Feminismos
¿Qué querrán las niñas de la fábrica ahora? La lucha de las cigarreras de Cádiz

En Andalucía, las cigarreras son una de las primeras expresiones organizativas del movimiento obrero y fueron precursoras en la lucha feminista.

Cigarreras de Cádiz cabecera
Archivo fotográfico de la Asociación de Cigarreras de Cádiz. Pensar Jondo
Esther Alberjón Castillo. Historiadora, militante del SAT y activista feminista
10 may 2020 11:24

Desde principios del siglo XIX, en ciudades como Sevilla, Cádiz, Málaga y Andújar (Jaén), encontramos un ejemplo paradigmático en estas mujeres procedentes de barriadas populares, muchas de ellas de etnia gitana, al llevar a la práctica una lucha colectiva y una gran capacidad de respuesta al crear redes de sororidad. En el presente artículo analizaremos la evolución de este colectivo y las formas que adquirió su lucha en el caso de Cádiz en el siglo XX . Este artículo surge como divulgación de la investigación “¿Qué querrán las niñas de la fábrica ahora? La lucha de las últimas cigarreras de Cádiz” del Trabajo Final del Máster en Estudios de Género de la Universidad de Cádiz, que tuvo como eje central una serie de entrevistas a antiguas trabajadoras de la fábrica de Tabacos, además de investigación de hemeroteca.

Alegría del pueblo y espanto de la autoridad

El origen de las Fábricas de Tabaco en Andalucía nos lleva hasta la Sevilla del siglo XVII, epicentro del comercio colonial y de esclavas, donde llegará la planta del tabaco con fines comerciales. Allí surgió el primer centro fabril, la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, estando compuesta en su totalidad por cigarreros. Tendremos que esperar hasta comienzos del siglo XIX para asistir a la integración de las mujeres en el ámbito asalariado de las tabacaleras debido al aumento de la demanda del tabaco de liar y al menor coste de la mano de obra de las mujeres. Será en la factoría de Cádiz donde se documente por primera vez la contratación de mujeres como cigarreras (1). Desde este momento, las fábricas de tabaco se han caracterizado por establecer una división sexual del trabajo en función del rol social que se ha establecido tradicionalmente: los hombres se han encargado de ocupar puestos como directivos, administrativos, técnicos -mecánicos, electricistas, etc.- y como cargadores en los depósitos y fábricas. En cambio, han sido las mujeres quienes se han ocupado de manipular el tabaco manualmente y de elaborarlo en sus distintas fases. Más allá de la visión patriarcal que afirma que las mujeres tenemos mayor delicadeza y habilidad a la hora de llevar a cabo trabajos manuales, debemos señalar el trabajo a destajo que realizaban las cigarreras y las consecuencias de salud que les suponía.

La profesión de cigarrera, como tantas otras, comenzaba desde la edad infantil. La mayoría accedían como aprendizas siendo niñas y recomendadas por las propias cigarreras, que aconsejaban a sus hijas, sobrinas o vecinas. Los primeros años trabajaban en corrillo y supervisadas por una maestra, por lo que pasaban largos ratos conviviendo y fortaleciendo lazos en el mismo espacio las 12 o 14 horas que se empleaban durante cada jornada (2). La pobreza que vivían en las barriadas humildes propiciaba, además, que sacaran tabaco a hurtadillas para conseguir más ingresos. Era común que en barrios como el de Santa María, en Cádiz, o el de Triana, en Sevilla, muchas mujeres que no estaban relacionadas con el mundo fabril supieran trabajar manualmente el tabaco para venderlo en el mercado de estraperlo.

Las cigarreras desarrollaron una conciencia colectiva y de clase que no se desligará de su condición de mujeres y cuidadoras en el ámbito familiar y vecinal. Pusieron en el centro resolver las necesidades que tenían como trabajadoras y fueron pioneras en practicar lo que hoy desde el feminismo llamamos sororidad. Para ello priorizaron solucionar las cuestiones vinculadas con la crianza colectiva, la salud, los derechos laborales y la vejez: reivindicaron poder llevar a sus hijas e hijos a los centros de trabajo y la incorporación de guarderías, escuelas, salas de lactancia y cunas que mecían con los pies mientras liaban los cigarrillos, así como mejoras en salubridad e higiene en las fábricas. Además, las porteras, maestras y cigarreras cubrían a cualquier compañera ante enfermedad, agotamiento físico o diversas dificultades. En este sentido, e insertadas en la tradición del primer movimiento obrero, se produce todo un desarrollo de redes de solidaridad y apoyo mutuo en el campo laboral. Estas redes evolucionaron en 1835 a las Hermandades de Socorro y en 1901 a la Caja de Auxilios, antecedentes de las actuales Cajas de Resistencia, que eran recaudadas por las propias obreras para el auxilio económico y para evitar recurrir a la mendicidad en la vejez.

En el contexto de las agitaciones sociales y políticas del Sexenio Revolucionario (1868-1874), y en pleno auge del movimiento obrero a nivel mundial, las cigarreras destacarán por su combatividad y capacidad organizativa. La amenaza que supuso la mecanización de las fábricas conllevó una respuesta de las cigarreras desde 1871 en todo el Estado español. Luchar contra la mecanización no sólo suponía defender los puestos de trabajo de las obreras con las condiciones laborales y de salubridad que habían conquistado hasta el momento, sino que se trataba de defender una forma de trabajo colectivo y compartido, frente a un trabajo en cadena, individualizado, donde la interacción con otras compañeras no tendría lugar (3). En este caso, las protestas se expresaban en motines espontáneos, destrucción de las máquinas, huelgas de brazos caídos y manifestaciones populares que se apoyaban y extendían entre fábricas en solidaridad con las compañeras de otros territorios. La patronal tabaquera temía sus levantamientos por su acción directa y repercusión popular, por lo que hacía uso de la violencia de las fuerzas de seguridad del estado y de la represión a las trabajadoras.


 Cigarreras de Cádiz en el taller de liado mecánico de cigarros (1930).

Para el caso de Cádiz, esta tradición combativa y solidaria cristaliza en 1918. Al calor de la revolución bolchevique, e impulsado por la Federación de Cigarreras y Tabaqueros, se crea la Sociedad de Cigarreras que tendrá como caras visibles a las hermanas Ángela y Micaela de Castro. Poco después de su creación, las rojas cigarreras gaditanas protagonizaron algunas de las movilizaciones con más fuerza del momento, que no estuvieron exentas de represión y despidos laborales, como el de la propia Ángela de Castro. En noviembre de 1918, 800 trabajadoras de la fábrica iniciaron una huelga de brazos caídos en apoyo a las cigarreras coruñesas que estaban en huelga. Meses después, en agosto de 1919, las gaditanas inician otra huelga de brazos caídos, siendo en este caso apoyadas por las cigarreras sevillanas que convocaron un paro, se negaron a que el cargamento entrase en la fábrica y recaudaron fondos para las huelguistas de Cádiz. Ambas huelgas estuvieron secundadas por los carreros y cargadores de los Depósitos de Tabaco del barrio de Puntales, que se negaban a descargar y transportar los fajos de tabaco. La represalia ante estas movilizaciones supuso el despido de alrededor de 150 obreras. Sin embargo, consiguieron que la compañía tabaquera anunciara una subida de sueldo a cigarreras, maestras, porteras, barrenderas y operarios, así como la implantación de un servicio médico y de farmacia. 

Si bien está por investigar la evolución de la Sociedad de Cigarreras, sabemos que la actividad reivindicativa de las gaditanas continuó en los siguientes años, con especial combatividad durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) – momento en el que Micaela de Castro tendrá mayor protagonismo en la Sociedad – y, fundamentalmente, tras la proclamación de la II República en 1931. Con el golpe de estado de julio de 1936, las aspiraciones de las cigarreras, que iban más allá de conseguir simples mejoras laborales de la situación de las obreras del tabaco, se vieron truncadas con la durísima represión que se cernió sobre la población andaluza de izquierdas. En el caso de las cigarreras gaditanas podemos confirmar que fue feroz y despiadada, destinada a castigar a mujeres que habían transgredido su rol tradicional en el hogar, además de ser militantes en el ámbito sindicalista y comunista. Micaela de Castro, que contaba con 63 años, fue detenida y recluida en la cárcel de Cádiz el 4 de septiembre del 36. Al día siguiente fue trasladada al penal de El Puerto de Santa María, donde no llegó a constar su entrada en prisión. Como pasó con muchos otros casos, su cuerpo desapareció en el camino. Pocos días después del asesinato de Micaela, las cigarreras Clotilde Cuevo, Antonia Sánchez y Pilar Subiela fueron suspendidas de empleo y sueldo. Esta represión ha quedado recogida en la historia sobre las conocidas como Tres Rosas de Tabacalera: Amparo García Cano, Antonia Cabañas Casanas y Francisca Torres Fernández, fusiladas en los alrededores de la ya desaparecida Plaza de Toros de Cádiz, el 20 de octubre del 36 (4).

Cigarreras de Madrid días después del triunfo del Frente Popular en febrero de 1936.

La tradición de lucha y las aspiraciones de cambio social del sindicalismo tabaquero, que se vieron truncadas tras la derrota del bando republicano en la guerra civil, no volverán a aparecer hasta la década de 1970, momento en el que surgió un nuevo ciclo de movilizaciones sociales. En este periodo, en la Bahía de Cádiz se dan los primeros conflictos sindicales y luchas obreras en forma de paros y huelgas, que se harán más intensas conforme avance la década. A su vez, en el campo, la situación cada vez más deteriorada del sector agrícola generó una respuesta de la clase jornalera con movilizaciones, huelgas y ocupaciones de tierras en pueblos como Villamartín, Bornos o Espera.

Las cigarreras gaditanas desde 1970

En el caso de la Fábrica de Tabacos de Cádiz, y enmarcado en el proceso industrializador de la Bahía, ésta se ve reforzada con el aumento del número de cigarreras a lo largo de toda la década. Como resultado de este crecimiento, a partir de 1980 la factoría gaditana será la que concentre el mayor grueso de trabajadoras del estado español, contando con alrededor de 900 (5). Esta generación de cigarreras será la protagonista de un nuevo ciclo de lucha y reivindicaciones que se extenderán hasta el cierre de la fábrica en 2014. A través de los testimonios recogidos a diferentes cigarreras gaditanas, hemos podido reconstruir distintos aspectos de la lucha de este colectivo.

Comenzando por el plano más personal, para estas mujeres, que empezaban a integrarse en el trabajo asalariado, la posibilidad de acceder a un sueldo estable significó una independencia personal y económica. No obstante, es de señalar que esta situación no supuso una liberación de las tareas domésticas y de los cuidados, así como ambas cuestiones complicaban su compromiso en la militancia sindicalista que muchas iniciaron siendo jóvenes cigarreras. Asimismo, no todas podían disfrutar de este salario, ya que algunas tuvieron que supeditar su independencia económica a la del marido, habiendo casos en los que no sabían ni lo que ganaban. Por ello, algunas trabajadoras se ayudaban entre ellas para apañar la nómina de forma que el marido no se enterase de todo lo que cobraban y pudieran guardar un piquito para ellas. Además, era habitual que al casarse, algunas cigarreras dejaran su puesto laboral para dedicarse a los cuidados en el hogar, aludiendo que no estaba bien visto que la mujer cobrase un sueldo mayor que el del marido.