¿Decisiones erráticas?

Si la defensa de los derechos no se convierte en el argumento principal de un gobierno, más si dice ser de izquierdas, ni más ni menos que socialista, ¿qué podemos esperar?

Pedro Sánchez -promete su cargo
Pedro Sánchez promete su cargo ante la presencia de Felipe VI. Foto de La Moncloa.



publicado
2018-08-30 10:10:00

Hace apenas unos meses que Pedro Sánchez se instaló en la Moncloa y con él su partido. Desde entonces, el PSOE empezó a poner en práctica todas esas propuestas que durante sus años de oposición , y especialmente en los últimos tiempos, venía planteando. Es obvio que esto es mucho decir, de hecho aquello del “decía el PSOE en la oposición” es una especie de mantra de la Democracia, por desgracia.

De entre todas, las decisiones tomadas a propósito de la cuestión migratoria y la política de fronteras formarían parte de las más llamativas y sorprendentes de todas, en especial por su carácter errático e improvisado.

Se empezó con declaraciones que mostraban la intención de acabar con la devoluciones en caliente (como había dicho meses atrás) o con la concertinas en las vallas de Ceuta y Melilla, (que, por cierto, estrenó un anterior gobierno también del PSOE) o el anuncio de acabar con las restricciones al acceso universal a la sanidad pública, esa si recortada por un gobierno del Partido Popular. Poco después vino el gesto de la acogida del Aquarius, con toda la repercusión mediática que tuvo, en cierto sentido sorprendente en un país donde se “reciben” cada día decenas de personas migrantes. Días más tarde se acogió en Algeciras también un barco de Proactiva Openarms, tras las reiteradas negativas de Malta o Italia a su recepción.

Después de esos dos, llamemos gestos, se desplegó toda una batalla por parte de la derecha, con visitas a las fronteras de Ceuta y Melilla incluidas y fotos junto a la Guardia Civil y la Policía de Casado y Rivera. En paralelo, un nuevo despliegue mediático del “aquí no caben todos”, aderezado con una campaña brutal para criminalizar a los que han conseguido entrar, en este caso la ira racista se fijó en lo manteros y sus “innumerables” actos de violencia.

Ese efecto, en este caso sí valdría denominarlo llamada, con el que la derecha institucional y mediática respondió a aquellos gestos del gobierno parecieron devolver a este a la realidad. Así lo demostraría, en primer lugar, la decisión conocida apenas hace unos días de mantener el recurso del Estado español contra la sanción del tribunal de Estrasburgo que condenaba a España por las antes mencionadas devoluciones en caliente y, en segundo lugar, la expulsión masiva de los 116 migrantes que días atrás cruzaron la frontera de Ceuta en un nuevo salto masivo, de esos que tantas oportunidades dan a los medios más oficialistas de mostrar la cara dura, amenazante y temible de las hordas de migrantes que esperan en los bosques de Ceuta y Melilla, agazapados y a la espera de poder entrar como sea para quitarnos lo que es nuestro. De hecho, esa devolución exprés de 116 migrantes se distancia, incluso, de las prácticas llevadas a cabo en esta cuestión por el PP. Apelando a un convenio con Marruecos de 1992, se expulsa a 116 personas y, como han denunciado decenas de organizaciones, abogados y activistas, es imposible que en esa acción se hayan podido respetar los derechos y garantías jurídicas de cada una de ellas.

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Los mensajes, reforzados desde los medios de comunicación, destacando la violencia del salto, (lo probaría la existencia de siete guardias heridos y el uso de cal y “bombas” de excrementos) y las imágenes transmitidas insistentemente de los migrantes corriendo y gritando por las calles de Ceuta, así como las informaciones reflejadas en algunos medios sobre el papel de las mafias y su negocio lucrativo con el tráfico de personas, contribuyeron a crear el ambiente necesario para que, al parecer, una acción como esa, aparentemente contraria a las decisiones primeras del Aquarius o el Openarms, entendiera el gobierno que iba a ser asumida por la ciudadanía como coherente con la supuesta línea de acción marcada por Pedro Sánchez y su distanciamiento de la política del PP.

Aparentemente se trata de decisiones opuestas, supuestamente contradictorias. De hecho, se ha producido algo curioso y es que en apenas unas semanas el gobierno de Sánchez fue elogiado por algunas organizaciones que trabajan en primera línea en la cuestión migratoria, con contenido estusiasmo, ciertamente, y en pocos días hemos visto cómo algunas organizaciones de la ultraderecha europea hacían lo mismo tras la expulsión masiva antes mencionada.

Una política errática, concluiríamos, ¿o no? Es decir, ¿es pertinente preguntarse si esto no es más que una estrategia más, otra habría que decir, en la larga campaña electoral en la que parece sumido el PSOE desde su llegada a la Moncloa? Al fin y al cabo, no parece difícil imaginar que, más temprano que tarde, habrá una nueva llamada a las urnas y el partido de Pedro Sánchez parece convencido de que la mejor manera de hacer campaña y fortalecer su futuro electoral para mantener la esperanza de resistir en el poder es la acción (o no acción) de gobierno de estos meses. Si la pregunta es pertinente, ¿qué respuesta mínimamente coherente podríamos encontrar a la misma?

Lo que parece claro es que en ningún caso las decisiones adoptadas por el PSOE en estas semanas —en lo que se relaciona con la política migratoria— han conseguido centrar el debate donde entendemos que debiera estar, es decir, en la preservación y el cuidado de los derechos, en especial de aquellos que representan la parte más vulnerable en este conflicto. Tener dudas al respecto de quiénes son esos solo puede ser consecuencia del éxito evidente de esas campañas mediáticas y políticas que criminalizan al inmigrante y lo sitúan como el responsable, no solo de nuestros males, sino también de los que ellos sufren. El discurso agotador de las mafias es uno de los más reiterados y socorridos. Hay mafias. Seguro. ¿Habría mafias en un contexto de legalidad y tránsito seguro para los miles de seres humano que huyen de la guerra, la violencia, el hambre, la muerte en definitiva? ¿Cómo se puede apelar a las mafias del tráfico de personas a la vez que se gestionan acuerdos con gobiernos corruptos hasta la médula (que es la corrupción sino la subida de las mafias a los altares del poder) como los de Marruecos, Turquía o Libia (aquí ni siquiera hay gobierno)? En un contexto de legalidad, entendida esta como el desarrollo y la defensa de los derechos, incluido el de asilo, refugio y protección, las mafias tenderían a desaparecer. Quizás no interese.

Visto desde este punto de vista, el relato de los acontecimientos recobra una nueva dimensión. La decisión del Aquarius permitió al gobierno de Sánchez distanciarse de las prácticas del PP y mostrar una cara amable y comprensiva. Es curioso que en la mayoría de las declaraciones de esos días de los responsables del gobierno se hablaba, sobre todo, de decisión humanitaria. En ningún caso se insistió en centrar la acción en la respuesta única que se puede dar cuando de lo que se habla es de salvaguardar los derechos de las personas. El debate quedaba, por lo tanto, en la arbitrariedad de la humanidad, esa que te permite hacer algo por alguien si puedes o si quieres. Si lo planteas desde la defensa de los derechos, la respuesta ya no puede ser arbitraria, diríamos que en ese caso la respuesta es la única posible, no se podría dar otra. Sin embargo, es evidente que ese gesto sirvió para mostrar una imagen “buenista” que da réditos electorales en una audiencia más bien neutra que, sin embargo, engancha bien con los gestos humanitarios que poco comprometen. Recordemos que decenas de pequeños Aquarius han desembarcado en las costas españolas en este verano y los protagonistas de dichos desembarcos no han tenido ni los focos ni las supuestas facilidades, bienvenidas sean para ellos, que los tripulantes del famoso barco de rescate de Médicos sin Fronteras.

Pero digamos que tras ese gesto, completado con el acogimiento en Algeciras del barco del OpenArms, este costó más, sin embargo, ya estaba preparado el camino para lo que nos tememos es la intención real: no modificar en absoluto lo esencial de la política migratoria y de fronteras. Llegado el momento de, como suele decirse, jugarse los cuartos, el PSOE no decepciona, hace lo mismo que el PP. Si el gobierno de Sánchez hubiese tenido en algún momento la intención de llevar el debate migratorio a la cuestión principal, la defensa de los derechos y en especial de los más vulnerables, podía haberlo hecho y no ha sido así. Para la compasión y el “humanitarismo” ya estamos vacunados. Bastan los miles de muertos en el Mediterráneo en estos últimos años.

Si la defensa de los derechos no se convierte en el argumento principal de un gobierno, más si dice ser de izquierdas, ni más ni menos que socialista, ¿qué podemos esperar? Por si no queda claro, en las fronteras de Europa se está produciendo un genocidio. Tiene muchos responsables, está claro, pero esto no significa, en ningún caso, que podamos eludir la cuota de responsabilidad que tiene el guardián de la puerta, más si tenemos en cuenta que es el mismo que azuza a miles de seres humanos a salir huyendo de la miseria, el hambre, la guerra o la violencia.

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Estamos en el principio, generando un orden económico injusto y miserable que sume en la desesperación a la mayor parte de la humanidad, y estamos en el final impidiendo que muchos hijos de esa miseria que huyen hacia una felicidad de la que supuestamente debiéramos sentirnos orgullosos la alcancen. ¿Cómo no sentirnos responsables? Reducir la violencia a una cuestión de cal viva o bombas de excrementos suena a poco comparado con los golpes de la policía marroquí (a los que acabamos de entregar a 116 personas), la vida sin ley en los montes de los alrededores de Ceuta y Melilla expuesto a las violaciones, los abusos y el hambre, las redadas masivas que te dejan en mitad del desierto camino de Argelia y de una muerte casi segura o la amenaza de los traficantes de esclavos en Libia. Suena a poco, la verdad.

Y sin embargo, como lo que alimenta esa violencia es la desesperación, imposible imaginar hasta dónde, resulta a la vez entendible que cualquier ser humano, sobrepasados esos límites, recurra a ella para alcanzar la esperanza, por mínima que sea, de salir del infierno. Por eso es tramposo acudir a la violencia de los débiles para justificar la soberbia de los poderosos, porque esta va a resultar siempre infinitamente superior y apabullante. Son siglos, toneladas, toda una Historia ingente de violencias.

Lo que necesitamos, lo que necesitan miles de seres humanos enfrentados al drama de salir de su país y encontrarse el muro de una Europa insolidaria, son políticas que centren el debate social y ciudadano en cómo resolvemos la compleja, es obvio que lo es, cuestión de la defensa de refugiados y migrantes y sus derechos. Es evidente que los estados de derecho se construyeron para hacer de la garantía de los mismos la razón de ser de su existencia. No hacerlo significa que esos proyectos colectivos se enfrentan a su disolución.

Más temprano que tarde necesitamos articular modelos, nuevos si es necesario, donde el cuidado de las personas y sus derechos ocupen el lugar central de la toma de decisiones políticas. Todos los gobiernos debieran repensarse desde esta gran cuestión, seguramente la más decisiva a la que nos enfrentamos en las próximas décadas. Si todos están obligados a hacerlo, parece que algunos debieran sentirse más concernidos, sobre todo incorporando el concepto socialista a su práctica política.

No somos ingenuos y sabemos que tendrá que ser, como tantas veces, la sociedad, los movimientos, el empuje de la gente el que consiga avanzar hacia conquistas duraderas en el terreno de la defensa del derecho. No son tiempos fáciles, ninguno lo son, pero son tiempos necesarios. Miles de seres humanos esperan respuestas. De momento, el nuevo gobierno de España no las está dando.

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