Mary Nash: “Es un error tratar de interpretar los movimientos actuales comparándolos con los del pasado”

La historiadora irlandesa afincada en Barcelona ha investigado la “bella revolución imaginaria” de Mayo del 68 y sus evocaciones en el duro contexto español.

Mary Nash 3
Mary Nash. Víctor Serri

publicado
2018-05-21 09:00:00

Mary Nash (Limerick, 1947) es una historiadora con fe en la humanidad. A pesar de la precariedad laboral, la violencia inmobiliaria en las grandes ciudades, la crisis económica y de valores o la guerra global permanente que se ciñe sobre nuestras cabezas, Nash se muestra optimista con la humanidad: un cambio en el rumbo de nuestra manera de funcionar puede que nos libre del futuro apocalíptico que se nos presenta en el horizonte.

Fundadora en 1982 del Centro de Investigación Histórica de la Mujer y catedrática de Historia Contemporánea en la Universidad de Barcelona, Nash se instaló en Barcelona en mayo de 1968 para convertirse en una de las voces expertas en historia de las mujeres, discurso y representaciones culturales de género, diversidad cultural y procesos migratorios.

Crítica con la versión oficial que desde el norte de Europa se ha querido imponer sobre el mayo de 68, Nash también se muestra dura con los sindicatos y los partidos de izquierda de la década de los setenta y los ochenta. Sin concesiones para nadie, la historiadora aporta otro punto de vista sobre lo que significaron los movimientos sociales de aquella época. ¿Se puede hablar realmente de revolución? Su respuesta es clara: no, una revolución se da cuando se cambia el rumbo de las cosas, y ese no fue el caso del mayo francés. Nash cuestiona el relato oficial extendido con convicción y plantea preguntas que quizás se nos hayan pasado por alto.

En mayo de 1968 usted se muda a Catalunya. El franquismo ya estaba en una situación decadente e imagino que había una sensación de estar cerrando una época. ¿Cómo llegaron a España las ideas del mayo francés?
El mayo francés tuvo poco impacto en la sociedad y la juventud española. De hecho, fue más importante la Caputxinada de 1966, que ocurrió antes. En el 66 ya hubo en Catalunya una movilización de los estudiantes y los intelectuales, mucho más importante que el mayo francés, que sería posterior. En el 68, muchos de los estudiantes habían sido expedientados y yo vi poco interés en lo que estaba pasando en Francia. En España el objetivo era acabar con Franco, lo de la “imaginación al poder” resultaba atractivo pero no cuajaba con los objetivos del movimiento estudiantil español de aquel momento. El contexto era diferente. Tampoco el movimiento obrero español compartía los ideales del mayo francés. Aquí teníamos cárcel y represalias por cualquier cosa, en Francia no. No se compró el lema de “imaginación al poder” porque el poder lo tenía Franco, no el pueblo. La manera de concebir la lucha y la libertad eran distintos en España porque la libertad era deshacerse de Franco, no del capitalismo. Se quería crear un nuevo régimen de libertades. La mayoría de estudiantes españoles de aquella época pertenecían a los círculos marxistas, no se leía a Marcuse. Hay que crear otro relato sobre la importancia del mayo francés y sus consecuencias en España.

¿Propone usted un contrarrelato?
Exactamente. Respecto a lo que ocurrió en mayo de 68, hay que cambiar las narrativas que se nos han impuesto desde el norte de Europa, que ha querido crear un relato sobre la historia europea que nada tiene que ver con lo que pasó en España o en otros lugares, como Yugoslavia o Polonia. Los estudiantes yugoslavos, por ejemplo, no iban en contra del régimen socialista, sino que proponían unas reformas. No se puede hacer extensible lo que pasó en Francia a lo que pasó en el resto de países europeos, aunque nos hayan hecho creer lo contrario.

¿Significan Macron y el ascenso de la extrema derecha francesa la muerte definitiva de los ideales del mayo francés?
No, porque el 68 fue una revolución imaginaria, nunca fue una revolución real y nunca transformó las estructuras de poder. No hubo ningún cambio en el sistema político o económico. Si lo miramos desde este punto de vista, no se puede hablar de la muerte de mayo del 68 porque este nunca tuvo una aplicación práctica. Ya en la década de los años 80 hubo un cambio muy importante respecto a los ideales del 68 y desde los noventa, esas ideas tuvieron una mala prensa. De hecho, en los 80, el movimiento obrero y las izquierdas tuvieron problemas con el mayo del 68: no querían “la imaginación al poder” porque no estaban interesados en la contracultura o en el desmadre que se proponía. ¡Ni siquiera el anarquismo estaba interesado en esas ideas! A veces, imaginamos una izquierda de contracultura, de cambio, transversal… Pero no siempre es así. El feminismo, sin ir más lejos, tuvo muchos problemas para convencer a partidos y sindicatos de izquierda de que adaptasen su agenda, y esto no hay que olvidarlo.

Volvamos a la situación en la España de los años 70. Usted dice que, además de hacer del patriarcado una de las bases de su dictadura y de instaurar un código civil que claramente oprimía a las mujeres, Franco generó una nueva representación de las feminidades basado en “la buena esposa”. Este arquetipo se ha mantenido hasta hace poco.  ¿Cómo se consiguen cambiar las representaciones culturales tan arraigadas? Mejor dicho, ¿se pueden realmente llegar a cambiar?
Se debe especificar que estos arquetipos no solo forman parte de la sociedad española, sino de toda la sociedad europea en conjunto. El sistema de género basado en la noción de domesticidad, ahora modernizado, constituye un discurso normativo que se continúa inculcando. Fijémonos en las universidades: pocas estudiantes en las ingenierías, pocas mujeres catedráticas… Los mecanismos culturales del machismo y los arquetipos femeninos continúan vigentes, de eso no hay duda. Es complicado cambiar las dinámicas de los mecanismos culturales. Ahí tenemos a los medios de comunicación, inculcando cada día cómo deben ser las feminidades y las masculinidades.

¿Qué se puede hacer, entonces?
Lo primero que se debería hacer es identificar cuáles son los discursos que, desde el poder, manipulan la noción de género que llega a la sociedad. Una vez identificados esos discursos, tenemos que promover una actitud de tolerancia cero.

Usted dice que las desigualdades de hoy en día son más sutiles y más difíciles de identificar que en los años 70.
Ahora tenemos la ley de nuestra parte, a pesar de que no se aplique como se debería. En los años setenta se hizo hincapié en el valor de la comunidad. Los problemas de las mujeres no se concebían como problemas individuales sino como problemas estructurales de la sociedad. Hoy en día nuestra sociedad es más individualizada y se puede tener la sensación de que tenemos las mismas condiciones que los hombres, pero no es así, eso se ve claramente en el momento en que las mujeres son madres.

El 8 de marzo hubo grandes manifestaciones en España, sin embargo algunos colectivos de mujeres no se adhirieron porque no se sintieron identificados con el mensaje feminista dominante. La heterogeneidad es un rasgo característico del movimiento feminista.  ¿Supone eso un problema para la fuerza del movimiento o lo enriquece?
En los 70 se hablaba de feminismo, ahora se habla de feminismos, en plural. Hay un reconocimiento a la diversidad pero también existe una hegemonía. Puede que haya discursos que excluyan y a veces es complicado que todas las mujeres se sientan interpeladas. No obstante, creo que sí se ha avanzado respecto a los años sesenta, donde el discurso feminista era más monolítico. La unificación de fuerzas resulta más fácil cuando hay un enemigo identificado. En el caso del feminismo de los años sesenta y setenta, el enemigo era una ley que excluía y oprimía a las mujeres. Hoy en día el enemigo es difícil de identificar y no hay una unidad de pensamiento: existen diferentes posturas y todas son válidas. Además, vivimos en sociedades mayoritariamente individualistas: la capacidad de crear una agenda consensuada y salir a la calle disminuye.

Es evidente que estamos en otro momento.
Tenemos las nuevas tecnologías y las redes sociales, que hacen un trabajo de divulgación fundamental. El problema es que estamos intentando interpretar los movimientos sociales actuales comparándolos con los movimientos sociales del pasado. Eso es un error, pero aún no tenemos las herramientas para interpretar todo lo que está pasando a nivel social. Yo creo que en el futuro veremos movimientos sociales divergentes y plurales. ¿Volver a una visión hegemónica, monolítica y piramidal? No, eso no nos conviene. Los movimientos sociales deben ser líquidos, como la sociedad, como la Modernidad líquida de Bauman. No se puede pensar en un único movimiento que lo cambie todo.

¿Qué puntos de contacto existen entre el 15M y mayo del 68?
El 15M y el mayo del 68 tienen algunas cosas en común, pero muy pocas. Lo que se mantiene igual, y lo que tendrían en común sería la capilaridad de los sistemas de poder. Son más visibles las diferencias: contextos históricos totalmente diferentes, fronteras entre la izquierda y la derecha ahora diluidas, fuerzas polarizadas que ya no existen…

¿Cree que se puede dar, en el futuro, algún tipo de revolución o movimiento que pueda cambiar las cosas?
El horizonte se presenta un tanto apocalíptico… Yo sí, porque soy historiadora. Lo que se está viviendo ahora, con muchas diferencias de contexto, es muy parecido a lo que pasó a principios del siglo XX, antes de la primera guerra mundial, cuando se desmanteló la sociedad victoriana, sus valores y su jerarquía social. Ahora estamos en una fase de crisis, de caos… Parece que el futuro no exista, pero me declaro optimista. No hay que esperar el cambio total pero sí que cambiarán las maneras de vivir y de actuar. A pesar de lo autodestructiva que puede llegar a ser, tengo fe en la raza humana.

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