El sentido de la marcha

Para disfrutar del norte de León desde un tren es suficiente con un billete León-Oviedo y la predisposición a contemplar el paisaje. Merece aún más la pena en invierno.

Insólita Península 11
Javier de Frutos

publicado
2018-03-18 07:00:00

Quien viaje desde Madrid en tren en dirección a Asturias vivirá en la estación de León una experiencia inquietante. Una vez concluida la parada, el tren dará marcha atrás y el viajero podrá ver de nuevo los mismos edificios, los mismos solares. Si el viajero iba sentado en el sentido de la marcha, mirando hacia delante, habrá quedado ubicado ahora en sentido contrario a la marcha: viajará marcha atrás. Los paisajes urbanos, antes novedosos, le parecerán una sucesión de edificios olvidables. Luego, el tren dibujará una curva hasta tomar de nuevo dirección norte, pero el viajero seguirá desubicado, colocado en sentido contrario a la marcha, marcha atrás, viendo paisajes que se alejan en lugar de paisajes a los que llegar.

Superado el desconcierto, el tren se adentrará en el norte de la provincia de León.

En ese tren estoy, una mañana de febrero. Resulta entonces aconsejable abandonar el asiento y admirar lo que ocurre a uno y otro lado: los terrenos de cultivo salpicados de nieve, las industrias herrumbrosas, los efectos de la helada sobre las ramas desnudas. Después de más de dos horas de alta velocidad en el tramo Madrid-León, el tren circula ahora a velocidades asumibles para el ojo (entre 70 y 90 kilómetros por hora). Al mismo tiempo, la vía ha cobrado protagonismo y se percibe el traqueteo de los vagones sobre el camino de hierro, la imperfección de cualquier contacto entre dos superficies.

Sonidos mecánicos y silencio de nieve. La asepsia del interior del tren —moqueta verde, plástico blanco y luz de hospital— contrasta con la fuerza de la niebla entre las cumbres, con el agua que fluye sin descanso. De pronto, surgen en una loma blanca los restos de un edificio, mil veces contemplados y que uno tiene la impresión de que nacieron ya en ese estado de ruina. La carretera, las pequeñas poblaciones con casas bajas en hilera y las estaciones en las que el tren no se detiene dibujan un escenario fronterizo. La Robla, Villamanín, Busdongo: son lugares con nombre de viaje, con sabor a panaderías con panes de corteza fuerte.

En la cafetería del tren se repite la conversación de siempre: un diálogo sobre la variante de Pajares —los túneles ferroviarios entre León y Asturias—, que ahora tiene problemas con el agua. Recuerdo que la promesa de esa conexión definitiva ya ocupaba las páginas de la prensa local a finales del siglo XX. Hoy, tras más de veinte años de obras, creo que nadie está seguro de nada. “Va para largo”, dice uno de los habituales en la conversación sobre la variante.

Mientras tanto, a falta de variante, el tren discurre por la rampa de Pajares, construida en el siglo XIX para salvar la cordillera Cantábrica. Y avanza con una lentitud agradable que arroja una pregunta muy nítida: ¿tiene sentido horadar la montaña con una obra de décadas para reducir en algo más de una hora el tiempo del viaje entre León y Oviedo? ¿Quién sabe? La búsqueda de sentido respecto a los avances en las infraestructuras de transportes conduce a un lugar incierto. El único sentido cierto aquí es el sentido contrario a la marcha, un ir contra corriente que produce en el viajero un leve mareo, acentuado tal vez por los giros del tren, que ya se empieza a adentrar en la zona de túneles.

La película de la pantalla diminuta cuenta la historia de una mujer embarazada. El cine en el tren se asemeja a un largometraje mudo que transcurre en un lugar muy lejano. Esa lejanía tiene su reverso en la cercanía de la nieve enmarcada en la ventana del vagón. Algunos viajeros se entretienen fotografiando un espectáculo que quizá, dentro de no mucho, formará parte de una ruta turística: arqueología ferroviaria en alta montaña. Me imagino la campaña promocional, el folleto divulgativo, la tarifa de grupo y la frase de los que dirán que ellos pasaron mil veces por allí, en aquellos inviernos en los que la conexión ferroviaria entre Asturias y León podía permanecer suspendida varios días a causa de la nieve. Inviernos como este de 2018, duros y televisados.

En la estación de Pajares aún sobrevive la decoración de azulejos de colores. El tren ha iniciado ya su descenso entre túneles y curvas por la vertiente norte de la cordillera. Y unos instantes después llega el pitido en los oídos por el cambio de altura y la necesidad de abrir la boca, de tragar saliva. Ese pitido interior dice que estamos en Asturias. 

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