Violencia machista
“El silencio y el estigma nos unen a todas las que hemos sufrido abuso sexual”

Guadalupe Lizárraga y Chelo Álvarez-Stehle han venido desde Estados Unidos para presentar sus trabajos de investigación sobre violencia sexual y feminicidios. Lizárraga tuvo que abandonar México por sus coberturas periodísticas y Álvarez-Stehle ha documentado durante más de una década la trata de mujeres en dos continentes. Ambas acercan las realidades aprendidas con el objetivo de despertar conciencias. 

Guadalupe Lizárraga y Chelo Álvarez-Stehle en el hotel Huerto del Cura
Guadalupe Lizárraga y Chelo Álvarez-Stehle en el hotel Huerto del Cura (Elche, Alicante) Lis Gaibar
26 nov 2017 11:45

Guadalupe Lizárraga es periodista y escritora independiente, fundadora de Los Ángeles Press y especializada en materia de derechos humanos y feminicidios. Chelo Álvarez-Stehle es documentalista y cineasta, autora del largometraje Sands of Silence: un profundo trabajo de investigación sobre la trata en Asia y en América, pero también sobre todo tipo de agresiones sexuales e incluso sobre la deriva de una introspección personal y familiar. Ambas han venido desde Estados Unidos hasta Elche (Alicante), con motivo del IV Seminario Internacional Ryszard Kapuscinski, para presentar sus trabajos periodísticos, debatir sobre los derechos humanos en México y acercar la situación de las mujeres al otro lado del charco.

Se mata a mujeres en todas partes del mundo, pero vosotras habéis trabajado en realidades especialmente crudas: niñas nepalís vendidas y desvirgadas por sacerdotes, morgues con más de doscientos restos de mujeres. ¿El machismo es más grave en unos sitios que en otros?
Guadalupe Lizárraga: Es igual de grave. Hace poco la responsable del Observatorio Nacional del Feminicidio en México dijo que lo más preocupante ahora en México con respecto a estos asesinatos es la brutalidad con la que se cometen. Me pareció un comentario desafortunado porque independientemente de la crueldad con la que nos matan, la realidad es que lo hacen. La violencia es violencia, no hay grados. Y al normalizar las agresiones que pueden no parecer tan graves, estamos haciéndonos más tolerantes a la violencia en extremo. 

Chelo Álvarez: Eso es. Nos encontramos continuamente sometidas a microagresiones que son la base de otras agresiones que derivan en consecuencias peores. Hay que denunciar cualquier situación que atenta contra la dignidad de la mujer, aunque consideremos que no es grave, porque sí lo es y porque el silencio y el estigma nos unen a todas las que hemos sufrido algún tipo de abuso sexual.

"No existen grados en la violencia. Normalizar microagresiones hace que seamos más tolerantes a los casos más extremos de machismo.

Vuestro trabajo demuestra que estáis comprometidas contra la violencia sexual en todos los ámbitos, pero la realidad es que no se acostumbra a visibilizar estas agresiones “menores”. Como periodistas, ¿qué opinión os merece el tratamiento mediático de la violencia sexista?
C.A.: Se sigue estigmatizando a las víctimas. Veo que falta poner el foco sobre los agresores, en todos los sentidos. Señalarles, pero también profundizar, estudiar las causas que les llevan a cometer ese tipo de crímenes porque quizás eso ayude a prevenir que otras personas lleguen a ese extremo. Cataluña ha puesto en marcha en algunas cárceles un programa terapéutico que está demostrando tener efecto, ya que el porcentaje de reincidencia es menor; los presos por agresiones sexuales son los que mejor responden a este tipo de terapias, dejando a un lado a los psicóticos. Hay que empoderar a las víctimas, pero también hay que abordar la cuestión desde diferentes ángulos. Yo estoy a favor de la justicia reparativa, pero creo que España todavía no está preparada para ella y menos cuando se trata de violencia sexual. En cualquier caso, urge estudiar qué se puede hacer con esta epidemia que son las agresiones sexuales.


No sé si visteis las portadas de ayer, pero no todas reseñaron la violencia machista. El Periódico sí que salió con un gran “Ni una más” rodeado de los nombres y edades de las víctimas sobre un fondo negro.
C.A.: A eso me refiero. A mí me parece de mal gusto, ¿por qué no ponen el nombre de los agresores? Aunque la intención sea personalizar la cifra y que no quede en un mero número, creo que se está volviendo a poner el foco en la víctima.

G.L.: En este sentido, percibo que en muchos países se trata a las víctimas como un número, pero es que hay situaciones en las que ni siquiera eso. En mi libro Desaparecidas de la Morgue hablo del doble asesinato que se comete contra chicas en Ciudad Juárez (México): las matan, pero una vez muertas las vuelven a matar porque no quieren que aparezcan en la estadística. Las autoridades intentan hacerlas desaparecer pagando a las madres para que acepten restos como si fueran de sus hijas y así cerrar el caso judicialmente.

"En México se mata dos veces, porque una vez muertas se intenta que desaparezcan de la estadística. Ni siquiera son números.

En un país en que la justicia no es tal, ¿cómo se lucha contra la impunidad?
G.L.: Es complejo, más en este caso que resulta una cadena de lucro en los feminicidios. Todos ganan: las mafias asociadas con las autoridades, las autoridades mismas, incluso la madre de la víctima. Es la chica, la víctima directa, la única que pierde. Luego hay casos en los que volteamos la cabeza la propia sociedad mexicana: un senador fue denunciado formalmente por pederasta y sigue en el cargo, y lo permitimos. Entonces es cuando yo decido que, si los mexicanos no quieren saber, vamos a gritarlo al resto del mundo a ver si nos escuchan.

¿Y sirve de algo gritarlo?
G.L.: Sirve para darle esperanza a los familiares de las víctimas y para que los agresores no gocen de impunidad total, que al menos se vean señalados. 

C.A.: El problema es que hay que acometer esto desde diferentes ángulos. Cuando presenté el documental en el Parlamento Europeo, incidí en la necesidad de invertir en esto en el ámbito educativo. Debería existir una asignatura obligatoria e independiente de los deseos de los padres que enseñe a niños y niñas a respetarse a sí mismos, sus cuerpos y el cuerpo de los demás.

G.L.: Podría llamarse Dignidad humana como política pública. Estaría muy bien. 

Guadalupe Lizárraga y Chelo Álvarez-Stehle
Las periodistas Guadalupe Lizárraga y Chelo Álvarez-Stehle se unen a la manifestación del 25N en Elche Lis Gaibar

Sobre el tema de educar, estamos de acuerdo en que parte del problema está en que el cuerpo de una mujer es visto como objeto sexual, que se cosifica. Pero, ¿tenemos las mujeres alguna responsabilidad con respecto a tratar nuestro propio cuerpo como si fuera una cosa?
C.A.: Es una pregunta complicada y no tengo la respuesta, porque hay opiniones encontradas. Entiendo y apoyo el razonamiento de que cada uno puede vestir como le dé la gana, pero creo que la sociedad todavía no está preparada para enfrentarse a eso. La industria cinematográfica, la publicidad, incluso los medios están cosificando a la mujer y eso aumenta el peligro. Porque el problema es que el patriarcado te verá como objeto, con lo que personalmente el respeto al propio cuerpo me parece algo fundamental y así he intentado educar a mi hija. Pero con eso no quiero decir que una agresión esté exculpada, porque en ningún caso lo está. La verdad, tengo un conflicto con esta pregunta.

G.L.: Es que es una pregunta tramposa. Encontrar responsabilidad en un contexto de violencia es volver a apuntar hacia la víctima. No podemos culpar a las víctimas porque es dar la razón al agresor. Es un asunto muy delicado y creo que encontrar la responsabilidad individual en estos casos es algo muy complejo.

"La sociedad todavía no está preparada para enfrentarse a que cada uno se vista como le dé la gana, pero eso no justifica las agresiones.

Lleváis apenas dos días en España, ¿os habéis enterado del caso del juicio a La Manada?
C.A.: Sí y me parece aberrante. Es un ejemplo de cómo lo que hay que juzgar es la moral humana, aparte de la agresión en sí. Aunque en este o en cualquier caso la chica les desafíe ante la certeza de que se encuentra en una sociedad machista, es inadmisible porque el comportamiento de esos chicos ha sido claramente inmoral y deben ser señalados por ello. Eso es lo que hay que juzgar.

G.L.: Me vino a la mente un caso de Estados Unidos. Una niña de 16 años fue prostituida durante su infancia, y a esa edad se encuentra con la oportunidad de tener en sus manos un arma. Mata a un cliente que no es otra cosa que su violador. El Estado responde remitiéndola a cadena perpetua. Lleva trece años en la cárcel pese a que existe un movimiento que trata de liberarla. La responsabilidad moral la tiene que garantizar el Estado, y cuando es el Estado el mismo agresor, la mujer o la víctima sale perdiendo. Por eso necesitamos saber hacia dónde vamos a enfocar la responsabilidad, y cuando se trata de una responsabilidad moral, cómo vamos a juzgarla. Desde qué perspectiva.

Con sólo dieciséis años.
C.A.: Es que de hecho los niños y las niñas abusadas son los mayores esclavos sexuales. De mis investigaciones deduje que hay un nexo muy fuerte entre la trata, el abuso infantil y la violencia doméstica. En Estados Unidos, los niños que provienen de familias desestructuradas tienen muchas más posibilidades de ser víctimas de la trata, ya que se encuentran en una situación de vulnerabilidad y los depredadores lo saben. También sucede con la prostitución, muchas de las niñas que han sufrido incesto, abuso sexual o violencia doméstica pierden la conciencia de su cuerpo. Lo odian, con lo que el paso a la prostitución está ahí. Como sienten que su cuerpo ha sido un objeto, lo siguen viendo como tal con la diferencia de que quizás ahora le dé de comer. He entrevistado a víctimas que reconocían no tener necesidad de prostituirse, pero que lo hacían a modo de venganza, en el sentido de que demandaban que se les pagara aquello que les habían robado.

"Los niños y las niñas abusadas son los mayores esclavos sexuales. Hay un vínculo muy estrecho entre la trata, el abuso infantil y la violencia de género.

Una de las víctimas de la trata que aparece en Sands of Silence señala en un momento dado que se nos educa a callar.
C.A.: Es así, a todos los niveles. Hay un silencio institucional muy fuerte. Las universidades ocultan agresiones sexuales, en la Iglesia es todavía peor porque se les mueve de una diócesis a otra. Existen muchas formas de acallar y se ha venido haciendo durante muchos años en las instituciones, y es necesario que éstas se pronuncien. Que las víctimas sepan que pueden denunciar porque van a contar con su apoyo. El silencio socialmente impuesto es una barrera enorme. 
Niña nepalí de 12 años víctima de la trata
Niña nepalí de 12 años víctima de la trata. Imagen del documental 'Sands of Silence'
G.L.: Vinculado con esto y con lo que hablábamos antes, una abogada de la Procuradoría General de la República (PGR, que equivaldría a la Fiscalía aquí) me pide ayuda para denunciar su caso: una vez entra en el despacho de su jefe y le encuentra masturbándose, él la invita a entrar y ella lo rechaza, así que la despiden. Denuncia, pero no consigue nada, por lo que sacamos una nota para hacerlo público. Entonces la empiezan a acosar por sus redes sociales y la propia Procuradora intenta castigarla procurando que no encuentre trabajo. Lleva casi tres años buscándolo, de hecho en un momento dado el acoso fue tal que me pidió que eliminara la nota, a lo cual me negué. Eso es también un problema porque a veces te entregas mucho con las víctimas (y en mi país esto equivale en poner en riesgo tu vida), pero luego acabas en conflicto con ellas porque realmente es una situación compleja la que tiene que vivir. En México se castiga a quienes hablan y se premia a quienes callan.

Y aun así aquí estáis.
C.A.: Nos hemos comprometido de alguna forma y somos apasionadas. No queda otra.G.L.: Y tenemos un compromiso con la dignidad. La perspectiva de género junto a la dignidad humana nos hace mejores periodistas y personas, y es imprescindible cuando tenemos la responsabilidad de crear conciencias. Yo entendí que ciertas actitudes eran machistas cuando vi el documental de Chelo y supe de las miradas normalizadoras. El buen periodismo hace eso: removerte y obligarte a mirar adentro. Aunque sea doloroso.

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