Uranio
El mapa de uranio en nuestros cuerpos

Cuando hablamos del uranio, sabemos que es generalmente malo para la salud humana, pero no los detalles de sus consecuencias sobre el cuerpo pese a las escenas más impactantes de Chernobyl. En este artículo repasamos en base a evidencias científicas las enfermedades y deformaciones generadas tanto por el uranio como por varios de sus productos de desintegración.

Yellowcake de uranio. Fuente: Radio Monitoring Project
Yellowcake de uranio. Fuente: Radio Monitoring Project Beyond Nuclear
beyondnuclear.org
2 mar 2020 06:57

Artículo originalmene publicado en Beyond Nuclear International.

Dónde termina el uranio y sus productos de desintengración y cómo nos afectan

El uranio es radioactivo. Los seres humanos lo han extraído del subsuelo desde hace siglos para usarlo en todo, desde cerámica hasta la bomba atómica. Aunque al principio se desconociera los impactos del uranio sobre nuestra salud, durante la carrera armamentística de la Guerra Fría estos (como el cáncer de pulmón, que se ha asociado a la minería de urnaio desde los años 30) fueron ignorados. Primaba la producción de cabezas nucleares. Y así florecieron las minas y las plantas de enriquecimiento por los Estados Unidos.

En la costa occidental, como en muchas otras partes del mundo, los mineros, y las personas que vivían cerca de estas instalaciones, eran indígenas. Y no sólo su salud quedó dañada, también se contaminaron la tierra y el agua. Los residuos del uranio y los productos de su desintegración aún contaminan estos espacios, suponiendo un riesgo continuo, en particular si se inhalan o ingieren.

Aunque estos radioisótopos se dan naturalmente, estos han surgido de manera artificial debido a su procesamiento industrial. La minería de uranio es la fuente más obvia, pero la de oro y otras actividades también liberan estos materiales. Las minas y sus alrededores suponen un riesgo de exposición al uranio y sus productos de desintegración.

Otros lugares peligrosos son las zonas de residuos del torio, fábricas que emplean pintura de radio para productos comerciales o militares, como relojes o diales para aeronaves. Lugares así plagan el panorama norteamericano, y pese a que se haya descontaminado varias instalaciones por medio del programa Superfund, este no es el caso con todas. El gas radón puede filtrarse desde el suelo y acumularse dentro de edificios. En situaciones así, por fortuna, es fácil deshacerse del gas siguiendo la tecnología recomendada por la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés) estadounidense. Sin embargo, la exposición sigue suponiendo un riesgo, en especial para mujeres, niños/as y embarazadas. Los embarazos preocupan en particular, ya que los estándares de exposición a la radiación actuales no abordan estos escenarios.

El uranio se desintegra en varios isótopos radioactivos. En este artículo, revisaré el impacto del uranio y cinco de sus productos de desintegración, muy peligrosos para nuestra salud: torio, radio, gas radón, polonio y plomo radioactivo. Examinaré por dónde viajan dentro del cuerpo humano con la ayuda de imágenes. Aunque la EPA sí ha publicado ciertos estándares de exposición para estos isótopos, aún no ha clasificado el radio, radón o uranio para la carcinogenicidad.


El uranio imita el calcio y puede entrar en nuestro cuerpo por inhalación o ingesta. El reemplazo de calcio, saludable y no radioactivo, por uranio radioactivo genera varias consecuencias sobre nuestra salud, algunas más sutiles que otras. Además existe evidencia de que imita la hormona del estrógeno. Al inhalarse el uranio, este se asienta en los pulmones durante años y se absorbe con el resto del cuerpo. Una vez abandona los pulmones, se acumula en los huesos, riñones e hígado. El uranio ingerido acaba en estas mismas zonas, pero puede ser absorbido de manera más rápida en el tracto gastrointestinal neonatal. El ayuno y la deficiencia de hierro aumenta los procentajes de absorción del uranio.

Dentro del cuerpo, el uranio causa daño en los riñones, huesos y genera problemas de crecimiento. Hay estudios que indican que unos niveles en el agua por debajo de los permitidos por la EPA pueden causar problemas reproductivos como una fertilidad menor, bajadas de testosterona, menor peso fetal, problemas de crecimiento y ováricos en la descendencia, y placentas más pequeñas. Las incidencias de cáncer de gónadas entre los/as niños/as y adolescentes nativoamericanos/as en Nuevo México son ocho veces superiores a las de las personas no nativas.


El torio se concentra en las mismas zonas del cuerpo tanto mediante la inhalación como por la ingesta. El torio imita el hierro, imprescindible para unos huesos y sangre sanos. Los órganos más afectados son los pulmones, ganglios linfáticos, huesos, hígado y bazo. En dosis elevadas, el torio se asocia al cáncer de pulmón, pancreático, colorrectal, enfermedades respiratorias crónicas y problemas con el hígados.

Las personas residentes junto a un centro de residuos de torio en Nueva Jersey tienen mayores defectos al nacer y enfermedades del hígado, aún quedan por hacerse tests específicos sobre los efectos de la contaminación sobre sus cuerpos. Incluso cantidades minúsculas de torio pueden aumentar el peso de la placenta.


El radio, como el uranio, imita el calcio y pasa por la placenta de la misma manera que la sangre materna. Dada su similitud con el calcio, al ingerirse se concentra en el hueso, alterando su estructura, la formación de células rojas (hematopoyesis) y puede causar sarcoma óseo. Podemos inhalar radio por la quema de combustibles fósiles. Se acumula en los pulmones y de ahí pasa al flujo sanguíneo.

La exposición crónica al radio por la inhalación puede causarnos una bajada de las células blancas (leucopenia aguda). La exposición oral ha resultado en anemia, necrosis maxilar, absceso cerebral y bronconeumonía terminal. No existe información sobre los efectos reproductivos o sobre el desarrollo del radio ni en animales ni en personas.