Partido Popular
Cristina Cifuentes: de la impunidad al exhibicionismo, del exhibicionismo a la impunidad

Cifuentes no es, ni más ni menos, que el último eslabón de una cadena que no acaba, pues es un círculo, un entramado que nos devuelve, desconcertados, al punto de partida.

mitin
Mitin de Cristina Cifuentes y Esperanza Aguirre. David F. Sabadell
Víctor Prieto Rodríguez

publicado
2017-05-17 13:53

La figura de Cristina Cifuentes es inseparable de la de Esperanza Aguirre. Tanto es así que la imagen pública de la presidenta de la Comunidad de Madrid se ha construido a lo largo de los últimos años a fuerza de distanciarse, a la alargada sombra de la caricaturesca Esperanza, como la otra cara de un PP más decente, moderno, abierto, tolerante. De hecho, las continuas salidas de tono de la extodo –su chotis mediático permanente– han contribuido a crear una cierta imagen de normalidad, de institucionalidad, incluso de regeneración, en una política profesional que vive del partido desde finales de los años 80. No es de extrañar, por lo tanto, que la obligada dimisión de Aguirre tras el terremoto desatado por la Operación Lezo se pueda llevar por delante a su enemiga íntima. Ambas forman parte del insoportable esperpento que ahora se muestra. El velo ha sido retirado.

Mal haríamos, sin embargo, en situar el foco sobre los nombres propios que pululan por los platós de televisión. La exposición mediática recurrente conlleva la autoflagelación del poder en el cuerpo, ya inútil, de un chivo expiatorio, concediendo credibilidad al mecanismo discursivo que evade responsabilidades en nombre de una cierta idea de justicia: “Quien la hace, la paga”. 

La personalización de la corrupción cumple con la labor de colmar la necesidad de venganza que, se supone, tiene el pueblo (o, según esta concepción, el populacho). Entonces, el linchamiento mediático es condición indispensable para el restablecimiento de la justicia, de su dignidad u honorabilidad. No es de extrañar que los caídos en desgracia, expuestos durante días a la saña informativa, alcancen de puertas hacia dentro la condición de mártires (recordemos el “Luis, sé fuerte. Hacemos lo que podemos”).

Cristina Cifuentes no es, ni más ni menos, que el último eslabón de una cadena que no acaba, pues es un círculo, un entramado que nos devuelve, desconcertados, al punto de partida. La lógica de la personalización de la corrupción nos sitúa en un momento en el que, al parecer, la impunidad se ha terminado. Ya nadie es intocable, se nos dice. Por eso, tras unos primeros momentos de desmentidos, ruedas de prensa multitudinarias y lágrimas de cocodrilo (véase la dimisión de Aguirre), el corrupto será vilipendiado, expulsado, olvidado (véase “Ese-señor-del-que-usted-me-habla”), porque lo realmente trascendental es mantener inalterable el Todo. El fin de la impunidad da lugar, de esta manera, al exhibicionismo lacerante de todas las vergüenzas del devenido villano. Adelantamos que, tras el escarnio público de estos primeros momentos, se está jugando la posibilidad de la continuación, quizá por otros medios, de la impunidad más absoluta.

“Se hace indispensable aprovechar la brecha abierta por la emergencia de la mierda para repensar todo de una vez por todas”
La idea de responsabilidad es, por todo lo anterior, uno de los principales campos de batalla para la construcción democrática de este presente abierto en canal. No basta con cambiar las caras visibles de la corrupción, como plantea Ciudadanos, cuando lo hace, ante los sucesivos “casos aislados” del PP. Es preciso poner en funcionamiento mecanismos efectivos de control y rendición de cuentas, lo que supondría, en última instancia, una verdadera mutación del mandato representativo liberal, de la propia democracia. De ahí las resistencias.

Las últimas filtraciones sobre la estrecha relación del fiscal anticorrupción con algunos de los implicados en los casos recientemente destapados, muestran a las claras el estado de descomposición de algunas de las instituciones centrales del Estado. Las tensiones provocadas por la desintegración del sistema político y su entramado de poder están generando un repliegue táctico que se expresa con toda crudeza, pero que evidencia, además, el disparate inaceptable de ver a un sistema corrupto perseguirse a sí mismo.

La próxima salida por la puerta falsa que va a efectuar, presumiblemente, Cristina Cifuentes no debe calmar las aguas revueltas. En España, de un tiempo a esta parte, hablar de política es hablar de corrupción, lo que está imponiendo unos modos políticos que, lejos de alentar a una reacción en su contra, acaban por apuntalar la penosa realidad de estos días. La corrupción ha sido integrada, como sinónimo de política, en nuestro modus vivendi, normalizada en el lenguaje cotidiano del trabajo, de la casa y de la barra del bar, funcionando como una especie de mecanismo antipolítico que abruma los sentidos e impide redirigir la mirada hacia cuestiones cruciales. Se hace indispensable aprovechar la brecha abierta por la emergencia de la mierda para repensar todo de una vez por todas.

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