Teatro
Carlos Olalla regresa a los escenarios tras su exilio en protesta por el IVA cultural

Tres años después de bajarse de los escenarios en protesta por el aumento del IVA cultural, Carlos Olalla vuelve con un texto propio, Vía muerta. Cuando el 1 de junio convierta la Sala Mirador en un campo de refugiados, se habrán cumplido 1.174 días de su “doloroso” exilio. Reaparece con la misma coherencia con que se bajó, para hacer del teatro una herramienta de transformación social.

Carlos Olalla 3
El actor Carlos Olalla, en Madrid. David F. Sabadell
11 may 2018 06:00

Carlos Olalla llegó tarde a la interpretación, pero temprano a la vida. Es de esas personas a las que les gusta pasear “con el corazón en la mano”. Sin problemas para moverse por los extremos vitales. Se enamoró de la profesión dando la réplica a Christian Bale en The machinist y acuciado por el paro no dudó en leer poesía en el metro de Madrid para sobrevivir. Graba una escena para la nueva serie de TVE, La otra Mirada, y a la media hora coge un bus para compartir una actividad con los niños de la Cañada Real.

“El teatro es mi pasión, lo amo como quizá pocos puedan amarlo y, precisamente por eso, por el profundo amor que siento por él, he decido dejarlo, bajar del escenario y no volver a subirme a él hasta que este país deje de asesinar a la cultura con un 21% de IVA”, escribió el 13 de febrero de 2015 en su blog La Placenta del Universo, en aquella despedida que marcaría el comienzo del exilio. “Se acabó. Me bajo del escenario”, sentenció.

No le asustaban los cambios. Había trabajado en el mundo de la gran empresa y fue director de un banco inglés. A los 45 años lo despidieron porque “era demasiado viejo”. Se encontró en el paro de repente y acompañando a una grabación a su madre, la escritora y actriz Cristina Maristany, descubrió en el mundo de la interpretación su verdadera pasión.

Ahora regresa y lo hace como él quiere. Con un texto propio para hablar de las cosas que le mueven en su activismo. Vía muerta, una obra que presenta el 1, 2 y 3 de junio en La Sala Mirador, en el marco del Festival Surge Madrid.

¿Cómo te sientes ante este regreso?
Se vive con mucha ilusión, lo que más me gusta es el teatro, el único medio donde eres el amo de la interpretación. Haber renunciado a eso durante 1.174 días es un exilio muy duro. Tengo muchas ganas de volver a un escenario porque concibo el teatro como una herramienta de transformación social, cada vez hay más causas que apoyar y no puedo seguir renunciando a algo que quizá es un arma fundamental. Como decía Celaya, un arma cargada de futuro, pero también de presente. Todo artista, antes que artista es ciudadano. Y un ciudadano tiene que tomar partido. Hoy no tomar partido es ser cómplice, y yo no quiero serlo.

El papel del artista es intentar mejorar esta mierda de mundo en el que vivimos. No podemos ir con respuestas ni grandes discursos, pero sí poner un espejo delante de los espectadores para que ellos se hagan las preguntas.
El director del Museo de la Ciencia de Barcelona, Jorge Wagensberg, decía algo que está más actual que nunca: “cambiar de respuestas es evolución, cambiar de preguntas es revolución”. Es el tiempo de las preguntas, de cambiarlas, tenemos que aprender a mirar desde otro lado. Y en eso el teatro tiene mucho que decir.

Vía muerta es una apuesta bastante agresiva en la que el público está sentado en el suelo del escenario, como refugiados, separado de la platea por una alambrada, viendo las butacas vacías

¿Te has imaginado ese 1 de junio?
Tengo miedo de emocionarme demasiado porque soy de lágrima fácil. Es un momento muy especial por volver en una sala como la Mirador donde he participado en recitales de poesía, homenajes y actos; y más hacerlo con una obra que he escrito yo. Es una apuesta bastante agresiva, transformar la sala en un campamento de refugiados. Toda la representación el público está sentado en el suelo del escenario, como refugiados, separado de la platea por una alambrada, viendo las butacas vacías, en una clara imagen de lo que es esa Europa donde tendrían cabida, pero se la niegan.

Cuéntanos algo más de la obra... 
Es un montaje que denuncia la tragedia provocada por las políticas migratorias de la Unión Europea. Son cuatro personajes: un policía, un refugiado y dos voluntarias de ONG. Uno de ellos es Iván Prado, de Pallasos en Rebeldía, a quien admiro y quiero mucho. Muy comprometido políticamente. Ha estado en los campamentos de Grecia, el Sáhara, Palestina. Su papel es el de un clown que actúa para los refugiados. Estará Willy Toledo, que en cuanto ha conocido el proyecto se ha apuntado de cabeza. Será una maravilla verlo en el papel de policía. Y Elena Olivieri, actriz y también clown, de origen italiano, que lleva aquí muchos años. El espacio sonoro y el espacio lumínico van a tener una gran presencia, porque quiero que se mastique el silencio, que es lo que pasa en los campamentos de refugiados.

¿Cómo nació la idea y por qué Vía Muerta?
Lo que inspiró el texto fue una fotografía de la colección “El camino de la vergüenza” de la fotógrafa Mai Saki, donde se ve una vía de tren atravesada por una valla. Tan anacrónica esa imagen. No queríamos proyectar las fotografías, pero contaremos con la colección para ponerla en la entrada del teatro. Fotos increíbles de Idomeni (Grecia) y de la frontera con Macedonia, que te hacen revolver muchas cosas en tu interior. 

Un número lleno de historias

Los 1.174 días que Carlos Olalla va a cumplir abajo de los escenarios teatrales no son números vacíos. Él mismo se he encargado de llenarlos de historias protagonizadas por personas anónimas que fue descubriendo en ese andar “con los ojos bien abiertos”.

Historias como la suya, alejada de cualquier presunción de fama, que se construye también desde una mesa modesta en el Café del Real, su “oficina”, donde concurre a despertar su inspiración literaria. En 2017 publicó El aroma de la luna, un libro en el que reflexiona sobre el ser humano en el mundo de hoy, su vulnerabilidad y el necesario —otra vez— compromiso con lo que le rodea.

¿En todo este tiempo de exilio teatral, hubo algún momento de arrepentimiento, de dudas?
La duda se produjo cuando veo que bajan el IVA de espectáculos en directo, la música y el teatro, pero no del cine. Yo hablaba del IVA cultural, y ese no lo han bajado, así que lo estuve pensando mucho. El IVA cultural no solo es el de la distribución de la cultura, el de las entradas. También las empresas productoras están sufriendo un porcentaje que no tiene razón de ser. Vuelvo, entonces, porque siento que tengo que hacer lo imposible para modificar la realidad que estoy viendo, que me parece una atrocidad.

Nos estamos acostumbrando a trabajar en condiciones de esclavitud y el colectivo que se está levantando es el de los jubilados. ¡Los que ya no trabajan!

Se ha precarizado el mercado laboral, nos estamos acostumbrando a trabajar en condiciones de esclavitud y el colectivo que se está levantando es el de los jubilados. ¡Los que ya no trabajan! ¿Qué está pasando aquí? La transición ha sido la dormidera. Orwell se llevaría las manos a la cabeza de ver la primera generación de esclavos que no se revela, porque se cree libre.

Precisamente, en el mundo de las artes escénicas la precarización es de escándalo.
En nuestra profesión, tanto a nivel técnico como artístico sabemos que hoy estamos en esta serie, pero cuando termine vamos a la puta calle o matan al personaje y derecho al paro. Y voy a intentar sacar adelante mi carrera profesional sabiendo que ese es mi futuro a corto plazo. Nosotros con cada casting tenemos una entrevista de trabajo, tenemos el culo pelado de ir a entrevistas de trabajo, estamos acostumbrados a no tener seguridad, a vivir con eso.

Desde ese aspecto podemos ayudar mucho, por ejemplo, dando talleres a personas que se están planteando buscar un trabajo. Enseñarles a mejorar su dicción, a cómo expresarse públicamente, a comportarse en una entrevista, qué es lo que está expresando su cuerpo. Todas herramientas que son muy válidas y los actores lo que tenemos es tiempo. ¡Si estamos en paro la mayoría!

No claudicar, pese a todo

Las dudas tampoco le surgieron a Carlos Olalla cuando en 2016 se vio obligado a salir al metro junto a su madre a recitar poesía para poder sobrevivir. “Tenía claro que nunca iba a pedir, sino que iba a dar. A dar lo que soy”, cuenta.

¿Cómo fue aquella experiencia?
Les decía “hola, soy Carlos Olalla, me recordareis de algunas series de televisión como El tiempo entre costuras, como la mayoría de los compañeros de profesión estoy en paro. Ella es mi madre, con 84 años que también está en paro. Y venimos a leer unos poemas por si nos queréis ayudar, pero sobre todo queremos que juntos reivindiquemos algo que les pertenece a vosotros, que es el derecho a la cultura, y eso es algo que nos están robando”.

Te sorprendería ver la respuesta de la gente, era increíble. No oímos un solo comentario en contra, malsonante o agresivo; la mayoría nos miraba con cariño, sonreían, nos abrazaban, muchas veces aplaudían, y te encontrabas con una situación en la que ellos mismos decían que sentían vergüenza de que tuviéramos que hacer eso.
La gente es sensible, entiende lo que está pasando, pero vivimos aislados porque este sistema te lleva el aislamiento. En lo que abres el corazón o pides que te echen una mano, consigues que los demás despierten.

Hablas de tiempo disponible y la necesidad de mirar el mundo con los ojos bien abiertos. ¿A dónde diriges la mirada?
Siempre cuento que cuando grababa la película de Lasa y Zabala (2014) en Donosti, una mujer que tenía de amiga en Facebook, que no conocía de nada, me contó su vida. Una historia de amor clandestino, con un tal Juan Carlos, que era de Tolosa, con el que se veía una vez al año y, cuando decidió irse con él, este le desveló que tenía leucemia. Murió a los tres meses, a ella siempre le quedó la ilusión de llevarle flores a la tumba y leerle el poema preferido de ambos, “La elegía”, de Miguel Hernández.

Así que en un hueco del rodaje fui a Tolosa. El hombre de la floristería me esperaba con un ramo de flores que ella había pagado. “Me he permitido ponerle esta cinta que dice ‘te querré siempre’. No creo que le moleste”, me dijo el hombre.

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Cogí un taxi, al conductor le conté un poco para que me grabara con el teléfono. Al llegar al cementerio salen a recibirme: “Carlos, ven, que te acompaño donde es”. Leo el poema, dejo las flores y, cuando volvemos a la estación, el taxista no me quiere cobrar, el importe de la carrera era su contribución a aquella historia de amor.
Cuando nos abrimos a los demás suceden cosas maravillosas, esa mujer pidiéndonos que la ayudáramos nos hizo el mejor regalo. Un actor, un tío que tiene una floristería, un taxista y un enterrador, y los cuatro nos identificamos con la historia de dos personas que ni conocíamos. A mí esas cosas me indican cómo tienes que andar por la vida.

Y seguir...

Y ahí anda en la vida Carlos Olalla, disfrutando de los talleres de cine con los más pequeños de la Cañada Real, dándole herramientas para que puedan contar su propia historia, sus sueños. “Hay talento, hay dignidad, hay ganas de vivir y salir de la exclusión. Hay niñas y niños señalados, con condiciones de vida durísimas y soñando con hacer algo por ayudar a los demás. Eso habla de la calidad humana de la Cañada”, grafica.

O con el compositor Rafa Sánchez, acompañando a un grupo de mujeres de la asociación SOS Bebés Robados en un taller de donde ha nacido la nana “Hay un hueco en mi alma”, de próximo estreno, dedicada al bebé que les quitaron. “Una de las experiencias más bonitas” de su vida, asegura.

Cuenta que se identifica mucho con esa sensación de que hay un hueco en el alma de cada una de las personas que estamos en el mundo y que la sensibilidad es la que nos permite llenarlo. 

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1 Comentario
#15979 24:21 12/5/2018

Hermosa entrevista. Gracias!

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