Túnez
Desde mi cocina: algunas voces femeninas en Túnez

Layla y Samia todavía no se conocen pero ambas forman parte de Ftartchi, un proyecto solidario de cocina tradicional tunecina cuyo objetivo es ayudar a mujeres desempleadas y en riesgo de exclusión social. Y todo ello en un país que arrastra una tasa de desempleo femenino cercana al 23%, según las últimas estimaciones de la Organización Mundial del Trabajo (OIT) publicadas en 2018.

Túnez avenida Bourghiba
Una joven fotografía un grafiti cerca de la Avenida Bourguiba (Túnez) durante las celebraciones del octavo aniversario de la caída de Ben Ali, en 2011 Elisa Pont

publicado
2019-03-14 06:30:00

“El savoir-faire y la experiencia culinaria de las mujeres en Túnez no se valora, ni económica ni simbólicamente”, afirman Xavier y Aïda, fundadores de la Asociación Patrimonio por la Economía Solidaria (Apes), en la que se enmarca este proyecto de economía a través de la restauración. Ftartchi comenzó a funcionar el mayo pasado y,  desde entonces, ofrece menús al medio día (primero, segundo, postre y pan) por 10 dinares tunecinos, esto es, unos 3 euros aproximadamente. Un precio más que razonable para los potenciales clientes: la mayoría oficinistas, muchos de ellos extranjeros, que tienen así la oportunidad de descubrir la comida tradicional del país sin desplazamiento alguno.

Layla es la cocinera encargada de alimentar a los veinte comensales diarios que de media suele gestionar Ftartchi; mientras que Samia cubre los eventos especiales, ya sean fiestas, reuniones o incluso competiciones deportivas. Ambas comparten la pasión por la cocina y ven en este proyecto la posibilidad de aumentar sus ingresos y alcanzar una cierta independencia económica. Según los últimos datos publicados en el IEMed MedyearBook 2018, sólo el 24,4% de las mujeres en edad de trabajar están empleadas o buscan activamente empleo frente al 69% de los hombres.

Y es que para muchos ciudadanos, la situación social y, sobre todo, laboral no ha mejorado a pesar del “éxito” de la transición democrática de Túnez, que vivió su punto álgido el pasado mes de mayo con la celebración de las primeras elecciones locales tras las revueltas populares del 2011, que pusieron fin al régimen de Zine El Abidine Ben Ali, y que fueron las primeras verdaderamente libres desde la independencia del país en 1956. Hechos como el suicidio a lo bonzo del joven periodista Aberrazak Zorgui en protesta por la pobreza y la precariedad laboral en la ciudad de Kasserine, en el centro-oeste del país; o la reciente huelga de funcionarios convocada por el sindicato UGTT pocos días después de las celebraciones por el octavo aniversario de la huida de Ben Alí, muestran que la situación del país aún es muy complicada.

La cocina como habitación propia

Las mujeres dedican 4 horas diarias a realizar tareas domésticas frente a las 2 empleadas por los hombres, según el estudio Femmes et hommes, regards sur la Parité [Mujeres y hombres, miradas sobre la paridad], publicado por el Instituto Nacional de Estadística y de Estudios Económicos (Insee, por sus siglas en francés) en 2012. Pero para Layla estas cifras se quedan cortas, más aún desde que empezase a trabajar para Ftartchi.

Layla nos recibe en su casa una tarde soleada de mediados de enero y enseguida nos ofrece limonada y los típicos dulces tunecinos. Es su hija, Nawroz, de 22 años, quien nos sirve una vez nos sentamos en el salón, ordenado y dispuesto para nuestra visita. También nos acompaña Aïda, quien hará de traductora, pues Layla apenas habla francés. Nacida en Túnez capital, Layla es una mujer alegre y extrovertida, que ríe al contarnos, por ejemplo, cómo conoció a su marido, Fathieu, hace ya “muchos años”, cuando él frecuentaba la casa familiar porque era amigo de su hermano. Se casó al cumplir los 17 años y desde entonces viven en Jbel Lahmar, un barrio obrero de la periferia de Túnez.

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Layla en su cocina Elisa Pont

Conversamos con ella de sus tareas como cocinera, del “dinamismo” que le aporta trabajar para Ftartchi y también de lo “novedoso” que le resulta ofrecer regularmente una opción vegetariana, algo difícil de encontrar en la cocina tradicional tunecina. Layla nos confiesa que formar parte del proyecto le ha proporcionado un mayor sentido de la “organización y de la responsabilidad”. Durante el Ramadán, por ejemplo, se despertaba pronto para preparar los encargos de Ftartchi, que solían multiplicarse durante este mes, y luego se acostaba hasta el atardecer cuando volvía a la cocina para preparar la cena familiar. Vemos que su cocina, luminosa y limpia, acoge tanto los ingredientes e utensilios para el proyecto como los que ella emplea para su cocina familiar. Es en esta pequeña habitación, con una ventana al frente, y las paredes de azulejos decorados con pegatinas en forma de tetera, donde pasa la mayor parte del día.

Como ella misma nos indica, su vida ha mejorado considerablemente desde que ingresa algo de dinero a la economía familiar: su marido es vendedor de frutas y verduras en el mercado; su hija, con estudios en farmacia, está desempleada; y su hijo, Firas, todavía está en edad escolar. Intentamos ahondar sobre la relativa independencia económica de la que ahora disfruta, en qué emplea su salario, si disfruta de más tiempo libre para sus aficiones. Parece no entender bien el sentido de nuestra pregunta y, algo dubitativa, acaba respondiendo que le gusta leer y consultar recetas en Samira TV, una cadena argelina especializada en programación culinaria.

Elogiamos la ensalada de bulgur con tomates secos y el estofado de guisantes con conejo que esa misma mañana cocinó, y que nosotras probamos, y parece que Layla se relaja. Y aunque no abandonará su sonrisa ni un instante a lo largo del encuentro, algo hace que su expresión parezca impostada, como si necesitase mantener el control de lo que sucede en el salón de su casa.

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Layla sonríe mientras conversamos en el salón de su casa, situada en Jbel Lahmar, un barrio obrero de la periferia de Túnez Elisa Pont

De la revolución y lo que vino después apenas quiere hablar. Layla, como también lo hará Samia, afirma que la calidad de vida ha empeorado tras el 2011 y que ahora la ciudad es más insegura. “Ahora caminar por la calle más allá de las 7 de la tarde es peligroso”, añade. También habla del aumento de precios, sobre todo de los alimentos, y de la enorme tasa de desempleo, sobre todo entre los más jóvenes. No obstante, Layla no cae en el desánimo y se muestra optimista. In šāʾ Allāh [Si Dios quiere], susurra.

Antes de marcharnos, su hija, que ha estado atenta a la conversación, participativa incluso, nos invita a ver el álbum de fotos de su pedida de mano. A juzgar por las imágenes, fue una fiesta por todo lo alto, vestido blanco incluido, en la que los novios bailaron para deleite propio y también de la familia y amigos; todos reunidos en un salón de banquetes en el que no faltó comida ni bebida. Dentro de un año Nawroz estará casada y, al igual que su madre, será la responsable de que todo funcione en su nuevo hogar.

feminización de la pobreza

Según datos de 2017, Túnez tiene una brecha de género del 64,8%, lo que lo sitúa en el puesto 119 de los 149 países que conforman el ranking del Índice de Brecha Global de Género, elaborado por el Foro Económico Mundial para medir la magnitud de desigualdad entre hombres y mujeres en términos de salud, educación, economía y representación política. Por lo que respecta al ranking del Índice de Desarrollo Humano (IDH) elaborado por Naciones Unidas, Túnez se mantiene en el puesto 96, precedido por República Dominicana y Jordania.

Vemos en Samia la materialización de esta pobreza, de una exclusión social que afecta mayoritariamente a las mujeres, pero que es una constante en todo el país. Samia nos recibe en su casa junto a Sely, su hija de 14 años, afectada de cataratas congénitas. Una adolescente que usa gafas de pasta negra, con cristales sin reducir, de ojos oscuros agrandados y que no se despega del móvil mientras conversamos. Más tarde añadirá que le encantan los animales y que su sueño es estudiar veterinaria. Las condiciones de la casa de Samia son muy precarias. Madre e hija viven en una única habitación, a la entrada de un edifico situado en el barrio de Bab El Bhar, en el centro de Túnez. A la estancia se accede por una puerta de metal microperforada, recubierta a su vez de algunas telas para evitar que se cuele el frío y preservar al mismo tiempo algo de intimidad. 

Por esta casa Samia paga 400 dinars tunecinos al mes, aproximadamente unos 118 euros. Su marido, Said, falleció en 2007, cuando Sely tenía apenas 2 años. Se conocieron en 1994 y estuvieron cerca de 10 años sin tener hijos. Él era un hombre de negocios, que viajaba mucho (Egipto, Turquía, Damasco), y con el que Samia tenía una vida acomodada. Al hablar de su marido, Samia echa la vista hacia atrás, rememora con cierta tranquilidad los años de estabilidad y bonanza del matrimonio. Al quedarse viuda —enfatiza mucho en que no fue “abandonada”—, tuvo que hacerse cargo de su hija, ella sola, sin ahorros ni familia a la que acudir. “Él no me dejó nada, sino no estaría en esta situación”, afirma tajante.

Durante la conversación, Samia no deja de repetir que su “sueño” es viajar a España para que allí puedan operar a su hija y que ésta tenga un futuro mejor del que, según su madre, le espera en Túnez. A lo largo de la entrevista, Samia repetirá varias veces que la única solución factible a la pobreza es emigrar. “No quiero que mi hija se convierta en una mujer infeliz como lo soy yo”, añade. Samia se siente frustrada ante su situación vital aunque en cierta manera se muestra optimista y dice no perder la esperanza ante lo que vendrá.

Insistente y franca, algo ansiosa por hacerse escuchar, nos habla en un francés en desuso, propio de la educación escolar tras la descolonización, de cómo otras madres, que no pueden sacar adelante a sus hijas, las empujan a trabajar de trotteuses —prostitutas que hacen la calle—, o bien a casarse muy jóvenes para tener un marido que trabaje por ellas y las mantenga. A este respecto, y pese a la culpabilidad que siente por la situación que les engloba a ella y a su hija, Samia se define como una “mujer liberada”. “No creo que ninguna mujer tenga que tener necesariamente a un hombre a su lado”, añade.

Samia compara a Túnez con una gran tienda en la que no se ofrece producto alguno, y en la que la gente que allí entra tampoco dispone de dinero para poder comprar

“Mi felicidad sería que mi hija viviese bien, que tuviese un buen futuro”, recalca Samia. También ella habla de un empeoramiento de la calidad de vida después de la revolución, del aumento de precios de los alimentos y del desacuerdo en la gestión del gobierno. La revolución fue una “mentira”, todos los políticos son unos voyoux [corruptos]”, afirma. Ante la pregunta de por qué quiere marcharse de su ciudad, ella responde: “Si te encuentras bien, no tienes por qué irte de tu país”. Y compara a Túnez con una gran tienda en la que no se ofrece producto alguno, en la que no hay nada, y en la que la gente que allí entra tampoco dispone de dinero para poder comprar.

Dos días más tarde, nos citamos de nuevo con Samia en su casa. Al llegar, ya está lista para salir: el plan es caminar por el zoco y hacer algunas compras. Viste un abrigo rojo que le llega a la altura de las rodillas, un suéter azul oscuro de cuello alto y el pelo recogido con una pinza. En una mano sostiene el bolso mientras que con la otra se coloca la bufanda alrededor del cuello. Se despide con un beso de su hija, que nos dice “adiós” desde el interior.

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Samia posa junto a la mezquita Zitouna, en el centro del barrio de la Medina Elisa Pont

Samia se muestra más incisiva que el primer día y contesta algo brusca a nuestras preguntas. Insistimos en saber más sobre su pasado, sus años de matrimonio, y también los que vinieron después, con su hija de apenas dos años y sin nadie que la respaldase. Pero Samia no quiere volver al pasado, se niega a hablar de ello, y aunque no nos lo dice directamente, contesta con evasivas hasta cambiar radicalmente de tema.

Caminamos por una ciudad caótica y dispar, ruidosa por el tráfico tanto de vehículos como de viandantes, que a esta hora de la tarde ultiman sus compras y recados. Se escuchan tertulias de café, gritos de vendedores ambulantes, bocinas de taxis y tuctuc. Los gatos callejeros olisquean entre la basura, se enredan entre las piernas de los transeúntes, para luego desaparecer en el rumor del gentío. Huele a repostería tunecina, a miel, almendras, pistachos y otros frutos secos, a una mezcla de aceite refrito; todo ello en el ambiente casi festivo de las calles comerciales. Pero de pronto, resuena desde lo alto de los minaretes la llamada a la oración, y el ritmo se ralentiza, las calles se vacían, y durante algunos minutos la calma se apodera de la ciudad.

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Samia ataviada con el uniforme de cocinera en el foyer en el que vivió durante algunos meses junto a su hija Elisa Pont

Continuamos el paseo hasta llegar a un foyer, una casa para mujeres y niños situada en La Medina y cuya localización exacta se nos ha pedido ocultar por razones de seguridad. Allí residió Samia junto a su hija cerca de dos años, pero llegó un día en el que decidió irse para así “tener más libertad de movimiento”. Fue a través de esta organización que Ftartchi contactó con ella. Una vez allí, nos muestra la cocina que de vez en cuando utiliza para preparar los pedidos de Ftartchi, e insiste en que la fotografiemos, uniforme incluido. Una puesta en escena que se aleja de sus días en una habitación mucho más oscura y fría, pero que parece regalarle algo más de vitalidad y energía. Samia nunca accedió a que la fotografiáramos en su casa. “Me da vergüenza”, dijo.

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