La verdura nos hará libres

Cambiar nuestra forma de alimentarnos para contrarrestar el cambio climático y transformar la sociedad.


publicado
2018-05-10 06:52:00

El alimento nos conecta, afirma Vandana Shiva, doctora en Filosofía de la Ciencia reconocida con el Premio al Sustento Bien Ganado, también llamado Premio Nobel Alternativo, y activista ecofeminista india.

El acto de alimentarse va más allá de una exigencia fisiológica básica; constituye además el núcleo de las estructuras mítico-ideológicas en las que se fundamentan las distintas tradiciones ―y también los usos y costumbres cotidianos― a lo largo y ancho del planeta. Como explica Mariano Corbí en Hacia una espiritualidad laica (Herder Editorial, 2010), los mitos no pretenden describir la realidad, sino interpretarla para satisfacer unas necesidades, comenzando por la propia supervivencia y, en concreto, por el sustento. La cultura es una adaptación al medio y a las circunstancias; es nuestro ‘software’, la manera de completar lo que le falta a nuestra programación genética para que resultemos animales viables. Es decir, que nuestras culturas se basan en qué comemos, cómo lo hacemos y compartimos, y cómo lo obtenemos.

Alimentarse es pues, un derecho humano inalienable y un elemento sociocultural vertebrador para la transformación a la que sí o sí, estamos abocados a hacer frente ante el cambio climático antropogénico y la frágil situación de la vida, no solo humana, en la Tierra. En definitiva, cambiar nuestra forma de nutrirnos podría ser la piedra angular de la urgente metamorfosis que requiere nuestra especie para su supervivencia. Además, esta modificación de nuestros hábitos alimentarios conllevaría una auténtica innovación integral de nuestra sociedad, en ámbitos tan significativos como la agricultura, la salud, el empleo, la educación, el medio ambiente, los cuidados, la cohesión social y los derechos humanos.

Resulta evidente que muchas personas son reacias al cambio; más aún si se trata de sus hábitos alimenticios. Por tanto, no parece que vaya a ser tarea fácil. En todo caso, cada día que pasa nos vamos haciendo más conscientes de que este cambio es vital e inexcusable. La cuestión es hacia dónde y cómo.

Entre 2006 y 2007, estuve viviendo una temporada en Auroville, un municipio internacional único situado en el sureste de la India, que fue inaugurado en 1968 (el pasado 28 de febrero fue su 50 aniversario) con el amparo de la UNESCO y en presencia del presidente de la India y representantes de otros 124 países. En él conviven unas 2000 personas de muy diversas procedencias aglutinadas en torno a diferentes comunidades y proyectos, en su mayoría agroecológicos, educativos y espirituales, que han transformado un área de unos 700 km2 de meseta semidesértica en un frondoso bosque tropical.

Pues bien. Allí, en la zona central de la ecoaldea, conocí The Solar Kitchen. Se trata de una cocina comunitaria que elabora a diario un millar de menús vegetarianos con alimentos orgánicos cultivados en los cultivos locales y cocinados gracias al Solar Bowl, un cuenco solar de 15 metros de diámetro.

Cuando regresé a Logroño, tuve ocasión de visitar Lakabe, ecoaldea de referencia en el Pirineo navarro desde hace más de tres décadas, donde pude admirar ―y disfrutar― su espléndido comedor comunitario, que sirve comidas a varias decenas de habitantes cada día. Su cocina, abastecida en muy buena parte por alimentos cultivados y elaborados in situ, está gestionada por turnos, de tal forma que van rotando y son pocos los días que cada cual cocina al cabo del mes y, cuando lo hace, es en equipo y para dar de comer a la tribu, que siempre resulta más motivador y divertido.

Aquellas experiencias me fascinaron, no solo por su eficiencia (energética, agroalimentaria, ecológica y humana) sino también por su función cohesionadora: comer juntos hace familia. Así que en 2011, a través de la asociación Cultura Permanente, nos propusimos intentar adaptar estas iniciativas al entorno de una pequeña ciudad como es la capital riojana. Después de una fase de diseño inicial, escandallos y contactos, conseguimos alquilar un viejo piso céntrico de baja renta pues necesitaba una buena reforma. Mientras lo arreglábamos, íbamos haciendo grupo. El caso es que, tras varios meses, no llegamos al mínimo necesario de participantes para poder ponerlo en marcha de manera adecuada y aceptamos que, aunque la idea nos parecía redonda, todavía no parecía ser el momento propicio.

Han pasado siete años y ahora es probable que la ciudadanía esté más concienciada tanto sobre la cuestión alimentaria como acerca del cambio climático y la consecuente necesidad inaplazable de un cambio profundo en nuestro modelo de organización colectiva. Hoy sabemos que urge vegetalizar nuestra dieta cotidiana, por nuestra salud y la de todo el planeta. También somos más conscientes de que necesitamos utilizar los recursos de una manera más eficiente para reducir nuestro impacto en el ecosistema terrestre.

De hecho, según un estudio de la Alianza Global de Alcaldes para el Clima y la Energía, publicado en la prestigiosa revista Nature, “tenemos tres años para actuar antes de que sea demasiado tarde”. Además, tras sufrir los efectos de una sociedad cada vez más fragmentada e individualizada, casi atomizada, sentimos una mayor predisposición hacia lo que José Antonio Marina viene a llamar ‘redes sociales de afecto’.

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Una red de comedores comunitarios en cada barrio de cada ciudad --provistos en buena parte de alimentos ecológicos, cultivados localmente, frescos, de temporada, con menús diseñados por nutricionistas-- supondrá dar vida a varios pájaros de un soplo. Fortalecerá la salud física y emocional, generará empleo verde, ahorrará energía, propiciará soberanía alimentaria, reducirá la huella de carbono, favorecerá la agroecología local y facilitará la cohesión social. Además, gracias a las compras directas al productor y el mejor aprovechamiento de recursos, disfrutaremos de una alimentación de calidad a buen precio. La cena nos la podremos llevar en una tartera y así no tendremos que hacer compras, cocinar ni fregar en casa, con lo que, quién sabe, en el medio o largo plazo, tal vez no necesitemos cocinas en las casas, como ya ocurre en Taiwán, donde resulta tan económico comer bien fuera de casa que sus cocinas domésticas se reducen a la mínima expresión, todo un ahorro económico y ecológico.

Las verduras nos harán libres, la revolución de la cuchara comunitaria nos salvará. El mismo Albert Einstein declaró que “el estilo de vida vegetariano, por su efecto puramente físico sobre el temperamento humano influenciaría muy beneficiosamente a la humanidad en su totalidad” (Carta a ‘Vegetarian Watch-Tower’, 27/12/1930) y, al final de su vida escribió: “De modo que estoy viviendo sin grasas, sin carne, sin pescado, pero me siento muy bien así. Siempre me ha parecido que el hombre no nació para ser carnívoro” (Carta a Hans Muehsam, 30/03/1954).

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