¿Dónde estabas tú? Apuntes de mayo del 68

1968 es una anomalía, por la concentración de sucesos virulentos, personajes relevantes en todas las esferas públicas y las reacciones que se dieron en medio mundo.

Cartel "democracia de Fraga"
Protesta impresa contra el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, fundador del actual Partido Popular.

publicado
2018-05-17 06:14:00

Con el Mayo del 68 pasa lo mismo que con el mito de la sala Rock-Ola: millones de personas aseguran que estuvieron allí y lo vivieron. Yo, que fui a la sala de conciertos, sé por experiencia propia (y ajena) que estar en un lugar y un momento “relevantes” no implica darse cuenta de lo que está pasando, ni ser consciente, en realidad, de nada. No voy a incidir en esto con temas de la actualidad, pero sabemos bien de gente y colectivos que pasan por vivir en 2018, pero perfectamente podrían pertenecer a 1818. Sin ninguna diferencia ontológica y estética.

Los acontecimientos del 68 han sido interpretados desde tantos puntos de vista como quienes los protagonizaron. Hay explicaciones acomodaticias para cada cual: fue un movimiento juvenil; no, fue político; no, fue revolucionario… Chocan, además, los análisis del momento con las reflexiones que harían los protagonistas años después. Para todos ellos, menos en Ajoblanco, lo que fue una demanda colectiva de transformación de la realidad social, pasado el tiempo se ha convertido en una boutade que no sirvió de gran cosa, incluso fue perjudicial para Francia. Recuerden a Nicolás Sarkozy, empeñado en borrar el mayo de 68 en aquellos discursos a lo gendarme de Louis de Funès.

A pesar de los esfuerzos del simpático líder, ahora perseguido por la justicia, la deriva histórica habría terminado igual, a pesar o no de Mayo del 68. Es muy probable, sabiendo que estas peripecias llevaban años gestándose, y si prestamos atención a la economía y las relaciones comerciales neocapitalistas y pre-globalización de aquellos tiempos.

Sin embargo, hay circunstancias que se escapan al análisis racional y estadístico. 1968 es una anomalía, por la concentración de sucesos virulentos, personajes relevantes en todas las esferas públicas y las reacciones que se dieron en medio mundo, cuando aún la gente no estaba híper conectada (de hecho, los medios oficiales silenciaron las manifestaciones, y en mayo fueron desenchufados, por ejemplo, en París).

Fue un “año-constelación”, como lo denomina Carlos Fuentes en su libro Los 68 (Debate, 2005, testimonio de primera mano del por entonces joven escritor, que participó en los principales focos de la movida, París, México y Praga).

1968 abunda en coincidencias con otros años de contagio internacional de sublevación y alboroto. Por ejemplo, 1848 y sus revoluciones nacionalistas. Como otros años muy señalados, 1968 es la consecuencia de no haberse puesto en práctica las decisiones políticas e ideológicas del pasado más reciente. Un grito contra la promesa no cumplida, tras el final de la II Guerra Mundial, de crear un mundo solidario, humano y libre. También la acción directa contra una serie de sucesos trágicos causados por el orden laboral, político y militar en los años precedentes. Y a su vez, el 68 vuelve a quedar inconcluso, sin resolver las deficiencias que señala, sino que las apuntala con más fuerza.

Siguiendo el mismo y absurdo ciclo, establece un nuevo marco de poder que desembocará en las revueltas de finales de los setenta y las de los ochenta. Y así, hasta el fin de los tiempos humanos, que creo que eso sucedió por el 2001 o así.

La ola del 68 arrastró a medio mundo, pero no fue uniforme ni respondía a las mismas demandas. Cronológicamente, empezó entre 1965- 67, en Estados Unidos, con las protestas contra Vietnam, demostraciones antisistema de grupos artísticos y contraculturales, que devino en un clamor masivo en el 68 y hechos funestos, como el asesinato de Martin Luther King.

Los estudiantes japoneses también fueron protagonistas de una contestación muy violenta, contra su gobierno, por firmar determinados y no muy honrosos tratados con Estados Unidos y Corea del Sur. En Sudamérica las hubo en varios países, pero tristemente la que se lleva la palma es la que tuvo lugar en México. Durante el verano del 68 nació un movimiento colectivo contra la corrupción del gobierno y las injerencias de USA. Como sabemos, Díaz Ordaz no solo envió a los diferentes cuerpos de policía —antidisturbios y secreta— para reprimir de la forma más salvaje las protestas, sino que terminó sacando al ejército entre agosto y octubre, provocando un horrible baño de sangre pre-olímpico, con cientos de muertos (todavía no se sabe la cantidad exacta) y miles de detenidos. Luego, tan pancho, el presidente inauguró las olimpiadas, que fueron calificadas, imagino que en plan broma macabra, como “las olimpiadas de la paz”.

En Francia, el movimiento estudiantil se gestó en un acto originado en Nanterre, el suburbio que acogía la universidad parisina. Lo que comenzó con una bronca con motivo de la visita del ministro de Deportes, se extendió de una manera brutal en todo el país, uniendo a los jóvenes burgueses con la clase trabajadora. Tuvo una implicación ideológica mucho más profunda que en USA (aunque hay que añadir que con bastante teatrillo, en plan reenactment de 1789, pero en lugar de sans culottes, vestidas de prêt-à-porter).

Mientras la propaganda se empeñaba en vender una España moderna, pop, cabeza del desarrollo económico y líder del turismo, la fuerza de trabajo estaba luchando por su dignidad

Pese a las mitificaciones pop, al escepticismo demostrado en los años que han seguido, —cada conmemoración es más penosa— y los intentos de auto desactivación de sus propios artífices —ese pasar de puntillas los ahora famosos político o creadores neocon, arrepentidos de sus pecadillos de juventud—, hay que recordar que aquel movimiento no es que quisiera derrocar el gobierno y provocar nuevas elecciones (como sucedió, pero de aquella manera), sino que quería liquidar el sistema capitalista y crear una nueva forma de gestión política, económica… y, sobre todo, de pensamiento. En pos de esa utopía, consiguieron paralizar el país y ponerlo del revés.

La revuelta estremeció al poder. Bueno, solo un poquito, pero lo suficiente para mostrar la verdadera cara, no solo de los “enemigos oficiales”, que jugaron sucísimo para devolver a Francia el “orden”, sino de la de los “grupos afines”, como el CGT y el Partido Comunista, que se subieron tarde y mal al carro revolucionario.

Los que ahora reniegan de aquel mayo francés siempre recalcan que por culpa del fracaso del comunismo en aquel (des)concierto, éste se dividió en docenas de facciones, algunas de ellas armadas, muy violentas y muy populares (la ETA hizo su debut en España ese mismo año), pero olvidan que gracias a este movimiento, las relaciones económicas, interpersonales y la visión social cambiaron para siempre. Aunque, como decía al principio, es posible que muchos no se hayan dado cuenta todavía. Para leer en más detalle, Las verdades nómadas: por nuevos espacios de libertad, de Negri y Guattari (Akal, 1999).

Lo de Francia se extendió a Berlín, Londres, Rotterdam, Roma… pero ya había comenzado en Budapest, Poznan y Praga, provocando una crisis inaudita en el Pacto de Varsovia. Esta movilización respondía a otra demanda. El intento de algunos líderes del telón de acero de humanizar los regímenes comunistas se solventó, tras la purga de rigor, con la entrada de los tanques en Checoslovaquia.

Lo más curioso es que se no trataba de cambiar una sola coma en los principios del movimiento estalinista, sino que, al seguir de forma marcial las pautas de Moscú sobre desarrollismo económico —que no era más que un capitalismo acelerado— esto desembocó en lo que nadie esperaba: la participación de la sociedad civil en los asuntos públicos, al margen de la burocracia del partido, con organizaciones de obreros, estudiantes y hasta con prensa “independiente”. La “democracia socialista” del presidente Dubček duró hasta que las tropas entraron en Praga. El hombre fue rehabilitado en 1989, cuando Václav Hável se tomó la revancha contra los comunistas.

Las noticias de la invasión y represión de Checoslovaquia llegaron a España puntualmente, de la mano de los todos los medios. La andanada revolucionaria de París también apareció en televisión y hasta fue portada de periódicos y revistas (bueno, menos el diario Madrid, que fue “clausurado” unos meses).

Medios de comunicación Arriba / Pueblo (1968)
En el año 68 el Gobierno impuso una editorial clara a las cabeceras autorizadas por el Régimen.

El Régimen de Franco asistió expectante a los acontecimientos, siempre denunciando aquellas hordas melenudas, pero esperando la intervención del ejército contra la sublevación. Cuando se supo que el general De Gaulle había amnistiado a los militares-terroristas de la OAS, aquí aplaudieron entusiasmados. El vecino incómodo pasó a ser un esforzado héroe de la lucha anti comunista. Igual que El Caudillo, decían los falangistas. Nada se dijo de la cantidad de españoles (igual que italianos y portugueses) que fueron trasladados en camiones, para poner en marcha los servicios mínimos en Francia. El gobierno español utilizó el desarrollo de los acontecimientos en Europa como “aviso a navegantes”.

Porque en España estaban pasando muchas cosas, no tan espectaculares, pero igualmente muy significativas y virulentas. Tras celebrarse los “30 años de paz”, aquella proclama ridícula del Ministerio de Información y Turismo, y mientras el PCE estaba a lo suyo, ensimismado en la consigna y el discurso, obreros y estudiantes españoles se pusieron manos a la obra.

Comisiones Obreras, ya activa desde los años 50, demostró su poder para convocar a los trabajadores en diversos y legendarios comités y discutir por los convenios colectivos, con huelgas, sí, huelgas, que se venían sucediendo desde hacía bastante tiempo. En las universidades se organizaron sindicatos de estudiantes al margen del famoso SEU, lo que provocó una conga de encierros, sentadas y boicots contra el Régimen, que van más allá del correr delante de los grises (en realidad, el cuerpo de la “Policía Universitaria”, creada expresamente para reprimir manifestaciones, dar palizas y torturar a más de un estudiante).

Cómo tuvo que ser aquello, que en enero del 69 se decretó el estado de excepción en Euskadi y hasta la Conferencia Episcopal pidió interceder por los trabajadores (bueno, era la época de las HOAC y de cardenales como Tarancón, gente que pensaba de otra manera, algo que marcó también el mayo del 68 en su dimensión espiritual, con autores como Bernanos y Camus, cada uno en un extremo).

Mientras la propaganda se empeñaba en vender una España moderna, pop, cabeza del desarrollo económico y líder del turismo (esto es de 1968, no 2018), la fuerza de trabajo estaba luchando por su dignidad, y los estudiantes pretendían, como los franceses, cambiar el mundo. Ahora, para los reportajes nostálgicos, de la “Cámara de las Ideas”, aquel disparate como democrático-totalitario de las cortes franquistas, del ovni sobre el templo del Debod y de los movimientos políticos y obreros en la España de finales de los sesenta, nadie se acuerda.

Sólo de los cantantes ye-yés y la arquitectura kitsch de los hoteles de Torremolinos. Lo realmente preocupante es que los más jóvenes no salgan a quemar las ciudades, salvo los findes y los festivales nostálgicos. Eso sí, de Eurovisión tenemos para rato. Como cantaba el grupo Castañuela 70 del llorado Moncho Alpuente, “No sé por qué gritan tanto hablando de democracia, estos inventos modernos siempre acaban en desgracia”.

Historia
Mayo de 1968: la utopía cayó sobre nuestras cabezas

De París a la plaza de las tres culturas de Tlatelolco, las revueltas del año 68 definieron los límites de la contestación al capitalismo en todo el mundo. En España, la falta de una masa crítica para propiciar un cambio de régimen no impidió que el franquismo desarrollara un plan represivo para contener al movimiento obrero y estudiantil.

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