Carta desde Europa
Solidaridad europea: demasiado poca o absolutamente demasiada

Resulta realmente increíble que las clases políticas del sur de Europa no sepan que con independencia de lo que puedan extraer, ello siempre caerá, parafraseando a Draghi, bajo la siguiente aseveración: “Créanme, no será suficiente”.

Milan coronavirus vacio
Las calles de Milán, vacías por las crisis del coronavirus. Foto: Alberto Trentanni
Wolfgang Streeck

Director emérito del Max Planck Institute for the Study of Societies de Colonia.

Todos sus artículos en El Salto.

21 abr 2020 12:56

Depende de lo que entendamos por solidaridad. Cuando se trató de forzar brutalmente al gobierno griego de Syriza para que redujese el gasto público, se comprometiese a obtener el correspondiente superávit presupuestario primario y aceptase un conjunto estricto de condiciones para tener acceso a más endeudamiento en lugar de proceder al alivio de su deuda, los gobiernos de Italia, España y Francia optaron firmemente por Alemania, en estrecha solidaridad con Austria, Finlandia y Holanda. Además, todos ellos trabajaron duro para recortar sus propios niveles de gasto por orden de Berlín y Bruselas, de acuerdo con lo estipulado, intentando absurdamente lograr el crecimiento mediante la reducción de su deuda gracias a la aplicación de políticas de austeridad de modo que pudieran seguir siendo miembros respetados de ese extraño artilugio que es la Unión Monetaria Europea (UME).

Como resultado de ello, sus economías se estancaron, mientras su deuda pública creció, pasando en Italia del 119 al 128%, en España del 62 al 95% y en Francia del 81 al 96% del PIB respectivamente entre 2010 y 2019. En la muy próspera Alemania, por otro lado, la deuda pública declinó del 83 al 56% del PIB, colocándose por debajo de los criterios de Maastricht.

¿Tiene importancia todo ello? El gasto sanitario en 2017 representó en Italia y en España el 8,8 y el 8,9% del PIB respectivamente, cifras que son bajas. De estos importes tan solo el 6,5 y el 6,3%, respectivamente, correspondió al gasto público, siendo sufragado el resto por aportaciones voluntarias a planes de salud privados. El gasto sanitario en Alemania en 2017 fue del 11,2% del PIB, del cual el 9,5% fue público. El diferente impacto del coronavirus en los diversos países tiene causas complejas entre las que se cuentan las estructuras demográficas, la calidad del aire local, los modelos de vida familiar y los modos de vida en general, en particular los perfiles de los denominados “grupos de riesgo”, entre los que se cuentan los ancianos, y las condiciones generales de salud la población, siendo, no obstante, la dotación de los sistemas nacionales de salud ciertamente también uno de ellos.

La estructura de clase importa e igualmente lo hace el acceso al cuidado sanitario; el Servicio Nacional de Salud británico recibe no más del 7,6% del PIB del país, tras décadas de austeridad impuestas por el gobierno, mientras que en Estados Unidos, acreedor del porcentaje de gasto en salud más elevado del mundo (17% del PIB), una parte muy importante de la población carece de seguro sanitario y no puede permitirse siquiera la realización del correspondiente análisis para verificar si está contagiada por el coronavirus.

Si observamos Europa y la UE, la relación existente entre las muertes por coronavirus y el régimen de austeridad del SME es obvia: Alemania prospera bajo el SME, Italia, España y Francia sufren. Se verifica una ausencia de recursos para adecuar los sistemas de salud nacionales a los riesgos derivados de la “globalización”, que eran bien conocidos desde hace mucho tiempo, y sin duda antes de la epidemia del SARS1 registrada en 2002-2003. Paguemos la propia deuda para cualificarnos como buenos deudores, demos la bienvenida a nuevas rondas de endeudamiento y que salga el sol por Antequera, y ¿quién sabe si quizá el próximo virus se tomará su tiempo en aparecer y lo hará una vez que los actuales líderes políticos nos hayamos retirado de escena? ¿Qué ha hecho la UE para corregir este tipo de “solidaridad europea”? Existen elaborados mecanismos para que los países se liguen a la consolidación fiscal, incluido el “semestre europeo” regido por el denominado “método abierto de coordinación”, rituales todos ellos puestos en escena por la elusiva burocracia de Bruselas, cuyos modos de funcionamiento únicamente dedicados expertos logran comprender.

Pero, ¿qué decir sobre la coordinación para la prevención de epidemias o sobre la atención a la salud en general? Investigaciones prolijas revelan la existencia de una agencia de la UE denominada Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades (CEPCE), con sede en Estocolmo, que se halla dotada con doscientos ochenta empleados contratados a jornada completa y un presupuesto anual de 57 millones de euros, de la cual ningún ciudadano europeo ha oído jamás hablar, a no ser que sea epidemiólogo o epidemióloga. ¿Ha verificado este Centro si los países miembros tenían suficientes mascarillas, vacunas, ventiladores y personal formado en caso de que golpeara un nuevo virus? ¿Ha organizado, por ejemplo, cursos de formación para los profesionales de la asistencia sanitaria y los reguladores de la higiene hospitalaria o de la prevención de enfermedades en las residencias de ancianos? ¿Ha advertido a los ciudadanos europeos de que vivir una vida global puede resultar mortal a no ser que estemos preparados para ella y que estarlo no es en absoluto barato? Por supuesto que el CEPCE no lo ha hecho o, al menos, nadie se ha percatado de ello, lo cual viene a ser lo mismo, pero ello no debería resultar sorprendente si entre las razones que explican esta situación nos topamos con el hecho de que tales advertencias sanitarias habrían entrado en conflicto con las consabidas advertencias sobre la consolidación presupuestaria efectuadas cada año por los diversos ejercicios de austeridad, los cuales impulsaban la máquina exportadora alemana mientras deprimían el crecimiento e incrementaban la deuda del resto de países no hechos para el estricto régimen monetario alemán.

Estos días se habla sobre un tipo diferente de solidaridad, que exige a los Estados septentrionales, que son los beneficiarios del SME, que rescaten a las víctimas del coronavirus de los países meridionales, a modo de recompensa concedida a estos por su cooperación con la austeridad en general y el “rescate” griego en particular. ¿Obtendrán finalmente, bajo la presión de la devastación causada por esta pandemia, lo que han exigido en vano durante todo este tiempo, esto es, la asistencia fiscal sin imposición de ulteriores condiciones más los “eurobonos”, ahora denominados “coronabonos”? Resulta realmente increíble que las clases políticas del sur de Europa no sepan que con independencia de lo que puedan extraer de los países septentrionales de acuerdo con el régimen de Maastricht, ello siempre caerá, parafraseando a Draghi, bajo la siguiente aseveración: “Créanme, no será suficiente”.

Mantener a Salvini y Le Pen fuera de juego no es lo mismo que revivir las economías en declive de sus respectivos países

¿Quién podría esperar seriamente que la larga década de decaimiento experimentada por Italia, e igualmente por Francia, bajo el la dictadura monetaria y fiscal del SME vaya a ser revertida realmente mediante la inyección de unos pocos millardos de euros procedentes de los contribuyentes del norte de Europa y del BCE? Lo máximo que ello puede hacer es crear una oportunidad para las relaciones públicas susceptible de ser aprovechada por los gobiernos meridionales “proeuropeos” de la eurozona, entendiendo por ello partidarios del SME, para informar triunfalmente a sus ciudadanías de la victoria histórica lograda sobre los tacaños holandeses y alemanes.

Durante un periodo de tiempo, esta estratagema puede bastar para mantener a estas élites en el poder y por ello Merkel y compañía están indudablemente dispuestos a pagar significativamente más de lo que sus constituciones nacionales y los tratados en vigor permiten. Pero mantener a Salvini y Le Pen fuera de juego no es lo mismo que revivir las economías en declive de sus respectivos países. Incluso traer el gasto en salud de Italia y España a los niveles alemanes actuales, lo cual requeriría más de dos puntos porcentuales anuales de su PIB invertidos en ello año tras año, se halla totalmente fuera del alcance de la más generosa “unión de transferencias”.

La cuestión real es, pues, ¿por qué las élites de los países condenados al declive económico y social por el SME insisten en permanecer en el euro antes que negociar duro con sus contrapartes del norte de Europa para efectuar un retorno pacífico, impulsado por un apretón de manos de oro o incluso de platino, a algo similar a la soberanía monetaria y, con ella, a la soberanía fiscal o, dicho en otras palabras, a una democracia que rinde cuentas políticamente? ¿Podría ser que ya hayan renunciado a toda esperanza de que puedan efectivamente gobernar sus países bajo el capitalismo actual más allá de estas simbólicas peleas de gallos con holandeses y alemanes para entretenimiento de sus electorados? ¿Hablan realmente en serio sobre el autogobierno democrático o están intentando reptar hacia el paraguas imperial noreuropeo, donde sus países serán gobernados como una periferia meridional por Bruselas, es decir, por Berlín, con o sin París?

Conocemos la razón por la que en un principio estas élites quisieron unirse al SME y no es precisamente agradable: introducir una moneda común similar a la alemana que operase como vincolo esterno, dicho en el lenguaje del Departamento del Tesoro italiano, como un vínculo externo concebido como herramienta para acometer la “modernización” de sus complicadas economías políticas mediante la aplicación de las correspondientes “reformas estructurales” neoliberales. Los alemanes sospechaban que esto no podría funcionar realmente y se opusieron al euro hasta que Kohl concluyó que tenía que entregárselo a Mitterrand a cambio de la reunificación alemana.

Ahora, en lugar de “reformas estructurales” generadoras de felicidad económica bajo el nuevo patrón oro europeo, tenemos austeridad, declive económico, una infraestructura pública disfuncional y lo que se denomina el “antieuropeísmo populista”. ¿Cuánto tiempo hará falta para que los “modernizadores” meridionales de la década de 1990 se den cuenta de que el problema del SME es estructural y, por lo tanto, no puede resolverse mediante la retórica moral y de que el error histórico del Tratado de Ámsterdam debe revertirse en vez de ser ocultado recurriendo a la “solidaridad” filantrópica, y todo ello por no mencionar la desconcertante posibilidad de que la modernización capitalista pueda haberse convertido en un proyecto del pasado y que nuestras sociedades pueden, en tanto que sociedades capitalistas, hacerse cada vez más ingobernables?

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