Derecho a la vivienda en Italia: ¡quedaos con vuestra campaña electoral!

La campaña para las elecciones del 4 de marzo ha establecido un paréntesis de discursos plagados de buenas intenciones y palabras huecas. 

Movilización para frenar un desahucio en Italia en 2013
Movilización para frenar un desahucio en Italia en 2013.
Il Salto

publicado
2018-02-06 06:00:00

Claudio. Angela. Mercedes. Daniele. Valentina. Ionica. Marisol. Quizás deberíamos empezar a llamarles por su nombre. Resulta demasiado fácil entrecomillar aquí y allá y meterles bajo el genérico paraguas del “Movimiento por el derecho a la vivienda”. Como si su culpa fuese haber elegido, en su momento, formar parte de un recorrido de lucha, de reivindicaciones, colectivo, en lugar de ponerse en manos de la caridad, la piedad, las historias lacrimógenas de la televisión o los periódicos. Todo eso para ver reconocido lo que es, en cualquier caso, un derecho propio. El derecho a la vivienda o, por lo menos, a un techo bajo el que afrontar el invierno.

Quizás si Claudio, Angela, Mercedes, Daniele, Valentina, Ionica o Marisol hubiesen venido una a una a buscaros, os habrían removido la conciencia y, quizás, os habrían obligado a encontrar una solución para quien tenía una casa, no está de más recordarlo, y hoy ya no la tiene.

“Los pobres primero” es la pancarta que recibe a quien entra —desde agosto— en la Basílica de los Santos Apóstoles, en el corazón de Roma. Los turistas las miran, hablan con ellas, intentar entender. Muchos, muchísimos ciudadanos, en estos cinco larguísimos —primero calurosos y luego heladores— meses se han interesado por su suerte. Día tras día han llevado comidas cada vez más calientes y ropas cada vez más abrigadas. Han jugado con sus niños. Los frailes franciscanos de la Basílica siempre les han hecho sentirse una familia. Nunca piedad. Nunca una sonrisa falsa. Nunca una palmadita en la espalda para luego darse la vuelta. Vosotros y vosotras, no. Evidentemente, el hecho de que vengan a buscaros bajo vuestras oficinas en grupo, con banderas rojas y pancartas “Stop desahucios” significa que estás personas son vuestros enemigos políticos.

Bien. Porque es exactamente así. Vosotros y vosotras sois sus enemigos y ellos y ellas los vuestros. Solo que, a diferencia vuestra, lo declaran todos los días y todos los días resisten a políticas que están usando la crisis para rediseñar la sociedad. No tienen miedo. Vosotros sí las teméis, teméis su modo de resistir, de combatir.

Ahora, para vosotros, es tiempo de promesas. Para quien no se rinde, es el momento de la negociación política. Pero, como decía, es solo un momento. Lo que para vosotros es una práctica estructural, para quien desde hace cinco meses vive, sobrevive, en una tienda de campaña, es tan solo una parada estratégica en un recorrido de lucha que pronto, muy pronto, volverá a visibilizarse en la ciudad. ¿Por qué no, quizás con nuevas ocupaciones?

Quién ayer fue a manifestarse de frente al edificio de la Región Lazio [Comunidad que incluye, entre otras, la provincia y ciudad de Roma] para pedir que se respetasen las promesas prenavideñas sabe perfectamente que este momento de “pax” se acabará el próximo 4 de marzo [día en el que se celebrarán las elecciones para elegir un nuevo Parlamento, que a su vez designará al Primer Ministro]. Desde el día después del voto, los desalojos podrán recomenzar, quizás amparados tras la seguridad de la mayoría parlamentaria, radicalmente legalista siempre y solo con los últimos.

Si una familia llama a vuestra puerta, aceptáis una reunión. Pero si esa misma familia llega con otras familias bandera en mano, todo cambia. Se convierten en enemigos

“Los pobres primero”, dicen ellas. “Los poderosos primero”, es vuestro mantra oculto. La ley está siempre a favor de quien deja un inmueble vacío durante años para poder llevar a cabo su propia obra especulativa. La ley está contra quien no puede aceptar no tener un techo y se niega a una solución individual, reclama políticas estructurales. Por esto, para vosotros, al “pobre” individual se le puede ayudar: porque, en fondo, os lleva ayuda a encontrar consensos. Pero un colectivo de "pobres", no. Un grupo de personas que lucha es peligroso para vuestro sistema de poder y consensos. Si una familia llama a vuestra puerta, aceptáis una reunión. Pero si esa misma familia llega con otras familias bandera en mano, todo cambia. Se convierten en enemigos.

No obstante, hay un problema en vuestro sistema: estáis encerrados en vuestros despachos, mientras que ellas están en la calle, gente entre la gente. Vosotras aparecéis en los telediarios y la televisión, sí, pero ellos habitan la ciudad. Y hacen que esté viva. Vosotros defendéis algo. Ellas resisten. Vosotras intentáis administrar el desastre y la crisis. Ellos la combaten. Y si han conseguido obtener la enésima promesa, que esta vez quizás mantendréis, no es gracias a vuestro buen corazón o a vuestras políticas iluminadas, sino a que ellos y ellas se han, primero, reconocido, después unido, y finalmente organizado. Han ocupado. Han sido desalojadas. No se han rendido. Han preferido mudarse a tiendas de campaña antes que aceptar vuestra deshumana caridad. E, incluso si dentro de dos semanas conseguirán tener algo parecido a una casa, podéis estar seguras que no dejarán de moverse. Porque sí, quizás habrán resuelto —por un cierto tiempo— su problema individual, pero su razonamiento es colectivo. Y saben que harán falta otras tantas ocupaciones, en ausencia de políticas dignas de ese nombre, para dar un techo a otros y otras como ellos. A las “pobres”. Y a las “empobrecidas”.

Texto original: Il Salto
Traducción: Pedro Castrillo


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