Biodiversidad
Especies perseguidas, protegidas, destruidas

La fauna de la península ibérica ha pasado de ser irrelevante para las autoridades a ser protegida por varios acuerdos internacionales. Pero las causas de la pérdida de biodiversidad permanecen sin novedades, lo que plantea un futuro catastrófico para la supervivencia de las especies autóctonas.

sexta extincion 8
Redacción

publicado
2017-08-30 11:24:00
La primera fotografía está colgada en los muros de un pasillo del balneario de Corconte, en una de las carreteras que unen Cantabria y Burgos. Muestra a un grupo formado solo por hombres. Data de comienzos del siglo XX y llama la atención entre otras imágenes de caza porque, en esta, el grupo quiso gastar una broma. Un oso pardo muerto se encuentra en el asiento del conductor de un flamante automóvil, obviamente colocado por el grupo que le ha dado muerte. A pesar de la humorada, ni los peones ni los cazadores están sonriendo.

El segundo instante lo registró alguien a finales de los años 50 en Cala Tuent, cerca de Escorca (Mallorca). En la foto se ve a dos guardias civiles de paisano sujetando el cadáver de una foca monje. Cuentan las crónicas que los agentes mataron al animal a tiros y que la foca de la imagen, de una especie llamada vell marí (viejo marino) en la zona, estaba embarazada. Las fuentes de la época identificaron a esa foca como la última de su especie que habitó ese área. La principal causa de su desaparición fue la persecución por parte del ser humano. Los hombres tampoco sonríen a la cámara mientras muestran su trofeo.

El ocaso del lince

Julio de 2017, última foto de este dispar recorrido por la historia de la fauna española en el siglo XX. En esta ocasión no aparece ninguna persona, solo un ejemplar de lince ibérico, anónimo y muerto, en la cuneta de la carretera EX-103, en el extremeño Valle de Matachel. La instantánea ha sido tomada con un móvil. Dos días antes, otro animal fue atropellado en la autovía A-4 a la altura de Andújar (Jaén). Tres días después, otro lince corrió la misma suerte en la misma autovía, a la altura de Valdepeñas (Ciudad Real). Los artículos periodísticos que narran los dos últimos sucesos se ilustran con fotos de linces en libertad.

Entre los primeros retratos del comienzo y de mediados del siglo XX, y el último, a finales de la década de los diez, se ha producido un cambio sustancial. La persecución de animales, explícita en la cacería de osos y la matanza de especies marinas, ha dado paso a una mayor valoración que ha llevado al Estado español a rubricar todo tipo de compromisos internacionales: desde la central Red Natura 2000 hasta el Plan estratégico de Naciones Unidas para 2011-2020 que estableció las llamadas Metas de Aichi para la conservación de la biodiversidad.

Precisamente, el lince ibérico ha servido de ejemplo del cambio de rumbo en los objetivos de conservación. De los 5.000 individuos que había en el sur peninsular a mediados de los años 60, en el cambio de siglo se pasó a menos de 500 con una caída especialmente alarmante en las hembras con capacidad reproductora. La acción de ecologistas, científicos y la inversión institucional —en 2011, la UE destinó 34 millones para el proyecto LIFE de recuperación de la especie— ha permitido que los linces sorteen, de momento, la extinción. Lo que no pueden sortear son las barreras físicas que los seres humanos conocemos como carreteras. Tampoco la velocidad de los coches.

El lince ibérico, junto con el águila real y el oso pardo europeo, son especies icónicas, conocidas como “especies bandera”. Su conservación no es importante solo porque queden bien en la foto, sino porque, como especies “paraguas”, arrastran a la conservación de otros animales y de especies de fauna necesarias para que se desarrollen. Pero esto es insuficiente. Theo Oberhuber, responsable del área de conservación de la naturaleza de Ecologistas en Acción, cree que el enfoque basado en estas joyas de la corona es parcial y elude, de forma consciente o inconsciente, las amenazas principales: el aislamiento de los hábitats y la pérdida de la diversidad de los mismos, generados por varias causas, siempre relacionadas con el modelo de desarrollo económico, lo que Oberhuber define como “las causas subyacentes”.

“El lince viene perdiendo área de distribución por temas como la construcción de embalses e infraestructuras de transporte y por el desarrollo urbanístico. Trabajando solo en base al lince no puedes centrarte en esas causas”, señala Oberhuber. Un veterano biólogo, que prefiere no dar su nombre para este artículo, ironiza también a cuenta de este felino: “Tenemos más gente que trabaja en la conservación de linces que linces. A lo mejor tocan a 20-30 personas por individuo”. Más en serio, este biólogo reflexiona sobre una paradoja: “Hemos hecho el grandísimo esfuerzo de aprender a criar linces y nos quedamos sin ellos de la noche a la mañana por culpa de los atropellos”.

Otras especies amenazadas no cuentan con tanta atención mediática. En mayo de este año, un urogallo moría en Benasque (Huesca) víctima de la “fiebre Instagram”. El estrés causado por las fotos y el acoso de un grupo de domingueros mató a un macho en celo, uno de los últimos 400 vivos. El desmán pirenaico, la cerceta pardilla o el ferreret balear son otros vertebrados en riesgo. Aunque lamenta que se trate de una visión antropocéntrica, Oberhuber recuerda que la conservación de esas especies tiene una relación directa con el bienestar del ser humano: “Somos biodependientes. Para respirar, comer, vivir, dependemos de la biodiversidad: es esencial conseguir que los responsables políticos sean conscientes de su importancia y que sea un elemento transversal y central en todas las políticas”.

Progreso

Las causas subyacentes que ponen en peligro a estas y otras especies se vinculan a lo que aquellos hombres de comienzos del siglo XX identificaban con el progreso: la capacidad del ser humano de llegar desde las grandes metrópolis, focos del hiperconsumo, a puntos cada vez más recónditos de la península —infraestructuras de transporte—, de llevar comodidades a lugares alejados del mundanal ruido —urbanizaciones, extracción de aguas y tendidos eléctricos—, de transportar especies desde otros ecosistemas para intereses comerciales —para la caza o la confección de productos peleteros— y de utilizar los ríos como desagües y las costas como vertederos. Gemma Rodríguez, coordinadora de la Red Natura en WWF España, señala que la fragmentación y la destrucción del hábitat es la principal causa de la pérdida de biodiversidad. “Las carreteras están afectando al 97,7% de toda nuestra superficie”, explica, y quedan muy pocas zonas vírgenes alejadas de carreteras, “por ejemplo en Sierra Morena o Aigüestortes”. Para esta organización, los tres aspectos fundamentales que pueden suponer una mejora de la situación actual son la mejora de la planificación, prescindir de infraestructuras con baja demanda o proyección de uso y la realización de evaluaciones que “valoren la alternativa cero de construcción”. 

En el caso de las aves, el principal impacto es el de los tendidos eléctricos de alta tensión y muy alta tensión, como el que se proyecta en la provincia de Castellón. Fernando Garcés, secretario general de Grefa, una asociación conservacionista que dirige un hospital de fauna salvaje en Majadahonda (Madrid), confirma que los cables eléctricos son los principales motivos de muerte de la avifauna, pero añade una serie de elementos que también ponen en peligro a estas especies: la contaminación alimentaria provocada por los insecticidas y herbicidas, el robo de agua —especialmente palmario en las Tablas de Daimiel (Ciudad Real) y su famoso acuífero 23 o en el parque de Doñana en el occidente andaluz—, la persecución directa —la caza de especies protegidas— y, por supuesto, el riesgo de incendios.

Doñana

El 24 de junio comenzaba un incendio en el entorno de Doñana. Ardieron 8.500 hectáreas de matorral y arbolado. Un mar de pinos era el combustible, como ya lo había sido en 2015 en el incendio de la Sierra de Gata, que arrasó un 6% de la comarca extremeña. Gemma Rodríguez explica que la proporción de grandes incendios forestales sigue aumentando cada año y se adolece de falta de prevención, lo que dirige casi todos los esfuerzos a la extinción, cuando, “en definitiva, hay incendios que se pueden apagar 20 años antes de que se produzcan”, según Rodríguez.

La tendencia alarma a la comunidad científica y a las asociaciones, que alertan de las sinergias que se producen entre incendios y el problema crucial que afronta la humanidad en el próximo siglo, el cambio climático, que tendrá importantes consecuencias en la península ibérica y las islas.

“Las proyecciones climáticas apuntan a cambios futuros de gran relevancia”, sostiene Gemma Rodríguez. Cambios “que producirán una masiva relocalización de las especies, así como empobrecimiento y extinción de especies a nivel local y global”. Como resultado, explica esta portavoz de WWF, el ritmo de destrucción de especies aumentará con la subida general de las temperaturas. “Esto, en un contexto en el que la extinción ya es de cien a mil veces superior al ritmo que se considera natural”.

Iberia, que al igual que la península itálica y la báltica, han sido territorios de mucho valor ecológico porque sus endemismos y sus configuraciones geológicas las convirtieron en laboratorios naturales de la evolución de las especies tras la última expansión glacial, es también una de las regiones europeas más vulnerables al cambio climático. El diagnóstico unánime es que el sur peninsular está abocado a la desertización. Para las especies, las opciones pasan por un exilio forzoso; una “masiva relocalización” , en palabras de Rodríguez, a las —cada vez más abarrotadas— zonas altas, lo que de nuevo chocará con la fragmentación del territorio, y la falta de conectividad. También se multiplica el riesgo de que las especies catalogadas como invasoras se expandan por los biotopos y ecosistemas de especies endémicas, es decir, aquellas asociadas a un área territorial.

“Hay una relación doble”, explica Oberhuber, “el cambio climático provoca pérdida de biodiversidad pero ésta provoca también el cambio climático”. En este asunto, de nuevo, el Estado parece estar trabajando en la línea marcada oficialmente. España cumple con los objetivos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero establecidos en los acuerdos de Kyoto y de París… lo que significa que podrá seguir aumentando sus emisiones al menos hasta 2020. En caso de que lo necesite, además, el Gobierno puede utilizar la “trampa legal” establecida en dichos acuerdos, la compra de derechos de emisión a otros Estados, como sucedió con Polonia en 2012.

Oberhuber considera que el modelo de consumo es la clave que une las distintas problemáticas y recuerda que satisfacer las demandas de ese modelo tiene impactos ambientales enormes en otras zonas del mundo. Ecologistas en Acción, recuerda, lleva años reclamando una vicepresidencia dedicada a la sostenibilidad ante la falta de capacidad del Ministerio combinado de Medio Ambiente, Agricultura y Pesca. Para Oberhuber, se deben condicionar todas las políticas sectoriales con el objetivo de detener la sangría, “especialmente de transporte, energía, agricultura, pesca y turismo”.

Política Agraria Europea

La negociación de la futura PAC, la política agraria común europea para los años 2020-2025, es el próximo punto clave de las políticas de sostenibilidad, de nuevo omitidas o directamente atacadas tras la aprobación provisional del tratado CETA con Canadá, según la perspectiva de las organizaciones ecologistas. Estos grupos denuncian, entre otros riesgos del tratado, el posible aumento del extractivismo de mineral, una de las actividades con más impacto en la naturaleza. Para Fernando Garcés, la próxima PAC debe ser “verde” porque, resume, “los datos son brutales: los bioindicadores, especies que reflejan los cambios asociados a un hábitat, destapan que todas, o el 99%, están en regresión, lo que es consecuencia de las prácticas agrícolas superagresivas hacia el medioambiente”.
El deseo de Garcés de una política que no esté “bajo el mando de las grandes multinacionales y el lobby agroquímico” coincide con el deseo de Oberhuber de una PAC que cuente con los pequeños agricultores, más participativa y adaptada al terreno. “El problema es que la Comisión Europea piensa más en la producción y ha ido hacia un sistema de subvenciones que no está condicionado a actuaciones”.

Los usos del suelo y la diferencia artificial entre suelo agrícola y medio natural son fundamentales, a juicio de las fuentes consultadas, para reorientar un modelo que puede presumir de parques naturales pero que, fuera de esos límites, desarrolla una idea del progreso que no ha cambiado tanto desde aquel día en el que una decena de hombres consideró simbólico subir al oso pardo a lomos del invento que cambió la relación de los seres humanos con la naturaleza a principios del siglo XX.

Las marinas también sufren
El control de la pesca ilegal es uno de los principales avances que los expertos en biología marina reseñan en cuanto al cuidado de los ecosistemas costeros. Sin embargo España, asegura Celia Ojeda, responsable de océanos de Greenpeace, no ha hecho una apuesta decidida por la pesca artesanal, más sostenible que los sistemas industriales. Ojeda también destaca como positiva la creación de reservas marinas, pero como contrapunto señala la falta de dotaciones económicas para conservarlas: “No se pueden convertir en parques de papel, crear una zona y olvidarse, tiene que haber una gestión, una vigilancia, unas labores de conservación. Si no no sirve para nada”, explica. Poner límites a la fabricación y uso de plásticos es otra de las exigencias de Greenpeace al Gobierno para la conservación del medio marino. Desde WWF se señala la contaminación química, orgánica y de entrada de basuras como el principal peligro de costas y puertos. Actualmente, 39 especies de peces y 28 de anfibios están en el régimen de protección especial del Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente. Pero el peligro es mayor que el que muestran estos catálogos, según reseña el propio Ministerio en sus evaluaciones generales.

 

Las cifras de la alarma
España ha firmado los principales compromisos internacionales para detener la pérdida de la biodiversidad, pero esas firmas no han impedido que la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) haya dictaminado que la biodiversidad de la Península Ibérica es la más vulnerable del continente europeo. Sobre la Red Natura 2000, se reconocen los avances en la creación de espacios protegidos, pero la organización WWF critica que, incluso dentro de esos parques, se produce destrucción de hábitat. Además, apuntan que existe una falta de planes de recuperación de especies, lo que es especialmente grave en comunidades como la de Madrid, que no tiene programas de este tipo para las especies amenazadas.
Ecologistas en Acción ha evaluado otros de los compromisos firmados por el Estado, las conocidas como metas de Aichi de Diversidad Biológica de Naciones Unidas y la Estrategia Europea de Diversidad. El dictamen de Ecologistas es que “no se está haciendo prácticamente nada para cumplir las metas estratégicas”, que sitúan el horizonte temporal en un primer momento en 2020 y más adelante en 2050. Los propios datos con los que trabaja el Ministerio muestran el preocupante porcentaje de especies que ya están amenazadas por la pérdida de biodiversidad y ecosistemas.

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