La LGTBIfobia también entiende de clasismo

Entrar a debatir y a opinar ante las pensiones, ante nuevas leyes reaccionarias, ante la pérdida de poder adquisitivo, es un camino para que los movimientos LGTBI no olviden sus orígenes y el papel que el trabajo, y por ello el capitalismo, tienen en otras formas de opresión.

Álvaro Minguito Incidentes LGTBfobia
Celebración del Orgullo en Madrid, en 2016. Álvaro Minguito

publicado
2018-05-01 06:43:00

"Lesbians & gays support the miners". 1985, Reino Unido. Dos luchas unidas momentáneamente en sus momentos más bajos, cuando sufrían los envites de la administración neoliberal por excelencia en la Europa de finales del XX. Dos luchas representadas a través de la reciente película Pride (2014, dirigida por Matthew Warchus) como dos mundos poco acostumbrados a entenderse pero que, poco a poco y a través de la iniciativa personal de personas valientes o visionarias —además de comprometidas— consiguen aliarse y apoyarse el uno en el otro.

Por una parte mineros del sur de Gales, bajo la amenaza del cierre y la consiguiente pérdida de trabajo para un sector simbólico dentro de la clase trabajadora europea. Por otra parte gais y lesbianas sufriendo la discriminación —hoy diríamos LGTBIfobia, tal vez— oficial así como la incomprensión de familias y personas cercanas. Dos caras diferentes del mismo thatcherismo, del mismo neoliberalismo realmente existente, adaptado a un contexto histórico y geográfico determinado.

Al margen de representaciones cinematográficas, estas dos luchas —con una gran diversidad interna— comparten una trayectoria de frentes comunes y de fenómenos, reacciones y enemigos. Esto no obsta, por supuesto, para un historial de desencuentros: conflictos y episodios de LGTBIfobia dentro de sindicatos de clase y de partidos de izquierda, al igual que el abandono de la lucha por los derechos laborales por parte de movimientos específicamente LGTBI.

El neoliberalismo y la opresión en base al sexo o género comparten su capilaridad, su facilidad para dividirnos y para que dejemos de ver lo común en las luchas. Comparten estrategias: una falsa meritocracia, ideas de que lo que conseguimos a título individual es siempre un mérito exclusivamente individual. Ideas e imágenes del hombre hecho a sí mismo —casi siempre hombre— que invisibilizan nuestras raíces, así como la lucha tras los derechos conquistados. Ideas que facilitan que personas LGTBI o descapitalizadas, desde el punto de vista del mercado de trabajo, terminen ignorando las luchas habidas y por haber.

Estas luchas se unen también en lo simbólico, en un mes de celebraciones y de reivindicaciones. Comienza mayo con el recordatorio anual de la lucha de la clase trabajadora. Llegado el día 17 celebramos, de forma internacional, el día contra la homofobia, transfobia y bifobia.

Este mes llega con una conflictividad laboral que, como relató Daniel Hernández Baldó, hizo que de 2016 a 2017 aumentasen un 52,7% las jornadas no trabajadas por paros no generales. Llega con una lucha en defensa de las pensiones con cada vez mayor visibilidad gracias al ejemplo de ciudades como Bilbao; una reivindicación que apunta claramente a unos presupuestos generales insuficientes.

En un contexto en el que sindicatos de clase tradicionales como CC OO y UGT no solo acumulan escándalos, vinculados a polémicas y entramados como el de los ERE, sino que también han dejado de ser los interlocutores únicos o principales de conflictos derivados del capitalismo realmente existente en el Estado español, movimientos como las diferentes mareas, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) o los nuevos sindicatos de inquilinas y de camareras de piso han ocupado nichos de reivindicación y de alianzas que, por específicos o por invisibles, habían sido desatendidos hasta entonces.

La cooptación de lenguajes o argumentos de la clase obrera movilizada, en último lugar, marca un contexto en el que los partidos conservadores hacen bandera de un emprendimiento entendido a su manera, dificultando la visión de conjunto del mercado de trabajo y de las luchas aún abiertas.

El activismo LGTBI también vive momentos complicados, y no solo por la llegada o renovación de partidos políticos conservadores que, sin embargo, han aprendido a aparentar complicidad y comprensión. Como han planteado estudiosos como Ramón Martínez, este activismo vive un momento de pérdida de ideas o de causas tras el matrimonio igualitario.

Al igual que otros movimientos sociales, como el feminismo, este activismo se presenta dividido, sin una causa única o amplia que unifique o coordine a las diferentes sensibilidades

Al igual que otros movimientos sociales, como el feminismo, este activismo se presenta dividido, sin una causa única o amplia que unifique o coordine a las diferentes sensibilidades. Comunitaristas —defensores de lo específicamente LGTBI, de una cultura propia y de los símbolos identitarios— se enfrentan a pluralistas o asimilacionistas —defensores de la lucha contra la discriminación, para poder integrarnos en la sociedad en general—. La gestación subrogada o los vientres de alquiler, según a quién preguntemos, divide casi tanto como la prostitución. Las etiquetas discretas, delimitadas, parecen estar en lucha perpetua contra las opciones más fluidas o queer. Brechas similares a las que dividen a movimientos feministas, así como a las sectoriales de partidos de izquierda.

La revisión histórica de este activismo enseña que la división y la pérdida de impulso no es nueva: en el Estado español sucedió en los años 80, tras conseguir la derogación de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. Las cifras de manifestantes en los diferentes Orgullos de esa década y de la siguiente muestran cómo el movimiento se desinfló brevemente, con la sensación del trabajo realizado y de un éxito sin parangón.

La reivindicación de una Ley de Parejas de Hecho encauzó las energías de activistas y manifestantes anónimas, hasta que, poco después, el matrimonio igualitario sirvió como catalizador para el cambio de estos movimientos y de la sociedad española por completo. Imágenes de parejas casándose llenaron las pantallas y las páginas de medios. Imágenes de sonrisas satisfechas que, sin embargo, no impidieron que el Orgullo —al menos el estatal, el de Madrid— creciese en peso, aupado por su dimensión festiva y empresarial.

Estas conquistas legales y mediáticas no han supuesto, sin embargo, la igualdad para todas las personas LGTBI o no heterocisexuales. Ni formal ni real, hasta el punto de que el activismo reformista de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB) reconoció en 2015 y 2016 la necesidad de seguir más allá, buscando la igualdad real. Los movimientos LGTBI menos reformistas, vinculados o no a las teorías e identidades queer —en ocasiones cuir, como vernacularización o apropiación en castellano—, han destacado en cambio por hacer frente a las opresiones sutiles o directas que niegan que las personas no heterocisexuales seamos necesariamente una comunidad armoniosa y horizontal.

Conceptos como homonormatividad o liberalismo homosexual, por ejemplo, hacen hincapié en cómo determinados proyectos hegemónicos hacen mella y se imponen entre las personas LGTBI o incluso entre hombres gais. Puede ser aún más necesario hablar en plural, de homonormatividades, al entender que son varios los proyectos que buscan conducir la diversidad sexual y de género hacia formas cómodas de consumo y de desmovilización. Hablar de hegemonía es hacerlo también de resistencia, como han tratado estudiosos como Fernando Villaamil en Madrid o Peter Drucker a nivel global.

El artivista Shangay Lily destacó en esta línea —si bien con su ocasional bifobia—, señalando hacia la cooptación de los movimientos por la apatía política, por el consumismo y por una meritocracia mal entendida. Los absurdigays, homocones y burgayses fueron el blanco de sus afiladas críticas hasta llegar a su libro póstumo: unas memorias en las que relató cómo vivió la transformación de Chueca hacia una marca. Llegó a describir un sentimiento que compartimos parte del activismo LGTBI: una relación esquizoide de incomprensión hacia las personas y movimientos cuya deriva conservadora o complaciente con el capital nos apena y motiva a seguir adelante. La inexistencia de un voto rosa, más allá del contexto del matrimonio igualitario en 2005, lleva a la división ideológica —previsible, claro está— entre las personas LGTBI, haciendo que puedan ser visibles hombres gais en partidos conservadores, incluso en los que votaron y votan en contra de derechos.

El papel del consumismo y de los discursos meritocráticos del emprendimiento, entendido desde una perspectiva neoliberal, ha sido tratado por estudiosas como Shane Phelan en Estados Unidos, o por el difunto Paco Vidarte en el Estado español. Con el EuroPride de 2007 en mente —el Orgullo a nivel europeo celebrado en Madrid—, este filósofo cuestionó los argumentos del activismo mayoritario, complaciente, y desafió a ver la opresión entre las propias personas LGTBI. “¿Con qué derecho vamos a exigirle a un hetero que no sea homófobo si nosotras somos transfóbicas o racistas?”, en sus palabras.

La creciente importancia de grandes empresas en el Orgullo y en el activismo le sirvió como pretexto para atacar, como ya había hecho y haría Shangay Lily, el clasismo entre personas LGTBI y, en concreto, la falsa meritocracia. Vidarte atacó duramente en su libro póstumo, Ética marica, contra la idea de tantos gais —sobre todo— que rechazan o ignoran la trayectoria del activismo y de la política representativa, así como la LGTBIfobia todavía existente, con formas más sibilinas y con la connivencia de aquellas personas LGTBI que pertenecen a o colaboran con partidos opuestos a la conquista de derechos.

El clasismo es, por tanto, una de las caras, o una de las raíces, que podemos encontrar en la LGTBIfobia. Por una parte podemos encontrar un clasismo explícito, en aquellas perspectivas que niegan visibilidad y voz a las personas no heterocisexuales en función de su posición. Una forma de distinción que toma diferentes formas, y que fácilmente se relaciona con la mencionada falsa meritocracia: una imagen de ciertas personas LGTBI —sobre todo hombres gais— como hechas a sí mismas, sin raíces o leyes o conquistas legales, y sin necesidad de lucha presente o futuro, por las personas en otras situaciones. Este clasismo se apoya y reproduce líneas divisorias en el seno de la comunidad LGTBI —si es que la hay—, distinguiendo gay de gay y, sobre todo, gay de bisexual, lesbiana o trans.

Diferentes medios han ido recogiendo puntualmente casos de este clasismo, como cuando un experto en turismo que rechazó todo lo que no sean gais ricos, con comentarios claramente tránsfobos. También han recogido los precios desorbitados para poder vivir un Orgullo tal y cómo lo venden spots promocionales, así como el papel de la gentrificación entre los barrios LGTBI clásicos.

Por otro lado está el clasismo como estructura tras otras formas de opresión, un clasismo más invisible que hace difícil que nos demos cuenta de hasta qué punto el modo de producción capitalista, tal y como lo vivimos en el Estado español, refuerza y apuntala sistemas de opresión basados en la orientación sexual y en la identidad de género. Tomo por ejemplo la legislación integral trans, desigual en según qué comunidad autónoma. El hecho de que administraciones públicas como la madrileña incumplan por sistema su legislación supone que la transfobia incida más en aquellas personas que no pueden permitirse saltarse los cauces de la sanidad pública y de la burocracia.

La transfobia se refuerza gracias a que solo unas pocas personas trans pueden permitirse una sanidad privada y/o vivir dignamente sin el apoyo de la ley y de una sociedad respetuosa. Lo mismo sucede con la reproducción asistida en aquellas autonomías en las que la ley no garantiza los mismos derechos para mujeres lesbianas y bisexuales: solo unas pocas podrán permitirse el acceso a la reproducción asistida privada.

Entre los casos más visibles de violencia contra personas no heterocisexuales queda igualmente patente el peso de la desigualdad. En los informes del Observatorio Madrileño contra la LGTBIfobia puede verse cómo de desigual es la violencia en el espacio, haciendo que los lugares de paso y los medios de transporte público sean los contextos más frecuentes para las agresiones. Se entiende así que las personas que pueden permitirse vivir en Chueca o aledaños puedan exponerse menos a estas formas de violencia.

La desigualdad marca también las diferencias y opresiones internas, incluso entre hombres gais: solo unos pocos pueden permitirse el tiempo y el dinero para alcanzar unos ideales normativos de cuerpos que inciden también en la reproducción de la misoginia y del racismo.

Fue la lucha por los derechos laborales una de las primeras líneas conjuntas de acción

Cómo combatir contra estas opresiones ha sido un objeto de acalorados debates en los movimientos activistas desde hace décadas. Los vínculos con los sindicatos de clase y otros movimientos obreros o interseccionales han sido tan problemáticos como para provocar escisiones y conflictos. Cómo aislar las causas a estudiar y combatir, o cómo unificar los esfuerzos, sigue siendo hoy difícil, pero no imposible. La colaboración entre sindicatos y movimientos activistas LGTBI es una posibilidad, con años de trayectoria. Fueron de hecho sindicatos algunas de las primeras organizaciones en colaborar con los Orgullos en el Estado español, y fue la lucha por los derechos laborales una de las primeras líneas conjuntas de acción. CC OO y UGT han colaborado con organizaciones como la FELGTB elaborando guías y materiales para evitar la discriminación LGTBIfóbica en los centros de trabajo, tendiendo puentes para que la lucha de la clase trabajadora y la del activismo LGTBI sean una.

La participación en manifestaciones es igualmente una escenificación del pasado y del presente compartidos, y de todo lo que queda por hacer. Ver a los secretarios generales de UGT y CC OO en la cabecera del Orgullo estatal manda un mensaje de apoyo que resuena en cada guía didáctica, en cada caso de acoso combatido desde sindicatos. Entrar a debatir y a opinar ante las pensiones, ante nuevas leyes reaccionarias, ante la pérdida de poder adquisitivo, es un camino para que los movimientos LGTBI no olviden sus orígenes y el papel que el trabajo, y por ello el capitalismo, tienen en otras formas de opresión. Mientras tanto, mientras las luchas parezcan aisladas y las opresiones independientes, nos quedan las manifestaciones y los gestos. Los recordatorios de los frentes presentes y futuros. Tanto el 1 como el 17 de mayo, juntas en la calle.

AUTOR
Ignacio Elpidio Domínguez Ruiz es antropólogo y activista LGTBI, vinculado a Arcópoli y a la FELGTB. Está actualmente terminando una tesis doctoral sobre el World Pride de Madrid en 2017 y ha tratado en medios periodísticos y académicos la gentrificación, el activismo LGTBI y el papel del turismo, entre otros temas. Es el autor de Bifobia, el primer libro sobre bisexualidad en el Estado español. 

1 Comentario
pidrogalego 13:20 2/5/2018

Gracias por este interesantísimo artículo

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