Capitalismo
Estados Unidos contra China

¿Acaso el imperio estadounidense es tan vasto y arrogante en sus exigencias, que cualquier potencia emergente debe enfrentarse a él?

Plaza de Tiananmen
Una mujer hace una foto con un movil en la Plaza de Tiananmen. Foto de Tauno Tohk

publicado
2019-06-16 06:39

Las crecientes tensiones entre Washington y Pekín aún no constituyen una nueva guerra fría, pero señalan un cambio importante en la política estadounidense. Desde la década de 1990, cuando se orquestó el ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio —garantizando sus activos en dólares en el momento cumbre de la crisis financiera—, se había puesto el énfasis en la cooperación, aunque respaldado por el poderío militar. Actualmente Washington amenaza con incrementar la guerra arancelaria y pide a los miembros de la Otan el boicot a la tecnología de 5G china que lidera el mercado.

El Departamento de Justicia ha organizado una espectacular acusación internacional a la directora ejecutiva de una empresa tecnológica china por comerciar con Irán. La última declaración de la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense presenta a China, junto con Rusia, como “potencias revisionistas”. Estados Unidos esperaba, según explicaba ese documento, que su integración en el orden internacional liberalizaría a China; en cambio, la RpCh estaba tratando de ampliar el alcance de su “modelo económico impulsado por el Estado”. Su objetivo era desplazar a Estados Unidos del Pacífico occidental y reordenar la región a su conveniencia.

También había autocríticas. Como única superpotencia después de la Guerra Fría, Washington había sido demasiado complaciente. “Asumimos que nuestra superioridad militar estaba garantizada y que una paz democrática era inevitable. Creíamos que la ampliación e inclusión liberal-democrática alterarían fundamentalmente la naturaleza de las relaciones internacionales y que la competencia daría paso a una cooperación pacífica”. En cambio, ha comenzado una nueva era de “competencia entre las grandes potencias”, que implica un choque sistémico “entre las visiones libre y represiva del orden mundial” (1).

Aunque la postura estadounidense más dura cuenta con un amplio apoyo por encima de las diferencias partidarias, Wall Street se muestra nervioso. Robert Rubin dijo a los lectores de The New York Times que no se puede instruir simplemente a China para que cambie su modelo económico, aunque debería reconocer que algunas consecuencias de su sistema eran inaceptables para Estados Unidos. Martin Wolf explicó en el Financial Times que el camino correcto era administrar las relaciones con una China que sería a la vez “enemiga y amiga”.

Pero los medios liberales han respaldado en general la nueva línea. “Las sospechas internacionales tienen tanto que ver con la naturaleza del sistema chino como con la propia compañía [Huawei]”, declaró el Financial Times. “Trump tenía razón al presionar sobre todos los temas”, declaró The New York Times. The Economist estaba de acuerdo en que “Estados Unidos debe ser fuerte”: “La disposición de Trump a interrumpir y ofender puede ser efectiva” (2). Un texto de cabecera en el último número de Foreign Affairs marca las acusaciones. China está buscando un “dominio completo” en la región del Índico-Pacífico, donde pretende ser la “potencia hegemónica indiscutida en los terrenos político, económico y militar”.

Pekín ha podido elegir en sus relaciones con las instituciones del orden global diseñadas por Estados Unidos —la ONU, la OMC, el Banco Mundial—, y se ha forjado un apoyo en las regiones donde Estados Unidos ha estado ausente (relativamente hablando): África, Asia Central, Irán, Sudán, Corea del Norte, etcétera. Ha venido socavando el sistema de alianzas de Estados Unidos en Asia, alentando a Filipinas a distanciarse de Washington, apoyando la apertura de Seúl a Pyongyang, respaldando a Japón contra los aranceles estadounidenses, etcétera.

Una es una superpotencia de mercado libre, que se extiende a todo el mundo, la otra es un Estado comunista de base campesina, que ha experimentado treinta años de crecimiento capitalista de alta velocidad

Aunque Estados Unidos debería confiar en mantener su preeminencia en Asia mediante medios “competitivos pero pacíficos”, debería prepararse asimismo para el uso de la fuerza militar (3). ¿Hasta qué punto son graves estos nuevos antagonismos entre grandes potencias y cuál es su lógica? Desvelar las relaciones estructurales entre ambas es complicado no solo por su mutua interdependencia, sino también por las disparidades existentes entre ellas, sea como “amigas” (socios financieros y económicos) o como “enemigas”. Esas asimetrías caracterizan no solo su tamaño, riqueza, poder y modelos políticos, sino sus metas y objetivos.

En la última era de la competencia entre las grandes potencias, los protagonistas eran del mismo género: Estados-nación capitalistas industriales avanzados, que no obstante se expandían a velocidades distintas y con posesiones en el exterior desiguales. En el caso presente, ambos organismos son entidades singulares, distintas de cualquier otra cosa que haya existido en la Tierra. Una es una superpotencia de mercado libre, que se extiende a todo el mundo, la otra es un Estado comunista de base campesina, que ha experimentado treinta años de crecimiento capitalista de alta velocidad. La Unión Soviética también era una entidad singular; pero la URSS se fundó como negación del sistema capitalista (su opuesto, dijo Lenin). También la RpCh; sin embargo, China se ha convertido en el sector más dinámico de ese sistema, produciendo altos rendimientos para el capital atlántico, invirtiendo billones en activos denominados en dólares y asegurando la “gran moderación” de los salarios y precios de Estados Unidos, con sus flotas de buques de contenedores que surcan el Pacífico para abastecer los estantes estadounidenses.

La interdependencia financiera y económica entre ellas no solo es asimétrica (acreedor pobre, deudor rico), sino que opera a múltiples niveles que se han ido ajustando en diferentes grados y en diferentes tempos, y que se hallan a merced de las variaciones de sus monedas. Antes de 2007, los comentaristas veían los desequilibrios comerciales entre ambas potencias como el mayor riesgo para la estabilidad económica mundial. Desde entonces, el valor de las importaciones estadounidenses procedentes de China ha aumentado un 57 por 100, mientras que la RpCh ofrece un mercado insustituible para los productos agrícolas, aeroespaciales y de maquinaria estadounidenses.

Sin embargo, las áreas de simbiosis contrastan con la agudización de la competencia sectorial, no solo con las compañías estadounidenses, sino en todos los mercados del mundo rico. En el plano interno, las dos economías ofrecen un conjunto diferente de contrastes. Estados Unidos representa un capitalismo continental maduro, cuyo sector industrial alcanzó su punto de crecimiento máximo hace setenta años. Durante los últimos cuarenta ha venido debatiéndose contra la caída de sus tasas de beneficio, la presión a la baja de los salarios, la deslocalización y la huida en busca de mayores rendimientos en la especulación de activos y en la inversión exterior.

Pero si su parte en el PIB mundial se ha reducido desde 1945 de la mitad a un cuarto, Estados Unidos ha fortalecido su liderazgo mundial en las finanzas, la producción cultural y la innovación tecnológica; la propia revolución digital es algo “Made in usa”. En comparación, el PIB per cápita de China es inferior a la séptima parte del de Estados Unidos y su parte en la producción mundial es del 18 por 100. Pero el crecimiento chino se ha disparado a un promedio anual sostenido del 10 por 100 durante tres décadas, desacelerándose sólo en los últimos años.

Al ofrecer mano de obra barata y dócil para el trabajo de ensamblaje en Zonas Económicas Especiales especialmente diseñadas, China adquirió los conocimientos técnicos de la fabricación moderna al tiempo que absorbía las ganancias de la exportación

Desde la década de 1970, la producción de riqueza en Estados Unidos se ha desplazado lentamente del “rustbelt” al “sunbelt”, acumulándose en unas pocas docenas de distritos. Durante el mismo periodo, China se ha transformado de un país rural asiático en una sociedad urbanizada ultramoderna con el mayor sector intelectual del mundo. En este caso espectacular de desarrollo combinado del recién llegado, no es fácil distinguir el país de origen de los factores involucrados.

China inició su despegue industrial en la década de 1990 sobre grandes oleadas comerciales que se iban globalizando rápidamente bajo la dirección de Estados Unidos: la caída de los aranceles, los torbellinos de la inversión de capital, la logística de la containerización cerrada y precintada. Estas fueron las condiciones previas para su crecimiento. Pero la RpCh tomó prestada la fórmula inicial para su modelo impulsado por las exportaciones de los “gansos voladores” del este de Asia, y gran parte del capital inicial provino de la diáspora regional china y de Hong Kong, Taiwán y Japón.

Al ofrecer mano de obra barata y dócil para el trabajo de ensamblaje en Zonas Económicas Especiales especialmente diseñadas, adquirió los conocimientos técnicos de la fabricación moderna al tiempo que absorbía las ganancias de la exportación. Pero el imán que atrajo a las empresas estadounidenses, japonesas y europeas a establecerse allí era endógeno, “made in China”: un vasto mercado interno de consumo, cuyas capacidades económicas y culturales se habían desarrollado bajo el gobierno comunista.

La alfabetización campesina, una fuerza laboral femenina emancipada y un sistema nervioso burocrático que se extiende a todas las aldeas, capaz de dirigir los préstamos bancarios, organizar las infraestructuras y controlar los flujos de capital. Estos factores locales, tanto como su tamaño, diferencian al desarrollo chino del seguido por el resto de “países de reciente industrialización”.

Como entidades político-económicas, las dos potencias no solo han venido creciendo a diferentes velocidades, sino que cada una ha ido cambiando, interna y externamente, de diferentes maneras. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos, como potencia hegemónica mundial, toleraba un alto grado de proteccionismo económico en su campo. A medida que la amenaza comunista retrocedía y la competencia intercapitalista se intensificaba, Washington fue abandonando su resolución abnegada y comenzó a usar su peso global para afirmar los intereses nacionales estadounidenses (4).

Nixon revocó los acuerdos de Bretton Woods en favor del sistema del dólar fiduciario. Los funcionarios de Reagan fortalecieron a Alemania y a Japón para revalorizar sus monedas y dar una ventaja adicional a los exportadores estadounidenses. El Banco Mundial y el FMI se utilizaron para abrir las economías golpeadas por las crisis y poner sus activos en venta. Estos fueron los primeros indicios de un nuevo orden imperial que se completó una vez que Estados Unidos emergió como la única superpotencia.

Este nuevo orden instituyó un régimen de “reformas estructurales”, que penetraron profundamente en la vida económica y política de otros países, abriéndolos a los flujos financieros y comerciales internacionales. Las reformas se centraron en los derechos de propiedad de las empresas y los inversores atlánticos que operaban en el extranjero, permitiéndoles adquirir la propiedad de los activos nacionales situados en otros países e integrarlos en flujos de ganancias globales. Al mismo tiempo, Estados Unidos instituyó un cambio radical en las relaciones interestatales, abandonando el principio westfaliano de la jurisdicción soberana del Estado. La soberanía se concebía ahora como una licencia parcial y condicional, que podía retirarse si un Estado cumplía las normas económicas y políticas liberales establecidas por la “comunidad internacional” liderada por Washington y supervisada por sus instituciones globales (5).

Mientras tanto, la erosión de la soberanía de otros Estados iba acompañada por su acumulación en el centro imperial, donde Estados Unidos se arrogaba el derecho al cambio de régimen, con o sin el consentimiento de sus aliados, embarcándose en un programa de guerra claramente nacional, centrado en el petróleo y en Israel, que afectaba a la totalidad del Gran Oriente Próximo.

El doble objetivo del Pcch ha sido proteger el modelo político-económico que había construido y mejorar el estatus de China dentro del sistema internacional dirigido por Estados Unidos

Bajo ese nuevo orden, la política de Washington hacia China era muy clara. Las directrices establecidas en su National Security Strategy de 1993 se han seguido inflexiblemente desde entonces. La prioridad estratégica para Estados Unidos después de la Guerra Fría era evitar la aparición de una nueva superpotencia, para lo cual mantendría la indiscutible supremacía aérea y naval en la región del Pacífico que había disfrutado desde 1945. Washington vigilaría a China estrechamente y la “apoyaría, contendría o equilibraría” según fuera necesario.

El objetivo era presionar a Pekín para que implementara las reformas estructurales definidas por el Banco Mundial, abriera totalmente sus mercados a las empresas e inversores del Atlántico Norte y garantizara sus derechos de propiedad. Washington esperaba que la socialización de las élites chinas dentro de su sistema universitario ayudaría a producir un nuevo estrato de Yeltsins y Gorbachovs, abierto a la idea de reemplazar el Pcch por una forma más aceptable de gobierno. Pekín no ha manifestado una ambición equivalente de reformar el sistema interno de Estados Unidos, ni de desafiar frontalmente el nuevo orden interestatal.

Operando dentro del nuevo orden globalizado, Pekín esperaba protegerse del destino que había golpeado a los “mercados abiertos” de la región durante la crisis asiática de 1997, cuando el FMI descargó su furor sobre Yakarta, Bangkok y Seúl

El doble objetivo del Pcch ha sido proteger el modelo político-económico que había construido y mejorar el estatus de China dentro del sistema internacional dirigido por Estados Unidos. A diferencia de la prosa severa de los documentos políticos estadounidenses, las versiones públicas de la “gran estrategia” china han sido nebulosas, cuando no negativas. “Mantener un perfil bajo, ocultar el brillo, no buscar el liderazgo, sino hacer algunas cosas”, es la sabiduría atribuida a Deng Xiaoping. En la práctica, la política exterior de China ha sido vacilante.

Tratando de complacer a los estadounidenses, se ha volcado en movimientos agresivos contra regímenes “fraternales”: la desastrosa invasión de Vietnam en 1979; el envío de uigures para apoyar a los muyahidines respaldados por Estados Unidos en Afganistán; el respaldo a Estados Unidos en las sanciones contra Corea del Norte. Acompañándolas de ocasionales condenas del hegemonismo estadounidense, emitió su voto favorable en el Consejo de Seguridad de la ONU a la ocupación de Iraq y al bombardeo de Libia.

Operando dentro del nuevo orden globalizado, Pekín esperaba protegerse del destino que había golpeado a los “mercados abiertos” de la región durante la crisis asiática de 1997, cuando el FMI descargó su furor sobre Yakarta, Bangkok y Seúl. Los controles de capital y un enorme volumen de ganancias en dólares fueron sus primeras líneas de defensa, empezando por el superávit comercial de dos billones de dólares con Estados Unidos, de cuyos consumidores dependía el modelo de exportación chino. Al mismo tiempo, los dirigentes del Pcch pretendían pasar lo más rápidamente posible del modelo de exportación al crecimiento impulsado por el consumo doméstico, mediante un gigantesco programa de inversión interna.

Desde principios de la década de 2000, la reconstrucción física del país (cientos de ciudades nuevas, miles de kilómetros de autopistas, plantas de energía, viaductos, trenes de alta velocidad) absorbió materias primas e insumos de los países cercanos del hemisferio sur, para quienes China se convirtió en un importante socio comercial: Brasil, Argentina, Venezuela, Zambia, Sudán, Australia, Indonesia, etcétera. Durante ese proceso se convirtió en un constructor de infraestructuras de primer nivel en todo el mundo, creando autopistas a lo largo de los Andes y puentes entre las islas del Océano Índico, con contratos facilitados por créditos baratos.

La nueva China arrojaba una luz brillante sobre los límites del poder estadounidense, sobre las zonas que el ajuste estructural había dejado sin desarrollar y sobre los países castigados por el capricho de Washington. La crisis financiera trajo consigo un punto de inflexión histórico en las relaciones entre Estados Unidos y China. Una buena parte de las reservas de dólares de Pekín se habían invertido confiadamente en Fanny Mae y Freddie Mac. El descubrimiento de que se estaban volatilizando en la crisis crediticia llegó como una conmoción. “Cuando más entusiasmados estábamos con el rápido crecimiento de las reservas de divisas, constatamos que China había caído inconscientemente en una ‘trampa del dólar’”, dijo un experto (6).

Washington puso a ambas instituciones dinamizadoras del mercado hipotecario estadounidense bajo su tutela, pero éste era solo un fuego entre muchos, siendo mucho más peligroso el riesgo que se cernía sobre el conjunto del sistema bancario atlántico. La Reserva Federal estableció líneas semiocultas de intercambio de divisas con los bancos centrales involucrados de las que Rusia y China quedaron excluidas.

Para Washington, el mayor golpe geopolítico de 2009 provino de Japón, donde el opositor Partido Demócrata obtuvo una victoria aplastante. Su líder, Hatoyama Yukio, anunció que el fracaso de la Guerra de Iraq y el desplome de Wall Street mostraban que la era de la globalización liderada por Estados Unidos estaba llegando a su fin, y dio la bienvenida a una nueva era de multipolaridad. Japón reconocía ahora que su esfera básica de intereses era la región de Asia Oriental. Debía aspirar a una integración monetaria regional (con China), como una extensión natural del crecimiento económico, con un nuevo marco de seguridad en consonancia. Exigió que Estados Unidos renunciara a su enorme base militar y naval en Okinawa, la isla meridional más próxima a la provincia china de Fujian que a Tokio, desde la que ejerce el control del Pacífico occidental y de los mares del Este y Sur de China.

El gobierno de Obama movilizó sus fuerzas contra el plan. En abril de 2010, Hatoyama se había derrumbado, mientras se ponía en marcha el “giro de Obama hacia Asia” en el que se basaría el 60 por 100 de la potencia de fuego estadounidense. La reacción de Pekín a la crisis financiera fue doble. En el ámbito diplomático, el gobierno de Hu Jintao resolvió “diversificar” su política exterior. Si bien Washington seguía siendo “la clave de las claves”, “las áreas circundantes son la primera prioridad, los países en vías de desarrollo son la base, los foros multilaterales son la escena importante”. Entretanto Pekín combinaba un paquete épico de estímulos con una instrucción a los bancos para que duplicaran sus cifras de préstamos, estimándose el efecto general en casi el 20 por 100 del PIB.

Las autoridades centrales especificaron los sectores en los que el gasto debía quedar a cargo de los gobiernos regionales y de nivel inferior: salud, educación, vivienda de bajos ingresos, investigación y desarrollo digital, protección del medio ambiente, etcétera, aunque buena parte acabó en casos de asignación deficiente, burbujas especulativas y préstamos dudosos.

A corto plazo, el crecimiento se restauró mediante un sensible giro hacia las empresas de titularidad estatal y el sector financiero protegido por el Estado, que el Banco Mundial deploró, tras la protección de los controles de capital reforzados. La creciente deuda interna, acumulada entre un organismo estatal y otro, fue la principal razón para que China no abriera más sus mercados al capital atlántico. La desaceleración de la economía y el descontento popular favorecieron la decisión de endurecer las restricciones políticas. Cuando el exceso de capacidad se acumuló en el sector de la construcción nacional, el gobierno de Xi Jinping dio forma estratégica al proyecto de adjudicación de contratos en el extranjero. La Iniciativa del Cinturón y la Ruta, o Nueva Ruta de la Seda, anunciada en 2013, se extendería hacia el oeste a través de Eurasia y hacia el sur hasta Singapur, uniendo puertos desde Hambantota (Sri Lanka) a Guadar (Pakistán) y Yibuti a lo largo de los océanos meridionales del continente.

Los préstamos y las facturas se podrían acomodar fuera del sistema del dólar. Al mismo tiempo, los observadores estadounidenses comenzaron a hacer sonar la alarma sobre los avances chinos en tecnología digital, reconocimiento facial e inteligencia artificial, alimentados por las corrientes de datos de su vasta población digitalizada.

Las opciones de China son aún más limitadas. No puede darse el lujo de deshacerse de sus dólares y carece de cualquier equivalente al sistema de alianzas de Estados Unidos con los países más ricos

Desde cierto punto de vista, la RpCh ha sido un ejemplo clásico de un crecimiento capitalista desigual, que ha impulsado el surgimiento de una nueva gran potencia que inevitablemente causaría fricciones en relación con la partición existente del planeta. Pero si en 1914 las grandes potencias europeas estaban tan igualadas en fuerza militar y económica que podían luchar entre sí durante cuatro años antes de que uno de los bandos prevaleciera, hoy en día el imperio estadounidense es tan vasto, tan arrogante en sus demandas, que cualquier potencia en rápido ascenso debe chocar inmediatamente con él; pero su poderío militar hace imposible su derrota.

De ahí resulta como alternativa la sumisión o el punto muerto de un largo y enconado enfrentamiento. El gobierno de Trump ha endurecido el tono de las relaciones con China, pero el cambio de política de Washington del “apoyo” a “equilibrar y contener” ya estaba en marcha con Obama. Las crecientes tensiones entre las dos potencias están, una vez más, determinadas asimétricamente, aunque queda por ver si Xi será más beligerante que sus antecesores.

No obstante, la interdependencia entre ellas hace pensar que muchas de las armas de Washington pueden resultar de doble filo. El comercio ha crecido, aunque aumentarán las tensiones. La guerra arancelaria de Trump ya amenaza con dañar a los sectores de población estadounidenses con mayor peso electoral y político (agricultores, banqueros, empresas aeroespaciales y de máquina-herramienta), mientras que el sistema político de la República Popular China puede mitigar más fácilmente la insatisfacción doméstica ante los consabidos ajustes de cinturón generados por los bloqueos extranjeros. La Reserva Federal podría sacar rápidamente el capital invertido en China elevando los tipos de interés, pero eso haría que Estados Unidos y el resto del mundo volvieran a caer en recesión. Las sanciones financieras similares a las aplicadas a Irán y Rusia, y que ahora están siendo aplicadas tentativamente a los jefes ejecutivos de Huawei, no tienen efectos secundarios en el país, pero ejercen una notable presión sobre los aliados. Hasta Alemania se está resistiendo a las últimas medidas contra Teherán. El ruido de sables en el estrecho de Taiwán o en el Mar del Sur de China uniría a la población china tras de Xi, mientras que provocaría la alarma en Wall Street. La política exterior estadounidense actual está llevando de hecho a Rusia, China e Irán a una alianza en la práctica.

Pero las opciones de China son aún más limitadas. No puede darse el lujo de deshacerse de sus dólares y carece de cualquier equivalente al sistema de alianzas de Estados Unidos con los países más ricos. Lo que puede hacer es aprovechar el arma tradicional de los débiles: aceptar, para luego no hacer nada. Eso hace que lo más probable sea un patrón de desgaste prolongado: periodos de mayor presión alternados con distensión, acuerdos en la cumbre intercalados con alarmas y boxeo de sombra, crisis repentinas sobre aviones espía, intervenciones para avivar o apaciguar las revueltas.

Los posibles focos de tensión son muchos. Sin embargo, la dirección que tomará a medio plazo el Estado chino, el mayor del mundo, sigue siendo difícil de adivinar. Esto se debe principalmente a que el carácter del propio Estado y la economía que preside son muy opacos.

En este número de NLR publicamos tres perspectivas distintas sobre las relaciones entre economía y Estado en China. En “El Pcch y el ancien régime” Peter Nolan expone la concepción del papel del mercado y de la administración pública en que se basa el planteamiento del régimen de Xi Jinping, apoyándose en los recursos ideológicos del confucianismo. Desde ese punto de vista, la regulación estatal, con el Pcch al mando, es esencial para configurar un mercado que satisfaga las necesidades de la población. “Ronald Coase en Pekín”, de Christopher Connery, repasa la era de la reforma siguiendo los pasos del economista de Chicago en su libro How China Became Capitalist (2012) para desvelar una versión peculiarmente china de la cultura neoliberal habilitada por el Estado. Finalmente Victor Shih, en discusión con Robert Brenner, ofrece un análisis unificado del papel del régimen como administrador del auge chino basado en las exportaciones, en relación con sus intentos actuales de dirigir una economía endeudada entre la Escila de la recesión y el Caribdis de la fuga de capitales.

Podemos formular preguntas a cada uno de ellos. A Nolan: ¿hasta qué punto se parecen la economía política confuciana y la práctica estatal existente? A Connery: ¿el tipo chinificado de neoliberalismo que aplaudió Coase agota las realidades chinas? A Shih: ¿cuáles son las medidas políticas de los dilemas económicos con los que se debate el Pcch? ¿Qué fuerzas en conflicto están en juego, dentro y fuera del Partido?

En lo que respecta a las tensiones entre China y Estados Unidos, cada perspectiva implica al respecto consecuencias diferentes. Aunque, como señala Nolan, el resultado sigue siendo una cuestión abierta, la importancia lógica de su lectura sería que la alteridad fundamental del sistema económico de la RpCh hará inevitables esos enfrentamientos. En el caso de Connery, Estados Unidos no tendrá que preocuparse en lo que concierne al capitalismo, aunque sí en lo que atañe a su primacía económica. La visión de Shih implicaría que la propia alteridad del sistema chino —muy dependiente de la deuda— es la razón por la que Estados Unidos tiene poco por lo que preocuparse en términos de desafío sistémico o competencia económica. Tres lógicas diferentes, pues, para reflexionar sobre los ejes de las relaciones futuras entre China y Estados Unidos. 


NEW LEFT REVIEW #115
Artículo publicado en el número 115 de la edición española de New Left Review y reproducido con permiso por El Salto.

 

NOTAS AL PIE
1 National Security Strategy of the United States of America, Washington dc, 2017, pp. 25, 27, 45-46.
2 Consejo editorial, «Huawei will struggle to assuage Western concerns», Financial Times, 28 de enero de 2019; Consejo editorial, «You don’t understand tariffs, man», The New York Times, 4 de diciembre de 2018; «China vs America», The Economist, 18 de octubre de 2018.
3 Oriana Skylar Mastro, «The Stealth Superpower: How China Hid Its Global Ambitions», Foreign Affairs, enero-febrero de 2019.
4 Perry Anderson, «Imperium», nlr 83, septiembre-octubre de 2013, p. 16; ed. cast.: Imperium et Consilium, Madrid, 2014, p. 25; y American Foreign Policy and Its Thinkers, Londres y Nueva York 2015, p. 17. Ahí se examinan en detalle las variaciones a lo largo del tiempo de la adecuación y fricción entre los aspectos universal- capitalista y nacional-supremacista de la hegemonía estadounidense.
5 Peter Gowan, «El cosmopolitismo neoliberal», nlr 11, noviembre-diciembre de 2001, pp. 151-165. El Tratado de Westfalia de 1648 puso fin a las devastadoras guerras de religión del siglo XVII mediante un acuerdo mutuo de respeto a la jurisdicción doméstica de cada soberanía.
6 Yu Yongding, director del cass Institute of World Economics and Politics, hablando en 2011, citado en Jonathan Kirshner, American Power after the Financial Crisis, Ithaca (ny), 2014, p. 115.

Sobre este blog
La New Left Review es una revista bimensual de pensamiento crítico publicada en Londres desde 1960, que analiza y estudia, entre otros muchos temas, la política y la economía globales, la evolución de las formaciones sociales nacionales y los movimientos sociales globales; la teoría social, económica y política contemporáneas; la historia y la filosofía; la producción y la teoría cinematográficas y literarias; las prácticas artísticas y la teoría estética. La edición español, coordinada por Carlos Prieto del Campo, fue lanzada en el año 2000 y, tras distintas etapas, se publica actualmente con el apoyo del Instituto 25M y la editorial Traficantes de Sueños.
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