Feminismos
“Sin las escritoras, la historia no está completa”

La editorial Ménades persigue publicar autoras desconocidas, algunas de ellas olvidadas por la historia, otras actuales que esperan una oportunidad. Varias de sus integrantes analizan el mundo editorial desde una perspectiva feminista y presentan su aún joven apuesta dentro de este ecosistema.

Menades editorial feminista
Las editoras, después de la entrevista, posan para El Salto en la plaza de Luca de Tena Álvaro Minguito

publicado
2019-01-28 06:10:00

Se llama Ménades, como esas divinidades femeninas griegas que alternaban con Dionisio y hacían lo que les daba la gana. Es una editorial de cuño nuevo que persigue traernos las obras de escritoras que no leemos porque fueron olvidadas o porque no alcanzan a obtener la visibilidad que merecen en un mundo tan masculinizado como el del libro. Llevan trabajando desde el verano, planeando líneas editoriales, seleccionando con mimo los volúmenes por los que apostarán. Se hallan ahora mismo en los últimos días de una campaña de crowdfunding para darle un empujón al proyecto. Hablamos con tres de sus artífices: Gema Nieto (Madrid, 1981), Nahiara Burgos (Guadalajara, 1994) y María Sánchez (Alcalá de Henares, 1995). Vienen todas del mundo editorial, aunque sus perfiles (y edades) son distintas. Explican por qué es necesario una editorial feminista y qué aporta Ménades en este ámbito.

¿Quiénes sois y por qué estáis en este proyecto?
Gema Nieto: Yo llevo 10 años en la edición, trabajando en grandes grupos. He escrito dos novelas, tengo experiencia en corrección, en maquetación y además soy filóloga. Cuando el editor Javier Bouza y la escritora Carmen Peire —ideólogos de Ménades— nos plantearon este proyecto, en mi caso dieron en el clavo, porque era justo lo que estaba buscando. Estaba muy cansada del mercadeo editorial, en los grandes grupos falta cariño a la literatura, es puro comercio e interés económico. Yo me hice editora para esto: rescatar libros, textos de autoras que merecen la pena y que no han estado ni traducidos ni editados en nuestro país.

Nahiara Burgos: Yo vengo del periodismo pero trabajé en una editorial y me di cuenta de que aquello me encantaba, hablar con autores, preparar libros, entrevistas, ruedas de prensa, presentaciones. Echaba en falta estar en un espacio que publicase buena literatura. Todas estamos como locas con este proyecto, y aunque tenemos trayectorias bien diversas, en seguida nos dimos cuenta de lo bien que trabajamos juntas.

María Sánchez: Estudié filología hispánica, biblioteconomía y ahora filosofía. Hasta ahora había trabajado como correctora y editora. Pero cuando me hablaron de este proyecto me di cuenta de que esto es lo que siempre he querido hacer, me ocupo de la línea de ensayo.

¿Qué perfil tienen las autoras a las que publicáis? ¿Cómo las elegís?
N.B.: En mi caso, hay muchas de la colección de “Actuales” que no conocía, y de las “Olvidadas” ya ni hablemos, hay muchas que vas rascando, vas rascando y te das cuenta de que la historia las ha mutilado por completo, no se han publicado sus obras, no se han traducido. Solo hay que recabar un poco de información, y ellas como editoras ven el nivel literario, se ve qué textos son buenos, qué textos son publicables y nos ponemos de acuerdo.

G.N.: Está siendo muy fácil encontrar autoras interesantes, das una patada y te salen por todas partes, por desgracia hay un montón de grandes escritoras no publicadas, son miles. Así, con una mínima búsqueda en archivos o en bibliotecas, alcanza: ni siquiera estamos haciendo una labor exhaustiva, es mirar qué se ha traducido y qué no, que autoras de la generación del 27, la generación Beat, de cualquier época o nacionalidad quedó relegada al olvido.

M.S.: Mientras buscaba ensayos pensé: cómo puede ser que esto no esté en España. Hablo de obras que se habían descatalogado y que suponen una institución del feminismo, por ejemplo El contrato sexual de Carol Pateman. ¿Cómo puede ser que no haya una edición actualmente cuando es un libro fundacional de la tercera ola o del feminismo marxista? Es que es completamente descabellado. Al final hay muy pocas autoras traducidas al castellano que sigan vigentes que puedas ir a la librería y comprar esa edición.

Vuestra apuesta emerge en un momento de ebullición del feminismo.
G.N.: La idea estaba flotando en la cabeza de Carmen y Javier desde hace tiempo pero los proyectos para materializarse necesitan un proceso. Y ha coincidido con una eclosión en cuanto al movimiento feminista, en cuanto al activismo de calle, pero también en el ámbito de la edición y de las publicaciones. ¿Es una moda? No sé, yo soy partidaria de lo mainstream, creo que no hay que despreciarlo porque es una ayuda, no soy una purista en eso. Mientras se hable de feminismo, mientras esté presente en la calle, mientras que haya más editoras que se lo tomen en serio, más gente lo conocerá y se hablará en sus términos.

M.S.: Yo ahí soy un poco discordante con Gema, me parece bien que se vuelva mainstream pero creo que es necesario abrir una línea de ensayos para decir, qué es el feminismo, qué es lo que queremos, dónde vamos.

N.B.: Carmen es una de las fundadoras de AMEIS, la Asociación de Mujeres Escritoras e Ilustradoras. También hay traductoras o editoras en ella. Con Ménades se pretende también dar a estas autoras una oportunidad para que se les vea, crear una editorial para esto. Fueron surgiendo las líneas en las que nos queríamos centrar, pues pensamos que además de publicar autoras actuales, queríamos rescatar a las olvidadas, también tener una buena línea de ensayo, que se llama Trincheras.

¿Por que crear una entidades como AMEIS?
G.N.: La asociación está ligada al festival Oño. Se trata de la réplica al Eñe, que es el típico festival literario cuyos carteles son en un 80% masculinos. Ahora incorporan más autoras, pero esta incorporación siempre es tardía, siempre va a rebufo, siempre cuesta más. Por otro lado, parece que los temas universales son los que sacan los escritores y a nosotras siempre nos preparan una mesa de mujeres, espacios en los que yo también he participado: mujeres y literatura, lesbianas y literatura, cosas así. Cansa.

¿Cómo combatir esa idea de que lo universal es masculino, escapar de las mesas de mujeres, de la literatura de mujeres como fenómenos que se presentan como específicos? ¿Cómo evitar crear un proyecto editorial “para mujeres”?
M.S.: Si el feminismo se queda solo en las mujeres ¿para qué sirve?, lo que queremos es una sociedad justa e igualitaria y acabar con el patriarcado. Si las mujeres somos feministas y los hombres no lo son… no avanzamos. Hay que dirigirse también a ellos.

G.N.: En las tres líneas que tenemos de edición, mientras que en “Actuales” y “Olvidadas” solo publicamos mujeres, en “Trincheras”,  la línea de ensayo, también incorporamos autores. Es la manera de ampliar el debate, de sumar sus voces. Tampoco queremos dirigirnos solo a lectoras. Es peligroso ceñirse a eso: parece que al final nos estamos contando las mismas historias a nosotras mismas. Es un tópico que tenemos en la cabeza, también en relación con la universalidad: parece que los hombres no pueden estar interesados en algo que ha escrito una mujer. Pero por qué si los temas nos conciernen siempre a todos y todas. Pienso en Willa Cather —a quien estamos por publicar— que es una autora estadounidense que escribió sobre la naturaleza humana. ¿De verdad es un tema que se restringe a nosotras? Yo creo que no es así, y que de hecho hay muchos hombres leyendo libros escritos por mujeres. Y hombres interesados en este proyecto.

N.B.: Esto se ve también en el Verkami, en principio parecería que iba a haber sobre todo mujeres apoyando, y sí son la mayoría, pero hay también cierto equilibrio. Además, ellos también nos están sugiriendo títulos, ofreciendo traducciones de autoras.

Las carreras de letras, los talleres literarios, las editoriales, todo esto está lleno de mujeres, sin embargo quienes ocupan espacios más visibles siguen siendo los hombres. ¿Por qué?
G.N.: La voz de la autoridad siempre ha sido masculina. Es verdad que las editoriales están llenas de mujeres en los puestos bajos e intermedios, en los puestos altos los despachos siguen siendo de hombres y hombres mayores. En los grandes medios, quienes dirigen las revistas, los periódicos... salvo excepciones siempre son hombres. Se leen entre ellos y escriben las reseñas. También son quienes deciden qué antologías se hace. No hay más que ver los premios literarios, o los jurados. El 80% son siempre hombres, salvo dos o tres mujeres si es que las hay. Me temo que hasta que no pasen un par de generaciones esto va a ser difícil de cambiar.

N.B.: Yo creo que se han roto muchas barreras pero queda mucho trabajo por hacer. Escritoras hay muchas, pero que se publiquen ya es otra historia. También están las reseñas literarias, no se reseñan tantas obras de mujeres como de hombres.

¿Hay algo en la educación que nos predispone en este camino?
G.N.: Están los libros de texto, es una de mis luchas personales. Solo hay un 7% de representación de mujeres en los libros escolares, cuando las niñas suelen ser las que tienen mejores resultados académicos. Pero desde pequeñas nos educan en que todos los inventos, los descubrimientos y las obras artísticas las han hecho hombres.

N.B.: Yo no sé cómo será ahora en las aulas, si las niñas preguntarán: “¿Y en esta época no había escritoras?”. Yo no hace tanto que fui a la escuela, y esto no se discutía, se pasaba sobre el tema sin más. Lo mismo pasaba con los temarios de la facultad.

M.S.: Yo acabé Filología Hispánica y pensé, ¿cuántas autoras he visto? Las que he querido leer es porque yo me las he buscado, no porque el catedrático de turno me explicase dónde estaban.

G.N.: Y en literatura universal ya ni te cuento, yo que también he estudiado historia de la literatura, literatura estadounidense, rusa, francesa, me he topado siempre con que los hombres son el 95%. Alguna mujer entraba: te hacen creer que las mujeres son casos aislados y excepcionales.

¿Y qué aporta Ménades de específico, en este momento en el que el feminismo está de moda?
G.N.: En los grandes grupos lo que se está haciendo es, como han visto el filón, abrir una línea específica de mujeres. Le ponen una franja rosa o morada, y ya creen que lo han arreglado, y ahí meten todo, las cuatro famosas que salen hablando de feminismo, que es muy respetable, pero que algunos libros no tienen demasiado fundamento, es un cajón de sastre.

M.S.: Somos una editorial que apuesta por autoras desconocidas . Que realmente merecen la pena y que se merecen un espacio, y que pueden escribir con mucho más rigor y conocimiento que una famosa del feminismo.

N.B.: A mí me gusta cuando me dicen: “Mira, no tengo ni idea de las mujeres que estáis publicando”. Es que se trata de eso, eso es lo que queremos, que te das cuenta de que no tienes ni idea y te preguntes por qué.

G.N.: Y es triste decir eso, porque se trata en muchos casos de mujeres que fueron pioneras, como Flora Tristán, o Willa Cather, y que no figuran en los libros.

¿Qué nos hemos perdido olvidando a estas autoras? ¿Qué nos estamos perdiendo ahora mismo? 
M.S.: Hay que tener cuidado con una perspectiva esencialista, pero sí que es cierto que al haber sido socializadas de una determinada manera hemos vivido culturalmente en un sitio u otro, dentro de la casa o fuera de la casa, hay experiencias que no conocemos, que son igual de importantes y que vienen del trabajo doméstico que han realizado las mujeres gratuitamente durante la historia.

N.B.: Hemos perdido mucha cultura, la historia no está completa sin estas autoras. La visión de las mujeres de cada época aporta una realidad, una memoria del dolor, una forma de expresarse distinta. Eso te lo estás perdiendo. Pero también pierdes los referentes, el saber que hay mujeres que a lo largo de la historia escribieron grandes cosas.

G.N.: Sí, publicar a mujeres implica ver que hay escritoras que hicieron un montón de hazañas  y se ha perdido ese conocimiento. Porque las mujeres pareciera que hemos escrito solo sobre dos temas: maternidad y cuidados o la vida en el hogar. Y no, las mujeres han escrito sobre viajes, sobre racismo, sobre ciencia ficción. Hemos escrito desde historias de terror, a libros sobre el colonialismo. Y cuando sale cualquier revista reseña o reportaje sobre la literatura de viajes o la literatura del gótico sureño, o la filosofía de la revolución francesa, ves que solo son hombres. Se olvidan de muchísimos nombres que nos hemos perdido.

Si tuvieráis que recomendar uno de los libros de la editorial, ¿con cuál os quedaríais?
M.S.: En mi caso, en la colección de “Trincheras”, elijo El contrato sexual, una crítica al contractualismo que creo imprescindible actualmente. En el capitalismo el contrato sigue siendo una de las bases que articula el statu quo, el pilar de un sistema que también nos oprime que es capitalismo.

N.B.: Entre las olvidadas, me ha sorprendido mucho Zitkala Sa, la llamaban Pájaro rojo. Es una india nativa americana que defiende la cultura sioux. Era violinista y activista. Publicamos un libro de cuentos, de sus experiencias de la infancia, de su identidad como nativa americana frente a la cultura blanca.

G.N.: Es difícil elegir una sola, pero me decantaría por los diarios de Anne Lister, que es una de nuestras apuestas fuertes. Una mujer central, una de las primeras que viajaron a lo largo de todo el mundo, recorrió muchísimos países. Después no la quisieron admitir en las academias de historia ni de viajeros por su condición de mujer. Lister vivió como le dio la gana, con total libertad, fue una mujer muy guerrera, muy activista, muy transgresora. Se vestía como hombre y adoptaba comportamientos masculinos. Hizo lo que quiso, se ligó a todas las damas de la corte y de la alta sociedad que le dio la gana. Este año se estrena una seria de la BBC y HBO. queremos aprovechar este tirón para dar a conocer este personaje que es tremendo.

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1 Comentario
#29882 21:50 28/1/2019

Del libro ‘La pasión de la mente occidental’ (The Passion of the Western Mind), de Richard Tarnas (editorial Atalanta):



INTEGRAR LOS OPUESTOS

Podrían hacerse muchas generalizaciones acerca de la historia del pensamiento occidental pero, hoy por hoy, tal vez lo que se presenta con evidencia más inmediata sea que, desde el principio hasta el final, se ha tratado de un fenómeno abrumadoramente masculino: Sócrates, Platón, Aristóteles, Pablo, Agustín, Tomás de Aquino, Lutero, Copérnico, Galileo, Bacon, Descartes, Newton, Locke, Hume, Kant, Darwin, Marx, Nietzsche, Freud ... La tradición intelectual de Occidente ha sido producida y canonizada casi íntegramente por hombres y se ha inspirado predominantemente en perspectivas masculinas. Está claro que este predominio masculino en la historia intelectual de Occidente no se debe a que las mujeres sean menos inteligentes que los hombres, pero ¿se puede atribuir exclusivamente a las restricciones sociales? Yo pienso que no. Creo que hay en ello algo más profundo: algo arquetípico. La masculinidad de la mentalidad occidental lo ha invadido todo, ha sido fundamental, tanto en hombres como en mujeres, ha afectado todos los aspectos del pensamiento occidental y ha determinado su concepción básica del ser humano y el papel humano en el mundo. Las principales lenguas en que se desarrolló la tradición occidental, desde el griego y el latín, tendieron sin excepción a personificar la especie humana con palabras de género masculino: anthropos, homo, l'homme, man, l'uomo, chelovek, der Mensch, el hombre. Como ha quedado fielmente reflejado en el relato histórico de este libro, siempre ha sido «el hombre» esto y «el hombre» lo otro: «el ascenso del hombre», «la dignidad del hombre», «la relación del hombre con Dios», «el lugar del hombre en el cosmos», «la lucha del hombre con la naturaleza», «la gran conquista del hombre moderno», y así sucesivamente. El «hombre» de la tradición occidental fue un héroe masculino inquisitivo, un rebelde prometeico biológico y metafísico que ha buscado sin cesar la libertad y el progreso, y que se ha esforzado permanentemente por diferenciarse de la matriz de la cual emergió y controlarla. Esta predisposición masculina en la evolución de la mentalidad occidental, aunque en gran medida inconsciente, no sólo ha sido característica de dicha evolución, sino que ha sido, también, esencial a ella.


En efecto, la evolución de la mentalidad occidental ha sido siempre impelida por un impulso heroico a forjar una identidad humana racional y autónoma, separándola de su unidad primordial con la naturaleza. Todas las perspectivas religiosas, científicas y filosóficas fundamentales de la cultura occidental se han visto afectadas por esta decisiva masculinidad, que empezó hace cuatro milenios con las grandes conquistas patriarcales nómadas en Grecia y Oriente Medio a expensas de antiguas culturas matriarcales, y se manifestó en la religión patriarcal de Occidente a partir del judaísmo, en su filosofía racionalista a partir de Grecia yen su ciencia objetivista a partir de la Europa moderna. Todo esto ha servido a la causa de la evolución de la voluntad y el intelecto humanos autónomos: el yo trascendente, el yo individual independiente, el ser humano que se autodetermina en su originalidad, en su separación y en su libertad. Pero para lograr esto, la mentalidad masculina reprimió a la femenina. Esto puede verse en el sojuzgamiento y revisión de las mitologías matrifocales prehelénicas que tuvo lugar en la Grecia antigua, o bien en la negación judeocristiana de la Gran Diosa Madre, o bien en la exaltación que hizo la Ilustración del frío yo racional, consciente de sí y escindido de una naturaleza exterior desencantada. En cualquier caso, la evolución de la mentalidad occidental se ha fundado en la represión de lo femenino, en la represión de la conciencia unitaria indiferenciada, de la participation mystique con la naturaleza, esto es, una progresiva negación del anima mundi, del alma del mundo, de la comunidad del ser, de lo omnipresente, del misterio y la ambigüedad, de la imaginación, la emoción, el instinto, el cuerpo, la naturaleza, la mujer.

Pero esta separación entraña, necesariamente, un anhelo de reunión con lo que se ha perdido, sobre todo después de que la heroica búsqueda masculina ha sido llevada a su extremo unilateral en la conciencia tardomoderna, que en su aislamiento absoluto se ha apropiado de toda la inteligencia consciente del universo (el hombre es un ser consciente e inteligente, el cosmos es ciego y mecanicista, Dios ha muerto). El hombre se enfrenta a la crisis existencial derivada de su condición de ser un yo consciente solitario y mortal arrojado a un universo que, en última instancia, carece de sentido y es incognoscible. Y se enfrenta a la crisis psicológica y biológica derivada de vivir en un mundo modelado de tal manera que corresponde a su cosmovisión; esto es, en un medio artificial de fabricación humana y cada vez más mecanicista, atomizado, sin alma y autodestructivo. La crisis del hombre moderno es esencialmente una crisis masculina, y creo que su resolución ya empieza a advertirse con el tremendo surgimiento de lo femenino en nuestra cultura. Pero este surgimiento no se manifiesta únicamente en el auge del feminismo, en el creciente poder de las mujeres y en la amplia apertura a los valores femeninos por parte tanto de hombres como de mujeres, o en el auge de los estudios y las perspectivas sensibles al género en prácticamente todas las disciplinas intelectuales, sino también en el sentido creciente de unidad con el planeta y con todas las formas de la naturaleza, en la creciente conciencia ecológica y en la reacción cada vez mayor contra las estrategias políticas y corporativas que mantienen la dominación y la explotación del medio, en la solidaridad creciente con el conjunto de la comunidad humana, en el colapso acelerado de antiguas barreras políticas e ideológicas que separan a los pueblos del mundo, en el reconocimiento cada vez más profundo del valor y la necesidad de colaboración, de pluralismo y de conjugación de muchas perspectivas. También se manifiesta en la urgencia por volver a tomar contacto con el cuerpo, las emociones, el inconsciente, la imaginación y la intuición, en el nuevo interés por el misterio del parto y la dignidad de lo maternal, en el creciente reconocimiento de una inteligencia inmanente en la naturaleza, en la popularidad de la teoría Gaia. Se manifiesta en la apreciación cada vez mayor de las perspectivas culturales indígenas y arcaicas, tales como las de los nativos de América o África y los europeos antiguos, en la nueva conciencia de las perspectivas femeninas de lo divino, en la recuperación arqueológica de la tradición de la Diosa y el resurgimiento contemporáneo del culto a la Diosa, en el ascenso de la teología judeocristiana de orientación sofiánica y en la declaración papal de la Assumptio Mariae, en la brusca y espontánea aparición, ampliamente observada, de fenómenos arquetípicos femeninos en sueños individuales y en la psicoterapia. Y también es evidente en la gran oleada de interés en la perspectiva mitológica, en las disciplinas esotéricas, en el misticismo oriental, el chamanismo, la psicología arquetipal y transpersonal, la hermenéutica y otras epistemologías no objetivistas, en teorías científicas del universo holonómico, campos morfogéneticos, estructuras disipativas, teoría del caos, ecología de la mente, universo participativo y un largo etc. Como profetizó Jung, en la psique contemporánea se está produciendo un cambio histórico, una reconciliación entre las dos grandes polaridades, una unión de opuestos: un hieros gamos (matrimonio sagrado) entre lo masculino, dominante durante mucho tiempo, pero ahora alienado, y lo femenino, reprimido durante mucho tiempo, pero ahora en ascenso.

Este dramático desarrollo no es meramente una compensación, un simple retorno de lo reprimido, ya que, a mi entender, fue siempre la meta subyacente a la evolución intelectual y espiritual de Occidente. Pues la pasión más profunda de la mentalidad occidental ha sido la de reunirse con el fundamento de su propio ser. El impulso conductor de la conciencia masculina de Occidente fue su indagación dialéctica no sólo én busca de autorrealización, sino también, en último término, para recuperar su conexión con el todo, para armonizarse con el gran principio femenino de la existencia: diferenciarse de lo femenino, pero luego redescubrirlo y reunirse con él, con el misterio de la vida, la naturaleza y el alma. Esta reunión puede darse ahora en un nivel nuevo y profundamente distinto del de la unidad inconsciente primordial, pues la larga evolución de la conciencia humana ha puesto por fin a ésta en condiciones de abrazar libre y conscientemente el fundamento y la matriz de su propio ser. El telas, la dirección y la meta inherentes al espíritu occidental, ha consistido en volver a conectar con el cosmos en una participation mystique madura, en entregarse a sí mismo, libre y conscientemente, a una unidad mayor que preserva la autonomía humana a la vez que trasciende la alienación humana.

Pero para lograr esta reintegración de lo femenino reprimido, lo masculino debe pasar por un sacrificio, por una muerte del yo. La mente occidental debe tener la voluntad de abrirse a una realidad cuya naturaleza podría hacer añicos sus creencias mejor establecidas acerca de sí misma y del mundo. Éste es precisamente el acto de heroísmo que ha de tener lugar. Ahora es necesario cruzar un umbral que exige un valeroso acto de fe, de imaginación, de confianza en una realidad más amplia y compleja; umbral que, además, exige un acto de auto exploración sin flaqueza alguna. He aquí el gran desafío de nuestra época, el imperativo evolutivo de que lo masculino vea más allá de su hubris y su unilateralidad, que tome conciencia de su sombra inconsciente, que elija entrar en una relación fundamentalmente nueva de mutualidad con lo femenino en todas sus formas. Lo femenino, pues, deja de ser lo que se debe controlar, negar y explotar, para convertirse en lo que se debe plenamente• reconocer y respetar, y a lo que se debe dar la palabra; deja de ser lo que no se reconoce como «otro» objetivado, para convertirse en fuente, meta y presencia inmanente.

Éste es el gran reto, aunque creo que se trata de un reto para el cual la mente occidental se ha venido preparando lentamente durante toda su existencia. Creo que el incansable desarrollo interior de Occidente y el incesante ordenamiento masculino de la realidad ha ido llevando poco a poco, en un movimiento dialéctico de inmensa longitud, hacia un matrimonio profundo y en muchos niveles de lo masculino y lo femenino, una reunión triunfal y restauradora. Y a mí me parece que gran parte del conflicto y la confusión de nuestro tiempo es reflejo del hecho de que este drama evolutivo se está aproximando a sus fases culminantes. Nuestra época está produciendo algo fundamentalmente nuevo en la historia humana: somos testigos y protagonistas del trabajo de parto de una nueva realidad, una nueva forma de existencia humana, un «hijo» que es fruto de este gran matrimonio arquetípico y que lleva en su seno todos sus antecedentes, pero en una nueva forma. Por tanto, reafirmaría los ideales que han expresado las perspectivas contraculturales feministas, ecologistas, arcaicas y otras. Pero también quisiera dar mi apoyo a quienes han valorado y sostenido la tradición central de Occidente, pues creo que esta tradición (toda la trayectoria desde los poetas épicos griegos y los profetas hebreos, la larga lucha intelectual y espiritual desde Sócrates y Platón, Pablo y Agustín, a Galileo y Descartes y a Kant y Freud), todo este estupendo proyecto occidental debería considerarse una parte necesaria y noble de una gran dialéctica, y no ser rechazado simplemente como una confabulación imperialista-chauvinista. No sólo esta tradición ha preparado arduamente el camino para su autotrascendencia, sino que posee recursos, dejados y atrás y olvidados por su propio avance prometeico que apenas hemos comenzado a integrar (paradójicamente, sólo la apertura a lo femenino nos permitirá integrarlos). Cada perspectiva, masculina y femenina, es aquí afirmada a la vez que trascendida, . reconocida como parte de un todo que la abarca; cada polaridad requiere a la otra para su plena realización. Y su síntesis lleva más allá, pues ofrece una inesperada apertura a una rea lidad más amplia que no se puede aprehender antes de tiempo, porque esta nueva realidad es, ella misma, un acto creador.

¿Por qué la omnipresente masculinidad de la tradición intelectual y espiritual de Occidente se nos ha hecho de pronto evidente, tras haber permanecido invisible para casi todas las generaciones anteriores? Creo que eso sólo ocurre hoy porque, como sugirió Hegel, una civilización no puede tomar .conciencia de sí misma, no puede reconocer su propio significado, hasta que no ha madurado lo suficiente como para aproximarse a su muerte.

Hoy en día estamos viviendo algo que se asemeja mucho a la muerte del hombre moderno, que se asemeja mucho, en verdad, a la muerte del hombre occidental. Tal vez el final del «hombre» esté al alcance de la mano. Pero el hombre no es una meta. El hombre es algo que debe ser superado ... y completado, en el abrazo con lo femenino.

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