Venezuela
Venezuela: Noruega sienta a las partes

¿Por qué cuesta tanto sentar a las partes en Venezuela si no han sufrido un conflicto fratricida como los que ocurrieron en Colombia, Centroamérica o en la Chile de Pinochet?

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Nicolás Maduro, tras ganar las elecciones presidencial del mayo de 2018. Foto: Gobierno de Venezuela

Sociólogo, analista político y profesor de la Universidad Central de Venezuela

3 jun 2019 12:56
La semana pasada las delegaciones del gobierno y la oposición se vieron las caras en Noruega por primera vez desde la autojuramentación de Guaidó. La oposición, muy presionada por sus sectores radicales celebró que no hubiera acuerdo. El gobierno sacó provecho de la debilidad opositora que reconoció la necesidad del diálogo, una vez que se agotara la pretendida salida rápida. El gobierno de Noruega, por su parte, felicitó a las partes y anunció que las negociaciones continuarán.

Lograr sentar a las partes ya es un logro en sí mismo y levanta expectativas de que pueda “regularizarse” el conflicto. Esto es, asumirlo como tal a sabiendas que durará muchos años independientemente de que haya o no un cambio de gobierno.

Después de cinco meses de lucha agónica y de un intento de golpe de Estado, ambas fuerzas lucen débiles. El gobierno, atrincherado y con poca capacidad de maniobra para gobernar el país, ha sufrido escisiones importantes en su seno, como la de Manuel Cristopher Figuera, el director de la policía política SEBIN, quien fue un pivote de la tentativa de golpe del 30 de abril, además de la sospechosa remoción de dos directores de las principales policías, la protagónica Fuerzas de Acciones Especiales y la Policía Nacional Bolivariana.

La oposición básicamente va desnuda a Oslo. El factor de poder que sostiene al interinato de Juan Guaidó no parece tan empecinado, como a principios de año, en querer lanzarse a una acción bélica

La oposición básicamente va desnuda a Oslo. El factor de poder que sostiene al interinato de Juan Guaidó (el gobierno de Estados Unidos) no parece tan empecinado, como a principios de año, en querer lanzarse a una acción bélica. Después del intento del 30 de abril, de un levantamiento militar el 23 de febrero, sanciones, embargo petrolero, provocaciones fronterizas y decenas de marchas y movilizaciones, la carta que queda es la de una invasión militar facturada desde la potencia del norte. Esta opción, que parecía inminente en enero, ahora parece lejana y otros países toman protagonismo para afrontar el caso Venezuela desde un enfoque de negociación y no de fuerza. El vicepresidente estadounidense Mike Pence y el secretario general de la OEA Luis Almagro, antes de la cita aconsejaron a Guaidó no sentarse a negociar otra cosa que no sea la rendición total de Nicolás Maduro.

En intentos anteriores de dialogo otros personajes han prestado su figura para servir de mediadores, pero ni el Papa Francisco ni el expresidente español Rodríguez Zapatero han salido bien parados cuando lo han intentado. A finales de 2017 y comienzos de 2018 varias fuerzas internacionales procuraron procesos de intermediación que culminaron sin éxito. El Papa advirtió, en una entrevista, que la oposición estaba dividida, lo que costaba producir acuerdos concretos para realizar las presidenciales. El presidente dominicano Danilo Medina y Rodríguez Zapatero se mostraron sorprendidos por la forma en la que la oposición se negó a firmar un documento que había sido trabajado por las partes durante meses.

Finalmente Maduro adelantó las presidenciales de diciembre a mayo, una provocación suicida por los bajos índices de aprobación que tenía. La oposición cayó incomprensiblemente y decidió apartarse del camino electoral. Esta jugada de Maduro le salió bien para dividir a la oposición —una parte de ella sí se presentó a los comicios— pero no para gobernar de manera estable.

¿PUEDE TENER ÉXITO ESTE PROCESO DE NEGOCIACIÓN?

Estados Unidos avanzó tremendamente en bloquear los ingresos del Estado venezolano y eso profundiza la crisis económica ya existente. Dejó de comprar petróleo venezolano y presiona a bancos y gobiernos con los que Venezuela triangulaba para comprar productos básicos.

Pero nada de esto, ni la escasez de gasolina, electricidad o agua, asegura la salida de Maduro. Hasta ahora solo lo viene endureciendo en el terreno militar y político. La agresión de Estados Unidos, Colombia y Brasil incluso lo ha atornillado en su puesto. Es decir, el Maduro soñado por la oposición, que manda sus cuadros a Oslo a buscar una capitulación honrosa, por ahora no existe.

Por lo tanto, los opositores confrontan la negociación en un escenario que no está controlado y sus expectativas deben verse sinceradas para poder seguir en la pelea política, una vez que han fracasado todos los intentos de sacar a Maduro por la fuerza y que la participación militar de Estados Unidos ha quedado en pausa.

¿POR QUÉ UNA PARTE DE LA OPOSICIÓN ES TAN RENUENTE AL DIÁLOGO?


Para comprender la dificultad del diálogo en Venezuela, a pesar de que nunca ha habido un enfrentamiento armado de proporciones siquiera comparables con Centroamérica, Colombia o la Chile de Pinochet, hay que comenzar entendiendo lo que supone para las élites empresariales y, por consecuencia, el uso que el chavismo ha sabido darle a las negociaciones para exasperar y dividir a la oposición entre sus sectores políticos y económicos.

Una división de larga data, histórica, que da cuenta de la incapacidad de estos últimos para tomar las riendas del Estado. A diferencia de otros países de la región, aquí las oligarquías nunca han podido detentar el poder político y han necesitado siempre negociar con sectores políticos para usufructuar la renta, con los viejos partidos con los que pactaba la gobernabilidad. Hoy día, se sienten ultrajadas por el avance del chavismo y han diseñado un programa “mínimo” que comprendería no solo la salida de Maduro sino el exterminio de esa fuerza política.

En cambio, el sector político de la oposición, acostumbrado al pragmatismo, conoce de cerca la realidad social y sabe que esto es imposible: para llegar al poder y mantenerlo es menester negociar con el chavismo. Sin embargo, son los actores económicos quienes tienen el financiamiento y los medios de comunicación para imponer sus criterios.

Las élites económicas y las clases medias que le siguen, muchas de ellas ubicadas en el exterior, no aceptan el diálogo entre otras cosas porque han construido la figura del chavismo no como un adversario si no como un enemigo

Las élites económicas y las clases medias que le siguen, muchas de ellas ubicadas en el exterior, no aceptan el diálogo entre otras cosas porque han construido la figura del chavismo no como un adversario si no como un enemigo; no como un sujeto colectivo con el que sostiene diferencias ideológicas sino como un criminal al cual le dirige epítetos que se agudizan en la medida que va ocurriendo la refriega: “corruptos”, “comunistas”, “asesinos“, “narcotraficantes”, “genocidas”. Así que el antichavismo radical termina ubicándose fuera de la política y sin participar en las últimas elecciones presidenciales, regionales y locales, lo que ha sido, confesado por muchos sectores, un error garrafal cuya superación costará bastante tiempo.

Se suponía que líderes como Leopoldo López, hijo de la alta burguesía, vendría a resolver ese problema puesto que por primera vez las élites podrían tener acceso directo al poder político. Pero esta convocatoria al diálogo, impulsada desde el propio partido de Leopoldo, es un balde de agua fría. No tanto a la oposición política, que entiende esa iniciativa como un camino lógico, sino a la élite económica que se niega a aceptarla.

Desde que se filtró la información del diálogo en Noruega, pero especialmente desde que Guaidó reconoció públicamente su autoría, le han llovido una andanada de críticas, insultos y desprecio comandada por opinadores, periodistas e influencers que hace pocas semanas adulaban al autoproclamado presidente. No es algo nuevo, incluso líderes como Henrique Capriles o Ramos Allup han sufrido los peores insultos de la oposición radical. Lo nuevo es que este intento de acercamiento está comandado por el partido que se consideraba más radical y que anteriormente ganó popularidad justamente por negarse a dialogar. Con este giro, los radicales quedan huérfanos.

A partir de este panorama a lo interno de la oposición, el diálogo siempre será una herramienta del gobierno para dividir, provocar y romper cualquier alineación antichavista. Por eso es un dolor de cabeza para la oposición. Además de una especie de capitulación de la salida rápida, de la invasión, es también un reconocimiento al gobierno de Maduro. Una bombona de oxígeno para su administración hasta tanto se planteen como posibilidad real nuevas elecciones como salida a la crisis, algo que incluso ya divide al chavismo: buena parte de él, y de la gente otrora cercana a Chávez, las considera una salida plausible, aunque para Maduro difícilmente será una opción, mucho menos después de salir airoso de las últimas contiendas. La gente que rodea al presidente, sobre todo su ala dura y militar, entiende que el descontrol del país puede ser gestionable.

Alejada la sombra de los portaaviones, Maduro nada tiene que ganar en un nuevo escenario electoral. Mientras tanto y desde la tranquilidad de Miami, la oposición radical no esconderá sus pretensiones de barrer al chavismo. Los que viven en Venezuela esperan que el encuentro en Noruega sirva para bajar el clima conflictivo y mejorar la calidad de vida. El único consenso es que Oslo aún está muy lejos.

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