Todo empezó mal

Un país con una profunda enfermedad compuesta por la cerrazón, el ultra-tradicionalismo y la más absoluta cutrez, en definitiva.

publicado
2017-12-20 10:00:00

Para empezar, la primera oleada invasora indoeuropea se paró (¿premonitorio?) en la línea del Ebro. Los vascos primero y los catalanes después, fueron, por lo tanto, los primeros europeos de la Península, ya que de los Iberos no se sabe, ni siquiera, si existieron. Después, la historia se repite: la franja al norte del Ebro será, bajo Carlomagno y su imperio franco la “marca” o frontera Sur de ese ente. Es decir, que ya se fue configurando el esquema de una franja del Norte, de Europa, en un país del Sur. 


Sigamos: el gran rey de Francia, Enrique IV, procede de Navarra (y no de, pongamos, Andalucía). Acortemos: cuando Napoleón I anexiona parte de España, lo hace con la parte... al norte del Ebro. Siglo XIX y parte del XX: España, será económicamente, una colonia francesa al norte; al sur británica; y políticamente más de lo mismo (recordemos los Cien Mil Hijos de San Luís…). Por lo tanto, primer drama: España surge en la periferia de Europa, terreno conquistado. 

Segundo drama: una pandilla de reyes impresentables que, vía dinastías extranjeras, hemos tenido que sufrir (Austrias y Borbones). Ello con el agravante de la irrupción borbónica (no federalista, como si lo era la casa de Habsburgo), en el origen de la secesión de Portugal, del intento de separación de Cataluña y de las guerras carlistas, el centralismo, el jacobinismo borbónico... 

Tercer drama: el peso de la religión. Ya consiguió Roma el estatuto de religión única a cambio de aceptar algo que era contrario a la tradición franca (y germánica en general) rechazaba el carácter hereditario de la monarquía. Y en España, esa ósmosis se verá reforzada por el apoyo/cruzada que se prestaron mutuamente la corona y la iglesia, tanto a costa de los moros como de cualquier tipo de desviación religiosa. Resultado: una auténtica losa que tantas veces ha servido para un “Santiago y cierra España” (el de peores consecuencias: frente al protestantismo). 

Resultado: un desastre en materia de alfabetización, de libertad de opinión y de investigación. Y así se ha llegado a un país con una profunda enfermedad, hasta ahora imposible de erradicar, compuesta por la cerrazón, el ultra-tradicionalismo y la más absoluta cutrez, en definitiva. Y ese es el motivo de que en España nunca hubiese (o haya, o habrá) una derecha moderna (a lo sumo, los liberales pro-oligárquicos, es decir, pro-ellos mismos), Primo de Rivera padre no fue un fascista, sino un generalote monárquico, obseso sexual y borracho; su hijo, un señorito muy alejado de la versión más industrial, igualitaria y avanzada del fascismo que fuera el nazismo. El tal Ledesma Ramos, un bicho raro, que no se sabe muy bien qué hacía por estos lares. Franco no fue sino un dictador militar a la antigua usanza, que carecía de cualquier tipo de ideología, la fascista incluida, y que estableció su poder, apoyado por un ejército lamentable que llevaba siglos sin ganar una guerra, y una oligarquía (la más carca de Europa) que consideraba (y considera) el país como una finca propia, como una iglesia y un empresariado.