Educación
Así (no) era Obaba... un testimonio de una maestra navarra en la escuela rural de los 50

Mª Luisa fue maestra rural en dos pequeños pueblos del norte de Navarra, Mendiola y Labaien, una época que recuerda con nostalgia, aunque se lamenta de no haber aprendido euskera ya que justamente las maestras eran las encargadas de castellanizar a los niños y niñas euskaldunes en la educación franquista.

Mª Luisa
Mª Luisa fue una maestra rural entre los 50 y 60 en el norte de Navarra Ione Arzoz
4 jun 2018 19:59

A las cinco de la tarde, por tanto, la maestra se quedaba sola ante la pizarra, reclinada sobre su larga mesa; y como era muy joven y llevaba, además, poco tiempo entre aquellas montañas, prefería quedarse en la escuela corrigiendo los ejercicios de sus alumnos antes de ir a la casa, gris y blanca, que le habían asignado en las afueras del barrio, porque no se sentía en ella como en su propio hogar, sino muy extraña, muy sola.
Bernado Atxaga Obabakoak.

Releyendo Obabakoak, el clásico de la literatura vasca del que Montxo Armendáriz hiciera una versión cinematográfica con Pilar López de Ayala en el papel de la maestra, nos preguntamos: ¿Cómo era una escuela rural vasca en el pasado reciente? ¿Era un mundo aparte, en el cual aquellas jóvenes maestras provenientes de la ciudad y educadas en el magisterio franquista de posguerra mitigaban su soledad gracias al realismo mágico de pequeñas aldeas euskaldunes? ¿O se parecía más al ambiente costumbrista de Beirechea, el pueblo pirenaico de Cinco panes de cebada, la popular novelita sobre una maestra de Lucía Baquedano?

Una maestra rural de entonces, con la magia del realismo de su buena memoria y un puñado de anécdotas en aquellos años y su vida posterior, nos ayuda a situarnos y a comprender.

Mª Luisa Carasusán, de ochenta y tres años y “pamplonica de la calle Ansoleaga”, se siente una niña ‘revolucionaria’ del 36 y hoy es todavía, en sus propias palabras, una “vieja” activa y activista, que recuerda con cierta nostalgia su juventud como maestra rural en el norte de Nafarroa.

Proveniente de una familia humilde de seis hermanos, fruto del matrimonio de Dionisio, carabinero de Tudela, e Inocencia, la cocinera del Coronel Montaner, de Uterga; estudió magisterio en el régimen antiguo –tuvo de profesor a Leoncio Urabayan (hermano de Félix, el novelista), un pionero de la Geografía Humana-; y se estrenó como maestra rural en la década de los 50 en dos pequeñas localidades del norte de Nafarroa: Mendiola y Labaien. 

Pese a su “vocación de enseñante muy temprana”, la razón para ir a trabajar tan joven –con 19 años recién cumplidos–, fue la necesidad económica de la familia, ya que su padre se había jubilado de manera anticipada por su asma crónica… 

Primeros años en Mendiola

Su primer destino fue Mendiola (en castellano: cabaña o ferrería del monte), un barrio formado por un puñado de caseríos dispersos en un barranco perteneciente a Almandoz, un pueblo baztanés de 200 habitantes. Para llegar desde Pamplona, una vez pasado el puerto de Belate, el autobús de línea “te dejada en Venta Quemada, y había que bajar andando o en mula” entre bosques y maizales durante una hora hasta el caserío que hacía las veces de escuela. La primera vez le acompañó su hermano, y la sensación que dominaba a la joven maestra fue de “extrañeza”, como que “llegaba a otro planeta”.
La escuela estaba situada en la primera planta del mismo caserío en que vivía. Una pequeña sala con pupitres, contigua al dormitorio de la maestra, pero sin estufa, ya que aprovechaban el calor animal de las vacas y ovejas de la cuadra de la planta baja

Sin embargo, pronto se integró en la familia que la acogía: un matrimonio joven, con su amona, tres hijos y una hija de la misma edad que Mª Luisa. Hizo tan buenas migas con la familia de sus caseros que “el primer año me cobraban diez pesetas mensuales por el alojamiento y luego me rebajaron a ocho”.

La escuela estaba situada en la primera planta del mismo caserío. Una pequeña sala con pupitres, contigua al dormitorio de la maestra, pero sin estufa, ya que aprovechaban el calor animal de las vacas y ovejas de la cuadra de la planta baja. Era una escuela de las llamadas ‘de temporada’, abierta de noviembre a mayo, que acogía a una docena de niños y niñas entre los seis y los nueve años. El propósito era formarlos en lo más básico: aprender a leer y escribir en castellano, a hacer cuentas elementales, un poco de geografía patria, y siempre con el complemento de algunas canciones. A la tarde, después de despedir al grupo infantil, la maestra daba clases de alfabetización y aritmética para jóvenes y adultos baserritarras, lo justo para manejarse en su pequeño mundo.

En una escuelita perdida, a la que no llegaban los inspectores estatales, Mª Luisa aplicaba una pedagogía intuitiva, sin directrices ni libros de texto oficiales –ni siquiera se ponían tareas para casa– y cuya herramienta principal era el eterno pizarrín, mil veces escrito y mil veces borrado de redacciones y multiplicaciones. No obstante, tiene la impresión que la parte más importante de su labor era “abrirles la mente al exterior, más allá de su valle, del que desconocían todo”. 

Un ambiente tranquilo, bucólico, con pocas distracciones –y eso que era el único caserío con radio-, en el que Mª Luisa no salía apenas del entorno del caserío, apenas para pasear hasta el arroyo barranco abajo y, los domingos, con toda la familia, a misa en Almandoz. El resto del tiempo libre lo pasaba estudiando oposiciones a magisterio o ayudando a la familia en sus labores cotidianas: planchar, coser y –recuerda con especial agrado–, pelar mazorcas de maíz al anochecer en el sabayao mientras la familia sostenía largas tertulias en euskara. 

La vida era sencilla y rutinaria, propia de un caserío ganadero y, por tanto, la dieta frugal: muchas habas y verduras de la huerta, queso de oveja, castañas asadas en el tamboril, de cuando en cuando panceta o txistorra y, de postre, manzanas. El caserío había incorporado la gran innovación de una ‘cocina económica’ de hierro pero todavía conservaba el tradicional fogón de leña, en el que calentaban piedras para introducirlas rusientes en el kaiku y así obtener el característico sabor quemado en la leche, en la que untaban el talo. 

Clase escuela rural
Mª Luisa con sus alumnos en Labaien

Aunque Mª Luisa era la maestra que venía de la ciudad, todavía le asombran “tantos oficios” de sus anfitriones, desde ordeñar a los animales a levantar muros de piedra...y los considera todavía “verdaderos maestros”. Gente sencilla, pero con su punto de picaresca, como cuando invitaban a su cocina a los guardias civiles que vigilaban la frontera con Francia para que tomaran café de puchero, mientras en la cuadra trajinaban los contrabandistas de encajes y puntillas…algunos de las cuales la propia maestra había ayudado a preparar, y que luego llevaba a escondidas en el refajo para sus hermanas en Pamplona. 

En Mendiola pasó tres años de autodescubrimiento y, cuando se marchó definitivamente, recuerda que hizo una ronda por los caseríos de sus alumnos. “¡Volví a Pamplona con una docena de quesos!”, afirma.

La experiencia de Labaien

Después de Mendiola, Mª Luisa pasó a convertirse en la maestra de Labaien, municipio de Malerreka o Alto Bidasoa (a 23 kilómetros de Mendiola), muy próximo a Gaztelu, la localidad en la que 20 años atrás, al comienzo de la guerra civil, tuvo lugar el extraño asesinato de la familia Sagardía.
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La última bruja asesinada en Euskal Herria
Un domingo de luna llena, cuatro disparos resonaron en la noche a dos kilómetros de Gaztelu.

La escuela estaba situada en un edificio nuevo entre los pueblos hermanos de Beintza y Labaien, el cual se compartía con el secretario del pueblo, y contaba con patio y estufa en toda regla. Allí Mª Luisa impartía una educación ya segregada a una veintena larga de niñas entre 6 y 12 años, con materias “más estructuradas” y libros de texto que encargaba en Casa del Maestro: lectura y escritura, matemáticas, geografía, historia, pintura, decoración doméstica y gimnasia. Y a la tardes, ya que provenía de una familia de modistas, organizaba un taller de costura que se hizo muy popular. También daba clases nocturnas a los jóvenes del pueblo. 

En Beintza se alojaba en la casa de la serora, la sacristana, que hacía las veces de fonda ocasional, y tenía alquilada una habitación en la planta baja el zapatero del pueblo para su taller. María, la dueña, era una mujer singular que, recuerda Mª Luisa divertida, “dormía con una gallina”. 

Mª Luisa, que había aprendido danzas populares en el Club del Frontón Labrit, enseñó a sus alumnas nuevos bailes vascos y un año, en las fiestas del pueblo, tras la misa mayor, bailaron por vez primera el ‘baile de la bandera’, lo que fue recompensado por el ayuntamiento, puntualiza orgullosa, “con un extra en la paga”. También organizó con las niñas la primera obra de teatro –incluido un decorado pintado–, en la cual su vecino José amenizaba la función con un acordeón, y que causó sensación en el vecindario.

Por todas estas labores a iniciativa propia se convirtió en una maestra muy querida, y conservó durante mucho tiempo la amistad con varios vecinos, a los que visitaba con su familia tras dejar la docencia durante las vacaciones. 

Dantzaris escuela rural
Dantzaris en las fiesats de Labaien

De aquella doble experiencia Mª Luisa se fue con una gran pena, una “gran cruz” dice, por no haber aprendido los rudimentos del euskara ya que, justamente, como punta de lanza de la educación franquista, las maestras eran las encargadas de castellanizar a los niños y niñas euskaldunes. Nunca puso en práctica aquellos excesos represivos, como pinchar en la lengua con una aguja a aquellos que recurrían al euskera en su presencia –como se comentaba de algunas compañeras–, pero pese a su curiosidad por el idioma, apenas pudo hacer nada por aprenderlo más allá de algunas palabras y expresiones. Solo recuerda que el día de la comunión de sus alumnas bordó en euskara una banderola para la iglesia del pueblo que rezaba en grandes letras el lema “Hartu eta jan ezazue” (en castellano “Tomad y comed”) , lo que agradó al pueblo. 

En Beintza la “vida estaba más conectada”, el autobús de línea tenía parada y podía dar paseos en bicicleta por la carretera hasta Santesteban (Doneztebe), pueblo que en los 50 contaba con 800 habitantes (y que gracias a la industrialización hoy alcanza los 1700). Aunque el cura del pueblo siempre que podía le acompaña a la escuela, una maestra sola era una tentación para los mozos del lugar… y uno de ellos le escribió en la pizarra “Te quiero”. Pero no hubo ocasión de mestizaje local, ya que la maestra acabó casándose con su novio de Pamplona que la visitaba con regularidad en moto. 

De vuelta en Pamplona

Tras casarse y volver a Pamplona, durante un tiempo Mª Luisa se dedicó a dar clases particulares pues no quiso seguir con la docencia en un colegio, ya que “no me gustaba que me obligaran a dar clases de religión”. Mientras criaba a sus tres hijos, se convirtió en monitora de los Centros de Cultura Popular, en los cuales daba clases alfabetización y de educación sexual a amas de casa. Todavía recuerda cuando iba a dar sus clases en Potasas en plena huelga de los setenta “y tenía que pasar entre la policía con mi hija a cuestas”.

Al mismo tiempo, la maestra concienciada durante la dictadura militó en la HOAC y ya en la Transición recaló en Euskadiko Ezkerra, hasta que la traicionaron “yéndose con los socialistas”. Luego llegó a ser secretaria de la Federación Navarra de Pensionistas de CCOO “hasta que me echaron amañando una elección”. Finalmente fue fundadora y presidenta de la asociación Observatorio de las Personas Mayores de Navarra, dedicada a la denuncia social y, de nuevo gracias a su vocación de maestra, a organizar talleres y cursos sobre el testamento vital o nuevas tecnologías. Y aún tuvo tiempo durante el 15M para organizar una coordinadora de mayores…

Mª Luisa 2
Mª Luisa en su casa en Pamplona Ione Arzoz

De la educación actual lamenta que no anime “a los niños a que se relacionen y jueguen más en la calle y que se aíslen tanto de la familia y de sus profesores” con el omnipresente móvil, pero valora la presencia en las clases de gente de otros países y el conocimiento de otras culturas que se ofrece. Sin embargo concluye con una crítica rotunda: “hay muchas materias científicas y pocas tareas para aprender la vida”.

Mª Luisa, mujer enérgica y “muy movida” tiene ahora poco tiempo para ir a manifestaciones y a cursos de literatura, su otra gran afición. Cuida de su marido enfermo y apenas tiene tiempo para releer a su admirado Séneca, pero no cabe duda que es una la maestra estoica de la vida. Una vida de activismo que tuvo su origen en aquellos años de docencia y aprendizaje vital en el norte, “los más satisfactorios de mi vida”, cuando no había ni ordenadores ni ikastolas… y las maestras dormían en una cama bajo la cual maduraban las manzanas…

No era Obaba, pero quizá se le parecía algo…

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6 Comentarios
familia almarcegui arzoz 16:46 17/6/2018

muy bonito y emotivo y mas si cabe muy orgullosos de que seas nuestra tia

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historiazale 13:31 6/6/2018

Un reportaje precioso.

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Patxi de beintza Labaien 22:21 5/6/2018

Muy bonito si de haber oído me acuerdo de todo eso .Yo ya estaba aquí pero era pequeño.En él pueblo se tiene muy buen concepto de ella..

Gracias

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Dantzari 11:13 5/6/2018

Muy bonita y bien contada la historia, eskerrik asko. Quiero haceros una consulta. La foto de los dantzaris está firmada por Jone Arzoz y me gustaría saber si es una foto hecha ahora por la fotografa o es foto dejada por la entrevistada, Maria Luisa.

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Redacción Hordago 13:19 5/6/2018

Es una foto cedida por la entrevistada. ¡Gracias por el apunte!

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Alcalde de almandoz 20:52 7/6/2018

Muy bonita historia pero falta el nombre del Caserio de mendiola donde estaba la escuela y el nombre de la familia , voy ha indagar pero no creo que haya constancia ni recuerden nadie nada

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