Cine
La Imagen del Sur: 15 años con el cine comprometido

Diversos realizadores y realizadoras que han pasado por esta muestra nos cuentan el impacto de las películas de contenido social.

El aula vacía
Imágenes del rodaje de ‘El Aula Vacía’, documental que cerrará la muestra Imagen del Sur este año.

El Salto Córdoba


publicado
2018-12-08 09:00:00
Han pasado 15 años desde que la Muestra de Cine Social La Imagen del Sur echara a andar con una selección de documentales presentados en Barcelona por la ONG Sodepau. Desde entonces ha crecido, dando el salto a África, Asia, América Latina y el resto de Europa, y sorteando cambios políticos, numerosas crisis y conflictos internacionales. Todo ese devenir no podía resultar indiferente a la cinematografía nacional e internacional, reflejo de la realidad social y política. Pero ¿influye en la sociedad?

La Imagen del Sur, impulsada por el Centro de Iniciativas para la Cooperación Batá en Córdoba, es símbolo y testigo de esos cambios, y no siempre desde detrás de las cámaras sino en primera persona, contados por más de 200 protagonistas, realizadores y realizadoras que han pasado por sus talleres y debates, rasgo diferencial de esta muestra.

Una de ellas es Analía Fraser, directora, comunicadora y profesora de Comunicación Audiovisual de origen argentino que visitó La Imagen del Sur hace cuatro años. Para ella, el cine es una de las herramientas de transformación social más potentes: “Es el poder de la imagen y el poder mirarlas sin la conciencia dormida”, afirma.

Nani Matos, realizador ya veterano en La Imagen del Sur y responsable de Lurna, entre otros títulos de contenido social, coincide en que la función de este tipo de películas es “despertar conciencias”. Sin embargo, el director gallego muestra su desconfianza ante plataformas y medios generadores de bulos como las redes sociales y apuesta por la importancia de contar “situaciones de forma real, consciente y también responsable”. Para Matos, además de una forma de denuncia, el cine social debe servir de reflexión y despertar una visión crítica, lo cual no es una cuestión baladí, como apostilla Fraser, ya que “ejercer nuestros derechos es un trabajo arduo y diario”. La pregunta ahora sería: ¿lo hacemos?

Aquí hay diversidad de opiniones. Sin duda, los tiempos han cambiado y, a pesar de contar con más medios de difusión, hay profesionales como Arantxa Echevarría decepcionadas por la pasividad de la industria y parte del público. Echevarría, primera directora de cine español seleccionada en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes por su ópera prima sobre el amor entre dos chicas de etnia gitana, Carmen y Lola, comenta que le resulta “increíble” cómo en los severos años del franquismo, con una censura implacable, ya había realizadores de la talla de Berlanga y Saura que hacían cine social. De aquella época gris salieron títulos como El verdugo, Los golfos y La caza, y directores y guionistas como Elías Querejeta que, enfrentándose a los censores, consiguieron mostrar las miserias de una sociedad silenciada. Por eso, “ahora que tenemos una libertad de expresión completa y que el cine se ha vuelto más democrático al ser menos caro”, le sorprende, dice, “la apatía” que lo rodea. “Vivimos una época acomodaticia, donde parecemos dormidos y nos conformamos con tener un sueldo al mes, ver la tele y esperar el fin de semana. Mientras, nuestros abuelos se movilizan, salen a la calle y se manifiestan por nuestras pensiones, se pegan por nuestro futuro. Eso no puede ser así”, objeta.

De la pantalla a la acción

Otros profesionales confían en la espontaneidad y proximidad de las historias para atraer y movilizar al espectador. Esto ocurre porque películas y documentales han dejado de mostrar solo lo que pasa al otro lado del planeta para contar lo que acontece en nuestro barrio, en nuestro Gobierno y en nuestras escuelas. Y esa realidad cercana ha cundido como la pólvora gracias al audiovisual, que ha incentivado la proliferación de redes ciudadanas y tejidos asociativos en pro del cambio social. Lo cuenta Andrea Gago, coordinadora de Pueblos, revista de Información y Debate, un proyecto de comunicación crítica impulsado por Paz con Dignidad, y que presentó en la muestra la obra Mujeres brasileñas: del icono mediático a la realidad: “Con el tema de los desahucios se han hecho muchos vídeos que han circulado por internet. Estos trabajos han animado a otra gente en otros puntos y han tejido una red de grupos antidesahucios y de apoyo para concienciar que es posible, y que la vivienda es un derecho”.

Arturo Hortas, otro de los rostros habituales en La Imagen del Sur, suele rodar documentales en pequeñas comunidades de América Latina. Para él, en una gran producción se pierde la frescura y la espontaneidad y, como dice, “vale mucho más la emoción de una persona que todos los recursos técnicos que puedas aplicar”. Como resultado, sus historias fluyen marcadas por los acontecimientos externos —no por un guion encorsetado— mientras él filma cómo las personas de esas comunidades trabajan unidas para superarlos. Es lo que ocurrió en su último trabajo en Perú, que coincidió con el indulto a Fujimori. “Eso afectó todo el rodaje”, relata.

De la muestra a los Goya

Donde sí se ponen de acuerdo todos es en considerar necesarias iniciativas como La Imagen del Sur, únicos escaparates del cine comprometido, que normalmente no llega a las salas comerciales. “En espacios como este tenemos la oportunidad de hablar con los realizadores, poderles preguntar y escuchar el contexto de las películas y esto aporta a nuestra visión del mundo y, por tanto, nos vuelve más tolerantes y nos ayuda a entender lo que está pasando”, explica el realizador Diego Lozada.

Además, es en muestras y festivales de cine social donde los realizadores comienzan a exhibir sus trabajos, convirtiéndose en testigos de su crecimiento profesional en algunos casos. Arantxa Echevarría, por ejemplo, presentó su divertido cortometraje Yo, presidenta en La Imagen del Sur de hace tres años. A mediados de 2018 triunfaba en Cannes con Carmen y Lola.

También hay trabajos que han hecho su camino a los Premios Goya, como La Boda, de Marina Seresesky, mientras otros hasta se han hecho con el preciado cabezón. Es el caso de Cuerdas, de Pedro Solís, que se proyectaba en la muestra del 2014.

El cine social recoge, pues, sus frutos. Su ejemplo cala y se expande por la sociedad y muestra de ello es que “nos deja historias de empatía, de solidaridad, de amistad, de amor, de sonrisas y de esperanza”. Por eso, Hortas propone terminar con el estigma del cine social como sinónimo de drama frente al efectismo de los block­busters de Hollywood. “Hay que desconectar de vez en cuando, otra cosa es que el cine social siga estando infrautilizado. Entre los profesionales del sector deberíamos potenciarlo más porque hacemos un bien. Hablo del valor emocional, de hacer una sociedad mejor, de que seamos mejores personas. Y el cine social es una herramienta estupenda para esa labor”, zanja.

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