Filosofía
“Pacientes sospechosas”: biopolítica y psiquiatría

La escucha médica no es inmune al modo en que nuestras sociedades construyen el modo de relacionarse con la enfermedad mental. Tanto la psicologización de síntomas como la puesta en suspenso de la credibilidad de las personas psiquiatrizadas manifiestan que los síntomas “psiquiátricos” siguen manteniendo un estatuto clínico y diagnóstico problemático.

Prejuicio psiquiatrico
Representación de la obra de teatro 'Que nadie camine por mi mente con los pies sucios' sobre la violencia del sistema psiquiátrico a través de la experiencia de varias personas Jone Arzoz
Investigadora y docente

publicado
2019-06-18 10:00

Imagina que llevas semanas enferma por una amigdalitis que no remite con antibióticos. Vas al médico varias veces. De pronto, empiezas a escuchar ruidos, sabes que no son reales, pero te asustas. Cuando se lo dices al médico de urgencias te preguntan por tus antecedentes psiquiátricos y cuentas que tu madre había tenido esquizofrenia y tu padre depresión. Lo apuntan. Cuando te visitan en psiquiatría esos antecedentes se convierten en la hipótesis más plausible de esos ruidos, tú insistes en que sabes que no son reales, pero aceptas ingresar voluntariamente en la unidad de psiquiatría pensando que así encontraran la causa de lo que te pasa. En el informe clínico se anota: “episodio disociativo y personalidad frágil”. Una vez ingresada, no te realizan pruebas para examinar si hay alguna causa biológica. Empiezas a angustiarte, quieres salir de allí, pataleas, gritas que quieres irte y te dicen que no puedes. Dices que quieres ver a tu familia y te responden que no es posible, que ahora has pasado a un régimen de internamiento involuntario. Como sigues agitada, te atan a la cama y te medican con antipsicóticos y antidepresivos. La medicación te anula totalmente, hasta el punto de no poder tragar y no responder a estímulos.

Atada, sedada y anulada por una “sospecha” que puso en suspenso el relato de sus propios síntomas: esta es la historia de Andreas Fernández González. Andreas murió el lunes 24 de abril de 2017 y la autopsia revelaba una meningitis de la que no fue tratada durante ese ingreso psiquiátrico. Su hermana Aitana batalla desde entonces para que se investigue lo sucedido. Este abril, en el segundo aniversario de su muerte, sus familiares y amigos, acompañados por la Asociación Hierbabuena de Asturias, organizaban una vigilia en su memoria a la que acudieron cien personas. Hace poco los forenses del juzgado emitían un informe dictaminando que no hubo negligencia y que “se trata de una muerte natural, que la causa fundamental es compatible con una miocarditis de curso y debut súbito”. Sin embargo, medio centenar de profesionales sanitarios han elaborado voluntariamente un informe señalando algunas irregularidades en el caso.

El caso de Andreas condensa un cúmulo de vulnerabilidades que van mucho más allá de la posible negligencia médica investigada judicialmente. Visibiliza la vulnerabilidad que comporta la psicologización de un síntoma, la “sospecha” que compromete la credibilidad de cualquier persona psiquiatrizada y la inmensa vulnerabilidad que implica que el modo médico de abordar que alguien se muestre agitado/a sea atarlo/a a una camilla. Todas esas vulnerabilidades se despliegan en el seno de problemáticas ligadas a los procesos históricos y sociales que acompañan la emergencia de la psiquiatría. Se trata de cuestiones que atañen a los vínculos entre la psiquiatría y la biopolítica.

#0contenciones: de la antipsiquiatría a la postpsiquiatría

El movimiento antipsiquiátrico de los años setenta, a través de Laing, Cooper, Szasz, Antonucci o Basaglia, cuestionó de manera frontal tanto la psiquiatría como la institución psiquiátrica, acusándolas de sostenerse en una perspectiva ideológica. Ante ese diagnóstico, la mayoría de las prácticas antipsiquiátricas tuvieron como horizonte la liberación de los pacientes de ese poder epistemológico e institucional. En el curso de El poder psiquiátrico Foucault analizaba la emergencia de los asilos en el siglo XIX aportando un estudio del modo en que el psiquiátrico se constituyó simultáneamente como un lugar de encierro y tratamiento. Si bien el movimiento antipsiquiátrico fue un intenso revulsivo contra todo el conjunto de prácticas procedentes de esa genealogía asilar, quedó preso en un análisis político de la psiquiatría fundamentado en el ejercicio de un poder represivo.

Aunque en las últimas décadas la situación ha cambiado considerablemente, prácticas como la de la contención mecánica siguen activas, como hemos visto, en hospitales psiquiátricos. El documental 87 ore, constituye un testimonio desgarrador de las mismas. En él, a través de las cámaras de seguridad, se muestra cómo Francesco Mastrogiovanni fue atado a su cama hasta su fallecimiento. El colectivo LoComún, como parte de su campaña 0contenciones para acabar con las contenciones mecánicas en psiquiatría, recoge multitud de testimonios de personas que, como Andreas y Francesco, han sido atadas tras algún tipo de ingreso psiquiátrico. Sin embargo, el modo de acabar con esa contención mecánica no puede ser sustituirla por una contención química. Es necesario abordar de raíz esas prácticas y modificar la relación que la psiquiatría sostiene ante esos momentos de “alteración afectiva o conductual” que legitiman la contención, sea mecánica o química.

La postpsiquiatría abraza una autocrítica de la propia psiquiatría hacia sus prácticas institucionales mostrando cómo, frente a los modelos de contención, se apuesta por estrategias comunitarias, horizontales y basadas en una lógica de los cuidados.

En esa línea se planteaban las Jornadas sobre “Salud Mental y Derechos Humanos. Respuestas Alternativas para el siglo XXI” celebradas en Las Palmas en marzo de este año. @Gacela1980 abría un hilo en twitter compartiendo varias de las intervenciones del congreso. Jose Luís Hernández Fleta reivindicaba la necesidad de pasar de “una cultura de la coerción a una cultura del cuidado”; Thomas Emmenegger compartía su experiencia de haber reducido tanto las contenciones como la medicación a partir de una reorientación de fondo del trabajo terapéutico; Cira Febles Arévalo compartía experiencias como la de la Casa de Crisis de Drayton —donde podían acudir voluntariamente mujeres en crisis— y el proyecto de salud comunitaria en el barrio de Vallecas que acompaña el documental de Los Cuidados. @Gacela1980 daba voz en esas Jornadas a las personas psiquiatrizadas, una reivindicación en la estela del “Nada sobre nosotrxs sin nosotrxs” de los años noventa, que se abre paso en las luchas en torno a la Salud Mental. Desde esta perspectiva, las Jornadas de "Jóvenes Profesionales de la Salud Mental" organizadas por la Asociación La revolución Delirante incorporan hace años lo que denominan la “Mesa en Espejo”, donde participan quienes han sido objeto de intervención psiquiátrica.

Todas esas intervenciones abrazan una autocrítica de la propia psiquiatría hacia sus prácticas institucionales mostrando cómo, frente a los modelos de contención, se apuesta por estrategias comunitarias, horizontales y basadas en una lógica de los cuidados. Se trata de estrategias que pueden enmarcarse en lo que se ha denominado como postpsiquiatría. La Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría dedicaba, en 2017, un dossier a la cuestión donde Jose G. Valdecasas y Amaia Vispe lo explicaban de este modo:

“La postpsiquiatría […] no pretende proponer nuevas teorías acerca de la locura, pero abre espacios en los que otras perspectivas, previamente rechazadas, pueden contemplarse. Y como punto crucial defiende que la voz de los usuarios y los supervivientes debe ser la principal”.

Jose y Amaia se hacen eco en su artículo de cómo en los años transcurridos desde lo que aparecía con la promesa de un movimiento sísmico, la postpsiquiatría no ha llegado tan lejos como esperaban. Si bien las luchas contra las contenciones, el cuestionamiento de los psicofármacos, la alerta ante la expansión de la patologización del malestar o la escucha a las personas psiquiatrizadas formarían parte de ese giro, se apuesta por alentar una pregunta aún más profunda en relación al papel de la psiquiatría, sus fundamentos epistemológicos y su función social.

Que la psicologización de los síntomas vaya acompañada de una puesta en suspenso de la credibilidad de los pacientes […] pone en suspenso el relato del paciente en el momento en que se genera la hipótesis de que es un paciente psiquiátrico.

La sospecha psiquiátrica

Entrevistado por El País, en relación al caso de Andreas, el psiquiatra Jose María Fernández, afirmaba lo siguiente: “Cuando la gente sabe que una persona tiene un problema psiquiátrico, ya no la ve del mismo modo. Y los profesionales, tampoco. No es lo mismo que proteste alguien que no tiene nada a que lo haga alguien con un diagnóstico de psicosis. Le restamos credibilidad”. Esa puesta en suspenso de la credibilidad en relación a cualquier malestar psíquico es una “sospecha” que despliega en torno a sí una suerte de doble que acompaña la escucha del relato de cualquier paciente. Una sospecha que percibes cuando, en el momento en que tratas de balbucear qué te sucede con la dificultad que comporta hacer inteligibles sensaciones, dolores, fenómenos cuya importancia diagnóstica ignoras; cuando intentas compilar todo aquello que consideras que podría ser relevante desde una perspectiva médica sin saber si lo es o no, observas cómo se arquea una ceja, se frunce el ceño o se baja la mirada. No hay menos dolor, ni menos sufrimiento en un síntoma físico que en uno psíquico, no hay, tampoco, menos verdad... Y, sin embargo, ¿por qué, entonces, ante la sospecha de que nuestro relato corresponde a un síntoma psiquiátrico, se produce esa suspensión de la credibilidad? ¿Por qué un juicio en torno a la veracidad del relato en lugar de una construcción compartida en torno a ese síntoma y una exploración a partir de las preguntas que abre?

Ellen Goudsmit denunciaba ya en los noventa, a partir de casos similares al de Andreas, cómo la psicologización de los síntomas de los pacientes comportaba el riesgo de no efectuar un diagnóstico físico adecuado poniendo en riesgo la vida de los mismos. Que la psicologización de los síntomas vaya acompañada de una puesta en suspenso de la credibilidad de los pacientes hace bascular toda escucha médica sobre una suerte de diapasón diagnóstico que pone en suspenso el relato del paciente en el momento en que se genera la hipótesis de que es un paciente psiquiátrico.

Esa falta de credibilidad se da más frecuentemente en el caso de las mujeres en tanto que la “mujer biopolítica” se ha construido sobre la base de la mujer “histérica”: inestable o explosiva, emocional o irascible, manipuladora o seductora.

Esa psicologización, señala la autora, es mucho más acuciante en el caso de las mujeres. El hecho que las mujeres sean caracterizadas socialmente como “débiles, sugestionables, emocionalmente inestables, irracionales, manipuladoras o incapaces de hacer frente al más mínimo estrés” tiene consecuencias importantes en esa escucha diagnóstica. Se asume, pues, que los síntomas de las mujeres tienden a ser “psicosomáticos” o que son “hipocondríacas” de modo que, al manifestar síntomas como un dolor en el pecho, muestra la autora, se atribuye mucho más fácilmente que en los hombres a factores psicológicos. La “histeria” se convierte entonces en un lugar común donde las mujeres son consideradas como “exageradas” en relación a sus síntomas y sus “quejas” como una “demanda de atención”.

Si esa falta de credibilidad se da más frecuentemente en el caso de las mujeres es, en parte, porque nuestra construcción cultural de la “mujer biopolítica” se ha constituido sobre la base de la mujer “histérica”: inestable o explosiva, emocional o irascible, manipuladora o seductora. Una mujer cuyo cuerpo es el espacio de inscripción permanente de una “incapacidad” de ajuste social y emocional, sea por exceso o por defecto. Se trata de una construcción que parece justificar que, sistemáticamente, quien nos escucha puede otorgarse, desde ahí, la potestad de juzgar el grado de credibilidad o ajuste de aquello que manifestamos sentir o pensar.

El Tribunal Superior de Justicia de Murcia inhabilitó este año a un médico que le dijo a una paciente que había sufrido un desmayo que lo que le pasaba era que “no estaba bien follada” y que no le prescribía fármacos porque se "iba a poner gorda y ahora mismo tenía un tipazo". La construcción “histérica” del cuerpo de la mujer parece legitimar, pues, que nuestras patologías arraiguen en que no estamos bien “satisfechas” sexualmente: una mujer “bien follada” no se desmaya. No, no es tan solo una broma de mal gusto. La “mujer histérica” se ha construido en torno al cuestionamiento y la interrogación de nuestra sexualidad y nuestro deseo. El cuerpo de la mujer, decía Foucault, es analizado como un cuerpo saturado de sexualidad.

Todos estos fenómenos aparentemente heterogéneos y dispares pivotan, entrelazándose los unos con los otros, en torno a lo que Foucault analizaba como el nacimiento de la biopolítica: la constitución de la enfermedad mental desde los parámetros de una psiquiatría que define el conjunto de conductas, afectos o pensamientos caracterizados como patológicos, los mecanismos de contención y encierro destinados a garantizar la “seguridad social” ante “individuos” tachados de potencialmente “peligrosos”, la constitución de la “mujer histérica” y la construcción de nuestra identidad a partir de la interrogación de nuestro deseo y nuestra sexualidad. Por tanto, todas esas luchas heterogéneas, combaten responden y problematizan los efectos y las consecuencias de ese gobierno biopolítico de la vida que caracteriza nuestras sociedades: son, pues, luchas biopolíticas.

Sobre este blog
La filosofía se sitúa en un contexto en el que el poder ha buscado imponerse incluso en los elementos más básicos de nuestro pensamiento, de nuestras subjetividades, expulsando así de nuestro campo de visión propuestas teóricas y prácticas diversas que no son peores ni menos interesantes sino ajenas o directamente contrarias a los intereses del sistema dominante.

En este blog trataremos de entender los acontecimientos del presente surcando –en ocasiones a contracorriente– la historia de la filosofía, con el objetivo de poner al descubierto los mecanismos que utiliza el poder para evitar cualquier tipo de cambio o de alternativa en la sociedad. Pero también de producir lo que Deleuze llamó líneas de fuga, movimientos concretos tanto del presente como del pasado que, escapando del espacio de influencia del poder, trazan caminos hacia otros mundos posibles.
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3 Comentarios
#36024 3:14 19/6/2019

Comparto. Gracias.

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#36022 25:31 18/6/2019

Postpsiquiatría psiquiatría és. Basta ya de colectivos de profesionales con interés en que la psiquiaría se "humanice". No es activismo. Orgullo Loco!

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#36005 21:32 18/6/2019

GRACIAS por plasmar en palabras un dolor, un sentimiento que ahora gracias a vosotras ya tiene mas forma.

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