Creaciones morales
El arte del transformismo español a través de sus grandes figuras

Cuando el artista masculino encarna a la feminidad, se abre un espacio interesante donde confrontar los estereotipos sociales y de género. Los transformistas son el ejemplo más arriesgado de un modo de vida que desplaza las fronteras.

Historia Transformismo 1
Rafael Lorca y Ángel. La imagen está incluida en el libro ‘Celtiberia gay’

publicado
2018-10-21 06:00:00

*Advertencia: los siguientes personajes, sus imágenes y el lenguaje utilizado pueden herir la sensibilidad de algunos lectores y lectoras. Recomendamos la lectura de este texto solo a mayores de edad, preferiblemente acompañados por un adulto.

Difícil mundo, y difícil disciplina la del transformismo. Cuando el artista masculino encarna a la feminidad, se abre un espacio interesante donde confrontar los estereotipos sociales y de género, los límites que la política establece sobre el cuerpo y la conducta. Al mismo tiempo, la inquietud se apodera de aquellos que no entienden los lugares donde los roles no quedan perfectamente claros y compartimentados.

Los transformistas son el ejemplo más arriesgado de un modo de vida que desplaza las fronteras de la identidad frente a cualquier sistema e ideología, por el riesgo del rechazo directo hacia lo que no es “igual a”, “normal como” o “controlado por”. Tras ver la exposición en Tabacalera “En plan travesti (y radical). Fotografía y transformismo en España entre dos siglos. 1975-2015”, y la cantidad de figuras y diferentes aproximaciones al fenómeno en ese periodo, una pensaría que este movimiento ha alcanzado, si no la solemnidad, que no sé si ese es su objetivo, al menos el respeto. Pero luego pasa lo del concurso de Miss Universo, que llevan a una modelo transgénero como representante española y se organiza un lío a cuenta de qué es o no lo femenino, cuando debían ir todos a quemar los concursos de misses, místers y mascotas, y da todo un poco de pena, la verdad.

Como cualquier estilo artístico, el arte de la representación del female-impersonator ha experimentado sus épocas de esplendor y crisis, y sigue en constante reinvención. Me gustaría decir que en España hemos dejado atrás aquella etapa en la que travestis, transexuales y gays eran duramente perseguidos solo por el hecho de serlo, y mucho más si se atrevían a expresarse en un escenario, el cine o la canción y ahora todo es como mucho más y mejor.

La Ley de Vagos y Maleantes (AKA de Peligrosidad Social) de la II República fue actualizada por el popular Franquismo a comienzos de los años cincuenta, precisamente para incluir en su texto a los homosexuales, y así poder vejarlos, apalizarlos y encarcelarlos con todas las garantías jurídicas. Vamos, que lo mismo expulsaban de Barcelona a Rod Stewart por tocar y vivir en la calle, que metían a Mr. Artur en el Penal de Burgos, por presentarse en la sala Gambrinus con peluca rubia, tacones y un bonito vestido plisado.

Hoy, si te paseas por la vía pública en plan Pantoja de Puerto Rico no te detienen (en principio), pero siempre te vas a arriesgar a que los ciudadanos, si no se trata de una fecha tipo Nochevieja o los Inocentes, malinterprete tu estilo y se ofenda contigo al estilo de las redes sociales. Lo más seguro es que te rompas una plataforma, dado el estado del pavimento. Pero sospecho que la consideración de estos artistas sigue en el armario de los clisés, el malentendido y la ordenación de un pensamiento cada vez más mojigato y menos exigente con la práctica de la imaginación y el ejercicio de la libertad.

Yo creía que después de dos décadas de programas en la tele de tertulias y testimonios domésticos en primera persona, la gente ya debería estar acostumbrada a cualquier experiencia humana, por inverosímil que les parezca a los más demócratas. Este fenómeno de los transformistas, que había estado relegado durante mucho tiempo a determinados shows nocturnos y a ambientes muy concretos, es hoy en día de los más populares, pero no como cualquier otra expresión artística, sino de nuevo, delimitada en la comicidad como más fronteriza, tal y como antes lo habían sido la tuna, los payasos, los punkis de las postales o los mimos. Raro es el día en que en una tertulia o talk show de la tele no aparezca un travesti contando sus cuitas, o confesando a sus padres su vocación, amén del show de un par de drag queens haciendo el consabido playback, por no hablar de la consideración friqui, pero friqui de bobo o astracán de tercera, que en sí mismo no tiene nada de malo, pero también cansa. Y luego esos libros con dibujos cuquis sobre grandes figuras de la historia del movimiento que pasan por homenajes, pero que a algunas amargadas nos suenan a feísima burla con interés comercial.

La desaparición del café-teatro y el cabaret en favor de experiencias “multimedias”, tipo concursos, cenas-espectáculos, despedidas de soltero/a, parques de atracciones temáticos y discotecas-orquestas-móviles, han propiciado un tipo diferente de transformismo, que nos parece quizá menos concienciado en lo ideológico, y más volcado en el impacto visual. Si acaso más cerca de los discursos de lo posthumano.

Historia Transformismo 2
Míster Artur en una imagen de ‘Celtiberia gay’

El transformista de hoy es como un ciborg asexuado, que lucha por no caerse de sus alzas, mientras interpreta en la macrodiscoteca de pueblo. Esta imagen, quizá más instrumental y menos reflexiva, era de la que se quejaban las grandes figuras. No lo digo yo, lo decía nada menos que Carmen de Mairena, “Las drags son todas unas mamarrachas”, y lo respaldaba el transformista más popular de nuestro país, Paco España: “Las drag-queens son simples mariquitas de toda la vida que se visten así, una moda, pero tienen su mérito”. Sandra, otro nombre de referencia en el mundo del espectáculo, recuperada por Pedro Almodóvar para su película La mala educación, decía al respecto: “Antes se nos veía simplemente como unos maricones que se vestían de mujer. Ahora siento que se admira más nuestro arte”. En mi humilde opinión, el mérito de estos grandes artistas sigue tomándose un poco a chufa, se olvida el poso de provocación y el fondo eminentemente cómico a la que vez que patético, pero esto último no en plan Tamara/Amber/Yurena, sino en el sentido bueno, de conmovedor. Y transgresor. ¿O no?

Actores disfrazados de mujer y mujeres interpretando a hombres los ha habido siempre en la historia del teatro español. En todos los casos, estas figuras se utilizaban para provocar las risas del público, pero también causaban un efecto satírico contra las convenciones sociales y eclesiásticas. Además del grupo de enanos y bufones, en cada palacio hubo un transformista, para entretener a los nobles con su vestimenta y comentarios procaces. A finales del XIX nace el travesti moderno, el que imita a la perfección a las artistas populares de zarzuela y cuplé en el vestuario, los gestos y la voz. Estos pioneros del transformismo eran cantantes y artistas de variedades que habían decidido dejar los carromatos de circo o las barracas de feria por un espectáculo como más respetable. Hubo figuras muy populares en Europa, y en España, por supuesto. Ya hemos hablado en otros artículos de Edmond de Bries, Monsieur Bertín, Freddy, Derkas, Puisinet, Manolo Rodrigo, Luisito Carbonell o El Gran Benamor.

El cuplé era un vehículo esencialmente femenino y los transformistas se adaptaban a la envoltura y los mensajes de aquellas canciones. Algunos de estos cantantes no eran gays y otros no se sentían cómodos en el papel de impersonator de la cupletista (también hubo artistas gays que frecuentaron los escenarios de este tiempo, vestidas de hombre.) El fenómeno al que el grupo de artistas masculinos se adhirió de forma entusiasta fue la copla: era mucho más fácil vestirse de faralaes y cantar canciones melodramáticas de exaltación individual y racial desde una posición masculina.

El público entendía mejor este mensaje que cuando el artista se mostraba ataviado como una odalisca o con unos tules semitransparentes. Siempre ha sido así, por desgracia. Es más fácil contemplar al travesti vestido de folclórica, que queda como un poquito chabacano, que verlo en una dimensión femenina, vestido de mujer o semidesnudo: eso, los chavalotes que se ríen de/con la drag queen en las despedidas de soltero no lo van a recibir nada bien.

El franquismo reprimió con dureza la alegría del cabaret y los espectáculos de travestis, por inmorales, contrarios a los mandamientos católicos y las normas más elementales de convivencia en una dictadura absolutamente represiva. Muchos artistas tuvieron que emigrar y los que se quedaron, hubieron de enfrentarse a una situación muy difícil. Los locales de Barcelona, Oviedo, Madrid, Sevilla o Madrid eran poco más que clandestinos, y en los camerinos había una luz roja para avisar cuando se presentaban los agentes de la DGS, para darles tiempo a vestirse de señor y no recibir la multa correspondiente. Personajes legendarios como Escamillo o Johnson lo sabían bien: “Malo era que se vistieran de mujer en escena siendo hombres. Pero la censura lo permitía siempre y cuando salieran a saludar, al término del espectáculo, vestidos de varón, demostrando así que su travestismo era una pamema adquirida para hacer teatro, y no una forma de vida ni una verdad personal. Así que los travestis del Molino se fastidiaban, se cambiaban de ropa para saludar, y por lo tanto, perdían en el acto las opciones de sacarse sus propinas con el alterne posterior”.

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Lo cierto es que en España, las diferencias entre travesti, gay y transexual no estaban, ni mucho menos, tan claras como en el resto del mundo moderno. La consideración general, por supuesto, es que todo eso era una aberración de la naturaleza. Casi peor lo del señor que se vestía de señora, que lo del hombre que decidía convertirse en mujer tras un complicado y muchas veces peligroso —y mortal— proceso, porque esto, al menos, no era cosa de maricones ni de personas con las facultades intelectuales mermadas. Mejor una mujer exhombre a la que le gustaban los hombres, que no un manflorita amanerado que buscaba la compañía de los de su mismo sexo.

La brasileña de origen Yeda Braun, pionera de los transexuales que trabajaron en España, pensaba entonces así: “Creo que las mujeres somos libres, que hemos llegado al más alto grado de independencia y libertad, pero que de ahí no debemos pasar: es el hombre quien debe marcar la pauta (…) Así que no estoy con las women libs, la mujer debe mandar en su ámbito, pero lo suyo es atender al marido y cuidar a los hijos” (Celtiberia Gay: Jesús Alcaide y Ricardo J. Barcelo. 1976, página 164). Los travestis hormonados y que no se diferenciaban del aspecto físico de una mujer actuaban ante un público emocionado que muchas veces no sabía qué ellos no eran tales en su género. El caso más divertido, permítanme la frivolidad, es el de la vedette trans francesa Coccinelle, que estuvo haciendo unas galas en la sala Pasapoga, con enorme éxito. Imagen a esos madrileños de 1962 piropeando a la espectacular rubia cuando la veían por la Gran Vía… O a los que iban a la revista de Juanito Navarro donde trabajó una joven Bibi Andersen…

Especial recuerdo para personajes que, hoy, en octubre de 2018, parecen más desafiantes, hermosos y revolucionarios de lo que incluso fueron en su momento: los pioneros “cañí” Mr. Artur, Toni Bell y Violeta La Burra; “intelectuales”, como Paulosky y Pierrot; supervedettes como Angie y Fausto; superestrellas, como Paco España; absolutamente inclasificables, como Lorca y Carmen de Mairena…

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2 Comentarios
#24805 20:49 21/10/2018

Mil gracias por rescatar del olvido a estas personas tan valientes, de las que fueron la vanguardia. Qué ilusión me ha hecho (y qué ilusión le haría a él) leer el nombre de Toni Bell en este artículo...

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#24795 13:29 21/10/2018

Grandes artistas olvidadas. Gracias a El Salto por recuperar esta memoria

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