dominarnos y aplastarnos. Esto fue lo que impulsó nuestras luchas y lo que, por decirlo así, las ha grabado en piedra. En aquel momento éramos muy jóvenes, ¡teníamos entre 16 y 20 años!

Designada por la opinión pública como “la marcha de los moros” [la marche des beurs], la Marcha por la Igualdad fue instrumentalizada por intereses partidistas: ¿cómo vivisteis el vaciamiento de su contenido político?
Fue totalmente indignante. Cuando se dio la gran manifestación en París, el Partido Socialista no tardó en buscar apropiársela, creando en ese momento SOS Racisme, una organización dirigida a captar un nicho de votantes, el de la juventud de barrios con fuerte densidad migrante. Inmediatamente, tomamos distancia con el Partido Socialista, aunque le votábamos desde hacía bastante tiempo. SOS Racisme se contenta con una postura moral fundada sobre el bien y el mal, lo bueno y lo malo, mientras que de nuestra parte establecemos las bases de un cuestionamiento político, abordamos la realidad, el sistema dominante que persiste y las consecuencias de la colonización. Por lo tanto, no compartimos para nada la misma postura. La cuestión política degenera en un asunto de buenos sentimientos, por eso mismo no nos reconocemos en un cierto mundo del espectáculo francés, que sentimos muy alejado de nuestra realidad. Pese a que algunos artistas digan cantar para nosotros, no le vemos más sentido que como estrategia de marketing: canciones como «L’Aziza»**, de Balavoine, no nos emocionan. Más bien, nos identificamos con James Brown, el funk estadounidense, las canciones de Bob Marley, Renaud, Trust, etc.


¿Considerabais al inicio de vuestras actividades que había estructuras y organizaciones federadas sobre las que apoyarse?
El movimiento de trabajadores árabes había hecho mucho, en los años 70. Digamos que es a partir de entonces que el mundo asociativo militante de nuestros barrios comenzó a desarrollarse y crecer. El año de la marcha por la igualdad, 1983, supone una toma de conciencia: existe una energía a escala nacional. Antes de La marche estábamos muy ligados a Toulouse. Había múltiples asociaciones en los diferentes barrios de la ciudad, pero cada una trabajaba por su cuenta sin estar verdaderamente conectada a las demás. A nivel nacional pasaba igual. Fue realmente La marche lo que nos hizo darnos cuenta de que éramos muchos y muchas a hacer las mismas cosas en Francia —actividades culturales, sociales y políticas. En un principio, todo el mundo se unió a esta marcha, luego llegaron las polémicas.

El discurso de Georgina Dufoix, ministra socialista de Asuntos Sociales y de Solidaridad Nacional, que dio por concluida la movilización, simboliza este malentendido. Tras la marcha, emergió una importante asociación parisina, el MIB [Movimiento de la migración y las banlieues] ¡No hay que olvidar que aquella generación, la primera en nacer en territorio francés, estaba casi enteramente constituida por adolescentes! Hasta entonces, el único espacio posible de reivindicación era el sindicato, es decir, las relaciones obreros/patronal, que dejaba a un lado las cuestiones ligadas a la discriminación.

En 1982, la única excepción era Vitécri [primera asociación fundada por una educadora del Club de Ayuda Social del barrio de Izards], del cual surgió un compromiso político alimentado por una crítica sistémica. De lo que hay que ser consciente, es que nunca existió un movimiento nacional de los barrios populares —y no habría que intentar convencernos de ello. La única organización que lo intentó fue el Foro social de barrios populares [FSQP; Forum Social des Quartiers Populaires]; que vino bastante más tarde. Había conexiones entre asociaciones, pero estaban muy concentradas en París, Lyon, Toulouse. Nuestra debilidad ha residido en no haber conseguido politizar nuestros guetos, de la manera en que se consiguió en EE UU en los 60. Hemos comprobado con impotencia cómo las élites de nuestros barrios han buscado medrar con demasiada frecuencia en las aguas de la política blanca, masculina, burguesa o no, alternando la izquierda con la derecha…

¿Qué es lo que ha obstaculizado la elaboración de un movimiento político procedente de los barrios populares?
Antes de hablar del FSQP, habría primero que tener en cuenta la situación siguiente: la precariedad es frecuente, incluso al interior de barrios que no son populares. Las tomas de iniciativa son difíciles, los encuentros complicados, y todos y todas tenemos historias diferentes en función de nuestras ciudades de origen. La historia del FSQP duró diez años. Nos reunimos, tratamos de multiplicar las actividades tanto como era posible, pero sin conseguir nunca ser muy fuertes.

¿Cómo se puede explicar la ausencia de los vecinos de los barrios populares en estas iniciativas? Por el miedo a lo dominante, la falta de confianza en sí mismos, los complejos, los desacuerdos —por ejemplo, nosotros, los de Toulouse, teníamos más bien una identidad política clásica, con el eje izquierda-derecha o la crítica al capitalismo, mientras que los parisinos eran más bien desconfiados con respecto a la izquierda, después de ver como el “cinturón rojo” de la periferia norte de París se había mostrado soberbio y racista. El Partido Comunista en la región de París se desacreditó completamente de cara a sus militantes. Si hoy en día pudiéramos tener una ambición, sería la de refundar el FSQP, pero con una verdadera base popular. De lo contrario, ¿en qué se convierte? En una batalla de egos que sólo mira para dentro.

El primer desafío es unirnos, y luego, acto seguido, encontrar una dirección, una ambición y una intención común

Frente a la difusión de estereotipos ansiogénicos por los grandes medios de comunicación, y su presencia en el inconsciente colectivo, ¿qué queda para despertar las conciencias?
Antes que nada, hay que aclarar que estamos dominados por un sistema político, económico y mediático extremadamente poderoso, contra el que es muy difícil luchar. Es un trabajo de muy largo aliento —¡por nuestra parte, luchamos desde hace cuarenta años!—. Hemos trabajado en todos los frentes, montando asociaciones, presentando listas electorales, pidiendo apoyo a artistas, etc. Hay que trabajar concienciando a la gente permanentemente, abrirles a la cultura, a la suya y a la de los otros, hacerles sentir curiosidad, llevarles a comprometerse política, cultural y socialmente, y luego tratar de embarcarles en un proyecto militante. En definitiva, reunir todo lo que nos une y nos sostiene en este país. El primer desafío es unirnos, y luego, acto seguido, encontrar una dirección, una ambición y una intención común. Animar a la gente a ir a votar, a ser ciudadanos, a montar asociaciones, ése es el trabajo que podemos hacer con nuestros medios, sabiendo que no podemos contar con el apoyo de la prensa, la economía o la política, así como tampoco con el color de piel o el apellido adecuado. Hay militantes que me han contado que recientemente la representante del comisionado de un barrio del suroeste de Toulouse se desplazó para reunir mujeres «ejemplares» de barrios populares. Les propuso cocinar para participar en el concurso de la mejor cocinera de los barrios populares. Este ejemplo da buena cuenta de la predominancia de las élites en este país.

En 2001, dijimos por última vez «somos republicanos», y presentamos una candidatura, Motivés, a las elecciones municipales de Toulouse

Vosotros expusisteis en el cartel del festival Çabougeencore, en 2001, una Marianne con los tres colores de la bandera francesa. ¿Era esto una manera de disputar el país a los nacionalistas, ya que hacemos frente a la emergencia del Frente Nacional, que defiende una idea excluyente de Francia? ¿Era una manera de rediscutir las modalidades simbólicas?
No. Para nosotros, el ascenso del Frente Nacional se remonta a 1984. El objetivo de este cartel fue el de no dejar la cuestión de la identidad francesa a los fascistas —de hecho, no es Francia lo que apreciábamos, sino la República, aunque a menudo nos hayamos sentido traicionados por ella—. Todos nos hemos educado en el sistema educativo republicano, pero aún estamos esperando los valores que éste nos debía inculcar. Hoy en día, nos mostramos enormemente críticos con el modelo republicano, que creemos que ha traicionado a sus hijos. Todo esto no tendría por qué ser más que frases poéticas, pero cuando vemos el estado en que se encuentran los barrios populares desde hace años, no podemos decir que la República Francesa se haya ocupado de ellos, más allá de haberles ofrecido miseria y represión. Como prueba, tenemos un balance de 60% de parados entre la población joven del barrio de Izards. Y, por lo demás, en Francia hay Izards por todas partes. En 2001, dijimos por última vez «somos republicanos», y presentamos una candidatura, Motivés, a las elecciones municipales de Toulouse. Hoy en día, cuando vuelvo al discurso que teníamos en 2001 de cara a la República Francesa, ¡me da pavor! Sin embargo, no hemos sufrido a este respecto una completa desilusión; hay pese a todo una Francia con la que nos sentimos a gusto. Es por eso que no ponemos en cuestión el país, sino su modelo. Aunque las historias sean diferentes, la ecuación « tratamiento racial + tratamiento de clase = creación de castas» resulta común a la lucha de la población negra de los sesenta en Estados Unidos, así como a la de la población europea proveniente de la descolonización. ¿Cómo trabajar en un mismo movimiento el antirracismo y el anticapitalismo?

Es extremadamente difícil. Primero, porque los anticapitalistas no han hecho lo que tenían que hacer en los barrios populares —como, por ejemplo, un trabajo de educación popular—. Lo que ha pasado es que el sistema capitalista, con toda su fuerza de seducción, ha ocupado un espacio preponderante en los barrios populares, ganándose particularmente a quienes lo sufren más. Es el dinero lo que ha vuelto las cosas más difíciles que antes. La izquierda languidece en estos barrios, y con ella toda la población, lo que explica que en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales nos encontráramos con un enfrentamiento entre Macron y Le Pen.

Los partidos políticos cuentan en sus filas con gente proveniente de barrios populares, ¿cómo pueden precisamente pasar por alto esta cuestión?
Todas las capas de la sociedad están atravesadas por los mismos clichés. Las élites de los barrios populares acaban en los partidos políticos, donde reproducen las mismas relaciones de dominación. Es por eso que necesitamos organizaciones independientes de ellos. Echemos un vistazo el balance de los espacios de participación ciudadana que se promovieron desde los municipios: ¿cuál era el principio inicial? Los sociólogos Marie-HélèneBacqué y Mohamed Mechmache, del colectivo ACLEFEU***, presentaron en 2014 al gobierno de Hollande un informe sobre la participación ciudadana. El Estado lanzó la iniciativa que el informe proponía, y obligó a los municipios a establecer un consejo donde participaran la ciudadanía (elegida por sorteo), los comerciantes y las asociaciones. La idea consistía en crear un espacio donde escuchar lo que la sociedad civil local tuviera que decir sobre la vida de sus municipios. Muy pronto, los primeros impulsores de este informe pusieron en cuestión lo esencial del plan.

¿Qué sucedió? Es sencillo: la gente que está acostumbrada a tomar la palabra monopolizó el espacio, mientras que el resto se fue desentendiendo. Por ejemplo, con relación al consejo del barrio de Izards, nosotros éramos al principio 54 personas, y hoy en día somos en torno a una decena. Además, el perfil de este grupo es mayoritariamente blanco, y se siente asustado con la manera en que su barrio se deteriora cada día que pasa. Puedo comprender el mecanismo de este miedo, la falta de elementos de análisis, que impide reflexionar antes que reaccionar. Al final, a los vecinos de toda la vida ya no se les ve, porque se han ido marchando del barrio. Podemos decir que los espacios de participación ciudadana fueron un proyecto que nació muerto, porque no alcanzó el objetivo que deseaba. Además, el camino que media entre estos consejos y el alcalde es largo. Hay que reflexionar sobre la voz de la ciudadanía y la relación con los gobiernos municipales de otro modo: la gente debe movilizarse tanto como le corresponde al alcalde. Los alcaldes de nuestras ciudades deben venir a nuestros barrios, pero no sólo como estrategia de marketing electoral; ¡para los alcaldes, un acto heroico es venir a nuestros barrios!

Los políticos no buscaban soluciones [tras los atentados de París y Niza], sino más bien confirmar las que ya tenían de antemano. En vez de tratar de descifrar el vínculo entre los atentados y los barrios populares, prefirieron meterse en un atajo fácil
Tras los atentados de París y de Niza, ¿se han dirigido hacia vosotros los políticos, en busca de soluciones?
No, no buscaban soluciones, sino más bien confirmar las que ya tenían de antemano. En vez de tratar de descifrar el vínculo entre los atentados y los barrios populares, prefirieron meterse en un atajo fácil. Los presupuestos antirradicalización han aumentado de manera astronómica, pero no se sabe muy bien por qué. Los trabajadores sociales están hartos: se les destinó durante un tiempo algo más de presupuesto, pero para hacer lo mismo de siempre. Se han financiado pseudo-soluciones diseñadas quién sabe dónde. Por supuesto que no podemos negar la realidad frente al problema de la radicalización y el terrorismo, pero la mayor parte de los jóvenes de nuestros barrios sólo quieren una vida sencilla y digna. Antes que nada, hay que considerarles como lo que son, como ciudadanos. De lo contrario estamos fuera de lugar, al igual que las políticas que se apliquen.

Una de vuestras actividades más populares es el festival Origines contrôlées, con el cual proponéis debates y espectáculos. En él se siente la voluntad de articular el debate con la creación artística.
Intentamos hacer coincidir propuestas intelectuales y culturales. ¿Por qué incluimos tanto rap en el programa del festival? Quizás nos faltan elementos, pero los únicos artistas que cantan sobre estos barrios, de una manera radical, comprensible y razonada, son los de rap. Al menos que sepamos. En el reggae, la chanson o el rock, no conozco a nadie.

Vosotros trabajáis desde hace años en vuestro lugar de nacimiento, el barrio de Izards, del que resulta fácil retener únicamente la historia de violencia que se le asocia (de allí provino Mohamed Merah, el yihadista autor de un tiroteo contra una escuela judía en 2012). ¿Cómo ha sido vuestro trabajo allí?
No tengo problemas en decir que nuestra actividad actual ha supuesto un regreso al barrio, que, por razones políticas, habíamos abandonado hacia 1994-1995. Interpelar al Estado y sus élites era el enfoque del festival Origines contrôlées. La vuelta al trabajo en el barrio supone un cambio en el proyecto, o una apertura suplementaria. Decimos «vamos a llevar la palabra de los barrios populares para hacerla emerger», así que nos dirigimos al mismo tiempo a las élites y a nuestros vecinos. Este retorno se debe también a los límites que hemos constatado trabajando solos, el escollo que supone hacer una actividad asociativa sin la gente común. Para que nuestro proyecto tenga éxito, es necesario llegar y asociarse con los expertos de estos barrios, es decir, con sus mismos habitantes: en este sentido, hemos regresado a él.

Nuestra actividad actual ha supuesto un regreso al barrio, que, por razones políticas, habíamos abandonado hacia 1994-1995
Vosotros ofrecéis regularmente apoyo a eventos organizados por diferentes grupos militantes. La convergencia de luchas ¿es real, embrionaria, o está condenada al fracaso?
Ha habido tentativas de llevarla a cabo, pero no es fácil. De nuestro lado, comenzamos con la grabación del álbum Motivés. Recuerdo también que la gente de MIB se había acercado a José Bové [sindicalista del sector agrícola francés]. Me llevó tiempo asentar la idea de mezclar nuestras luchas. Hoy en día, no hemos llegado todavía a esto, porque nosotros, hijos de la migración, no tenemos suficiente fuerza pública y económica. Lo que nos hace falta es tener más peso, con intelectuales y artistas a nuestro lado. El problema es grande, como grande es la población de nuestros barrios. Para ganar una verdadera presencia, elegir una dirección, y, sobre todo, conseguir apoyos, va a hacer falta fortalecernos más. Sí, contamos con algunas figuras que nos apoyan, pero están infra-mediatizadas con relación a otras, ya que las cuestiones que planteamos no son las que interesan a los medios de comunicación dominantes. Cuando se interesan, no suele ser más que a través del prisma de la seguridad. La irrupción de estas cuestiones en el debate público era inevitable. La población aumenta, y por un efecto residual, alcanza ciertos puestos, pero no son nada en comparación con los verdaderos centros de poder. Cuando Mathieu Kassovitz escribe en La Haine: «hasta aquí todo va bien», no le falta razón. No podemos contentarnos solamente con ver, por ejemplo, un periodista proveniente de barrios populares aquí o allá. El único que cuestiona realmente el pasado colonial de Francia es el historiador Pascal Blanchard. Es lamentable que expertos como el sociólogo Saïd Bouamama o la antropóloga Nacira Guenif-Souilamas, con quienes Blanchard ha trabajado, sean tan poco solicitados en el debate público.

Tras todos estos años de trabajo, y frente a la confusión actual, ¿qué es lo que os protege del desánimo?
Como Gramsci, combino el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad.

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*La Marche pour l’égalité et contre le Racisme fue la primera gran manifestación antirracista acontecida en Francia, en 1983. La movilización, que tuvo una amplia resonancia mediática, denunció la discriminación que sufría la población de los barrios con grandes comunidades de origen migrante.
** Canción del artista Daniel Balavoine, de temática antirracista.
*** ACLEFEU [Association Collectif Liberté, Egalité, Fraternité, Ensemble, Unis]. Asociación que trabaja en el establecimiento de diálogo entre los habitantes de las banlieues francesas y las instituciones del Estado.

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Fuente original: Revue Ballast

1 Comentario
José Martínez Carmona 6:58 25/10/2017

Arte sano, en su sitio, dinamizando la sociedad, infundiéndole conciencia de clase... ¡Qué envidia de juventud!

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