Marruecos
Las que se quedan

Precariedad, disidencia y fronteras: Amad huyó de Marruecos por enfrentarse al régimen, pero su familia todavía permanece allí

mujeres kenitra
Meftah y Ghizlan charlan en Kenitra, mientras Amad aún se encontraba atrapado en los Balcanes Enrico Pascatti
Rabat (Marruecos)
13 nov 2019 07:18

Mohammad tiene seis años, se conoce todos los recovecos del zoco de su ciudad y todo el mundo lo conoce a él. Camina rápido, riéndose y escapando de su madre cuando sus ojos no lo miran. Tan solo se necesita un segundo de despiste para que huya y aparezca a los pocos minutos con un plátano, unas uvas o una chocolatina en sus manos. Él saluda a los tenderos y ellos le dan un beso en la mejilla. Su padre solía trabajar también en las calles de Kenitra. “¿Cómo está Amad?, ¿Sigue en Bosnia?”, se preguntan diferentes personas al paso de Mohammad y Ghizlane, su madre. De camino a casa, a Mohammed se le cae al suelo uno de los plátanos que cogió en el mercado. Reacciona con una mueca pilla de hoyuelos acentuados. La misma con la que aparece en la fotografía que Amad enseña cuando habla de sus hijos en los Balcanes, donde se pasó meses atrapado entre fronteras tras huir de las amenazas que sufre por parte del régimen marroquí.

La vida de Amad y su familia cambió por completo a finales de febrero cuando tomó la decisión de comprar un billete de avión a Turquía y comenzar desde allí la ruta de los Balcanes para poder solicitar asilo en Europa. Ahora, Ghizlane, su mujer, camina por las calles de Kenitra —una ciudad que se encuentra cerca de Rabat— recordando los lugares en los que su marido trabajaba como vendedor ambulante. Detrás de ella, un furgón de policía patrulla la zona esquivando, como puede, a las personas que se aglomeran delante de los puestos de frutas, verduras y ropa que avivan la carretera. La venta ambulante es una actividad muy perseguida por la policía en Marruecos. “Mi marido sufría todos los días estas agresiones. A veces le pegaban y otras le confiscaban o rompían su mercancía”, cuenta Ghizlane. Said, amigo de Amad y vendedor ambulante, corrobora estas afirmaciones: “la policía viene todos los días, nos saca la mercancía y, a veces, cuando ya hemos vendido todo, nos obligan a darle la mitad del dinero que hemos ganado”.

venta ambulante kenitra
Vendedores ambulantes de Kenitra preparan el espacio en el que dejar sus mercancías cuando cae la noche. En este lugar Amad acostumbraba asentar su puesto de venta Enrico Pascatti

Said y Amad se conocieron en la calle y, desde ese momento, los dos han luchado y protestado por los derechos de los vendedores ambulantes. “En 2015 creamos una asociación que pretendía defender nuestros derechos, queríamos que habilitaran un mercado para que las personas que vivimos de esto pudiésemos trabajar en condiciones dignas”, cuenta Said. Sin embargo, la municipalidad nunca ha llegado a materializarlo. Tras un periplo de dos años desde la creación de la asociación, por fin pudieron legalizarla, pero, según declaraciones de Said, “no ha cambiado nada, seguimos sin tener ningún tipo de derecho”.

“En 2015 creamos una asociación que pretendía defender nuestros derechos, queríamos que habilitaran un mercado para que las personas que vivimos de esto pudiésemos trabajar en condiciones dignas”, cuenta Said

Los enfrentamientos entre comerciantes y fuerzas policiales no son nuevos en el Magreb. Ya en 2016, una mujer que se dedicaba a vender baghrir—unas tortas esponjosas de harina— se quemó viva en Kenitra después de un enfrentamiento con la policía, que quería impedirle trabajar en la calle. Said presenció y participó en las manifestaciones que siguieron al suicidio de esta mujer y cuenta que sufrieron “mucha represión” por parte de los cuerpos policiales. Desde que se fue Amad nada ha cambiado en referencia a los derechos de los vendedores ambulantes. “Amad era nuestra voz pública, el que defendía abiertamente nuestro oficio, ahora yo intento substituirlo, pero tengo miedo de las consecuencias que pueda sufrir”, cuenta. Mientras habla, es consciente de que las posibilidades de que alguien haya ya informado a la policía sobre su charla con periodistas internacionales son altas.

Puesto tomates mercado kenitra
En las horas de calor, los puestos de vendedores ambulantes en Kenitra se vacían. Las calles empiezan a llenarse de gente y de furgones policiales con la caída del sol. Enrico Pascatti

En las horas de calor, las calles de Kenitra se vacían y los improvisados puestos de venta en las carreteras pasan a ser solitarias construcciones de madera. No muy lejos de la plaza en la que Amad solía desplegar sus mercancías, se encuentra la casa de su prima, Meftah. Ella, su marido y Ghizlane se acomodan alrededor de una mesa presidida por una tetera y unos finos vasitos de cristal para hablar sobre el caso de Amad. Las conversaciones entrecruzadas sacan a flote los problemas económicos y sociales más arraigados en Marruecos. “Mi marido tenía que dedicarse a la venta ambulante porque es muy difícil encontrar trabajo aquí y, aun así, no ganaba más de 40 dirhams (unos cuatro euros) al día”, relata Ghizlane. Su familia recuerda cómo Amad se convirtió en un activista y todas las reclamaciones y quejas que hacía al gobierno, sobre todo, a partir de vídeos en su cuenta de Facebook o Youtube. “No se puede decir que en Marruecos no haya libertad de expresión, la hay, pero tiene ciertos límites”, afirma Meftah.

Dios, Patria y Rey es el lema de la nación marroquí y fue en el momento en el que Amad se dirigió al monarca Mohammad VI a través de un vídeo publicado en su Facebook cuando lo detuvieron, torturaron y encarcelaron. “El gobierno no quiere que nadie proteste porque si comienza una persona, es posible que más se unan y se desate una especie de revolución mental”, afirma Meftah. De hecho, las revueltas más recientes en Marruecos comenzaron a raíz de un enfrentamiento entre un vendedor ambulante y las fuerzas de seguridad. Después de que Mohsin Fikri muriera aplastado por un camión de basura mientras se quejaba porque la policía había confiscado el pescado que estaba vendiendo en la calle, se desataron numerosas protestas en las calles de la ciudad rifeña de Al-Hoceimas. A pesar de que las fuentes oficiales califican lo ocurrido de accidente, los manifestantes creen que el mecanismo del camión fue activado conscientemente para callar la voz de Fikri. El Hirak —así se conoce a la revolución del Rif— dejó a cientos de presos políticos en cárceles marroquíes. Algunos de ellos han sido indultados por Mohammad VI en fiestas nacionales como la del fin del ramadán o en la conmemoración de la coronación del Rey, que se celebra el 30 de julio. Sin embargo, los cuatro principales líderes de la revuelta, entre los que se encuentra la cabeza visible del movimiento, Nasser Zefzafi, están condenados a 20 años de cárcel por el Tribunal de Apelación de Casablanca.

Amad organizó en Kenitra manifestaciones en defensa de los derechos de los vendedores ambulantes y, a pesar de que lo liberaron tras la primera detención, sabía que era muy probable que acabaran encarcelándolo

Amad siempre ha estado activo en la vida política y en los movimientos sociales marroquíes. Él, rifeño de nacimiento, también participó en las protestas que se desencadenaron en Al-Hoceimas y que se extendieron a lo largo y ancho de toda la región. En Kenitra organizó manifestaciones en defensa de los derechos de los vendedores ambulantes y, a pesar de que lo liberaron tras la primera detención, sabía que era muy probable que acabaran encarcelándolo. “Cuando fijaron la fecha del juicio, estábamos casi seguros de que lo declararían culpable y que iría a prisión, así que ambos éramos conscientes de que la mejor opción era la huida”, explica su mujer Ghizlane.

Lejos de Kenitra, en Serbia, Amad cuenta su historia apurado mientras se bebe un café en la terraza de un pequeño bar en el pueblo de Sid, cerca de la frontera con Croacia. Sus palabras recorren países: Marruecos, Turquía, Grecia, Kosovo, Serbia, Bosnia, Croacia, Eslovenia. Llegar hasta los Balcanes no fue un viaje fácil. “Cada vez que en Turquía me descubrían intentando cruzar a Grecia me pegaban, me sacaban todas mis pertenencias, me tiraban al río y tenía que volver a empezar”, cuenta. No fue la policía turca la única que lo agredió en su periplo por los confines de Europa: desde que llegó a los Balcanes, intentó entrar en el área Schengen en numerosas ocasiones y en todas ellas lo deportaron de vuelta a Serbia o Bosnia, a veces, de forma violenta.

La jungla Serbia
Un migrante en la entrada de la “jungla”, un lugar con arbustos donde suelen esconderse las personas refugiadas, en la localidad serbia de Sid. Enrico Pascatti

Asociaciones en terreno como Border Violence Monitoring o No Name Kitchen, han reportado tratos violentos por parte de las fuerzas fronterizas europeas a los refugiados. De hecho, el pasado 16 de julio, Lora Vidovic, Defensora del Pueblo en Croacia, hizo pública una carta anónima en la que un grupo de policías croatas admitían sufrir presiones para realizar devoluciones en caliente. En el escrito se aseguraba que las órdenes de la dirección de policía son de “deportar a todo el mundo sin papeles, coger su dinero, romperles los móviles, tirarlos o quedárnoslos para nosotros y, después, devolver forzosamente a los refugiados a Bosnia”. A pesar de que después de esta declaración se auguraba un cambio en las prácticas de la policía croata, las devoluciones en caliente continúan llevándose a cabo en las puertas de la Unión Europea. En las semanas posteriores a la denuncia de la Defensora del Pueblo Croata, la familia de Amad siguió recibiendo mensajes y llamadas en las que él les contaba que lo habían deportado. “Mi mujer me envió 300 euros que pudo ahorrar para que intentara cruzar la frontera, pero los croatas me deportaron, me rompieron el móvil y me robaron todo el dinero”, asegura Amad.

Ante la imposibilidad de cruzar por Serbia, decidió desplazarse y probar suerte de nuevo desde Bosnia. Según datos de la Organización Internacional para las Migraciones, desde principios de año han entrado en Bosnia Herzegovina aproximadamente 9.000 migrantes que esperan su oportunidad para cruzar a la Unión Europea. A las dificultades de paso después del cierre de las fronteras de los Balcanes en 2015, se suman las altas cantidades de dinero que los refugiados tienen que pagar, como consecuencia, a mafias que los esconden de forma clandestina en camiones y trenes.

Desde que Amad tuvo que huir de Marruecos, los ingresos que llegan a su familia son muy limitados. Ghizlane, su mujer, no tiene trabajo y sobrevive de la ayuda que le prestan sus familiares y de ventas de artículos puntuales. Además, tiene que cuidar a sus dos hijos de ocho y seis años y al bebé que dio a luz justo después de que Amad volara a Turquía, que ahora tiene cuatro meses. “El niño mediano padece un problema de salud y necesita operarse, pero no podemos permitírnoslo”, asegura Ghizlane. Amad sabe que, aun llegando a Europa, ayudar a su familia es una tarea difícil debido a los largos procesos de solicitud de asilo y reunificación familiar por los que tiene que pasar: “yo ya he vivido mi vida, ahora lo que quiero es encontrar una forma de traer a mi familia hasta aquí porque no quiero que mis hijos crezcan en un Estado represivo como el marroquí”.

vendedor kenitra
Un vendedor ambulante descansa sobre sus sandías al atardecer en Kenitra. Enrico Pascatti

La sandía refresca los paladares en las calurosas tardes de verano magrebíes. Entre mordiscos y sorbos de té, Meftah repasa estadísticas en voz alta: “He analizado muchos datos y los marroquíes no aparecen en la lista de nacionalidades a las que más a menudo se les concede asilo en España”. Según datos de CEAR, la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, en 2018 las tres nacionalidades a las que más estatus de asilo se le otorgaron fueron Palestina (80 solicitudes aceptadas frente a 50 denegadas), Ucrania (70 favorables frente a 2.625 rechazadas) y Siria (30 admitidas frente a 145 desestimadas).

“La mayoría de los marroquíes que se van a España son migrantes económicos, espero que el caso de mi primo sea distinto ya que él no puede volver a su país, es un refugiado político”, explica Meftah. En 2018, 1.310 marroquíes solicitaron asilo en España y fueron 55 las solicitudes aceptadas. Emad y Sofyan, dos activistas rifeños, forman parte de la lista de personas a las que se les denegó el asilo en este país. Previamente a ser deportados a Marruecos, los encerraron en el Centro de Internamiento para Extranjeros de Aluche donde hicieron huelga de hambre durante 11 días como forma de protesta ante la denegación de sus solicitudes de protección internacional. A pesar de que aseguraron que si volvían a Marruecos tendrían problemas con el régimen y los torturarían, nada impidió su expulsión.

Desde Sarajevo, Amad cuenta que a veces duerme en la calle y otras en un parque. Las temperaturas veraniegas convierten la precariedad en algo más llevadero, pero la situación se complica para los refugiados durante el frío invierno balcánico en el que las temperaturas bajan a negativo. Los refugiados que se encuentran en los Balcanes están atrapados entre fronteras: no pueden volver a su país y cruzar a Europa es cada vez más difícil. Amad es consciente de esta situación: “Sé que, si regreso a Marruecos, tan pronto entre en el aeropuerto, seré detenido, no veré la luz del sol”.

Un informe de Amnistía Internacional denunciaba ya en 2015 las violaciones de derechos humanos que podían sufrir los presos en el Reino Alauí. Según esta organización las técnicas de tortura utilizadas por las fuerzas de seguridad marroquíes para obtener confesiones, silenciar a activistas y sofocar la disidencia pasan por “palizas, posturas en tensión, asfixia, simulación de ahogamiento y violencia psicológica y sexual”. Aún consciente de lo que puede ocurrirle, Amad se plantea, a veces, entregarse a las autoridades de su país: “¿Qué puedo hacer?, el gobierno está acosando a mi familia y lo último que quiero es que sufran por mi culpa”.

“Ahora mismo vivimos en casa de mi madre, pero desde que se fue Amad nos tenemos que mudar cada poco tiempo porque la policía viene todos los días a interrogarme para que les diga dónde está mi marido”, cuenta Ghizlane

Cuando se pone el sol en Kenitra, Ghizlane y sus tres hijos se van de la casa de Meftah y atraviesan el zoco, que empieza a llenarse de gente de forma paulatina, para volver a lo que es temporalmente su hogar. “Ahora mismo vivimos en casa de mi madre, pero desde que se fue Amad nos tenemos que mudar cada poco tiempo porque la policía viene todos los días a interrogarme para que les diga dónde está mi marido”, cuenta Ghizlane.

La música y los diálogos de los dibujos animados proyectados mañana, tarde y noche en el televisor de la casa de la madre de Ghizlane se mezclan con los sonidos de los fogones cocinando cuscús y con la llamada al rezo puntual de la mezquita. En esta casa de dos habitaciones y dos camas viven actualmente cinco personas. Ghizlane se ha convertido en nómada en su propio vecindario. “Me paso unos meses en casa de mi madre, otros con Meftah, a veces nos vamos para el garaje de su casa… Esto no es vida para tres niños tan pequeños”, sentencia.

Vidas nómadas paralelas separadas por fronteras. Mientras se escribía este reportaje, Amad consiguió cruzar a Croacia y desde allí atravesó la frontera eslovena escondido en un tren. Después logró entrar en Italia, Francia y, finalmente, España. Los procesos de asilo en Europa son tediosos: años de espera e incertidumbre. La reubicación familiar es difícil de conseguir. Cada vez más cerca de su destino e igual de lejos de saber cuándo podrá reencontrarse con las que se han quedado.

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2 Comentarios
#43241 25:09 15/11/2019

Me refería a lo más profundo de este país

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#43198 23:30 14/11/2019

Lo más profundo no se llega a él.

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