Militarismo
Despertando al dragón

La inclusión de Vox de militares retirados en sus listas despierta el espectro del militarismo, una de las más tristes constantes de la historia contemporánea española y la principal de las rémoras a las que se han enfrentado los ensayo de democracia.

Aleix Romero Peña

publicado
2019-03-26 10:00

Día sí, día también, Vox acapara los titulares informativos, consiguiendo de esta forma hacer campaña sin necesidad de desplegar ingentes recursos. En esta ocasión es preciso aludir nuevamente a la formación ultraderechista, aunque por una cuestión que trasciende las habituales ocurrencias de sus líderes. Ha sido una demencial ambición, y no la curiosidad censurada por el viejo mito, la que ha llevado a los dirigentes de Vox a abrir la caja de Pandora liberando uno de los males más persistentes de la historia contemporánea española, mediante el fichaje de oficiales retirados de las fuerzas armadas para las listas electorales. Dicho mal no es otro que el militarismo.

Vaya por delante que se trata de una cuestión de suma gravedad. A lo largo de los siglos XIX y XX los militares adquirieron la perniciosa costumbre de intervenir en política, dejando a su paso un sangriento reguero de pronunciamientos, golpes de Estado, guerras y dictaduras; los cuarenta años de férreo dominio del general Franco –quien durante la República fue cortejado para presentarse en distintas listas electorales– constituyen un epítome en una historia que, como ahora comprobamos, todavía no ha acabado.

Téngase no obstante en cuenta que los implicados se desvinculan de esta tradición o, cuanto menos, suavizan sus aristas. En el polémico manifiesto contra la exhumación de los restos de Franco que firmaron algunos de ellos se hace una relectura histórica de su biografía y la época que le tocó vivir, concluyendo que el militar felón se rebeló contra el gobierno al que debía serle fiel a causa de un sentido de la “responsabilidad” –a esta palabra forzosamente sigue un funesto interrogante: ¿qué crímenes estarían dispuestos no ya a excusar, sino incluso a cometer esgrimiendo tan deletéreo motivo? –.

Los esfuerzos no pasan por buscar dentro de las filas castrenses a un nuevo y progresista Espartero (...) sino por reforzar a la sociedad civil; los sables no se envainan con tanta facilidad si saben que van a encontrar resistencia.

Que hablemos de militares jubilados no supone ningún alivio, porque en todo momento invocan su condición castrense, se mueven por intereses corporativos y –es legítimo pensar– todavía gozan de influencia dentro del Ejército. Su ruidosa irrupción en el panorama político contradice, además, los resultados de las políticas de modernización de las fuerzas armadas emprendidas durante los gobiernos socialistas de Felipe González, especialmente en lo referente a la educación militar: ¿qué tipo de enseñanzas han podido transmitir estos mandos cuando permanecían en activo?
Parece, por tanto, que en el Ejército posfranquista el militarismo no muere, sino que permanece relativamente dormido, invernando en espera de una situación que justifique su regreso. Porque estos ardores militaristas no aparecerían si no percibieran cierto apoyo en una población constantemente machacada con el anuncio de la inminente desaparición de España; ante el fracaso de la clase política española –demasiado regodeada en su propio fango como para, ciertamente, preocuparse por la suerte de nadie–, los más incautos, los más desmemoriados, los más cínicos o los más fanáticos giran sus ojos hacia el dragón.

Aún es tiempo de impedir que se despierte, pero para ello primero hay que comprender que los esfuerzos no pasan por buscar dentro de las filas castrenses a un nuevo y progresista Espartero, como pretendió hacer Podemos con el general Julio Rodríguez, quien fuera arquitecto como Jefe del Estado Mayor de la Defensa (JEMAD) de oscuras intervenciones belicistas disfrazadas de misiones humanitarias, sino por reforzar a la sociedad civil; los sables no se desenvainan con tanta facilidad si saben que van a encontrar resistencia. Y para movilizarla seguramente el primer paso consista en denunciar una Constitución que confiere a las fuerzas armadas la defensa de la unidad de la patria y del propio ordenamiento constitucional, sin ningún contrapeso que disipe las amenazas intervencionistas.

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