Partidos políticos
El zorro tuerto y las uvas de la ira. Sobre la investidura fallida del PSOE. Primera parte

Los meses transcurridos desde el 28 de abril son un tratado sobre el sistema de partidos, la concepción de la política que manejan sus actores, y sobre la capacidad para transformar las condiciones de reproducción social en este preciso momento histórico.

Comparecencia de Pedro Sánchez y Josep Borrell en la sede del PSOE en Madrid, tras las elecciones.
Comparecencia de Pedro Sánchez y Josep Borrell en la sede del PSOE en Madrid, tras las elecciones. Álvaro Minguito

Es editor de la New Left Review en español.


publicado
2019-08-27 12:00

1. El estado de la cuestión: inercia, anomia y atrofia de la democracia española

Las fases de caos sistémico del capitalismo histórico no son país para viejos y los gloriosos ciento cuarenta años de historia del PSOE, torpemente citados por Pedro Sánchez durante la sesión de investidura, sea antojan más en realidad como quinientos años de ruinas arqueológicas de las concepciones políticas de la modernidad pesando sobre su cabeza y los reflejos poselectorales de su partido.

Los cuatro largos meses transcurridos desde el 28 de abril constituyen todo un tratado sobre el sistema de partidos realmente existente, sobre la concepción de la política que manejan sus actores para pensar y organizar su ubicación en el espacio político actual y para diseñar sus procesos de toma de decisiones, y sobre la capacidad que atribuyen a aquel para transformar las condiciones de reproducción social en este preciso momento histórico.

En medio de esta situación de caos sistémico absolutamente inédita históricamente, que pone en entredicho la práctica totalidad de los equilibrios socioeconómicos, ecosistémicos, productivo-tecnológicos y monetario-financieros vigentes, los cuales despliegan todo un conjunto de efectos estructurales nítidos, concretos y absolutamente específicos y precisamente delimitados sobre el sistema político, ¿cómo es posible que el PSOE y, en general, el resto de partidos del sistema político español, con la excepción de Podemos, puedan pensar que las cosas simplemente se hallan en un estado de momentánea inestabilidad institucional y que el sistema político está a punto de recuperar una situación de equilibrio más o menos estable, la cual se conseguirá simplemente cambiando la aritmética de las alianzas entre sujetos políticos que no han experimentado durante los últimos cinco años ningún proceso serio de refundación o de reconsideración de su práctica política y su relación con lo político, ni tampoco han sentido necesidad alguna de reconsiderar a fondo su modo de funcionamiento interno, sus pautas de relación con la sociedad y con la ciudadanía ni con las expresiones sociales o políticas que emanan de la misma, ni tampoco de sopesar su relación con el sistema de partidos en el que se inserta su propia reproducción institucional, y que tampoco sienten urgencia alguna de reconsiderar su modo de comprender lo político en este momento histórico y que, por supuesto, no han abordado proceso alguno de replanteamiento de su gramática política ni de sus parámetros de relación con las nuevas condiciones de reproducción social imperantes en la formación social española y a fortiori en el conjunto de las sociedades occidentales?

¿Cómo es posible que el PSOE, un partido que conoce una continuidad absolutamente inalterada monótonamente exhibida durante los últimos cuarenta años en términos de proyecto político, de vida intrapartidaria, de modelos de relación con la sociedad civil y que atestigua una bajísima capacidad de construir proyectos propositivos susceptibles de incidir estructuralmente en las relaciones de poder que atraviesan a la sociedad española, así como de posicionarse de modo mínimamente original respecto a un mecanismo electoral cada vez más desgastado a la hora de leer la complejidad social e incrementar en consecuencia la participación ciudadana?

¿Cómo un partido incapaz de innovar incluso cuando todo cambia a un ritmo fulgurante a su alrededor como sucedió en 2008, en 2014, en 2015 o en la actualidad, por no hablar de las décadas precedentes, puede comportarse de un modo tan tozudamente ciego y soberbio respecto a la actual configuración del Congreso y respecto a la nueva composición de las fuerzas que lo integran y, en particular, a la presencia de Unidas Podemos, del área sociopolítica y del espacio de complejidad que señala su emergencia, su existencia actual y su persistencia futura?

¿Cómo es posible que Pedro Sánchez y el PSOE sean incapaces de reaccionar incluso ante los peligros que acechan a su propia supervivencia como sujeto político remotamente situado en la izquierda del espectro político o, simplemente, como actor degradado de ese universo político capaz todavía de explotar de modo más o menos parasitario las rentas de posición derivadas de la inercia histórica del actual sistema de representación política existente en la formación social española?

2. Las pautas de comportamiento político del PSOE

Este comportamiento obedece en mi opinión, más allá de su imposible comprensión a partir de los microfundamentos conductuales leídos a través de los modelos de la teoría de juegos, a dos pautas de comportamiento que el PSOE y Pedro Sánchez, como buen producto de la cultura del partido, tienen absolutamente incorporadas como marcos de referencia a la hora de hacer cálculos políticos como organización, de tomar en consecuencia decisiones políticas, de diseñar sus programas de gobierno o de negociar un gobierno de coalición, de cooperación o simplemente de subalternización con otra fuerza política. Sin ellas no puede entenderse el comportamiento que ambos han tenido en la negociación de un posible acuerdo de investidura o de gobierno con Unidas Podemos y con Pablo Iglesias y en la definición de los potenciales contornos del mismo.

Las pautas de comportamiento del PSOE responden a la aceptación básica de la estructura de poder vigente en la formación social española y del consenso neoliberal que ha lubricado esta

La primera pauta de comportamiento se halla definida por la sensibilidad que el PSOE y sus dirigentes tienen respecto (1) a la estructura de poder económico, político, mediático e institucional vigente en la formación social española, a su metabolismo político-institucional, a sus equilibrios internos y a sus umbrales y límites de tolerancia ante el cambio del campo político, de sus contenidos, de sus rangos de transformación posible y, por ende, de la forma Estado y del marco regulador en el cual las clases y los grupos dominantes y sus grupos de presión diseñan, ejercen e implementan sus estrategias de poder; (2) al posicionamiento, necesidades y humores de los poderes del Estado tal y como se han configurado durante las últimas décadas de transición democrática, cuyo concurso e intervención permanentes han sido esenciales para definir el funcionamiento del campo político español y la conducta de los partidos y actores presentes en el mismo, que han tomado buena nota de los límites marcados por las elites y clases dominantes e impuestos por la reproducción e impacto de la forma Estado en el funcionamiento del sistema político español; y (3) a la posibilidad de ruptura del consenso tácito que rige en el sistema político español y en su sistema de partidos, comprendidos ambos como contenedores precisamente delimitados de los proyectos políticos posibles y del horizonte político que ello transmite a la sociedad española como espacio de referencia conceptual de las transformaciones estructurales posibles y como perímetro de expectativas políticas para comprender qué esta sucediendo en una coyuntura histórica determinada, cuáles son las opciones que políticamente podrían considerar los actores y procesos políticos correspondientes, cuáles son los límites del comportamiento esperado de los sujetos activos en el mencionado sistema político, qué funciones podrían asumir las formas de representación vigentes y cuál podría ser la direccionalidad de ese conjunto de procesos y variables a la hora de definir las expectativas máximas y mínimas en las cuales puede pensarse lo político y la política en un momento determinado y, por ende y como corolario de este haz de restricciones, lo que los ciudadanos y ciudadanas pueden esperar de su participación en los procesos electorales y en la vida política en general de nuestra formación social en las diversas coyunturas históricas de la misma, así como en los momentos de ruptura potencial que ella puede atravesar y que de hecho atraviesa en estos momentos.

Este consenso neoliberal, complejamente funcional a escala de la estructura de poder de clase nacional y europea, puede modularse por los diversos partidos nacionales, pero no cuestionarse integralmente

La segunda pauta de comportamiento, estrechamente ligada y articulada con la primera, es la sensibilidad del PSOE respecto (1) a los límites marcados por el establishment europeo cristalizado en la UE sobre las grandes decisiones estratégicas y las modalidades de governance de la economía política europea decidida por la misma y su impacto sobre las modalidades, ritmos e intensidad de la implementación de las decisiones y políticas públicas decididas por los distintos Estados nacionales tolerables en el mencionado marco regulador y adecuadas al modelo autoritario que de facto impone aquella para transformar la constituciones materiales de los respectivos países europeos de acuerdo con el proyecto neoliberal y posdemocrático decidido por ella, más allá del respeto de los ciclos electorales nacionales y de la institucionalidad democrática vigente en ambas polities, que es estructuralmente más endeble a escala europea y más formalmente respetuosa con la tradición democrática en el caso de los distintos Estados-nación europeos; (2) al respeto activo que deben mostrar los actores de los distintos sistemas políticos europeos a la hora de concebir y desarrollar su política nacional y sus respectivas políticas públicas producto de los correspondientes procesos de deliberativos y de toma de decisiones democráticas en pro de conseguir el objetivo de construir «más Europa», que es el código cifrado utilizado por los poderes europeos y por los respectivos sistemas de partidos nacionales homologados al consenso neoliberal para decir sin ambages a sus electorados que la institucionalidad ademocrática vigente de la UE, su modelo constitucional, socioeconómico, laboral y jurídico-administrativo y, por ende, el modelo macroeconómico de gestión autoritaria de la crisis sistémica de 2008, cuyo horizonte estratégico consiste de facto en la transformación de las constituciones materiales de los distintos países europeos en clave neoliberal y neoconservadora, la cual se ha convertido objetivamente en una de las palancas primordiales de reestructuración social a escala de la Unión, constituyen los parámetros básicos de referencia para construir no solo la banal política europea de la mayor parte de los Estados europeos España incluida, sino, sobre todo, para definir los contornos y los límites que la política nacional y sus procesos de legitimación y constitución no pueden traspasar de modo que pueda no ya impugnarse, sino simplemente ponerse en duda la sabiduría y el acierto de la actual arquitectura europea y de las modalidades y ritmos de producción de políticas públicas nacionales y europeas en los ámbitos que afectan estructuralmente a los derechos fundamentales de las ciudadanías y las clases trabajadoras y pobres de la UE; (3) al reconocimiento y aceptación activa de la tesis de que el modelo político de la UE únicamente puede funcionar si se produce un consenso cerrado pero creativo y productivo en el seno de los respectivos sistemas de partidos nacionales en lo que atañe a la aceptación de la jerarquía de poder tácita que gobierna los procesos de toma de decisiones en la misma, al horizonte impuesto por los socios fuertes de la polity europea en lo que se refiere al modelo socioeconómico imperante en ella y a los inputs que los distintos sistemas de partidos nacionales deben aportar en forma de producción de consentimiento respecto a los objetivos, fines y dilemas estratégicos que Bruselas y Frankfurt imponen a los distintos países de la Unión, lo cual implica la ausencia total de un disenso estructural respecto a la dirección neoliberal y a la aproximación neomercantilista selectiva que persigue la actual división del trabajo vigente en UE; y (4) a la aceptación acrítica y al cumplimiento sumiso del precepto europeo que prescribe que el espacio político europeo y su funcionamiento no pueden ser puestos en tela de juicio, criticados o alterados desde un determinado Estado miembro y desde su sistema de partidos de modo persistente y sustantivo, aunque así sea reclamado electoralmente mediante los habituales procedimientos democráticos vigentes, y si así se hace —como en cierto sentido ha sucedido, por ejemplo, en Italia durante el último año con el gobierno de la Lega y el M5S por no recordar la ignominiosa saga griega desplegada desde 2015—, los sistemas de partidos deben trasladar permanentemente a sus ciudadanos y electores, como de hecho así sucede cotidiana y monocordemente, que los parámetros de la governance europea se moverán inevitablemente a un estadio más agresivo de intervención sobre su respectiva polity, de acuerdo con lo dictado por la institucionalidad de la UE y estipulado por su marco legal, respecto a los fundamentals de su economía y a los parámetros de su economía política, que en ningún caso podrá superar los límites definidos por el proyecto neoliberal de la Unión y ello con independencia de su impacto sobre las formas de reproducción de la respectiva formación social nacional y del coste que ello pueda traer aparejado para su ciudadanía: la crítica parcial puede hacerse obviamente desde las unidades discretas de los diferentes sistemas de partidos, pero no puede existir un cuestionamiento estable en el tiempo del proyecto de dominación y sometimiento de las clases trabajadoras y pobres europeas al diseño político de la Unión en lo que se refiere al conjunto de políticas y opciones institucionales fundamentales de la misma, que implique al conjunto de la ciudadanía en un gran debate público y político sobre el modelo vigente de la UE.

La legitimación de la democracia española y de la UE dependen de esa doble senda de gestión del conflicto y de las políticas públicas locales, así como de la imposición estratégica del proyecto neoliberal

Ambas pautas de comportamiento del PSOE responden, pues, a la aceptación básica de la estructura de poder vigente en la formación social española y del consenso neoliberal que ha lubricado esta y hecho posible el sometimiento al proyecto europeo. Este consenso neoliberal, complejamente funcional a escala de la estructura de poder de clase nacional y europea, puede modularse por los diversos partidos nacionales, pero no cuestionarse integralmente, lo cual prescribe que la política posible generada por los diversos sistemas de partidos debe ser convergente dentro de un rango discreto de velocidad y ralentización del proyecto de dominación que las clases y elites dominantes españolas (que en nuestro caso incluyen sus diversas variantes subnacionales) y europeas han diseñado para garantizar su supervivencia sistémica en esta coyuntura histórica mediante la aplicación incuestionable pero flexible del paradigma neoautoritario actual.

El punto esencial es el consenso y la variación modular de la velocidad de imposición de este de acuerdo a las necesidades de producción de los correspondientes flujos de legitimación política, que exige el doble sistema político nacional y supranacional de la UE. Los partidos integrantes de los respectivos sistemas de partidos nacionales europeos deben comprender este modo de comportamiento con total claridad, porque la legitimación de la democracia española y de la UE dependen de esa doble senda de gestión del conflicto y de las políticas públicas locales, así como de la imposición estratégica del proyecto neoliberal europeo sobre las respectivas formaciones sociales nacionales.

El PSOE es realmente maestro en este tipo de habitus, que aprendió durante la homologación democrática del partido por el SPD y el Departamento de Estado estadounidense desde mediados de la década de 1970, y que le llevó a la excelencia en el proceso de integración de España en la Comunidad Económica Europea en 1986 y a la aceptación y adaptación resuelta de toda la arquitectura institucional de la UE desplegada desde entonces, de las grandes decisiones derivadas de su modelo industrial y de la consabida división del trabajo continental y, last but not least, del funcionamiento económico-financiero de los flujos monetarios y crediticios derivados de la introducción del euro a través de las distintas políticas económicas aplicadas por los gobiernos españoles con una sorprendente continuidad y homogeneidad bipartidista en sus diseños, en sus efectos y en sus protagonistas.

Este filtro europeo se aplica por supuesto a los posibles socios de gobierno de un determinado partido homologado en el juego de poder europeo y así si uno de estos partidos, perteneciente a uno de los sistemas políticos nacionales europeos y cogestor del mismo de acuerdo con los principios de la Unión, veta a otra fuerza política, como ha sucedido con Unidas Podemos por parte del PSOE, ello quiere decir que ese partido detecta invariablemente que ese socio de gobierno no es grato al establishment europeo y a las estructuras burocráticas que sustentan la implementación de su proyecto neoliberal.

Las acciones, omisiones, declaraciones y formas de proceder del PSOE y de Pedro Sánchez desde abril de 2019 hasta el día de hoy, banales o lamentables, evidencian que la inteligencia colectiva del partido es incapaz de trazar un curso de acción estratégico

Syriza indica el modelo en su forma más cruda y punitivamente ejemplar, resultando altamente sintomática la descripción en los medios de los resultados de las últimas elecciones parlamentarias griegas celebradas el pasado 7 de julio como una derrota dulce y honrosa de Tsipras, dando a entender subrepticiamente que su doblegamiento ante el poder de la Troika en 2015 había sido, de una u otra forma, recompensado en las urnas y que los resultados obtenidos suponen una derrota digna frente a Nueva Democracia, el partido de la oligarquía griega, cuando, en realidad, esta es realmente estrepitosa, porque supone la aceptación del espacio político restringido normalizado por la troika y la UE y la esterilización del campo político griego por la izquierda durante un largo periodo de tiempo como ámbito en el que poder poner en tela de juicio tanto la estructura de poder de la sociedad y la oligarquía griegas, como el consenso neoliberal, que somete y asfixia a la primera y permite prosperar a la segunda y fortalecer el diseño de clase de sus socios europeos.

Italia, por su parte, ha bosquejado desde marzo de 2018 al hilo del gobierno del M5S y la Lega el escenario futuro al que tal vez haya de enfrentarse la UE si el nuevo ejecutivo que surja tras la apertura de la crisis de gobierno por Matteo Salvini estos días persiste en la leve indisciplina presupuestaria precedente, en cuyo caso el núcleo del poder europeo intentará inflexiblemente imponer otra vez su modelo, tarea en la que el establishment italiano y europeo se emplearán otra vez a fondo bien para doblegar ese nuevo intento de renegociar o modular la austeridad y el modelo macroeconómico impuesto al país, bien para colocar definitivamente en los puestos de mando a los representantes más dóciles del sistema de partidos nacido al calor de la Segunda República italiana.

Así, pues, el PSOE contempla con horror por las razones ahora mismo indicadas la incorporación de Unidas Podemos al gobierno de la nación en tanto que esta fuerza política evidencia a las claras respecto a la formación social española tanto el cuestionamiento lúcido de los equilibrios, consensos y taras del sistema político actual heredado de la transición democrática, como la insostenibilidad de buena parte de sus inercias, pretensiones, distorsiones y relaciones de poder impuestas y mantenidas por el bloque dominante de clase de nuestra formación social; y respecto al proyecto europeo, expresa sin tapujos su negativa a producir los outputs de legitimidad política sin fisuras demandados por la UE, abriendo la posibilidad de que este socio de gobierno, una vez incorporado a este, pueda poner en tela de juicio determinados acuerdos de consenso y convergencias de clase entre las elites económicas y políticas españolas y sus homólogas europeas, que dotan de fundamento al proyecto europeo de governance neoliberal y al proyecto español de adaptación a este conservando los actuales equilibrios y desequilibrios de poder heredados de la transición a la democracia y de la dictadura franquista.

3. Miedo, cinismo y tedio sintomáticos en el sistema político español
Estos son los dos ejes respecto a los que rota todo el comportamiento del PSOE y de Pedro Sánchez desde el 28 de abril respecto a Unidas Podemos y, en especial, respecto a Pablo Iglesias. Desde entonces, el vértigo de la aritmética electoral ausente y los reflejos provenientes de la incapacidad absoluta del PSOE de atisbar una nueva gramática de relación con los electores, de pensar un nuevo campo de lo político y, mucho menos, de desligarse, redimensionar o reconsiderar su relación con los poderes fácticos españoles y europeos obligan al partido y a su secretario general a una repetición obsesiva de un síntoma del que resulta imposible, como en todos los buenos delirios, zafarse sin transformarse o, al menos, sin variar el punto de vista desde el que se contempla la realidad y la propia inserción del sujeto en el fluir de la misma.

El síntoma se expresa multifactorialmente y consiste (1) en reclamar una centralidad irreversiblemente perdida por el PSOE (pace Tezanos) y comportarse como si los viejos equilibrios sociopolíticos estuvieran vigentes de modo que pueda exigirse al electorado y al resto de fuerzas políticas lo que ya no pueden dar, reafirmando tozudamente que el sistema de partidos no se ha modificado de raíz y que sigue vigente y conserva todo su valor la vieja química del entendimiento en las cosas fundamentales consensuado espontáneamente entre elites políticas cada vez menos comprometidas con una modificación no sustancial, sino simplemente aceptable de los excesos más lacerantes persistentes en los diversos subsistemas sociales; (2) en ignorar para perjuicio propio el hecho de que estas elites políticas se hallan en realidad cada vez menos convencidas de que lo político tengan algo que ver con esa posibilidad de cambio sustantivo de los múltiples desequilibrios acumulados durante las últimas décadas en la formación social española y europea y que, por consiguiente, la política puede desanclarse de las condiciones reales de reproducción y emigrar hacia una discursividad cada vez más amorfa, volátil, oportunista y vacua como sucedáneo de una lógica del conflicto democrático y del genuino antagonismo político, lo cual abre una serie de dilemas y bifurcaciones políticas esenciales para los viejos partidos políticos, que es absolutamente imposible resolver recurriendo al mencionado consenso y que los nuevos sujetos políticos más lúcidos pretenden explorar con sus nuevas gramáticas políticas, ignoradas básicamente por el PSOE y el resto de viejas fuerzas políticas del sistema político español; y (3) en considerar a estos nuevos sujetos políticos, Unidas Podemos en nuestro caso, como anomalías pasajeras, que no responden ni a un cambio esencial en los equilibrios socioeconómicos estructurales ni al riesgo serio de degradación de lo político y, por consiguiente, en su desdén, incapacidad y, por ende, negativa de percibir la respuesta que ese espacio sociopolítico denominado 15M/Podemos ha intentado y está intentando abrir, primero, en términos electorales y, luego, en lo que atañe a la invención posible de un nuevo concepto y práctica de lo político, comprendido como nuevo campo de juego político-electoral, que objetivamente pondría en tela de juicio la declinación política del paradigma neoliberal y, por ende, la fisiología y el modus operandi del actual sistema de partidos y el de sus unidades constituyentes en la formación social española.

Las acciones, omisiones, declaraciones y formas de proceder del PSOE y de Pedro Sánchez desde abril de 2019 hasta el día de hoy, banales o lamentables, evidencian que la inteligencia colectiva del partido es incapaz de trazar un curso de acción estratégico, que iría más allá de la tarea de obtener la investidura o formar gobierno, que coloque su rango de comportamiento político fuera de esta banda de Möbius de la discursividad contingente, el cinismo político y el vaciamiento de la democracia duramente persistentes en la formación social española y en su modelo democrático. Las causas de la persistencia del síntoma indicado son que el PSOE (1) no puede imaginar ni pensar la crisis del sistema político español, que es sistémica y no exclusiva de esta formación social; (2) no puede pensar el desencadenamiento de nuevas pautas de comportamiento que lean, si es que le queda un atisbo de distanciamiento crítico respecto al conjunto de reestructuraciones neoliberales en curso, las nuevas condiciones de reproducción social, sus inevitables consecuencias políticas y su impacto irremediable sobre el sistema de partidos y su relación con la forma Estado y los poderes fácticos, que Ferrajoli denomina simplemente poteri selvaggi [poderes salvajes]; (3) no puede decepcionar, so pena de experimentar una enorme tensión cognitiva y organizativa, a la estructura de poder y al entramado de fuerzas nacionales, europeas y globales, que le homologan como sujeto político normalizado de un sistema de partidos subalterno sometido a las nuevas dinámicas de poder no homologables al viejo modelo de la soberanía nacional; (4) no puede pensar que esta homologación y esta adaptación pasiva le puede costar su supervivencia como fuerza política relevante en el sistema de partidos español y, por lo tanto, dispensable para gestionar la nueva economía política del poder de clase que se está configurando durante las últimas cuatro décadas a escala global y europea; y (5) ni mucho menos considerar que su exiguo capital político puede dilapidarse sorpresivamente si sus señas de identidad se diluyen todavía más respecto al resto de partidos políticos, que Sánchez considera como interlocutores factibles en este momento y presumiblemente durante los próximos años. Respecto a todos y cada uno de estos dilemas imposibles, el PSOE de Pedro Sánchez reacciona sintomáticamente sin atreverse a escudriñar y analizar cuáles son las causas de la persistencia del síntoma, lo cual le impide ver la única posibilidad de formar un gobierno estable situado convencionalmente a la izquierda del espectro político, que le permita ya no lanzar un proyecto mínimamente transformador en clave socialdemócrata atenuada, sino simplemente ser un presidente en condiciones de estabilizar un sistema político, que ha conocido una enorme volatilidad desde 2014 y votado en tres ocasiones desde 2015 para conformar el gobierno del país, además de protagonizar la primera moción de censura exitosa de su reciente historia democrática.

La gestión de este síntoma constata que el PSOE de Sánchez es un partido políticamente deteriorado en tanto que sus políticas tienen un impacto leve sobre las tendencias sistémicas de la reproducción social y cuya levedad es constitutiva y consustancial a la organización, dado que vertebra su cultura política interna, su forma partido y la selección de sus cuadros a partir de la aceptación y la reivindicación por la misma de la debilidad de lo político en general y de su capacidad de hacer una política fuerte en particular, lo cual se conforma como horizonte de su proyecto político y de su modo de incidir en los equilibrios imperantes en el sistema de partidos español y europeo y, por ende, en los conglomerados de relaciones de dominación y explotación sobre los que debe influir su acción política. Es, además, un partido políticamente deteriorado que se halla activo en un sistema de partidos degradado, que es incapaz colectivamente de pensar la crisis multidimensional en la que se halla inmersa la formación social española; las sendas posibles de evolución de la misma a medio plazo (véase, al respecto, la génesis y la gestión de la crisis territorial del Estado y, sobre todo, la aplicación de las políticas de austeridad); y, todavía menos, de implementar las políticas que puedan remediar no las consecuencias y causas de esta crisis sistémica, sino ni siquiera de levantar acta de lo que está sucediendo estructuralmente no como un mero ejercicio intelectual de diagnóstico más o menos pertinente, sino como un dispositivo de desencadenamiento del debate político que debería producirse en el seno de la sociedad española –y en el mejor de los casos europea– para leer la coyuntura actual, si realmente el paradigma democrático de organización social tiene alguna probabilidad de supervivencia durante las tres próximas décadas. La emergencia de Podemos en la estela del 15M en 2014, la presencia de Pablo Iglesias en el panorama político español desde unos pocos años antes y el conjunto de procesos políticos que esa doble irrupción ha provocado y, sobre todo, que está en condiciones de provocar y desencadenar durante los próximos años, incrementan la intensidad y la complejidad de la triple crisis del capitalismo histórico y de su impacto sobre la formación social española y europea; del PSOE como partido político y sujeto garante de la normalización política del conflicto y el antagonismo político en la primera y en el seno del proyecto de la UE; y del sistema de partidos español (y europeo) como contenedor y dispositivo privilegiado de producción de legitimidad política y consenso democrático en el doble espacio político español y europeo, generando un serie de turbulencias en el sistema político muy difíciles de gestionar con los paradigmas actuales de representación, legitimación y participación democráticas. La intensificación y complejización de esta crisis está resultando, pues, imposible de gestionar tanto por el PSOE, como por el sistema de partidos español, colocando a este partido ante la tesitura, realmente complicada, de estabilizar su proyecto político de politización débil de la sociedad española y de intervención superficial y pacata respecto a las políticas neoliberales europeas y globales; de extender el perímetro del consenso a un electorado que se presume y se quiere cada vez menos activo en el campo político, pero dócil y sumiso en el ciclo electoral a la hora de producir consentimiento; y de construir un campo político cada vez más homogéneo con el concurso del resto de fuerzas políticas conservadoras, que convergen intensamente en el mimo tipo de estrategias deflacionarias de lo político y de la política en este preciso momento histórico de grave crisis sistémica del capitalismo histórico.

Dado este marco estructural y conceptual, Podemos y su galaxia son percibidos correctamente por el PSOE y por el resto de partidos del sistema político español como un elemento de desestabilización que está en condiciones de desbaratar o, al menos, de perturbar u obstaculizar de modo más o menos permanente tanto el ajuste al paradigma neoliberal, que constituye el horizonte máximo de la política normalizada actual, como la adaptación continua del sistema de partidos y del sistema político español a este nuevo modelo de relaciones de poder mediante la imposición de una concepción neoliberal y neoautoritaria de lo político, que ambos deben hacer posible intelectual y discursivamente e implementar fácticamente. El dilema estratégico primordial de esta crisis del PSOE y del sistema de partidos español, incluido en este las variantes subnacionales o regionales del mismo, es su necesidad de homologarse como gestores de ese lento proceso de adaptación de la sociedad y la política españolas a un paradigma de poder que por definición desestructura violentamente la primera y degrada en su sustancia la segunda, desplegando sus efectos en aquella mediante un cuidadoso y controlado proceso de deterioro y vaciamiento de esta. Si no se verifica este par de tendencias es muy difícil que el proyecto neoliberal pueda imponerse con una tasa alta de irreversibilidad, que complique su contención y/o reversión en los tiempos que marcan la geopolítica y la geoeconomía regionales y mundiales, por un lado, y que los actores políticos presentes en los sistemas de partidos actuales puedan reproducirse en el nuevo entorno de relaciones de poder, dominación y explotación, que se cierne en el horizonte actual, por otro. Al hilo de estos procesos, el sistema de partidos español y europeo está experimentando una profunda reconversión, que se halla actualmente en curso, pero cuyos puntos de inflexión decisivos deberían producirse, de acuerdo con el proyecto de las clases dominantes europeas y globales, durante las próximas dos décadas. Obviamente ni que decir tiene que este diagnóstico y este rango de comportamientos obedecen a una concepción de lo político y de la política absolutamente conservador por parte de las clases dominantes, de la cual beben por igual los partidos sistémicos de la derecha y de la izquierda del espectro político, entendida esta división en el sentido más ramplón y convencional del término.

Desde este punto de vista, los partidos denominados convencionalmente de izquierdas se hallan en una posición más complicada que los adscritos a la derecha del espectro político, porque deben liquidar en su práctica política el quantum diferencial que históricamente los ha separado de estos últimos en tanto que sus tradiciones políticas han sido las que han dotado de sustancia sociológica a la modernidad política y a su contenido democrático y dado que sus horizontes de referencia han constituido y constituyen todavía el marco de percepción de las mayorías sociales despolitizadas, pero especialmente golpeadas por los procesos de reestructuración del poder de clase en curso, que por comodidad denominamos crisis, para dotarse de una mínima inteligibilidad política de lo que está sucediendo durante las últimas décadas. Si los partidos de derechas se caracterizan por la incorporación automática a su metabolismo político –esto es, a los procesos de redefinición de sus menús electorales y a la panoplia de discursos que dirigen a la formación social en la que interactúan mediante el correspondiente sistema de partidos– de las tendencias sistémicas del capitalismo histórico en cada uno de sus ciclos sistémicos de acumulación convenientemente modulados en sus respectivas fases y coyunturas históricas–, los partidos situados convencionalmente en la izquierda de los sistemas políticos fordistas han efectuado durante los últimos cuarenta años todo tipo de contorsiones y ajustes entre su origen históricamente antisistémico y su degradación como partidos socioliberales carentes de todo proyecto político capaz de lidiar con las complejidades de la reestructuración neoliberal en curso. Este proceso complejo de ajuste ha presentado diversas modalidades y variantes de transformación o de degradación, que oscilan entre (1) los partidos que se han transformado hasta el punto de perder toda sustancia política respecto a una visión crítica del capitalismo reconvirtiéndose en gestores dóciles y activos de las tendencias sistémicas del mismo y su secuencia de crisis y renunciando a todo proyecto serio de transformación (el New Labor de Tony Blair, el SPD, el Partito Democratico italiano, el Partido Socialista portugués, pace Antonio Costa, o el Partido Socialista francés); (2) aquellos que han estallado en el curso de tal proceso al ser incapaces de imponerse en el mercado electoral de sus respectivas formaciones sociales al hilo de la mencionada crisis (el PASOK, el Partido Socialista Italiano, los diversos avatares del PCI o el PSF de Hollande); (3) aquellos otros que se han debilitado en uno u otro grado de intensidad hasta tolerar la redefinición más o menos profunda del pacto fordista en sus formaciones sociales (los diversos partidos socialdemócratas y socialistas suecos, finlandeses, noruegos o daneses, el PCE o los diversos partidos socialdemócratas holandeses); y (4) todavía aquellos que se han movido entre la primera y la tercera de las sendas de comportamiento señaladas, como ha sucedido cierta medida con el Partido Socialista portugués y con el PSOE en la formación social española durante los últimos quince desde los gobiernos de Rodríguez Zapatero en adelante.

En el caso del PSOE, este comportamiento adaptativo y acrítico respecto a las tendencias sistémicas del capitalismo y a las pretensiones e imposiciones más sobredimensionadas de las elites locales del bloque de poder español y de las elites regionales organizadas mediante el entramado institucional de la UE ha transformado también durante las últimas décadas su forma partido. El partido ha reconvertido su vida interna y sus opciones de supervivencia en un juego gris de empresarialismo político en el que la fragmentación de su proyecto político, sus conductas y actuaciones adaptativas a las nuevas estructuras de poder y su ausencia absoluta de audacia e imaginación políticas para situarse en el nuevo contexto histórico han redundado en un ecosistema de emprendedores políticos individuales, tenuemente ligados al proyecto político previamente socialdemócrata, férreamente dispuestos a exprimir el capital simbólico residual del viejo proyecto y de la vieja forma partido para sus aventuras políticas cuasi particulares y capaces de imponer sus lógicas fragmentadas de poder a la cultura de la organización y por ende de orientar su evolución y su comportamiento. Su única brújula de comportamiento es, en consecuencia, el achatamiento del proyecto político al ciclo electoral más plano, contingente, cortoplacista y conservador, lo cual redunda inexorablemente en la exclusión de toda innovación en el comportamiento del partido y en el universo socialdemócrata al que de una u otra forma se remite todavía tenuemente su imaginario político. Estos nuevos emprendedores políticos son, pues, la constatación material de la incapacidad demostrada en la práctica por el proyecto socialdemócrata de diseñar un potencial proyecto de adaptación e innovación, fruto de un proceso de discusión colectiva de su organización sobre la variación de unas condiciones de reproducción social cambiantes, capaz de responder a las necesidades de las inmensas mayorías de la formación social española. En su caso, esta tendencia se ve multiplicada y fortalecida por el modelo regional de la Constitución de 1978, que ha convertido la política nacional en una yuxtaposición de lógicas regionales sometidas a un cálculo todavía más cortoplacista, esperpéntico y miope, que el impuesto por la reestructuración neoliberal a escala del Estado español considerado en su conjunto y en lo que se refiere a su impacto discreto sobre las distintas comunidades autónomas que lo conforman. Tanto desde un sofisticado punto de vista de clase, como desde el mero punto de vista de la coherencia de las propuestas políticas presentadas al electorado o de las exigidas por una reproducción medianamente funcional para la existencia de algo similar a un capitalismo nacional, la empresarialización de la política y la elevación de la regionalización de la misma a criterio absoluto para producir las correspondientes elites dirigentes de los partidos políticos actuales y para definir su vida interna han tenido obviamente el correspondiente monótono impacto en la denominada crisis territorial del Estado, que es una mala fórmula para definir el problema real de, por un lado, la degradación del sistema de partidos realmente existente y la precipitación de las elites de estas formas partido nacionales y regionales hacia la vía exit del juego electoral en pos de su reproducción político-institucional como tales cueste lo que cueste, y, por otro, y de modo más sustantivo, de la incapacidad de la izquierda de organizar un bloque social contrahegemónico frente al consenso neoliberal imperante, sus necesidades y estrategias de penetración geográfica, territorial e institucional, y la persistencia de los rasgos más autoritarios e hirientes del viejo Estado franquista. Esta crisis del sistema político español es además pésimamente descrita, para añadir el insulto a la injuria de clase, como una crisis del bipartidismo del sistema de partidos español, cuando en realidad debe teorizarse y analizarse como la crisis del sistema de partidos fordista, que pone en tela de juicio y somete a una enorme tensión al modelo regional de la Constitución de 1978, a la reproducción de sus elites autonómicas y al fordismo tardío consagrado por esta y transmitido en estado puro a su sistema territorial y, por ende, a la crisis de este experimentada desde 2010 y, especialmente, desde 2012, momento en el que la crisis de 2008 comienza a desplegar en serio sus efectos sobre la formación social española de la mano del PP de Mariano Rajoy en el gobierno. Esta crisis del sistema de partidos fordista coloca, como no podía ser de otro modo, al PSOE en su centro, porque históricamente su concurso ha sido esencial para cerrar por la izquierda la posibilidad misma no ya de revertir la lenta erosión de ese modelo de regulación, sino simplemente de plantear que tal erosión se estuviese produciendo, doble tarea que el partido efectuaba sin dejar resquicio alguno a la crítica al tiempo que desmentía que su vocación y su actuación consistiese precisamente en la cuidada administración de esa degradación del fordismo y de la gestión del deterioro del pacto constitucional de la Constitución de 1978, que la misma implicaba y producía. La realización efectiva de ambos trabajos político-institucionales por parte del PSOE no dejó obviamente de desplegar sus efectos sobre el campo político y la densidad democrática de la formación social española, lo cual implicaba por definición, como hemos señalado, la transformación de su forma partido y del conjunto del sistema de partidos español, que era el precio que las elites políticas españolas estaban más que dispuestas a pagar ante la oferta de su propia reproducción estamental y el juego político de suma cero derivado de su aceptación a ultranza del paradigma neoliberal impuesto por el proyecto de la UE en cuyo seno las elites y la clase empresarial española construían su proyecto económico para el país con bastante torpeza y sopor, todo hay que decirlo, en cuanto a los espíritus animales desencadenados por el capitalismo español durante los últimos cuarenta años.

El PSOE, pues, solo tiene posibilidades de sobrevivir como forma partido (1) activa y agresiva sistémicamente en cuanto al proyecto político ofrecido a la sociedad española, pero mansa y dócil en cuanto a la aceptación de las condiciones del proyecto neoliberal y del paquete de austeridad derivado de la crisis de 2008 impuesto por la UE; (2) debilitada intrapartidariamente hasta la esterilización cuasi total de su vida política interna y desconectada externamente en tanto que privada de dispositivos permanentes de interacción y retroalimentación con la denominada sociedad civil y con los grupos y clases que la componen; (3) caracterizada por una interrelación con la sociedad española severamente filtrada por la mediatización comunicativa y discursiva de sus propuestas y de su liderazgo y sometida a las lógicas de una mercantilización y marketingzación del discurso político totalmente disolventes de una práctica de acción colectiva mínimamente seria y eficaz; (4) políticamente desprovista de cualquier proyecto de movilización social dotado de una mínima originalidad y estabilidad no ya conmensurable con la crisis, sino meramente atento y sensible a las situaciones más brutales de exclusión, privatización y falta de funcionamiento del Estado del bienestar español, pero todavía funcional para operar en el mercado electoral nacional y regional; y (5) fragmentada territorialmente hasta lo grotesco en tanto que proyecto político colectivo de acuerdo con la lógica de las baronías, el PSOE, decíamos, solo tiene posibilidades de sobrevivir como forma partido, por consiguiente, si la imposición de la new normality exigida por las elites europeas lograba y logra imponerse de forma tan aparentemente imperceptible y sumisa societariamente como se había privado de nervio a la construcción del fordismo tardío de la Constitución de 1978 en la formación social española paulatinamente durante los últimos cuarenta años, se habían redimensionado a la baja los derechos fundamentales contemplados en la misma y se habían respetado los equilibrios del bloque de poder español franquista y cuidado la emergencia del actual sistema de partidos a escala del Estado y de sus comunidades autónomas para garantizar la reproducción del actual poder de clase vigente en esta formación social.

Si en este doble proceso de ajuste de la formación social española a esta nueva normalidad constitucional y supranacional aparecía una fuerza política por la izquierda capaz de comprender y responder a los envites políticos a escala del Estado y de leer correctamente a escala territorial las formas de respuesta política a las tendencias neoconservadoras y neoliberales ahora señaladas y que planteara todo ello como proyecto máximo y regulador de su acción política, aunque la organización de esta fuese todavía torpe y la consistencia de aquel padeciese dificultades de enunciación e implementación relativamente importantes, la ruptura de este diseño pluridecenal de gestión compleja al mismo tiempo de la degradación de la Constitución de 1978 y de la dinámica jurídico-política expansiva de su paquete de derechos, la reingeniería lenta del sistema de partidos en términos en términos de vaciamiento de la democracia y sus exigencias participativas mediante la regionalización y el vaciamiento de sus propuestas políticas y de reestructuración de la forma Estado en clave de nueva governance neoliberal, entonces el equilibrio dinámico de la estrategia quedaría automáticamente en entredicho y la situación del partido socialdemócrata español sería crítica, porque el conjunto de sus equilibrios organizacionales y de su cultura política entrarían irremediablemente en tensión y sus opciones de supervivencia como una socialdemocracia solvente para las elites fuertes actuales quedaría irremediablemente en tela de juicio, no estando excluida en la mente de las elites más conscientes del partido la posible desintegración o volatilización del mismo hasta la irrelevancia, lo cual podría dar lugar a las más locas y narcisistas aventuras por parte de sus barones y baronesas territoriales, que han adaptado su metabolismo político a la fragmentación política de su proyecto en tanto que la limitación territorial de su gestión simplifica tremendamente las opciones y los dilemas de una política auténticamente transformadora, al tiempo que han aplanado la inventiva y los procesos de cambio que podrían efectuarse en sus comunidades autónomas, ya que sus estrategias de reelección se juegan ahora en un campo de disputa muy circunspecto y muy ligado a modelos clientelistas y continuistas de uno u otro tipo, que ellos se han afanado en construir y perpetuar en sus respectivas comunidades autónomas como ha sucedido, por lo demás, en las denominadas nacionalidades históricas.

Esta articulación políticamente retrógrada entre forma Estado posfranquista, Constitución fordista en declive y reproducción de elites políticas conservadoras cuenta en el caso español, como indicábamos hace un instante, con la inestimable ayuda y con la facilidad añadida de su modelo territorial, que permite dotar de una renovada legitimación al modelo y la governance neoliberales, dando lugar, como ha sido la norma durante las últimas décadas de hegemonía bipartidista, a toda una serie de contrapesos, articulaciones y alianzas entre elites políticas nacionales y regionales o nacionalistas conservadoras, pertenecientes a cualquiera de los dos partidos mayoritarios o a los regionales predominantes, que han fortalecido el consenso neoliberal y posfordista bien a cambio de la estabilidad del poder político en el Estado central, cuyas elites optaban por una politicidad de baja intensidad y puramente adaptativa al consenso de Bruselas y Frankfurt, por no hablar del de Washington, o bien a cambio de la autonomización de facto de las propias redes clientalistas y partidistas en los respectivos territorios gobernados por los partidos regionalistas o nacionalistas, de forma independiente de la injerencia del poder central y de facto de todo poder popular o antagonista capaz de introducir otros criterios de democratización en la vida política de las unidades político-administrativas respectivas.

La alianza y la dialéctica de los partidos centrales y de los partidos territoriales ha introducido, pues, una fuerte dinámica de conservadurismo, consenso, orientación y tendencialidad del deterioro de la constitución material de la formación social española, dado que sometía la lógica política de las respectivas elites a un juego de suma positiva en cuanto a su reproducción político-institucional, el cual ha funcionado y funciona al mismo tiempo como una potente línea de sutura de otros modelos más democráticos y antagonistas de comportamiento político, que únicamente el advenimiento de la crisis ha dejado en evidencia con toda su crudeza de déficit democrático, comportamientos autoritarios y degradación de los derechos de las clases trabajadoras y pobres del país.

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2 Comentarios
#39499 18:02 18/9/2019

Parece mentira que seas de Teruel. Lo que faltaba a mí magnífica tierra un podemita sabelotodo

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#38984 17:37 1/9/2019

El PSOE y Pedro Sanchez ha cambiado la ideología y el socialismo por marketing , gafas Reyban, Falcon, libros y tesis que la escriben otros, y mucha propaganda a través de los medios pantuflos afín. Como el de hoy en el Dais y en la Ser... Somos la izquierda dan pena y peor ya dan asco...

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